Presencia y Ausencia: acerca de los desaparecidos en dictadura

PRESENCIA Y AUSENCIA
Una meditación acerca de los desaparecidos
Junio de 2006
Fernando Gutierrez

INTRODUCCIÓN

Seguramente no existe el dolor público, esa fantasmagoría que nos invita a la lamentación fuera de los ámbitos de la privacidad. El pudor es una de las condiciones del dolor. La incomunicabilidad parcial del dolor hace necesario lo presencial, incluso el contacto brutal con la superficie dolorida. Esta meditación no es presencial, de modo que no debe tomarse como una contribución a la ilusión de que existe un dolor público. Lo que existe, eso sí, es una culpabilidad pública. Tal vez lo colectivo incentiva con esa triste tesitura de ser culpable esta escritura.

DICTADOS

La libertad de expresión tiene dos facetas. La más comentada y reconocible es la relacionada con la producción del discurso, por la cual se admite que éste es multifocal al punto que la comunicación se asume como red o enredo, según se considere su organización o su azaroso fluir, respectivamente. La multifocalidad in extremis equivaldría a la absoluta libertad de expresión, la cual incluso debería atribuirse a quienes no pueden expresarse por causas intrínsecas ajenas a las reglas de la interacción plural. La garantía del usufructo tiene aquí mayor importancia que el usufructo mismo.

Pero en reciprocidad con la condición de partida que asegura la libertad de expresión existe otro aspecto a considerar. Se trata de la condición de llegada, según la cual el discurso emitido no tiene derecho a inscribirse por sí mismo sino porque el receptor lo integra a su acerbo de manera voluntaria. Se atiende de continuo a la expresividad del emisor en el análisis que se realiza de la libre expresión pero no se atiende más que esporádicamente a esta segunda condición de la misma: la exclusión de los dictados.

El hecho de que el análisis no apunte a la protección de los receptores respecto de la emisión dictatorial, del emisor que dicta, es un síntoma claro de que la libertad de expresión es cercenada desde la raíz misma en dos trozos inconexos en nuestras llamadas democracias. El adoctrinamiento, la manipulación informativa, la reproducción interminable del eslogan publicitario, los monopolios de la comunicación pasan así como inocentes datos de una realidad donde la libertad del emisor seguiría vigente, obviándose que la mente del receptor yace inerme ante la insistencia machacante de emisores privilegiados y desenfrenados. De modo que esta democracia de fábula en la que coexisten los excesos de la emisión y la multifocalidad es, en todo momento, una puerta abierta a la dictadura misma, que toma de ella su falta de reconocimiento hacia la libertad del receptor, agregando la supresión de emisores superfluos en la amenazada distribución del poder.

Desde el momento en que se ingresa en la dictadura es de esperar que sus dictados se vuelvan largamente insistentes y que se inicie la disolución de la red plana de comunicación que habilita un reconocimiento parcial de la libertad de expresión. Pero, además, con el auge del dictado amenazante y el cierre del discurso, se conservan estables las mismas emisiones privilegiadas que existían con anterioridad. Es decir que no solo hay una solvente transición entre seudo-democracia y dictadura sino que además la sensación de normalidad tan deseada en el ambiente de encierro mental que la dictadura crea tiene su mejor apoyatura en la concurrencia de los mismos grandes interlocutores a la nueva realidad, con ajustes sencillos a las modificadas reglas de la interacción plural. Así, mientras allá en alguna parte los emisores en rebeldía son purgados, es decir, desechados por amenazar los senderos privilegiados del discurso que ya estaban presentes con anterioridad a la dictadura, se conserva para la multitud de los emisores displicentes que no objetan las nuevas condiciones, la sensación de que todo sigue por buen camino, y de que no hay mucha diferencia entre dictadura y democracia. Esto además se refrenda en la mente de los interlocutores inermes por el hecho de que su libertad de expresión era solo hipotética antes, puesto que la presencia aplastante de ciertos discursos omnipresentes que se filtran en todos los códigos de la convivencia humana hacen imposible que las garantías de expresión se traduzcan en otra cosa que no sea el grito callejero. En estas condiciones es que los invalidados pueden desaparecer. En primer lugar, porque se presumió en algún momento que sus voces se estaban escuchando demasiado alto, y en segundo lugar porque la dictadura, reasegurada permanentemente por la pasividad de la masa inexpresiva a sus dictados, se sirve de las grandes voces de siempre para subrayar su arrebato de la libertad con su disuasoria y tranquilizadora presencia. En esto consiste, ni más ni menos, la complicidad de los medios masivos de comunicación con el poder dictatorial. Ellos ya dictaban, ahora su manera de dictar se hace consecuente con la desaparición de las voces que resonaban a la puerta queriendo entrar. Ellos, los medios masivos, no hacían ecos de aquellas voces sino que hacían eco del poder y el privilegio que ellos representan, y el eco persiste a través de todo el proceso de la dictadura.

