El error inevitable

Colocados una vez más en la posición de la duda metódica recomendada por Descartes ciertamente nos vemos obligados a sospechar de lo que hemos aprendido, de los contenidos de nuestra memoria, de lo que recibimos en nuestra mente sensorialmente, etc, incluso estamos prácticamente condenados a aceptar que no podemos hacernos cabal idea acerca de nada real y que incluso tampoco podemos llegar a decir a fin de tranquilizarnos que hay algo efectivamente real, existente…excepto ese algo que duda, que piensa cuando duda y que podriamos llamar ego. Pero incluso cuando mediante la palabra o un gesto de nuestra mano señalamos hacia el ego solitario que vendría a ser la tabla salvadora de realidad cartesiana, el ego solipsista, nos damos cuenta más allá de Descartes que el gesto también es dudoso, que tal vez no estamos señalando a algo claro y distinto, que quizás allí no hay nada parecido a un ego solitario que piensa sino que se trata nada más que de un subproducto de la duda, del proceso de la duda, que aquí no se detiene sino que machaconamente continúa. Y de repente nos detenemos y nos preguntamos…¿acaso creíamos al comenzar a sospechar que nuestra sospecha se acallaría en alguna verdad insospechable? Pues…¡esa era nuestra esperanza, esa era la esperanza de Descartes! Y aún debemos dudar de semejante esperanza y aún, con coraje, debemos despojarnos de ella como de una traba, pues tal esperanza viene a ser un a priori de nuestra sospecha. Si sospechamos creyendo que alcanzaremos una certeza absoluta a la cual aferrarnos nuestra sospecha será incompleta, no será lo suficientemente profunda. Pero, de repente, claramente, acude a nosotros lo que podría ser nuestra única certeza mientras dudamos…la certeza de que solo es posible la duda, de que todo lo que es posible cuando se pretende desbrozar una verdad mediante la sospecha es seguir indefinidamente sospechando, seguir indefinidamente desbrozando…porque en el centro de todo lo que descartamos como cargado de error no hay nada en realidad, no hay más que un vórtice vacío hacia el cual la duda continuará fluyendo indefinida y eternamente. Ah…sin embargo, ¿cuál es la consecuencia de seguir dudando? Notoriamente la consecuencia de seguir dudando es seguir realizando afirmaciones como esta misma que ahora estoy realizando con la mezcla de convicción y sospecha que lleva como su carga inmediata toda afirmación realizada desde la sospecha que nos mueve hacia otra afirmación y nos mantiene sobre la actual. Es decir, que la duda no nos conduce hacia ninguna parte, arrastrada hacia adelante por el vacío desde el que mana el error siempre dilatando el plazo de la verdad hasta el infinito, pero al mismo tiempo nos hace viajar de una afirmación a otra recabando en cada afirmación un poco de esa verdad que quisieramos tomar de manera absoluta pero que se nos entrega como proceso de entrega y como entrega del proceso mientras erramos y dudamos. Por lo tanto debemos seguir dudando siempre para avanzar hacia nuevas afirmaciones y debemos apreciar cada una de nuestras afirmaciones forjadas a través del proceso de la sospecha como un logro en el camino interminable de captación de la verdad mediante afirmaciones pulidas por la sospecha. Porque la verdad no es un objetivo a alcanzar sino la realidad aprehendida precariamente en nuestro esfuerzo conceptual finito de comprender una realidad infinita que jamás podremos asimilar ni debemos aspirar a hacerlo. Lo absoluto es el error no la certeza y si la sospecha es necesaria es justamente porque siempre nos equivocaremos al afirmar y en medio del error y de la incertidumbre del error tendremos que encontrar los rastros de la realidad que han quedado enredados en nuestras afirmaciones. ¿Acaso puedes encontrar, lector, algún rastro de la realidad en lo que aquí has leído? Realmente no importa pero te aconsejo que no te aferres a alguna de tus afirmaciones pues en alguna medida que desconoces…¡estás equivocado!

 

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1 comentario (+¿añadir los tuyos?)

  1. PC
    Ago 27, 2011 @ 05:27:15

    sin duda un buen artículo 😉

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