Una invitación a reconocer los límites de lo calculable

Mark

Me ha llamado la atención que un científico de gran relevancia como Max Tegmark, cosmólogo sueco- estadounidense que trabaja en el MIT, sostenga la teoría de que la realidad, el universo, la existencia, es esencialmente una estructura matemática cuatridimensional atemporal, fija, inalterable. Su motor de inspiración para llegar a esta conclusión es evidente: la tendencia de la física a modelar absolutamente todo la experiencia humana en términos matemáticos, una tendencia que desde Galileo hasta la fecha ha demostrado ser adecuada en cuanto a sus resultados prácticos, la capacidad de generar predicciones, etc.

Y ciertamente hay algo innegable en que ese éxito de la modelización matemática de la existencia tiene que ver, justamente, con nuestra percepción diaria de patrones geométricos en todos los objetos que percibimos, tanto los que construimos nosotros los humanos como los que existen independientemente de nuestra acción sobre el entorno. No hay más que sorprenderse frente a la explosión de geometría que significativamente representan los cuerpos de la total multitud de los seres vivos, con sus funcionalidades, equilibrios, ritmos, simetrías, etc., o simplemente frente a la trayectoria parabólica reducible a una ecuación sencilla de cualquier proyectil elemental lanzado por nuestras manos, para comprender que la idea de Tegmark no está despegada de la realidad. Pero Tegmark no ha visto todo el espectro de lo considerable, y no lo ha hecho porque justamente su actividad intelectual está centrada en una ciencia que ha sido llevada a la exaltación matemática más exhaustiva debido al éxito que la misma ha generado.

Lo primero que no ha logrado notar es que lo que muestra la matematicidad de nuestras experiencias es justamente eso, solo su matematicidad. La explicación de esa característica no necesariamente consiste en saltar rápidamente a la hipótesis de que, por lo tanto, lo que experimentamos es pura matemática. Se puede dar solo un breve paso adelante y decir, en cambio, que la matematicidad de nuestra experiencia prueba, consistentemente, la aptitud general de la mente humana para entender la existencia bajo sus propios términos, aunque dentro de sus propios límites. Y digo que prueba una aptitud general y no una actitud específica porque no necesariamente la mente humana basa su entendimiento de la realidad en el diseño de cuerpos teóricos matemáticos o en el reconocimiento de patrones matemáticos como la simetría, sino que lo hace de muchas otras maneras.

Por otra parte hay que notar que la matemática no subsiste sin los principios y desarrollos de la lógica y que a su vez la lógica no se encuentra autofundamentada sino que, como sugería el filósofo John Locke hace mucho tiempo ya, ella se desarrolla mediante la interacción empírica de nuestra mente con la realidad, es decir, nace de la fijación conceptual de ciertas experiencias elementales como, por ejemplo, el hecho de que un cuerpo bien localizado no puede estar simultáneamente bien localizado en dos lugares distintos, o que la realización de una acción como bajar no puede darse simultáneamente con su contraria que es subir si se consideran ambas acciones bajo un mismo marco de referencia (un enunciado con el que recuerdo, muy a propósito, el viejo enunciado del principio de no-contradicción de Aristóteles). Por lo tanto, la matemática puede verse como un desenvolvimiento adecuado de cuerpos teóricos creados por la mente humana a partir de la lógica, que a su vez se inspira en experiencias generales correspondientes a nuestra común estructura mental, y su éxito radicaría no en el hecho de que la existencia es, de por si, una estructura matemática, sino simplemente en el hecho de que nuestra mente parte de la experiencia para construir sus edificios lógicos y matemáticos, lo cual, en definitiva, la reconduce a la experiencia exitosamente a través de todos esos cuerpos teóricos pues simplemente regresa a la fuente de la que bebió primero.

Esto quiere decir también que la ciencia física está condenada y adecuadamente condenada, no solamente a conformarse a la experiencia, sea cual sea su fundamento, sino también condenada a los límites mentales propiamente humanos y a los límites específicos de los desarrollos matemáticos. Y puede verse, en ese sentido, la hipótesis de Tegmark, como la hipótesis de un cognoscente que ha quedado atrapado en la telaraña de sus propias capacidades cognoscitivas y reducciones de perspectiva y pretende luego sugerir que ellas alcanzan para comprender fundamentalmente la realidad, es decir, que su mente es capaz de modelizar perfectamente lo que experimenta incluso bajo ciertos parámetros de comprensión específicos, diciendo simplemente que la realidad modelada coincide con el modelo global generado bajo esas condiciones.

