Apología de la formación filosófica en tres actos

Apología de la Formación Filosófica en Tres Actos.

Acto I: Apología de la filosofia

Desde su origen y hasta nuestros días la filosofía ha sido objeto de ataques sin fin, provenientes de aquellos sectores precisamente renuentes a la aventura filosófica, y por lo mismo, renuentes a la búsqueda de un saber definido en términos de libertad especulativa. Contra la especulación creadora se abalanzaron los exaltadores del sentido común, los escépticos, los cínicos, los relativistas, los creyentes empecinados, etc., todos ellos con el objetivo más o menos solapado de reducir o incluso destruir al pensamiento humano, limitándolo a pautas forzadas o condenándolo a una inocuidad que de todas formas nunca dejo de ser más que aparente. Contra la libertad implicada en esta especulación y por temor a la incertidumbre o por ansia de poder se sublevaron inútilmente toda clase de dogmatismos y totalitarismos. Inútilmente, digo, porque tan pronto el fanático, el obnubilado por ideas fijas que no controla, pretende atrapar la realidad en sus pobres redes de conceptos sin riesgo, la realidad se le evade y con ella la propia inteligencia. El porqué de estas sucesivas intentonas oscurantistas seguramente no podremos terminar de entenderlo nunca. De lo que podemos estar confiados es que la reflexión, la antorcha del libre pensar, jamás podrá ser apagada por las huestes del odio y la oscuridad, y a su paso triunfal, con la humanidad tras ella, se abrirán una y otra vez las sendas de la verdad. Claro que esta confianza no es más que la fe y la esperanza perdurables en un pleno futuro para la humanidad, definible básicamente en terminos del progreso teórico, es decir, en términos de avance conceptual por el campo del esclarecimiento mental y vital. Fe que a su vez es inobjetable por el mero hecho de que perderla seria renunciar de antemano al sentido de nuestra presencia aquí, en la Tierra.

Acto II: Apología de la educación formadora

La educación, en tanto que proceso humano, esta signada por pautas dinámicas que no son ajenas a lo teleológico. Esto no quiere decir que no se pueda pretender una educación exenta de fines declarados, inconciente del significado, la entidad y las conexiones de los conocimientos y procedimientos que pone en juego. Es contra esta clase de educación, muchas veces subordinada a ideologías de indole totalitaria o a sectarismos religiosos, étnicos, económicos, etc. que repugnan muchas veces al intelecto, y también contra esa otra que desde ámbitos que le son en buena parte ajenos es conducida al utilitarismo, a la función, de no probada estatura, de simple herramienta de instrucción y capacitación, es contra esa clase de educación que debe movilizarse sin tregua el intelecto en su rectitud. En la mayor parte de los casos, a no ser que no se quiera pensar debidamente, se comprende inmediatamente cuándo un sistema educativo está viciado en sus fundamentos y atenta contra los propios fines que debería perseguir. Pero cuando se dice que la educación simplemente capacita, instruye, este reductivismo sutil no es fácil de notar, de socavar en su aparente claridad y consistencia. Por ello es necesario contraponer una y otra vez el concepto de formación al concepto de instrucción y sus variantes, siempre que se pretenda hablar de educación de un modo serio. Porque la instrucción, fácilmente asociada con la educación laica, técnico- científica, pero también dada en procesos de aprendizaje que conducen a meros disciplinamientos manuales o mentales, es la finalidad práctica, secundaria, de la educación, y de ningún modo la primaria. Lo primero en educación es formar, esto es, contribuir a la constitución plena de la dignidad personal, de la autodisciplina que permite la convivencia ética, situando la capacitación del individuo no con vistas a transformarlo en un medio o instrumento en procesos técnicos sobre los cuales no tiene dominio, sino con vistas a la vida personal en su totalidad, abarcando la destreza técnico- científica pero tambien la expresión artística, el deporte, la higiene y buen trato, la sociabilidad, el disfrute ocioso, el juego, la artesanía, la reflexión más allá de lo superficial, la sexualidad y los afectos, etc. Con esto quiere decir que lo que actualmente ocurre en nuestras sociedades tecnocráticas y economicistas es un gran vaciamiento de sentido en la educación que conduce necesariamente al anquilosamiento de la personalidad. Admiramos aún a los aristócratas griegos sin comprender hasta que punto su educación era superior a la que actualmente reciben la mayor parte de los jóvenes del planeta. Porque ellos no eran “instruidos” sino continuos buscadores de la excelencia personal. Incluso, lo cual no alabo, desdeñaban en mucho las cuestiones prácticas concretas, con lo cual queda clara la distancia entre su modo de educarse y vivir y el nuestro. Así pues, formar e instruir no son procesos opuestos, pero tampoco equivalentes. Y esa no equivalencia implica la subordinación de la instrucción a la formación como un presupuesto de toda acción educativa que se pretenda auténtica, provista de sentido.

Acto III: Defensa de la formación filosófica.

La formación, proceso dialógico de aprendizaje-enseñanza por el cual las personas se constituyen mutuamente con la mayor plenitud que les es posible tiene como parámetro evidente el de la dignidad humana. Este parámetro, tal y como lo afirma Pascal, tiene su vértice diamantino en la facultad pensante, en el libre pensar, que al tiempo que culmina nuestra dignificación, nos permite conocer hasta que punto nuestra concreción última, cualquiera sea ella, es imperfecta y miserable en relación al ideal que se trasluce a cada paso en el proceso de crecer y madurar como persona. Y puesto que no hay, al fin y al cabo, persona digna sin capacidad para la libre reflexión y por lo tanto, para la especulación creativa, no hay individuo humano que pueda prescindir en su vida, ya sea de un modo circunstancial o regular, de intentar, al menos, pensar por si mismo, autónomamente, es decir, filosofar. Así se explica y fundamenta el valor de la filosofía como enseñanza y práctica en la vida de los individuos: no hay auténtica formación humana sin formación filosófica. Preguntar si vale la pena formarse filosóficamente es preguntar si vale la pena pensar, lo cual es absurdo a menos que pretendamos hallar dignidad en no pensar, en desistir de lo que nos hace humanos.

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2 comentarios (+¿añadir los tuyos?)

  1. Laura Martínez Coronel
    Nov 28, 2010 @ 21:25:44

    ExcelenteEl vaciamiento de cerebros, fruto de sistemas genocidas inculcan “no pensar”….De esa manera no es posible educar.El puente de retroalimentación se hace imposible y hay un menosprecio del ser humano como tal.

    Responder

  2. fernando-g
    Nov 29, 2010 @ 03:01:21

    Laura:

    Lo que ocurre básicamente con practicamente todo el sistema educativo institucional actualmente es que actúa como un sistema de reclutamiento mental antes que como un formador de personas autodeterminadas y creativas. Y la resistencia de los jóvenes como no se encuentra articulada…la podemos percibir diariamente como un bloqueo mental…

    Gracias por tu comentario, F

    Responder

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