El ser humano es un ser tecno-viviente.

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Somos seres tecno-simbólicos y ello significa que nuestra mente, a diferencia de la mente animal o de otros seres menos evolucionados es capaz de proyectarse en lo extramental creando un mapeo artificial exteriorizado con el cual interactúa de manera reflexiva. De otro modo: excretamos sucesos mentales de manera técnica, generamos una ecúmene, una tecnosfera, en la que nuestras mentes repercuten retroactivamente de tal manera que la red mental humana se ve complementada por una red técnica maquinal-instrumental. Esto quiere decir que nuestros procesos mentales no son meramente internos sino proyectivos-interactivos, no pudiendo subsistir nuestras reflexiones sin esa proyectividad intersubjetiva y objetual que constituye un bucle intra-extrospectivo. Para ejemplificar: una bicicleta no es un mero objeto extramental sino una excrecencia proyectiva de nuestra mente incrustada en procesos extramentales. Nosotros proyectamos bicicletas para luego interactuar con ellas, con lo cual retroactuamos sobre nuestra propia mente reflejándonos extramentalmente…las bicicletas no son meras producciones mentales que una vez construidas se independizan de la interioridad mental…las bicicletas son prolongaciones de nuestro proceso mental y extensiones de la corporeidad reactiva de tal proceso. No son solo nuestra obra sino parte de nuestra constitución una vez constituidas y asimiladas como instrumentos…Volviendo a hablar en términos más generales: no podemos vivir sin nuestros artificios porque ellos son parte de nuestra existencia mental y corpórea…somos seres biológicos a la base pero artificiales en su núcleo de integridad, somos tecno-vida y no simplemente vida. ¿A que viene todo esto? A que si quisiéramos llegar a entender nuestra propia mente se abre ante nosotros por nuestra propia naturaleza simbólica la posibilidad de lograr este entendimiento proyectando nuestro proceso mental tan vastamente como sea posible en extroversiones técnicas, para ser más especifico, en entidades técnicas informáticas a imagen y semejanza de nuestra mente, en inteligencia artificial. Si…lo que afirmo es que para lograr un entendimiento creciente de nuestra propia mente es necesario avanzar en la forja de la inteligencia artificial. El rédito de este esfuerzo es inimaginable pero hay algo que sí podemos suponer: que sabremos mucho más de nosotros mismos cuando nuestras creaciones sean un espejo lo suficientemente sofisticado de nuestra propia conciencia. Logrado esto cabe la posibilidad de que a partir del entendimiento de nuestra estructura mental podamos entender a su vez el universo más allá de una supuesta objetividad externa y estática que aparentemente nuestra mente solo mapea y usa como material de sus producciones. Hay que aclarar, por supuesto, que esta perspectiva implica una modificación muy importante del enfoque filosófico y científico y una toma de conciencia rotunda de nuestra naturaleza tecnoviviente.

La Redención de la Materia

Un breve relato de la creación y destrucción del universo dedicado a los cristianos y no cristianos…

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La Trascendencia siempre existió, existe y existirá, eterna, pura, perfecta, toda dicha y bondad, y emanando dicha y bondad eternamente. Su luz creadora y transparente, puramente espiritual como lo es ella, irradia infinita y bella, con una belleza que los ojos mortales no podrían soportar. En su luz, en su irradiación, el Pleroma, habitan y se agitan seres de su creación, que ella, la eterna paridora de belleza, crea a su antojo para jugar con ellos un juego de alegría y de bondad. Son los eones, que nacen inmortales de la luz misma de la Trascendencia, como los ángeles, o los arcángeles, todos bellos, todos felices en su existencia celestial. Pero algo ocurrió al principio de los tiempos mortales: el eón Narciso supo, a causa de su saber, que él mismo era así de bello y de perfecto, tal y como la Trascendencia lo había creado y al tomar conocimiento de su propia belleza cometió el pecado del amor a sí mismo, el pecado de la vanidad. Tan pronto lo cometió, comprendió que había introducido el mal en la belleza del Pleroma, que había alterado la paz infinita de la creación de la Trascendencia. Entonces también supo esto, que él era pecador, y sufrió a causa de este conocimiento, lo cual lo indujo al llanto, llanto con el cual lavó su alma. Pero su llanto, que cayó desde el Pleroma en una caída infinita, se derramó y escapó de la luz, se hizo oscuridad y amorfidad, se hizo materia. Tal fue el origen de la materia: el pecado de Narciso, el amor a sí mismo.

Cuando la Trascendencia contempló lo ocurrido, acontecimiento que fue el origen del universo material, se entristeció por primera vez en toda su eternidad, pues la contemplación de la oscura y amorfa materia le hizo querer de nuevo la pureza perdida de la existencia. Entonces la Trascendencia tomo la decisión de crear un eón con la misión de redimir la materia de alguna manera, que el propio eón debería descubrir. Por ese motivo la Trascendencia dio a luz al eón Demiurgo, que sería el encargado de tal Redención, y al cual envió hacia la oscuridad para cumplir con su misión. Triste existencia fue la del Demiurgo desde ese entonces, y tan triste como el se sintió la pura y perfecta Trascendencia al tener que enviarlo, pues ella misma no podía entrar en contacto con la impura materia.