En segundo lugar, Tegmark ha exagerado la matematicidad de la realidad en el sentido del orden, la predictibilidad y el control, algo que ha sido típico de la ciencia física desde la modernidad. Unos de los problemas que enfrenta esta exageración es que hace inexplicable o solo ilusoria la experiencia de la libertad, y por lo tanto, hace ilusoria y quita sentido a las consideraciones éticas y políticas en torno a la libertad humana. Pero para rebatir este aspecto de su postura es mejor no enredarse con las consecuencias situadas más allá de la ciencia física sino directamente recurrir a la experiencia elemental de la asimetría del tiempo, la flecha del tiempo, así como al principio de la diferencia ontológica o novedad intrínseca de todo lo existente. Por un lado tenemos que aún cuando en la teoría einsteniana el tiempo se agrega a las dimensiones espaciales como una dimensión más, ello no quita que no se trata realmente de una dimensión como las otras en un claro sentido: hay toda clase de fenómenos irreversibles como el envejecimiento de las estrellas que hacen imposible considerar al pasado y el futuro como equivalentes. Esto es lo que se conoce como la flecha del tiempo, la asimetría entre pasado y futuro. Y por el otro la propia experiencia sensorial y mental nos indica fundamentalmente que no hay dos acontecimientos idénticos jamás, que no hay dos hojas de un árbol idénticas jamás, que en la realidad no existe repetición sino diferencia fundamental, diferencia que es intrínseca a la duración temporal pues ella es la que suscita la novedad, creatividad e historicidad, la irreductibilidad de la existencia a formas elementales iteradas, algo que hace a la matemática, basada en la repetición y fijación conceptual, teóricamente insuficiente.

La matemática nace del olvido de las diferencias mediante la cuantificación y la generalización abstracta, un olvido que permite engendrar herramientas teóricas útiles para analogar lo existente con lo existente a través de lo repetitivo, lo identitario. Pero la diferencia subsiste pese a todo, y ello quiere decir que la novedad, fundamento del arte y reflejo externo de la libertad, no puede ser capturada matemáticamente, persiste como lo no susceptible de caer en marcos fijos basados en la repetición de lo mismo, como lo no predecible de manera absoluta. La ilusión de Tegmark está en no ver que los cuerpos teóricos de la matemática se aplican como plantillas generales abstractas a los hechos ignorando la diferencia intrínseca entre ellos y solo tomando en cuenta sus relaciones y aspectos repetitivos. Pero incluso dentro de los cuerpos teóricos de la propia matemática hay una admisión intrínseca de la irreductibilidad de la diferencia a través de la comprobación de hechos tan simples como la no periodicidad de los números irracionales, la existencia de funciones continuas no derivables en ningún punto, los sistemas dinámicos llamados caóticos, etc., “hechos” matemáticos que son una especie de descubrimiento de la limitación intrínseca de la predictibilidad o capacidad de cálculo. Para decirlo de manera sencilla: si en la descripción de un fenómeno mediante una ecuación se introduce necesariamente el numero pi que es irracional, entonces, como pi tiene infinitas cifras carentes de periodicidad en cualquier sistema de numeración, para que un resultado pueda ser calculado con absoluta exactitud se necesitaría una capacidad de procesamiento infinito de dichas cifras, algo ajeno a la mente humana. Dada la situación solo hay una conclusión que no sea un escape hacia la más pura mística irracional: que la matemática es una herramienta mental no solo limitada, sino intrínsecamente limitada, para entender la realidad.

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El dilema humano entre satisfacción y sacrificio