Tiene mucho sentido, pues, y es una metáfora tal vez, pero una metáfora precisa y necesaria, afirmar que los desaparecidos vieron acalladas sus voces en medio de un gran silencio cómplice y en medio de un más complice ruido. La pluralidad continuó adelante con su expresividad cercenada porque la minoría privilegiada no dejó de expresarse como siempre y la mayoría nunca se había expresado por encima de cierto umbral admisible. Pero la supresión, la omisión de lo que ellos, los que ya no están en ninguna parte querían decirnos, no podía darse por el público suplicio porque es experiencia acumulada del poder el saber que el supliciado puede gritar con la evidencia de su martirio, como el inevitable Zelmar, ni con la cárcel, porque la falta de libertad es ella misma una voz que no puede silenciarse jamás, sino que debía sencillamente acallarse por completo toda la expresión del rebelde, incluyendo su cuerpo, su mirada, su mito, hasta la última veta de su presencia, para que no diga, no emita, absolutamente nada. Esto, al mismo tiempo, ofrece la contrapartida de generar el miedo a lo desconocido, a lo innombrable, es decir, el terror en las tinieblas.

Terror y ausencia, en combinación, constituyen la receta aplicada por la dictadura militar a los efectos de suprimir la voz que no se quería escuchar pero también cualquier pretensión temeraria de querer volver a escucharlas. El escucha incauto podría a su vez desaparecer en esa negrura de la desaparición absoluta. Las ventajas son claras: hasta el cadáver, hasta los huesos mismos tienen una voz, dicen, se confabulan con el que no quería ser escuchado, hasta el rastro, que por lo mismo debe también perderse. El desaparecido no solo desaparece sin dejar rastros sino que se lo desaparece para que no los deje de ninguna manera, en ningún sentido. Hasta un cabello, hasta una lágrima puede decir aquella insolencia aquel reto que surgía de los puños y de la voz. Suprimir, ausentar, ,acallar de la manera más terminante posible es una oportunidad para mantener tranquila a la pluralidad cercenada. No hay gritos, ,no hay huellas, no hay detalles, solo la ausencia terca y remota que no se dice, que no se menciona.

Pero no conforme con suprimir la voz alterna, el poder, que por medio de lo dictatorial se manifiesta no solo en dictadura, inscribe su dictamen en el cuerpo del desaparecido, lo atormenta antes de ausentarlo, le deletrea la palabra poder en la piel heroica antes de llevarlo a la categoría de anormalidad que se depura. Con insidiosa y repugnante actividad, el dictado se inscribe en la carne a través de la tortura, sin piedad, con la resolución de los que no quieren que se diga nada contra lo ya dicho, con la convicción asfixiante de que aquellos seres no habían entendido y era necesario que entendieran, de modo que había que recalcarles la palabra, esa palabra, poder, aunque la caligrafía resultara ilegible.

Extrañamente, la tortura como manera de dictar tiene su causa no tanto en la necesidad de dictar hasta el hueso sino en el miedo del torturador a que el torturado siga diciendo lo otro, lo que no se quiere nunca más escuchar. La tortura dictatorial va en procura de la raíz desde donde aquella voz dice sus nuevas verdades, para desarraigarla a través del cuerpo mismo del supliciado, todo ello dentro de mazmorras oscuras que no traslucen el dolor ni los gritos. Es innecesario este vejamen insomne si se piensa que aquel cuerpo finalmente va a ser conducido a la ausencia y la no-lectura pero es necesario como producto del miedo a la heroica rebeldía, al cambio, a la evolución, y es explicable como un signo de la locura del poder o del poder de la locura. Soñaban en todo momento los torturadores mientras más torturaban, y los dictadores fríos que ordenaban aquel ritual de escritura orgánica, que una vez inscrito por medio del más socavante dolor la marca del poder ya nada dirían esos cuerpos, ya nada se escucharía de ellos, y caerían a la fosa del no ser sin nombre ni futuro, como despojos huecos y sin sentido. Pero la irracionalidad se transparenta aún en el silencio, aún en la ausencia. Se transparenta como inquietud interminable, como recuerdo del olvido. Para olvidar por completo habría que olvidar el olvido mismo. La ausencia es una forma de la presencia. Los desaparecidos están porque faltan, porque su no ser no se limita a ser imposible, sino que se cruza en el camino del ser. Y los dictados que su carne recibió seguramente no lo recibieron en la no carne de su ausencia, en la no carne de sus sueños, en la no carne de sus voces que siguen diciendo, aunque no se escuchen. Aunque las voces de siempre sigan tratando de silenciar el silencio.