Acudió entonces el Demiurgo al universo material, que se encontraba en el principio oscuro y amorfo, sin sentido ni finalidad, y comenzó a imprimir en él la forma, el sentido, y la imagen de la luz, que es una luz material más pesada y menos pura pero al menos es luz. Trabajó el Demiurgo sobre la materia mientras se inspiraba mirando de vez en cuando hacia el Pleroma para recibir de él ideas con que transformar la materia e imprimirle la figura del espíritu. De su obra nacieron las galaxias, las estrellas, los mundos y en muchos de esos mundos dio forma a la vida y de la vida extrajo inteligencia cada vez más sutil, hasta que en algunos de esos mundos, como en uno que sus habitantes llaman Tierra, pudo crear seres lo suficientemente inteligentes como para albergar una chispa de luz espiritual, que sería su alma. Cuando el Demiurgo logró esto la Trascendencia envió sobre cada uno de los recién nacidos la chispa de su divinidad, les dotó de alma y de la capacidad de saberse más que materia, de presentir la existencia de algo más allá de la materia. Entonces el Demiurgo, contemplando por última vez su obra desde cerca dejó a los creados mortales provistos de alma la posibilidad de trabajar sobre sí mismos, la posibilidad de ser libres y escoger su futuro, pues no podría redimirse la materia si de la materia misma no emanase la voluntad de Redención. Y el Demiurgo partió a recoger de la Trascendencia el beso puro de su agradecimiento, ascendiendo en secreto al Pleroma.

Esperó la Trascendencia que aquellos mortales dotados de alma al nacer dieran cuenta del infortunio de la materia y deseasen ascender al Pleroma libres de sufrimiento y pesar. Pero se impacientó a causa de su bondad y decidió enviar en segundo lugar a otro eón, el eón Salvador, para que éste les mostrase a los mortales qué era posible trascender la materia y la encarnación y desencarnarse para ascender en un puro espíritu hacia lo alto del Pleroma. Bajó el Salvador hacia los mortales y los invitó a beber de la copa de la felicidad eterna y aceptó de aquellos que no lo comprendieron que laceraran la carne con la que se había revestido para mostrarles luego como se deshacía de la corrupción de la carne, del dolor y de la muerte y resucitado en puro espíritu ascendió frente a ellos dejándoles el mensaje de la liberación.

Esto ocurrió así en multitud de mundos, y así ocurrió por ejemplo en la Tierra. Sin embargo, allí no acaba la misión del Salvador. Pues ya ocurrió en muchos mundos, aunque no todavía en la Tierra, que el Salvador regresó a cosechar los resultados de su mensaje y se llevó con él a muchos creados mortales, que ascendidos se hicieron inmortales, bebieron de la copa de la vida eterna y son felices ahora y para siempre. Cuando el último de los mundos donde hay seres con alma sea visitado por segunda vez por el Salvador y ocurra en todos ellos la salvación, entonces la Trascendencia, madre de todos los seres, habrá logrado a través de sus eones la Redención de la materia, el fin de la culpa, del pecado y del sufrimiento, y se borrará por fin el llanto de Narciso, su hijo predilecto, y se disipará la oscuridad material en una final inexistencia, como debe ser para que vuelva la paz infinita. Todo volverá a ser como siempre fue una Eterna Felicidad a la luz de la Trascendencia, la madre creadora, perfecta e infinita.

El Antipoder

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Hace ya bastante tiempo pensé en las dos opciones socialistas para terminar con la plaga de la dominación y explotación entre seres humanos. Básicamente esas opciones se reducían a una versión anarquista y a una versión marxista. En la versión anarquista la idea siempre fue llevar la autonomía individual y comunitaria hasta las últimas consecuencias disolviendo el poder y la dominación mediante la autogestión extrema. En la versión marxista, que nació como resultado de una desesperanza o reacción incluso peligrosa frente al anarquismo, una reacción alemana por cierto, se trataba de tomar el poder, asumir la dominación desde las bases obreras, proletarias, para usar esta dominación en contra de si misma, llevándola a una especie de autodisolución en el comunismo final.

Cualquier de las dos opciones me parecían utópicas desde el principio, en el sentido de irrealizables, por cuanto no tenían en cuenta como principio fundamental el hecho de que ningún sistema de vida humano puede ser realizable o durar sin tener en cuenta la naturaleza humana. Es decir, si intentamos construir un sistema con piezas que no encajan adecuadamente en la estructura general que hemos pensado entonces este sistema se derrumbará incluso antes de comenzar a ser construido. Y ¿qué nos dice la naturaleza humana acerca de la posibilidad de un sistema social sin dominación y explotación? Pues simplemente que este no puede ser establecido ni voluntariamente ni por la fuerza, y que no se puede dejar de lado el hecho de que existen elementos de ambición, deseo, desenfreno, ansia de lujo, egocentrismo, en la raíz misma del individuo humano. Mi conclusión fue y lo sigue siendo que ninguna revolución socialista es posible y que, finalmente, no es posible establecer una sociedad socialista. Pero aún así pensé que era posible seguir siendo socialista de alguna manera. Pero ¿cómo?.