Mark

Hay un dilema constante en la vida de los seres humanos. El dilema consiste en lo siguiente: por un lado básicamente son constructores de objetos, instrumentos, máquinas, productos, para su uso o su consumo, para su satisfacción, y por el otro, no ponen su finalidad en esas creaciones sino en sí mismos, en su vida y en la vida que los rodea, incluso en el paisaje, en la naturaleza a la cual deterioran al usarla como material. Por un lado su actividad los lleva a forjar un mundo de artificios y objetos y por el otro quisieran de algún modo, más o menos expresivamente, conservar intacta su vida y la naturaleza para su disfrute total, pero el descubrimiento inevitable y constante es que la vida y la naturaleza son sacrificadas al servicio de la producción de objetos. Así que les resulta inevitable la lucha interna y externa consigo mismos. Algunos se proponen acumular, tener más y más acceso a esos objetos, potencial o concretamente, otros quisieran vivir sin estar atados a ellos. Los llamados “bienes materiales” tienen la carga positiva debida a la satisfacción que brindan y la carga negativa de los sacrificios de vida y naturaleza que se hacen para obtenerlos. El primer impulso, el más irracional de todos, será el de las personas que querrán para sí todas las satisfacciones que otorgan los bienes materiales y no realizar ni hacerse cargo de ninguno de los sacrificios que son necesarios para obtenerlos. Ellos querrán tener, poseer, los bienes materiales, y obligar a otros a trabajar para producirlos, siendo esclavos, o asalariados, como sea, convirtiendo así la vida de los que trabajan en un sacrificio de tiempo completo para beneficio ajeno, enajenando el trabajo, incluso llevando a muchos a quedar sin acceso siquiera a su vida, degradados por la miseria y el hambre. En eso consiste ni más ni menos el sistema de la explotación que practican los seres humanos unos con otros: algunos tratan de obtener los bienes materiales, guardar una parcela de cuidada naturaleza para su disfrute, cultivan el disfrute de su propia vida…y lo hacen al mismo tiempo tratando de no pagar los costos, trasladando los costos a otros que trabajarán sin ver casi el fruto de su trabajo, que verán sacrificadas sus vidas en el proceso de crear los bienes materiales y ofrecérselos a otros, que incluso vivirán la mayor parte de su vida en paisajes deteriorados. El dilema de la vida humana se resuelve, primeramente, mediante la diferenciación entre sacrificados y sacrificadores, entre beneficiados y perjudicados…con todos los grises intermedios, por supuesto. ¿Habrá otra manera de resolver este dilema humano? Si, por cierto. Ya las máquinas, cada vez más automatizadas alivian el trabajo humano, ya la ciencia nos permite razonar mejor nuestra acción sobre el paisaje natural y hacerla más amable e incluso afectiva. Ese es el rumbo abierto ante nosotros, el de la automatización del trabajo y la utilización cuidadosa del planeta en que vivimos. Yendo por ese rumbo necesariamente el dilema entre satisfacción y sacrificio en torno a los objetos culturales que la humanidad ha vivido durante tanto tiempo puede terminar: el paisaje podría ser enteramente recuperado para el disfrute, la vida podría ser enteramente vivida sin estos enormes sacrificios e infelicidades. Sin embargo, han pasado miles de años desde el nacimiento de este entusiasmo por las herramientas, los enseres, las manufacturas, los bienes materiales en general, entusiasmo que ha envenenado el pozo de la vida, creando ambiciones descontroladas, acaparamientos abusivos, destructividades que han convertido hasta la misma producción de instrumentos de destrucción en un mercado floreciente, intereses creados que se aferran a la seducción del tener más y más. De un modo u otro nuestras mentes se encuentran profundamente infiltradas por la táctica de la explotación, explotación de la naturaleza, explotación de la vida de otras personas, explotación de los cuerpos vivos, explotación de los cadáveres, explotación de las propias mentes. Formamos parte de una cultura envenenada por la primera respuesta que hemos podido darle al dilema entre satisfacción y sacrificio, la respuesta que nos enajena, que convierte a unos en explotadores y a otros en explotados en formatos diversos, multidimensionales. Por lo tanto, aún cuando ya estén ahí prácticamente dadas las posibilidades para un mundo humano pacificado, con una relación armónica con la naturaleza, liberado para el ocio, el tiempo libre, el disfrute de la vida misma a través de la automatización exponencialmente productiva, probablemente seguiremos sufriendo, de manera innecesaria y dilapidadora, por un buen tiempo más, a causa de nosotros mismos.