MARTIRIO EVOLUTIVO

“En la voluntad libre se cifra para el individuo el principio de la singularización, ,de la separación respecto del todo, de lo ilimitado; el fatum, sin embargo, pone otra vez al hombre en estrecha relación orgánica con la evolución general y le obliga, en cuanto que ésta busca dominarle, a poner en marcha fuerzas reactivas; una voluntad absoluta y libre, carente de fatum, haría del hombre un dios; el principio fatalista, en cambio, ,un autómata.”
Federico Nietzsche

No concluyeron en el martirio los desaparecidos por un mero decir, sino porque su voz se singularizaba fuertemente en un estremecimiento creativo y renovador de la voluntad. Se dirigieron hacia lo ilimitado sin medir casi la realidad que los separaba de su meta. Se los puede acusar incluso, sin que esta acusación implique una desestimación, de haber exagerado la dimensión de lo posible en relación a lo concreto y asible, de haber asumido su propio discurso con una vehemencia que los encegueció frente al dato circundante y las amenazas crecientes. Cifraron su esperanza en la absolutez de una lucha que no transigió, que proclamó una libertad sin restricciones de rehacer lo humano. Se negaron al fatum, a los automatismos que pueblan el decurso de los tiempos y los circuitos de relacionamiento de la pluralidad que pretendían reorientar. Eran idealistas y no quisieron posponer su idealismo. Cierto que muchos de ellos fueron hallados desprevenidos el día que se los llevaron, pero es cierto también que no eran inocentes de haber soñado sin atenerse a las consecuencias. Como el mecanismo de la sospecha instaurado indicaba: “Algo habrán hecho.”

Existe siempre, en la red psíquica de la pluralidad, fuerzas psicológicas conservadoras y fuerzas renovadoras, cuya pugna prehistórica e histórica ha tenido fluctuaciones e intermitencias de toda índole. Una interferencia fuerte de estas fuerzas es lo que genera ese ambiente de incertidumbre, temor, entusiasmo, amenaza y escándalo que caracterizó a los tiempos previos a la dictadura. El conflicto finalmente se desató, y al triunfar, aunque no de una manera completa ni permanente, las fuerzas conservadoras, la energía psíquica desbordada hasta lo corporal tuvo sus víctimas. Los desaparecidos fueron víctimas de las fuerzas conservadoras y agentes idóneos de las fuerzas de la renovación. Esto hace de sus desapariciones, padecimientos y muertes un martirio. No se pretendió su aniquilación sin motivo o en un desconcierto insensato de la realidad sino que esa pretensión obedeció meticulosamente aunque no razonablemente a la intensidad liberada en el conflicto espiritual del momento. Las fuerzas de conservación del orden trasuntaron su fase terrorista.

Esto no quiere decir que ellos, los que forzosamente ya no están, fueron peones de un ajedrez del destino, víctimas de una concatenación irremediable e inevitable de los hechos. Quizás en la desilusión de verse atrapados en la telaraña del poder y el desconocimiento público, quizás al mirar por una hendija la continuidad de un universo que los apartaba atrozmente, sintieron ellos en algún momento que el fatum de la realidad era todo lo posible, que no había más camino que el que ellos habían recorrido hasta el umbral de la muerte y la ausencia. Pero no solo de destinación está compuesta la realidad, sino que la acción que la constituye tiene el grado de espontaneidad necesaria que justifica el intento de modificarla en sentido ascendente. No eran autómatas conducidos allí, a ese sucio rincón de torturas, por una fatalidad insoportable, ni dioses capaces de estremecer los fundamentos de la interacción humana. Eran seres humanos, mezcla de fatum y libertad, y en esa irresolución de sus naturalezas es que fueron martirizados.