Lo que pensé en aquellos días es que el socialismo como sistema debe dejar paso al socialismo como sistemática abierta, al socialismo como propuesta de balanceo permanente en la sociedad existente. Pero para ello debe evitarse radicalmente desde el principio que el impulso socialista, impulso que pretende la mayor autonomía posible de los individuos y las comunidades, y la mayor reducción posible de los fenómenos de dominación y explotación humanas, debe evitarse, digo, que se mixture o se disuelva en pretensiones menores o cómplices de lo establecido. Es así que llegué a la idea de antipoder global. Cuando se dio el fenómeno de los movimientos antiglobalización creí ver un atisbo de la formación de esto que llamo antipoder pero, claro, debo aclarar que vengo a significar con la idea de antipoder.

El antipoder es el establecimiento permanente de la resistencia a la dominación mediante una gran estructura internacional, global, mundial, de redes y de individuos en redes, es la movilización permanente y total a través de todo el sistema de vida establecido en el sentido de una sola marcha, movilización constante, unificación de tensiones. No una revolución instantánea, o por las armas, o regionalmente fragmentada, sino una re-evolución permanente. Me imagino para ello a miles de organizaciones reivindicantes y resistentes confluyendo en un solo circuito de intercomunicación mundial capaz de establecer gigantescas manifestaciones simultáneas en todo el planeta, capaz de lanzar a través de la Internet en un solo golpe de efecto un mensaje que alcance a todas las personas del mundo, que las movilice, que las haga a su vez resistentes a la dominación. Me imagino este antipoder superorganizado sin fronteras ni contención dando cara a las resoluciones de las élites que controlan los flujos de riqueza y reclamando a la comunidad científica responsabilidad global, pero sobre todo combatiendo el militarismo y las religiones en todos los frentes hacia su extinción. No estoy hablando de un mero movimiento antiglobalización, me estoy refiriendo a una superconfluencia de los esfuerzos desperdigados por todo el mundo en un solo antipoder global que pueda realizar una confrontación permanente frente a las élites dominantes y cambiar para siempre las reglas del juego humano. No puede ser fácil la conformación de esta confluencia de resistencias en una gran Resistencia, pero lo veo como una forma factible de retomar el cauce socialista hacia una nueva humanidad más solidaria, mas justa, más esperanzada.

Hay que puntualizar que ninguna Resistencia global es válida o puede conllevar resultado auténtico sin confrontar a las tres grandes puntas de lanza de la dominación: el lucro descontrolado sostenido por la complicidad científica, la estructura mental y material del militarismo, y la religión. Esta hidra de tres cabezas quizás nunca desaparecerá del todo, pero es necesario establecer un combate permanente contra ellas en el plano de la comunicación y de la movilización total.

El antisemitismo es una herencia de la Iglesia Católica

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La entidad del pueblo judío no cabe ni cabrá jamás en los límites del estado de Israel por lo que ni siquiera el pueblo israelita puede ser tomado como su representación. El pueblo judío tiene miles de años de historia, cientos de generaciones lo han constituido, comunidades enteras cada una de ellas con historias y tragedias propias que ningún libro podría contar. Si algo podemos decir del pueblo judío es que ha encontrado una formidable afrenta milenaria en la obra constante de difamación que ha hecho durante siglos la Iglesia Católica contra él, difamación que ha conducido no solo al holocausto nazi sino a todos los anteriores progroms contra el pueblo judío, todas las quemas de hombres y mujeres judíos en horrendas hogueras…Si hay que acusar, si hay que señalar a un culpable, yo señalo a la historia de la Iglesia Católica, que ha traído al pueblo judío con siglos de difamación de los que apenas acaba de arrepentirse hace unos años con una floja declaración titulada “Nosotros recordamos: una breve reflexión sobre la Shoá”…que ha traido digo, el espanto y el horror.

Todos los que siguen obsesionados con el odio al judío y los judíos mismos que siguen preocupados eternamente por que piensan que el odio sigue allí, siempre dispuesto a volver a florecer, no deben olvidar que el antisemitismo fue cultivado incansablemente por la Iglesia Católica y heredado de ella por el mundo musulmán.