La utopía deshumanizada del libre mercado

Mark

Los que hablan del libre mercado como la panacea que resuelve todos los problemas humanos se ríen de los utopistas… ¡todavía no descubrieron que lo suyo es realmente una utopía terminantemente desarraigada de la realidad! Pero, ¿realmente creen que todo en la vida humana es un intercambio de mercancías? ¿Será que no tienen un bebé al que cuidar, un pariente enfermo al que ir a visitar al hospital? ¿No comprenden que hay millones de gestos humanos que se realizan sin esperar nada a cambio excepto el afecto de quienes reciben de nosotros esos gestos, esas donaciones del espíritu? Si, debemos aclararles que a veces los seres que queremos y también los que no queremos tanto, sufren, o se encuentran desvalidos, o necesitan ayuda, o merecen una ofrenda de cariño, y todo eso no iremos a dárselos el primer día y al siguiente día a pasar el recibo de cobro. Pero no solo a veces pues la sociedad debe asegurarse de la buena crianza y educación de los menores de edad, asegurarse de que los ancianos sean protegidos, preocuparse por los que sufren carencias físicas o mentales permanentes, etc. ¡No es un intercambio de mercancía! ¿Es que no tienen vidas reales que no se dan cuenta de que existe toda una economía de las donaciones, de las ofrendas, de los regalos, de las ayudas, de los sacrificios por el bien ajeno, de los gestos heroicos en los que se arriesga sin esperar nada a cambio? Son utopistas, pero de los que niegan el humanismo, eso es lo que son. Y el humanismo no es nada utópico, en realidad, es algo tan real como cambiar pañales.
Pero, claro, me dirán que en realidad todas esas cosas son alguna especie de “mercancía” o que en realidad el libre mercado a ultranza, la idea de que el libre mercado lo resuelve todo, es compatible con todos esos gestos humanos no mercantiles. Pero no es tan fácil sostener una idea extremista y luego, de pronto, retractarse de todas sus consecuencias. ¿Están de acuerdo acaso con que exista la esclavitud, el saqueo, las estafas, los robos, los abusos de poder a fin de explotar el esfuerzo ajeno? Supongo que no, pero deberían decir por qué no, ya que esas son maneras en que se obtiene mucho beneficio minimizando los costos propios y trasladándolos a las víctimas: ¿No es acaso un negocio redondo, un estupendo intercambio de mercancías? Sí, es cierto, no parece moral…¿pero qué tiene que ver la ética con el libre mercado? Los defensores del libre mercado pretenden ser “objetivos” y les resulta más útil un buen mercadeo de papel higiénico que los valores éticos. Al final tal vez dirán que son necesarios leyes y contratos que garanticen la libre disposición de los intervinientes al realizar los intercambios económicos. Pero… ¡eso ya no sería libre mercado! Eso es precisamente un mercado regulado por leyes y contratos, regulado con el fin de hacer que los participantes de un intercambio económico sean REALMENTE LIBRES. Ironía de ironías…¡regular el mercado garantiza la libre participación en el mercado! Pero no creo que lo admitan, no lo admitirán. Quieren un mercado desregulado, es decir, donde en realidad, los lobos sean libres de carnear ovejas.
Sin duda les debe parecer que millones de seres humanos aceptan salarios de porquería realizando tareas que les repugnan porque han sido libres de elegir en el mercado entre las distintas formas degradantes y nunca deseadas por ellos en que les gustaría ser usados como instrumentos del beneficio ajeno. No creo que estén pensando en la libertad de los que se someten a un salario cuando hablan de libre mercado sino solo de la libertad de los empresarios para pagar salarios lo suficientemente bajos como para agrandar sus ganancias. Para cualquier persona medianamente razonable se hace claro que el mundo del comercio y de los negocios tiene privilegios que el mundo en el que viven los asalariados o los que realizan tareas precarias o los que viven incluso excluidos del mercado no existen. Cualquiera medianamente razonable comprende que la vida económica no se limita a la vida empresarial y comercial y que hay toda una esfera de la economía donde habitan seres humanos que no son ni empresarios ni comerciantes. Por eso se hace muy difícil creer que son sinceros los defensores del libre mercado cuando asumen que tienen la panacea para resolver todos los problemas humanos: simplemente porque la idea de libre mercado no tiene verdadera relación con la economía real.
Y luego, por supuesto, la frutilla encima de la torta: “No importa la igualdad, solo aseguremos la igualdad de oportunidades para todos”. Seguro que no se dan cuenta de la cruel ironía que cometen diciendo eso. ¿O se dan cuenta? Sencillamente no puede haber igualdad de oportunidades si se parte de una sociedad desigual…porque en una sociedad desigual habrá padres desiguales que le darán a sus hijos oportunidades desiguales. Así de sencillo. La familia primero, y por lo tanto, la desigualdad de una generación es heredada y empeorada por la generación siguiente, y empeorada por la siguiente, y así sucesivamente. Si dejamos todo librado a la voluntad de los que otorgan su herencia a las generaciones posteriores, sencillamente la desigualdad, sin importar que tan pequeña sea al comienzo, terminaría derivando, en unas cuantas generaciones, en un abismo de desigualdades como el que existe hoy, justamente hoy, en el mundo….pero sobre todo, en una abismal desigualdad de oportunidades justo al nacer, exactamente desde la línea de partida. No puede haber igualdad de oportunidades al comienzo y solo desigualdad al final a causa del mérito, simplemente porque no se trata de una carrera de cien metros llanos, se trata de una carrera de postas donde las ventajas se van acumulando y las desgracias también, generación tras generación. Y el libre mercado no tiene nada que hacer al respecto, y en realidad, no tiene nada que hacer con respecto a nada, porque es solo una utopía extremista. Una utopía de los que confunden la LIBERTAD ECONÓMICA DE LAS PERSONAS, que solo puede ser garantizada por un mercado ética y legalmente regulado, que solo puede ser reafirmado por la buena voluntad, las donaciones, los gestos de ayuda…con una ilusión que solo habita sus mentes.