Arriesgaron de una manera quizás desmesurada pero noble. Así es como se arriesga un idealista que no encuentra satisfacción en lo dado, en lo fijo, en lo incambiado. Su heroísmo los hizo sublimar hasta su propia vida y no hay recompensa para eso. No hay compensación alguna para un sacrificio completo. Por supuesto que esperaban el triunfo, aún en la desesperanza, y por supuesto que no es objeción contra ellos ningún momento de desesperanza en el que pudieran haber caído, ni siquiera el momento de desesperanza de la muerte. Pero el riesgo estaba, y ellos lo conocían, no eran inocentes de su propio atrevimiento a soñar. Sin embargo, no debe verse en ese sacrificio la apoteosis de su voluntad sino solo un intento de coartarla, y nada más. Exaltar el martirio es exaltar la destrucción. Un martirio deseado es un contrasentido de la voluntad y apunta, al igual que el mero suicidio, al contrario de lo que anuncia, hacia una conservación de la realidad. Hallar en el martirio un objetivo es una manera de alimentar la impotencia.

En oposición a la exaltación del martirio, la reivindicación de la voluntad de los martirizados, a menos que esa clase de muerte fuera tomada por ellos como una finalidad como ocurrió con los mártires cristianos, debe hallarse en lo no realizado, en lo no alcanzado, en la meta no satisfecha. Se trata aquí de un martirio evolutivo y no de una consagración de la inercia. Se trata de seguir remando en la misma dirección aunque no necesariamente portando los mismos significados. Más temprano que tarde una nueva ola de conflicto entre la renovación y la conservación hará temblar los cimientos de nuestros pobres esqueletos pero temer esta verdad sería temerle al futuro y quitarles para siempre a los desaparecidos el derecho a seguir existiendo y forjando aún desde la ausencia.

La persistencia de la voluntad ética de mejoramiento de la condición humana recogerá en su camino sin tregua aquellas voluntades que quisieron coartarse como indicativos para un obrar infinito. La inamovilidad de lo dado equivale al anquilosamiento en una atmósfera inmodificable de estupidez mediocre. Todo el sentido evolutivo del fenómeno humano, así como del fenómeno viviente, se contiene en la capacidad del tejido vivo y de la conciencia para generar alternativas y expandir las posibilidades. La sensatez de haberse arriesgado en pos de un ideal es la sensatez de acompasar el movimiento progresivo del cosmos de vida y energía en que nos hallamos insertos. La insensatez consiste precisamente en lo contrario: cruzarse de brazos y dejar que el tiempo pueda más que la voluntad. Entregarse al fatum es renunciar a la propia naturaleza humana. Soñar, es decir, proyectarse hacia el futuro incierto, es consumarse en la más plena autenticidad. Esto es lo que nos dejaron aquellos que no padecieron en vano: su ser auténtico, la plenitud de su presencia a través de su indestructible ausencia.

LA ARQUEOLOGÍA DEL DOLOR

Remover la tierra, poner de cara al sol los huesos ya blancuzcos, parece una actividad redentora, una actividad en la que el desaparecido aparece por fin y se manifiesta aunque sea en la forma de su aniquilamiento efectivo. Pero la necesidad de la identificación rompe la ilusión: aquellos huesos son solo la arqueología del dolor, es decir, un dato expuesto a la exhaustividad de un informe técnico, que solo luego se transformará en emoción y reencuentro familiar. En ese punto intermedio entre el afloramiento de la huella perdida y el afloramiento de la identidad interviene la ciencia, rescatando, extrañamente, objetivamente una subjetividad.

Los técnicos trabajan, se pasan horas extrayendo capa tras capa de historia geológica, y su trabajo aún mantiene aquella apariencia neutral de lo científico. Pero la neutralidad no puede existir ante el esqueleto del dolor, no puede existir ante la osificación del crimen. Esta extracción exige un compromiso con lo que se extrae, un compromiso que no trasciende lo técnico sino que lo ajusta a su único cometido: el de cumplir con los dictámenes éticos que forzaron la búsqueda de esos huesos, es decir, el de subordinarse a lo razonable y desligarse del poder que, precisamente, ha sido el que ha consumado ese entierro en las sombras.