Para mínima muestra de lo que estoy diciendo dejó aquí palabras de San Agustín, el santo todavía adorado por la Iglesia Católica, extraídas de su TRATADO CONTRA LOS JUDÍOS, en los que acusa al pueblo judío de haber martirizado al mismísimo Dios:

“Id ahora, oh israelitas, según la carne y no según el espíritu; id ahora a contradecir todavía a la verdad más evidente. Y cuando escucháis el Venid y subamos al monte del Señor y a la casa del Dios de Jacob , decid: Somos nosotros, para que obcecados choquéis contra el monte, en donde rota la crisma perdáis miserablemente la frente. Si de verdad queréis decir: Somos nosotros, decidlo allí cuando oís: HA SIDO LLEVADO A LA MUERTE POR LAS INIQUIDADES DE MI PUEBLO. Porque se habla aquí de CRISTO, A QUIEN VOSOTROS EN VUESTROS PADRES ENVIASTEIS A LA MUERTE, y que fue llevado como una oveja al matadero”

El tenor de la acusación de San Agustín sobre el pueblo judío en esta frase es absolutamente insoportable: afirma que una generación de judíos fue quien envió al propio Dios cristiano a la muerte y que las generaciones posteriores cargan con esa culpa.

Confiemos que la Iglesia Católica depure su discurso para siempre de todo antisemitismo, que el perdón que han pedido por ello y por su falta de sensibilidad para con el holocausto nazi valga la pena, y aclaro que no atribuyo a los católicos sino a la institución del catolicismo está vergonzosa historia y responsabilidad.

Enlace a quien quiera leer el TRATADO CONTRA LOS JUDÍOS de San Agustín:
http://www.augustinus.it/spagnolo/contro_giudei/contro_giudei_libro.htm

Enlace a quien quiera leer el mea culpa parcial de la Iglesia Católica bajo el mandato de Juan Pablo II:
http://www.vatican.va/roman_curia/pontifical_councils/chrstuni/documents/rc_pc_chrstuni_doc_16031998_shoah_sp.html

En dicho mea culpa se reconoce lo siguiente:
” Sentimientos de antijudaísmo en ALGUNOS ambientes cristianos y la brecha existente entre la Iglesia y el pueblo judío llevaron a una discriminación generalizada, que desembocó A VECES en expulsiones o en intentos de conversiones forzadas. En gran parte del mundo «cristiano», hasta finales del siglo XVIII, los no cristianos NO SIEMPRE gozaron de un status jurídico plenamente reconocido. A pesar de ello, los judíos, extendidos por todo el mundo cristiano, conservaron sus tradiciones religiosas y sus costumbres propias. Por eso, fueron objeto de sospecha y desconfianza. En tiempos de crisis, como carestías, guerras, epidemias o tensiones sociales, la minoría judía fue A VECES tomada como chivo expiatorio, y se convirtió así en víctima de violencia, saqueos e incluso matanzas.”

En la foto que adjunto vemos al obispo católico Reich Ludwig Muller recibiendo el saludo nazi Y EXISTEN MUCHAS FOTOS SIMILARES A ESTA QUE DEMUESTRAN DE MANERA TAJANTE QUE LA IGLESIA CATÓLICA NO REPUDIÓ CUANDO DEBÍA HACERLO AL NAZISMO, ASÍ COMO NO DIÓ LA ESPALDA AL FASCISMO ITALIANO NI AL FRANQUISMO ESPAÑOL. Por el contrario debemos recordar que fue el dictador fascista Mussolini quien mediante el pacto de Letrán concedió a la Iglesia Católica la soberanía del Vaticano.

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Para terminar quiero adjuntar para que no quepa dudas de la grave culpa histórica de la Iglesia Católica en esta insondable profundidad de horror que ninguna memoria individual soportaría recordar, esta foto tomada el 20 de Abril de 1939 en la que se ve al Arzobispo Cesare Orsenigo, nuncio Papal en Berlín, celebrando el cumpleaños de Adolf Hitler. (Para que los falsarios no salgan a decir mentiras aclaro que Cesare Orsenigo representó a la Iglesia Católica sin mayor problema frente a Alemania, y frente al régimen nazi por todo el tiempo que este duró, entre 1930 y 1945 con la anuencia plena del Papa Pío XI y del Papa Pío XII)

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La soledad moral o la ausencia del otro

“La necesidad más profunda del hombre es, entonces, la necesidad de superar su separatidad, de abandonar la prisión de su soledad.” Erich Fromm, El Arte de Amar

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De un modo u otro son las ausencias las que enmarcan toda nuestra vida, la que la acosan por todas partes mostrándoles sus límites y su precariedad a nuestra conciencia. La oscuridad, el hambre, el frío, la sed, la soledad, y así sucesivamente hasta llegar a la muerte, a través de la cual se ausentan los seres queridos y finalmente somos nosotros mismos los ausentes. De todas ellas la que debería resultarnos más visible y sin embargo por momentos nos resulta invisible es la ausencia del otro, es decir, la soledad. ¿Por qué es tan difícil dar cuenta de la propia soledad o de la soledad del otro? ¿Por qué no le damos en nuestro criterio el peso trágico que en realidad puede llegar a tener?