El Autocreador o cómo explicar la existencia humana.

Mark

Cuando uno se cuestiona sobre el sentido de su propia existencia o sobre el sentido de la existencia de la humanidad parece necesario ofrecer de entrada una respuesta grandilocuente.Voy a evitarlo. Para ello voy a empezar suponiendo que el Universo no es más que un gran mecanismo, un mecanismo de algún modo autorregulado por lo que la ciencia llama las leyes universales, leyes cuya expresión resulta ser, al menos para nosotros los constructores de máquinas, factible en términos matemáticos, algo que reafirma la idea de que el Universo no es más que eso… una máquina muy compleja y autorregulada. Todo parece sencillo así. Sin embargo, hemos visto que las máquinas que nosotros mismos construimos evolucionan, mejoran, se hacen cada vez más potentes o sutiles, se hacen cada vez más complejas, logran ser penetradas por nuestra imaginación y recreadas a partir de nuestro pensamiento, asimilan complejidad con rapidez realmente sorprendente. Y eso aunque nuestras máquinas no están autorreguladas, no son procesos autónomos por completo en ningún caso. Pero el Universo, si es que es una máquina, es una máquina autorregulada, un proceso autónomo, y ciertamente todo indica que también evoluciona, e incluso, porque en él ha surgido la vida, o la inteligencia que nosotros mismos representamos, o porque desde una estructura inicial sencilla pasó a tener una multitud diferenciada de estructuras, parece ser que su evolución también implica un vector de aumento de complejidad. Y eso significa que las máquinas no son algo inmediatamente sencillo, sino que tanto nuestras máquinas como el Universo mismo considerado como una máquina autónoma y autorregulada, es decir, una máquina mucho más sofisticada que las nuestras, sin duda, tienen la capacidad de evolucionar, aumentar su complejidad, quién sabe hasta dónde.
Y ahora pensemos esto… pensemos que si el universo es un gran autómata, entonces nosotros somos partes de ese gran autómata, y el gran autómata, al evolucionar, creó estas submáquinas que también tienen cierto grado de autonomía como él, es decir, nosotros, y que a su vez, son capaces de crear otras máquinas, que por ahora no son autómatas como nosotros lo somos pero aparentemente en un futuro cercano sí lo serán… es decir, pensemos que aún cuando el Universo pueda ser considerado un mecanismo, no lo puede ser del mismo modo que lo consideraban aquellos que solo construían máquinas sencillas, como los relojes o las locomotoras, sino que debe ser considerado como una Gran Máquina absolutamente autónoma con un programa interno que le permite general dentro de si procesos maquínicos que engendran otras máquinas, las máquinas vivientes, y luego otras, las máquinas inteligentes, y luego quizás otras aún más increíbles, las máquinas con inteligencia artificial, y todo ello generando subrutinas y sub-subrutinas, y todo ello no como si se tratara de una evolución al azar sino como si se estuviera desplegando un proceso autoconstructivo, como si el Universo fuera una Gran Máquina que se construye a sí misma, que tiene en su propio ser la semilla de su desenvolvimiento, y que a partir de algún punto, se vuelve capaz de aprender, y luego capaz de reflejar lo que aprende en su propia estructura, a través de los procesos reflejantes de la inteligencia, y luego es capaz de expandir esos aprendizajes y acelerarlos y …Y entonces, entonces quizá no es que el Universo sea precisamente una gran máquina, un superautómata autosuficiente que se fractaliza en sub-máquinas capaces de autoengendrarse y engendrar a otras máquinas, pero alcanza con esta descripción para comprender que tal vez nuestra existencia no es casual en el Universo, que no es casual que en los próximos siglos vayamos a desarrollar máquinas de sutil complejidad y gigantesca inteligencia artificial que quizás se hagan más autónomas y más libres y creativas que nosotros, que quizás lleven la evolución del universo a un nuevo estadio inimaginable… que nuestra existencia, aquí y ahora, forma parte de un gran despliegue de infinita geo-bio-ingeniería arraigada en lo íntimo de la estructura de la existencia cósmica y que nuestra función es seguir aprendiendo, seguir desarrollando más y más tecnología, seguir aumentando la complejidad de nuestras vidas y nuestras creaciones, impulsar el desarrollo del Universo a través de nosotros. Eso no quiere decir que seamos la única especie inteligente del Universo, ni que seamos necesarios siquiera, solo quiere decir que el florecimiento del Universo, del gran Autocreador, incluye, casual pero también causalmente la flor humana, e incluye todas las flores que puedan nacer del jardín humano en el futuro, en un futuro de millones y millones de años llenos de promesa creativa, de ensamblajes de posibilidades infinitas, de expansión de conciencia y de ultraconciencia. Y quizás todo ese avance hacia la inmensa complejidad apunte hacia alguna cumbre, una cumbre grandiosa de sabiduría cósmica, de autorrealización pavorosamente exaltada, una cima en la que el Autocreador se complazca plenamente en su propia creación.