Rever los huesos, capturar en una profunda mirada la muerte real, y no la muerte metafórica que siempre se avizoraba, ese parece ser el papel que juega aquí el desentierro momentáneo del que no estaba, del que había sido colocado en el limbo de una ausencia forzosa. La meta entonces, es simbólica, sin posible ganancia más que la de una devolución del cuerpo a la experiencia emocional. La descarnada muerte tiene un rostro más amable que la anulación torturante y permanente. Aquí la técnica se ofrece a una meta no ganancial, absolutamente desinteresada. No devuelven los huesos más que la confirmación definitiva de un dolor que de este modo se cierra pero no se disuelve y ni siquiera termina de cicatrizar. No es posible aferrarse a ellos como no es posible aferrarse al pasado. Y si solo ocurre en su desocultamiento un impasse de la impunidad que luego persistirá, y un impasse del dolor que no acabará pues es un dolor que amenaza ser definitivo, al menos es posible relocalizar la identidad que había sido anulada.

Pero en la ausencia el desaparecido era más que un muerto, era una puerta abierta en la memoria, un túnel por el que un mirar continuo volvía una y otra vez a perderse en la constatación de un crimen interminable, infinito. Al subir a la superficie la confirmación de su muerte pasa a ser un fallecido, retorna al ciclo de los tiempos y las generaciones y puede ser olvidado. Los afectos que él estiraba hasta la asfixia desde esa lejanía inmarchitable ahora se apaciguan en el instante en que se retoman los huesos, en el instante en que definitivamente tiene su entierro. Puede ser olvidado, así es, puede ser olvidado. Puede dejar de perturbar la memoria de los vivos, y convertirse en un dato de lo pasado. El desaparecido no es pasado, es un habitante de la memoria, pero al retornar sus huesos él deja descansar a los vivos. No concluye el dolor, pero se opaca, es decir, habilita a no recordar la herida. La pluralidad impune que lo ha empujado en ese hueco de un predio militar siente de esa manera que se descarga una parte de su culpa. Sin embargo, debemos sospechar de tanta tranquila reconciliación técnica y emotiva, pues ella es también un retorno al orden democrático, es decir, al mismísimo orden que justificó aquel aniquilamiento, aquella dictadura. La limosna de la muerte quiere de nuevo silenciar la voz que en la ausencia se escuchaba cada vez más intensamente, cada vez más definitivamente. Es una ilusión quedarse tranquilo frente a la identidad de los huesos porque son huesos y no aquel al que buscábamos. Es más: los huesos dicen no solo que lo mataron, dicen también que no hubo arrepentimiento alguno, en ninguna parte, durante decenas de años, es decir, que el crimen y la muerte, con el tiempo, se hicieron profundos, inundaron la normalidad indiferente con aguas oscuras de impunidad. Los huesos dicen que no solo está ante nosotros muerto aquel que una vez dejó de estar, sino que está para recalcar la persistencia inicua con que no fue desenterrado, con que no fue buscado, durante larguísimos y democráticos años.

Los huesos no solo son la arqueología del dolor sino la arqueología del crimen. El re-entierro debería suspenderse quizás por largo tiempo, para que los detalles descarnados de la muerte devuelvan con su presencia la verdad de la ausencia. Pero esto sería de nuevo desorden. ¿Y porqué no? Los mártires no necesitan cementerios.

La técnica en todo este proceso de desentierro ha rehabilitado momentáneamente su sentido, pero esta es una fugaz realidad sin asidero alguno. Fue técnica, y de la más fría, la que se ensañó en ese cuerpo, en esa identidad. Al evidenciar el crimen la ciencia realiza el desentierro de su misma obra por un instante. Lamentablemente para la ciencia se trata solo de huesos, y no de compromiso. Su compromiso sigue siendo, como siempre, el de una cópula innoble con el ejercicio del poder. El compromiso que demuestran los huesos, en cambio, es un compromiso con el futuro de la humanidad, con la dignidad y el cambio, un compromiso que se llevó consigo memoria y carne y que ha dejado el rastro óseo de su integridad incólume. En esos huesos hay mucha más verdad que en toda la exhaustividad con que se reasegura su regular reentierro. Pero la normalidad alcanzada de esta manera deja traslucir una casi irreconocible ironía: la técnica objetiva exhuma dolor subjetivo. Con esto parece posible pero de ninguna forma lo es la reconciliación objetiva con el único dato intransigente: la vida se ha perdido, el desaparecido no ha vuelto. No, no ha vuelto. Y no hay objetividad que devuelva la vida.