Escuchaba yo decir en ciertas conferencias que por un lado las adicciones de cualquier tipo, incluyendo las peligrosas adicciones a las drogas, se facilitan cuando el individuo carece de apropiadas conexiones afectivas, emocionales, sociales, es decir, cuando padece de soledad, y por otro lado, que la soledad no es una mera situación sino que implica todo un estado psicosomático en el que el individuo entra en una vigilante autopreservación al percibir de un modo inconciente que la falta de respaldo afectivo, emocional y social lo vuelve vulnerable a las agresiones. Con solo estas dos pautas ya es suficiente para decir que la soledad implica riesgos, peligros auténticos, para la salud mental y física de las personas, conllevando una condición de precariedad psicológica y una tendencia nociva a la obturación de esa precariedad por caminos patológicos.

Sin necesidad de apelar a aquellos hechos ya sería suficiente para que le diéramos importancia a la soledad como una amenazante sombra la constatación de que todos de un modo u otro consideramos que la soledad no es el simple permanecer apartado de manera física que bien pudiera ser apetecido de algún modo, sino que es la desconexión profunda de la persona en su comunicación con los demás, es la ausencia del otro en el más doloroso sentido, dolor que se siente y sufre y que podemos considerar como una de las causas de muchos suicidios, de la depresión, de una atenazante angustia no muy distinta a la de estar encarcelado, aislado físicamente en lo hondo de un calabozo. La soledad duele y de ese dolor pueden partir señales de impotencia revertida en un ansia de omnipotencia y rechazo, de ruptura social, incluyendo, podemos suponerlo, arrebatos de desesperación violenta.

Tal vez no reconocemos el peso de la soledad en los que la sufren porque socialmente hemos llegado a considerar que la soledad es un estado de fracaso y vivimos en una sociedad en la que el fracaso es una vergüenza y el éxito la meta. Bajo este punto de vista, quien padece de soledad es una persona socialmente fracasada y por lo tanto, alguien que ante nuestros ojos y ante si misma, representa un estado vergonzoso que conciente o inconcientemente tendemos a rechazar. Con ello, para colmo, la tendencia general de los otros frente al individuo espiritualmente aislado, coartado en su afectividad, emotividad y vida social, es la del rechazo, la del oprobio risueño, la de la condena, multiplicando agudamente la sensación de soledad que ese individuo experimenta, empujándolo aún más hacia un rincón oscuro donde debería quedar olvidado. El gesto de llevar al que sufre de soledad a la luz de los afectos, las emociones, la vida social, es un gesto solidario que la sociedad en que vivimos no alienta sino que, por el contrario, desalienta y margina, lo cual explica el hecho de que quienes padecen soledad muchas veces prefieren ocultar o minimizar la importancia vital de su situación.

Se suele decir de muchas maneras que el amor, la amistad, los afectos, las emociones compartidas, la vida en común, etc. con su provisión de abrazos, besos, palabras cálidas, miradas comprensivas, e infinidad de otros gestos que tienden en su conjunto a la conexión de la persona con la presencia del otro, con la disponibilidad del otro como persona, es un elemento esencial de nuestras vidas, pero al mismo tiempo la educación, los ámbitos sociales e institucionales que hemos creado, e incluso la institución familiar misma, giran alrededor de otros goznes que nada tienen que ver con la necesidad de conectarse y comunicarse. Se tiene cierta asunción inconciente de vez en cuando sobre la importancia de crear situaciones o ámbitos que permitan el intercambio sentimental y emocional, pero no se piensa esto con la suficiente claridad ni se desarrolla intencionalmente como objetivo el evitar que las personas padezcan soledad.

Se ha dicho muchas veces que la ambición de poder es natural y por lo tanto irreprochablemente inherente al individuo humano, pero al decirlo no se ha pensado en el modo en que el fenómeno de la soledad conduce a la postura egocéntrica y abusiva. Lo cierto es que bien podemos esperar de las personas que viven socialmente desconectadas, que sufren una dolorosa desconexión emocional con los demás, que su respuesta a esa situación sea la de forzar las relaciones sociales en el sentido de sujetar al otro por el imperio de su propia voluntad, obligando al otro a un reconocimiento no ya solicitado sino impuesto. Del doloroso estado de soledad pueden pasar así, las personas, a una violenta visibilización y ostentación de si mismos sometiendo a los demás, haciendo que los demás sucumban en una comunicación asimétrica por el ejercicio de la dominación. Con esto quiero decir que una sociedad que cultive los afectos, las empatías, que mitigue lo más posible mediante el amor, la solidaridad y la consideración mutua, el aislamiento social, probablemente será siempre mucho más exitosa en evitar las relaciones de dominación y en limitar psicológicamente la ambición de poder y la crueldad desatada.