Entre la ilusión y la existencia: la libertad.

Mark

Hay una cuestión que a los filósofos les ha costado siempre dilucidar. Y esa cuestión es la de la libertad. ¿Qué es la libertad? Pero si planteamos la pregunta de otra manera creo que podemos llegar a una respuesta bastante interesante. Planteemos lo siguiente: ¿Qué sería de la realidad si no hubiera libertad? En ese caso toda acción, incluyendo nuestras acciones, serían acciones programadas o predeterminadas, acciones que formarían parte de un orden rígido total donde cada acto particular solo es una expresión local de una ley inevitable universal. Una versión de esta situación es la que presenta la idea de un orden natural inexorable, un orden fatal donde todo ocurre de manera imposible de evitar y la conciencia solo puede tener la ilusión de que elige, toma decisiones o tiene derecho a esperar un futuro favorable solo porque desconoce el futuro. Una versión aún más rígida de ese determinismo es el mecanicismo materialista, que supone un universo estrictamente automatizado por leyes cósmicas inmutables y constantes universales, un gran mecanismo material que la mente podría descifrar algún día como una secuencia perfecta que obedece a un conjunto fijo de ecuaciones matemáticas. Un modelo de la realidad que encanta a los científicos, sobre todo a los físicos y los matemáticos. Pero hay otras posibles versiones. Por ejemplo, que todo lo que llamamos realidad no sea más que una simulación producida por un gran sistema informático que pertenece a una realidad que desconocemos, un sistema donde todo lo que somos, todos nuestros actos, todo lo que sucede es solo el producto de cálculos y algoritmos. En ese caso no solo nuestra supuesta capacidad de elegir sería ilusoria sino que nuestra propia existencia no sería más que parte de una ilusión. Lo que somos y lo que hacemos solo estaría imbricado en la totalidad informática de la simulación. Y podríamos extender esta supuesta pesadilla si supusiéramos que a su vez ese sistema informático es una simulación dentro de otro sistema informático y así hasta recorrer infinidad de niveles de ilusión más allá de los cuales se ocultaría la definitiva realidad. Lo interesante de esta última suposición es que deja entrever que en una hipótesis global como la de un orden natural inexorable el parecer que tenemos de ser existencias con entidad propia también sería una ilusión, puesto que…¿qué diferencia habría entre un orden real inexorable y un orden ilusorio inexorable a los efectos de establecer la idea de que tenemos existencia propia? En realidad, no la habría, pues un orden real inexorable haría de cada supuesta individualidad solo una parte de un orden total indivisible. La totalidad inexorable o totalitaria impide que las partes puedan considerarse existentes por sí mismas y solo pueden ser reflejo, subproductos, subrutinas del todo. Así pues, aquí viene la conclusión: un ser particular solo puede tener existencia propia, es decir, solo puede existir por sí mismo, aún cuando lo haga dentro de una ilusión, si hay algo en él que lo distingue, separa, pone fuera de algún modo, respecto de la totalidad en que se encuentra sumergido. Por lo tanto, esa totalidad no puede ser inexorable. Y si esa totalidad no puede ser inexorable, fatal, absolutamente determinante sobre el ser particular, esto quiere decir que el ser particular existe por sí mismo si y solo si es libre, es decir, es equivalente afirmar que un ser existe por si mismo o decir que es libre. Y entonces la respuesta a la pregunta inicial…¿Qué es la libertad?, se vuelve sencilla: es la existencia autodeterminada, la existencia del ser por sí mismo, y por lo tanto la existencia que nace de si misma como acción novedosa, creadora. La libertad es la autocreación. Y la filosofía y la ciencia solo tienen dos opciones claras: o suponer una totalidad inexorable o suponer una totalidad donde los seres particulares tengan algún grado de existencia propia siempre, es decir, algún grado de libertad. En ese caso cabe plantearse que la realidad, el universo, es un acto de total autocreación donde cada ser particular participa de esa autocreación con su propio grado de realidad autónoma. Dicho de manera sencilla, cuando Descartes afirmaba que el hecho de dudar de todo aseguraba su propia existencia como ser pensante, puesto que la duda aún permanecería, el tenía que suponer, para no estar profunda y lastimosamente equivocado, que su pensamiento era libre y su duda un acto de libertad.