El crimen más indeleble es el de los asesinos. No debe creerse ni por un momento que la investigación de lo sucedido hace que el suceso se anule, eso sería intentar anular a los desaparecidos por segunda vez, desanudando para siempre la memoria de la presión con que ellos siguen poblándola con su voz, esa voz que todavía nos convoca a luchar por un mundo mejor, un mundo donde ellos por fin tendrán no la paz del cementerio, no la paz de la reconciliación, sino la paz que otorga la felicidad del triunfo. Ese triunfo tal vez no tenga la forma según la cual lo imaginaron pero seguramente estará ubicado en el mismo lugar donde ellos lo buscaron: hacia delante, hacia lo lejos, en el horizonte más deseado.

Las cuencas vacías del cráneo recuperado ya no tienen ni la huella de esa mirada con que se iban apartando aquellos soñadores del presente. No tenían ni los pies en la tierra, por eso quisieron enterrarlos. Pero solo han enterrado, y se han desenterrado y de nuevo enterrado, cuerpos. Ellos siguen rectamente hacia su destino. Y siguen ausentes, para nuestro escarnio, hasta que asumamos un compromiso al menos parecido. Entonces caminarán junto a nosotros, los sentiremos vivos a través de esos lazos que brinda la unidad del sendero. No alcanza con recordarlos, y mucho menos con olvidarlos.

LA UTOPÍA DEL CASTIGO

Cuando se piensa en crimen tan insolente como el pisoteo que sufrieron ante las puertas de su muerte y post-mortem, los desaparecidos cuyos restos (léase bien, restos) han sido desenterrados de oscuras tierras situadas en el mismo país que los vió florecer, lo primero que acude a la mente es la supuesta necesidad de encontrar a los responsables de semejante aberración y castigarlos. Pero no simplemente castigarlos en un sentido jurídico penal, sino castigarlos bien castigados, o sea, como a los criminales de Nuremberg, colgarlos como a trapos sucios con excelentes horcas. Castigarlos sería, de acuerdo a esta necesidad perentoria, el gesto más apropiado para compensar de cierta manera a las víctimas por los padecimientos sufridos. Lo cual, contrariamente a lo que se suele pensar, podemos decir que es absolutamente utópico.

Las víctimas han cargado con su dolor y han muerto, eso es todo, ya no tienen nada que esperar de los vivos. Son símbolos o memoria, personas que han quedado atrás y cuya impronta no apuntaba a esta supuesta necesidad de castigo sino a iluminar caminos. Han quedado atrás y desde ese punto del tiempo miran todavía adelante, por encima de la miseria humana viviente de sus laceradores. Si así no fuera no valdría la pena el que hubieran muerto, pues su voluntad quedaría arrastrándose en pos de un dolor ajeno, de un dolor-venganza y nada más. Justicia sería hacerles justicia, y eso no se logra castigando sino desenterrando no solo huesos sino la esencia de sus voluntades coartadas, de sus sueños en lapsus momentáneo. Justicia sería un mundo justo, el mundo que ellos querían alumbrar con sus manos juntas y por el cual arriesgaron sangre y vida, las cuales este mundo voraz de voluntades mayormente conservadoras se encargó de engullir.

El castigo es un resumen demasiado escueto y equivocado de la transición del desequilibrio al equilibrio. En realidad, no podría ser más que un buen justificativo para anunciar el cierre del problema que los desaparecidos trajeron con su aventura vital. Ellos no quisieron expedientes cerrados, sino que abrieron un expediente de lucha, con herramientas teóricas y prácticas seguramente erróneas pero herramientas al fin. Lucha que apuntaba hacia adelante y hacia arriba, en un movimiento que quiso ser ascendente y fue literalmente mutilado por el ejercicio de la represión. El cenit que ellos contemplaban, ese debe seguir siendo el punto de discusión y atención, y no esa pobreza de castigos irrisorios, que no agregan nada más que amargura. Con castigos la única ganancia existente es la del ego satisfecho por haber arrancado al impune de su impunidad y humillarlo, humillarlo, humillarlo.