La vida mental en las redes sociales parece ser una nueva respuesta frente a la amenaza de la soledad, pero en realidad no puede ser más que un tortuoso sucedáneo si se pretende que ese sea su principal objetivo y no el de ser simplemente una manera distante y pobremente afectiva de comunicación. Por otra parte, cada vez más la familia parece dar una menor respuesta a la necesidad del individuo de existir en presencia y no en ausencia del otro, de existir en la mirada del otro, sintiéndose conectado, comprendido, apreciado, querido. Por lo tanto, se vuelve de gran importancia para todos el pensar en esto, en la necesidad que todos tenemos de convivir y no solo de vivir, construyendo una sociedad permeada de posibilidades de participación, acercamiento, confluencia. La educación misma debe repensarse dando su lugar, su verdadera importancia, al desarrollo afectivo, emocional y social de las personas. La inercia del anonimato juega en contra, las estructuras de dominación que infiltran todas las relaciones humanas juegan aún más en contra, pero eso no debe ser argumento suficiente como para renunciar a la construcción de los lazos, y a la virtud y la dicha de vivir la vida juntos, vivirla como algo que no se nos da por separado a cada uno sino que se nos da como un pan sagrado que debemos compartir sentados en una misma mesa.

La violencia radical del capitalismo

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Todo desequilibrio en las relaciones humanas induce el desajuste conflictivo de esas relaciones. Inclinada la balanza hacia un lado o hacia el otro en la interacción entre las personas esta inclinación puede dar lugar a un deslizamiento y una caída, a heridas que pueden ser meramente intelectuales o emocionales, pero que pueden ser también físicas o integralmente destructivas. Así pues, atender a esos desequilibrios es el modo fundamental de prevenir el conflicto, la violencia, el desastre social, interpersonal, familiar, etc. Un ejemplo sencillo de desequilibrio, en esta caso inevitable, en las relaciones humanas, es el que existe entre los niños y sus criadores. En general los criadores superan a los niños en fuerza física, en desarrollo intelectual, en poder económico, y se encuentran en la situación de imponer su voluntad sobre los niños modelando sus conductas y sus pensamientos según sus propios fines. Dado el desequilibrio inicial entre niño y criador éste necesariamente abre la puerta a situaciones en que los niños son víctimas de abuso, violencia, brutalidad en formas profundamente insoportables, situaciones que no necesariamente han de darse pero que pueden darse desde el momento en que ese desequilibrio existe y determina la tendencia al desajuste en la relación entre el niño y sus criadores. Así pues, si una sociedad no quiere que la crianza de los niños, inevitablemente desequilibrada desde el punto de vista del poder que puede ejercer el criador sobre los niños, sea caldo de cultivo de brutalidades que dejarán en las nuevas generaciones heridas físicas y psicológicas por las que la propia sociedad pagará luego un precio muy alto, es necesario que atienda a ese desequilibrio de todas las maneras posibles, generando mecanismos sociales de compensación claros, como puede ser el establecer una legislación que ampare ampliamente a los niños en su salud mental y física, acompañada quizás por medios de contralor, asistencia y educación regulados socialmente, como lo es la educación escolar. La escuela, incluso, debería convertirse en un vehículo para observar y atender la situación de crianza, tendiendo la sociedad de este modo a asegurarse de que los criadores no abusen de sus privilegios frente a los niños.

Con el ejemplo de la crianza de los niños quise mostrar hasta aquí un esquema básico de lo que vengo a decir: que en las relaciones humanas existen toda clase de desequilibrios, algunos inevitables como los que existen entre criadores y niños, otros evitables como los que existen entre hombre y mujer; también que esos desequilibrios abren la puerta a los abusos de poder, a los desajustes conductuales que terminan introduciendo en la sociedad patologías que tienden a descomponerla, a fracturarla; y que la sociedad debe desarrollar medios de prevención de esas posibles patologías atendiendo seriamente a la existencia de esos desequilibrios, procurando atenuarlos o compensarlos mediante mecanismos normativos, atenciones especiales, contralores de todo tipo. Hay pues la necesidad, me parece a mí, de establecer como regla general de construcción de la convivencia social el que esta se construya procurando de manera sistemática prevenir la violencia, el conflicto, el abuso de poder, mediante políticas dirigidas a compensar los desequilibrios inherentes o históricos en las relaciones humanas. Si una sociedad no tiene como principio básico de su construcción la política de compensación de los desequilibrios sociales, entonces esa sociedad inevitablemente se construye de manera endeble, invadida por toda clase de violencias y fracturas. Eso es lo que justamente ocurre con la sociedad capitalista actual pues ella se ha construido sin atender de ningún modo al principal desequilibrio que la trastorna, deforma, fractura, y hace continuamente fracasar como ámbito de coexistencia pacífica entre las personas: se ha construido en torno a una profunda falla, un profundo abismo que es el abismo entre los que tienen todo y los que no tienen nada. Se puede decir, a este respecto, que los estados nacionales y las organizaciones internacionales han implementado mecanismos impositivos y de donación tendientes a compensar esta fundamental falla estructural de la sociedad capitalista, pero creer que esos mecanismos pueden realmente tener un efecto real duradero y no simplemente paliativo y fugaz, como lo hacen los llamados gobiernos “progresistas” en el sentido de suturar esa falla, es ignorar de manera realmente ridícula que esa fractura, la fractura económica, no es un elemento foráneo en la constitución del capitalismo sino en realidad su elemento esencial. La sociedad capitalista no solo padece de una profunda desigualdad económica, sino que se basa en esa desigualdad, se organiza alrededor de esa herida sangrante, florece y da frutos alrededor de ella.