Lo que el capitalismo nunca podrá ofrecer

Mark

Hay muchos mitos y errores en torno al concepto de capitalismo. Por ejemplo, se cree que el capitalismo es una ideología, al igual que el socialismo…por el contrario, el socialismo en sus variantes se puede contraponer ideológicamente en relación al liberalismo en sus variantes, mientras que el capitalismo es una forma dada en que se organiza la producción y distribución de los bienes. El capitalismo, desde mi punto de vista, tiene la característica fundamental de subordinar el trabajo al capital a través del sistema del salariaje, y por lo tanto, tiende a privilegiar en sus formas acabadas, al inversor capitalista respecto del trabajador, contribuyendo de este modo de manera inherente a una continua concentración de la riqueza en manos de los inversores y al mismo tiempo a la creación de una fuerza laboral en paro o precaria de manera permanente que mantiene alta la oferta de trabajo en relación a la demanda permitiendo a los inversores negociar el salario siempre a la baja (incluso a niveles de neoesclavitud) y garantizando esa concentración creciente. Al mismo tiempo esta concentración se ve reforzada por el caracter hereditario de la riqueza, una característica nacida antes del capitalismo que hace posible la acumulación más allá de los límites de la vida individual e impide a las nuevas generaciones ejercer competitividades debido a las desiguales oportunidades en el punto de partida. Esto no quiere decir de ningún modo que el capitalismo sea absolutamente negativo, pues la iniciativa privada con fines de lucro personal o familiar de inversores autónomos puede ser eficiente en cuanto que la ambición de obtener más riquezas promueve la producción y distribución de bienes y el progreso de las tecnologías productivas, con más eficacia ciertamente que la iniciativa pública, que por lo general se ve trabada por la tendencia de los administradores públicos a parasitar las arcas del estado o usarlas en colusión con los inversores privados favoreciendo corporativismos o monopolios. Tampoco quiere decir que el intento socialista de suprimir el potencial de la inversión privada dejada a su antojo como motor económico mediante la socialización total de los medios de producción o el uso del estado supuestamente bien intencionado como monopolio del capital no sea un error conducente al fracaso desde el punto de vista económico por más que se muestre loable desde el punto de vista moral. Pero lo cierto es que debería llegarse en algún futuro a un equilibro entre capital y trabajo en la constitución de las empresas, algo a lo que puede contribuir tanto el ámbito estatal como el ámbito de los inversores como el ámbito de las organizaciones de los trabajadores. Este equilibrio solo puede lograrse no suprimiendo la iniciativa del capital sino la subordinación del trabajo al capital, introduciendo, por ejemplo, la participación ganancial del trabajador en la empresa, creando una paga-móvil que se ajuste a los niveles gananciales de la empresa, promoviendo el cooperativismo, realizando un control apropiado de los circuitos financieros, estableciendo fuertes normas antimonopólicas, desarrollando un limitado intervencionismo público-estatal en esferas de grave interés general como la educación, etc. Confundir la supresión de la iniciativa del capital con la supresión de la organización capitalista de la empresa mediante la subordinación del trabajo al capital a través del salariaje y el paro permanente es un gran error. Incluso es de esperar que la iniciativa del capital se vuelva más eficiente si se suprimen los factores de excesiva concentración y se crea una alianza ganar-ganar entre trabajo y capital. Y esa alianza, con el tiempo, podría ser un factor de desconcentración permanente de la riqueza que haría más competitivos los mercados, haría más justas las regulaciones legales, e impediría la creación de monopolios o corporativismos dañinos tanto a nivel de la producción como a nivel de las finanzas. Por supuesto que para llegar a un cambio de este tipo el primer paso que debe dar la humanidad es un equilibrio desde el punto de vista de los estados-nación, un equilibrio y multipolaridad que garantice la libre autodeterminación de cada nación, de cada pueblo, de cada región del planeta, de tal modo que a nivel global exista un auténtico libre mercado no coartado por intervencionismos hegemónicos, por depredadores estatales que hoy contribuyen a la monopolización y el corporativismo global. Solo así la humanidad podrá obtener de la iniciativa privada aquello que el capitalismo, con su subordinación altamente perjudicial del trabajo al capital, jamás podrá ofrecer: la prosperidad general de vida humana.

Notas:

1) Por supuesto que la iniciativa del capital, incluyendo la de un simple vendedor de refrescos en una esquina, tiene como primer objetivo el beneficio privado y no el bien general. Jamás diría lo contrario. Lo que dije, también, es que en procura del propio beneficio, la iniciativa capitalista contribuye al aumento de la producción de bienes y del comercio, que es de donde nace el lucro del inversor privado. Pero como el capitalismo es una estructura de producción y distribución donde se subordina el trabajo al capital, este beneficio general es prontamente contrarrestado por la precarización del trabajo, las condiciones salariales que tienden a la neoesclavitud, la concentración de la riqueza potenciada por la herencia de la riqueza, y aún más genéricamente, una ausencia de objetivos reales de prosperidad general. El capitalismo es un sistema fallido e inconducente si se procura la prosperidad general, pero no hay que confundir la superación del capitalismo con la supresión de la iniciativa privada…ese es un error grave e inconducente.