Una de las formas de la delectación del poder es esta del castigo, y tomarla como finalidad, pretendiendo con su concreción un retorno positivo, es mezclar el sacrificio de los héroes con la mediocridad de los rencorosos. No hay castigo que pueda reparar ese dolor, esa impiedad, esa minuciosa destrucción de esperanzas. No hay ni la más mínima ganancia en castigar, a no ser un breve regocijo morboso al ver a esos insignificantes esperpentos criminales revolverse un rato en su propia insignificancia. Pero la visión misma que de ello se desprende debería alejar nuestras sensibilidades, incluyendo el olfato, de allí, obligándonos a olvidar el castigo. No se trata de ensuciar con mezquindades y rencores la memoria de los desaparecidos, sino de vivificarlos por medio del homenaje permanente. ¿Existe este homenaje? ¿O sigue la normalidad reasegurada por la dictadura dando pasto a los corderos?

Podrá argumentarse en contra de la inutilidad del castigo que este tiene la grata finalidad de permitir a la sociedad depurarse de sus integrantes malformados y llegar incluso a beneficiarse con su rehabilitación. Esta objeción es fácilmente rechazable si se tiene en cuenta que es la pluralidad humana misma la que ha fornicado vehementemente con la vanidad dando a luz a estos criminales que ahora parecerían ajenos a ella y venidos de otra parte. Ellos son un subproducto leal a su origen societario, un subproducto de una sociedad organizada criminalmente en torno a las veleidades de la expoliación organizada de unos individuos por otros. Para ser totalmente justos habría que castigar no solo a los que se ensangrentaron las manos y ya no las pueden ocultar sino a los que no quisieron tener nada que ver con nada y por eso mismo tuvieron mucho que ver. Castigaríase así a tantos que seguramente deberíamos contratar muchos ejecutores, lo cual equivale precisamente a hacer del orden institucional que los engendra el mejor de los órdenes posibles. El castigo es un camino hacia la acción absurda que quita cuando es necesario agregar.

En defensa del castigo existe un argumento mucho más fuerte y casi valedero: consiste en afirmar que sin castigo se consagra la continuidad de la impunidad y por lo tanto la persistencia del crimen. El castigo como lección o como prevención, el castigo didáctico o medicinal, son hasta cierto punto aceptables y por eso su conjunción puede servir como máximo argumento para no renunciar a la venganza en el caso de los desaparecidos. Pero lo punitivo debería dirigirse hacia la totalidad de la estructura institucional que engendró el crimen, el estado y muy especialmente su brazo militar. Esto, por supuesto, es imposible, porque tiene en su raíz la misma razón desestructurante que movilizaba a los que fueron forzados a no estar. Es imposible de facto, , tan de facto como la dictadura militar misma. Castigar culpables (entiéndase chivos expiatorios) sería, de este modo, lavar demasiadas culpas y garantizar demasiadas impunidades.

En total, ya sea como retorno al equilibrio legal, como venganza, como depuración de malformaciones conductuales o como antídoto contra la impunidad, el castigo es un absurdo, un contrasentido, y , en el mejor de los casos, engendra precisamente lo contrario de aquello que pretende ofrecer. El resumen de toda esta inutilidad del castigo equivale a la impotencia, y eso motiva, lamentablemente, que debamos suspender el razonamiento, y abocarnos al término de este comentario a un irresistible deseo de venganza, equilibrio legal, depuración y reaseguramiento contra futuras impunidades, esto es, a un gozoso deseo de castigar a los culpables. Seamos mezquinos.

Si efectivamente ese castigo se produce, razonablemente ello no cambiará la peripecia del dolor y de la injusticia, pero al menos se tendrá una satisfacción irracional, que no es poca cosa, acompañada de la tranquilidad de volver a un mundo de acontecimientos normales. La normalidad necesita castigos, los sueños necesitan concreción. La concreción de los sueños es un ideal, el castigo es un eufemismo supurado cuando el horror se asoma, para salvar la cordura o las reglas de juego.

Pero si no hay castigo…ese no es un problema de los desaparecidos, es un problema de la pluralidad que los expulsó de su seno, esta pluralidad de la que formamos parte irremediablemente.

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1 comentario (+¿añadir los tuyos?)

  1. Enrique Francklin Echegoyen
    Nov 25, 2010 @ 02:02:31

    Lo único que podría comentar de tu trabajo sería copiarlo tal cual está.

    Abrazo Enrique

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