Con lo dicho anteriormente podemos concluir que la sociedad capitalista no puede ser una sociedad pacífica, no puede ser una sociedad tendiente a la pacificación de las relaciones humanas, sino que por su inherente carácter conflictivo ella es el caldo de cultivo perfecto para la internalización y externalización de toda clase de violencias, para el abuso de poder, para la violación de cualquier derecho humano. Ella se fundamenta no en la compensación de los desequilibrios sino en un radical desequilibrio que habilita todos los demás desequilibrios. Quienes procuran que esta sociedad desarrolle compensaciones de desequilibrios en torno a otros ejes de acción como ser la relación entre niños y criadores, o entre hombres y mujeres, se equivocan si esperan un éxito real en su cometido sin que se atienda al profundo abismo de la desigualdad económica en torno al cual gira la sociedad capitalista desarrollándose violenta e irracionalmente, sin posibilidad de que los mecanismos de compensación que se construyan terminen derrumbándose una y otra vez por todas partes. Y no solo se trata de que esta sociedad está radicalmente fracturada y enferma de violencia, sino que incluso se trata de que es capaz de convertir esa violencia en una de sus producciones más desarrolladas, en una de sus externalizaciones más exitosas y explosivas. Esta sociedad no solo se enraiza en el conflicto sino que alimentándose de él, lo potencia en forma de criminalidad mafiosa, corporativa, etc. o en la forma de la brutalidad militar, de los abusos de la neoesclavitud, etc. No es posible atender a ningún desequilibrio particular sin engañarse respecto al éxito de la empresa mientras no se atienda al desequilibrio inherente a la sociedad capitalista, que es el económico. Pero si esta sociedad se basa en la existencia misma de esa desigualdad, de ese desequilibrio, entonces necesariamente la resolución de los conflictos humanos depende enteramente de que esta sociedad tal y como está constituida, se desintegre y abra paso a una nueva forma de convivencia entre los seres humanos. En el pasado los antiguos socialistas entendieron la necesidad de realizar esta gigantesca transformación pero no vieron que los medios que proponían para alcanzarlos eran de nuevo el planteo de la conflictividad como algo necesario e ineludible, con lo cual terminaron reafirmando los desequilibrios y los abusos, sin poder concretar su proyecto. Yo pienso, en cambio, que hemos de esperar a que en este siglo o tal vez en el siguiente, todas las naciones del mundo alcancen la capacidad de proponer con autonomía su destino al resto de las naciones, de tal modo que este estado de las relaciones geopolíticas permita en primer lugar el final de las guerras y en segundo lugar la construcción de una sociedad globalmente razonada, donde se imponga, quizás, la renta básica universal, una modificación adecuada de las normas que regulan la herencia de la riqueza, una legislación internacional que elimine los desequilibrios macroeconómicos en el intercambio global, etc. Mientras tanto todo esto debe ser pensado, incluyendo la construcción que cada nación ha de hacer de sí misma para lograr situarse en el tablero del mundo como un interlocutor al que hay que respetar y no aplastar. En fin, pienso que quizás el camino para derivar de esta sociedad en la que vivimos una nueva sociedad que no se fundamente en la desigualdad y el conflicto, es el logro de un equilibrio entre las naciones y el final de todas las hegemonías geopolíticas.

La confluencia global de la mente humana

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No puede dudarse que por privacidad y autonomía la mente individual no es un mero subproducto modelado exteriormente desde el ámbito social. Ella se define a partir de una esfera propia de emociones, percepciones, sensaciones, recuerdos, pensamientos, etc. Sin embargo, la estructura de las emociones, percepciones, sensaciones, recuerdos, pensamientos, etc. que cada una de las mentes individuales tiene responde a una estructura replicada interminablemente y que es básicamente la misma estructura siempre. Cualquiera de los seres humanos existentes hoy se puede distinguir de cualquier otro del mismo modo que las hojas de un árbol se distinguen entre si, pero cuando uno mira las hojas de un árbol no logra discernir entre ellas más que con un máximo detenimiento. El cuerpo y la mente individual humana no es más que la replica, la repetición de un mismo modelo, un Cuerpo y una Mente prototípica de la especie, y solo existen respecto de esta plantilla general de la que salen todos, de este canon modélico que la naturaleza impone, pequeños detalles diferenciadores. Eso es lo que quiere decir exactamente que TODOS LOS SERES HUMANOS SON IGUALES, quiere decir que nuestra estructura individual es solo una estructura replicante, miles de millones de veces repetida salvo detalles de menor importancia y casuales malformaciones dañinas. Esto conlleva a que si bien tenemos DISTINTOS recuerdos, emociones, sensaciones, pensamientos, etc. esa diferencia no es fundamental de ningún modo, pues las estructuras de nuestros recuerdos, sensaciones, pensamientos, emociones, etc. son practicamente las mismas en todos nosotros. Para decirlo de algún modo ejemplificante aunque reduccionista, somos todos como cámaras fotográficas del mismo modelo que no se diferencian en lo sustancial sino en cosas como el tiempo de uso, las fotografías que se han obtenido con ellas, etc. Incluso las diferencias morfológicas entre hombre y mujer pueden obviarse si se considera que estas diferencias también forman parte del Modelo, que podríamos llamar genético, que nos determina. Esto quiere decir que si bien se puede sostener que la individualidad existe y es algo defendible, por cuanto cada individuo humano aporta una microhistoria propia y distinta a la historia humana, esa individualidad está totalmente relativizada por la base pre-formativa común que nos liga indefectiblemente en un modelo humano único., modelo de índole natural y que no está en nuestras manos modificar a menos que querramos dejar de ser humanos.