2)Un ideal por lo general es un objetivo planteado de manera asintótica, por acercamiento infinito inacabado. Es la diferencia entre ideal y utopía. Pero por otro lado, cualquier reacondicionamiento de la conformación económica de la humanidad necesariamente no puede provenir del mero planteo reflexivo…necesita de condiciones objetivas que alienten a que se produzca…y ellas están a la vista…la expansión económica de la humanidad ya encontró los límites mismos del planeta…se planetizó…es una condición de frontera, que como lo sugería Hegel, puede actuar como la negación que impulsa una superior síntesis. El crecimiento económico no puede darse infinitamente en un medio finito y la concentración de la riqueza no puede darse infinitamente sin llegar a un punto de colapso….a menos que nuestro destino sea un agujero negro económico.

Que los adultos protejan a los niños…de los adultos.

Dedicado a los niños cuyas tragedias conmueven hoy a la sociedad uruguaya…

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Los más vulnerables, los que llegan al mundo sin poseer nada, lo que todos fuimos en algún momento de nuestras vidas y los que constituyen, por su propio ser, el futuro de la vida humana. Pero si…los más vulnerables, y cuando nacen, y cuando van queriendo crecer y alcanzar la madurez, los golpean casi siempre todos los horrores, males, desgracias, que han hecho presa de los adultos, todos los egoísmos, todas las aberraciones, todos los prejuicios, todos los retorcimientos…los golpean a ellos con dolor redoblado porque no tienen todavía las fuerzas para resistir, para impedir que la realidad haga presa en ellos, que vienen al mundo desprevenidos, y desprevenidos están durante todo ese proceso mediante el cual intentan abrir los ojos al mundo y entenderlo.

Sería insoportable mirar hacia el pasado más lejano, aquel en el que los niños ni siquiera eran tenidos en cuenta, en el que solo se los consideraba humanos incompletos, proyectos de personas. ¿Qué no habrán sufrido aquellos niños además de las golpizas infinitas de los adultos que los tutelaban? Pero hoy no ha cambiado mucho la realidad para ellos, todavía las religiones invaden sus cerebros tempranamente, apoderándose de su voluntad y de sus intentos de entender, cegándolos desde la raíz, sin permitirles forjar su propia visión de las cosas y de las personas. Todavía las ideologías persiguen sus almas limpias, incluyendo la ideología de la mercancía, que a través de un marketing desaforado los ha convertido en el más deseado objetivo de inoculación del consumismo. Pero no solo sus mentes son espacio de riña de los depredadores adultos que ansían verse reflejados en ellos o ansían convertirlos en vehículos de sus propias estúpidas ambiciones y pretensiones. También van detrás de sus cuerpos, para esclavizarlos, para atormentarlos, para abusarlos, para someterlos.

Son niños la mayor parte de los pobres de este mundo, son niños la mayor parte de los abusados, la mayor parte de los abandonados, de los discriminados, de los golpeados sin posibilidad de réplica, de los que soportan el dolor en silencio y sin tener voz ni voto. Y los matan en las guerras, o los envenenan desde pequeños con odios y violencias que no son suyos, o les deforman el alma. ¿Es esta la participación que los adultos quieren para los niños en el mundo que ellos detentan como propio? ¿Es este envenenamiento de las nuevas generaciones lo que los adultos quieren? Y si los niños son el futuro, ¿que están haciendo los adultos por ese futuro?

Por supuesto que los niños son al final de cuentas, los futuros adultos, y si todo sigue igual no serán menos culpables al final esos adultos de lo que lo son los actuales. Pero siempre hay una oportunidad, la oportunidad de que los que ya son adultos piensen y vuelvan a pensar que la gran política, la política del futuro, es una política acerca de la niñez, acerca de proteger a los niños poniendo filtros entre ellos y el mundo adulto, filtros que impidan que sean contaminados por el odio, el deseo de dominar, las malformadas creencias, los sadomasoquismos morales, las perversiones, los abusos, las ambiciones oscuras, pero que dejen pasar lo poco que haya en el mundo adulto hacia ellos de amor, de comprensión, de ternura. Hay que proteger a los niños, protegerlos porque ellos, al fin y al cabo, son todo el futuro y toda la esperanza siempre.

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