Vuelvo a decir que sin duda la mente humana individual por privacidad y autonomía no es un mero subproducto de la sociedad y es capaz de construir una historia propia, pero ahora aclaro que existiendo una única estructura mental humana biológica, salvo detalles, que sirve de base como un canon a todas las mentes individuales, esa privacidad y esa autonomía queda grandemente relativizadas desde el momento en que ningún individuo puede dejar de responder a esa estructura de base, firmemente asentada en nuestro acerbo reproductivo. Y ¿a qué nos conduce esa identidad mental de base que nos caracteriza a todos, que caracteriza a todos los miles de millones de seres humanos que habitan hoy la Tierra? Pues si consideramos que por otra parte los individuos humanos por naturaleza comparten sus aprendizajes, experiencias, emociones, pensamientos, sobre la base de esa identidad fundamental, creando un universo de experiencias común que llega a ser el ámbito social y cultural, podemos ver que esa identidad nos conduce a la forja de otra especie de identidad naciente de la confluencia de todas las mentes individuales, de todas las agrupaciones sociales, y de todas las formas culturales hacia un vórtice global de interacción entre las mentes individuales en un planetario ámbito mental, una confluencia mental global que no es casual sino que es facilitada por nuestra identidad estructural mental y corporal de base y por nuestra tendencia inherente a vivir mentalmente en un continuo lazo de coexistencia donde las mentes individuales no pueden tener una autonomía y una privacidad más que parcial, puesto que el volumen de los contenidos mentales compartidos mediante expresión simbólica siempre excede en alcance e importancia, al volumen de los contenidos mentales que permanecen sin compartir. Digamos en ese sentido que la expansión en alcance y densidad de los medios de telecomunicación, que se ha visto potenciada de una manera colosal por el desarrollo de la Internet, no es otra cosa que la expresión de esa tendencia a la comunicación inter-mental que caracteriza a la especie humana sobre la base de su matriz corporal específica. Si consideramos que la creación de una atmósfera planetaria de telecomunicación que incluso ha reducido a la mínima expresión los lapsos temporales de intercambio de información y experiencia es una expresión de la identidad fundamental de todos los individuos humanos y su tendencia a la intercomunicación plena, podemos ver que no se trata de un producto histórico casual sino de una consecuencia necesaria de las características mismas de la especie humana. La especie humana ha estado de cierto modo destinada desde el principio a generar este ambiente denso y total de comunicación intraespecífico. Lo interesante es que al mismo tiempo que se da esta confluencia mental global de toda la humanidad, los individuos son capaces aún de conservar cierto grado de autonomía y privacidad para sí mismos de manera inquebrantable, convirtiéndose cada uno de ellos no en un mero punto de intercambio sino en un auténtico nodo de retención, modificación, producción y alteración de experiencia e información. Si nos ponemos a pensar un poco, la red neuronal que caracteriza al cerebro humano está siendo de algún modo replicada a mayor escala por una red mental humana de escala planetaria donde los nodos de procesamiento de la experiencia ya no son neuronas casi carentes de autonomía funcional sino individuos humanos con una sostenida capacidad de autogestión individual. La humanidad, porque sin duda podemos hablar de humanidad y ser humanistas bajo este enfoque, se puede constituir a si misma de este modo, en una organización plurimental con una identidad global sostenida en identidades nodales creativas y autónomas. El éxito del proceso necesita si lo pensamos bien de dos elementos fundamentales: la conservación de la libertad individual y la obtención de un clima de paz mundial completo. El futuro de un estado de hiperorganización de la conciencia humana que podria resultar de la confluencia mental humana bajo esas dos condiciones es sumamente promisorio si además consideramos que ya la humanidad está en proceso de complementar su potencia global de acumulación y procesamiento de experiencia con el apoyo de las máquinas informáticas.

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