Los agusanamientos irracionales de la voluntad de equidad


En el supuesto de que una comunidad se haga cargo intelectualmente de que debe superar la inequidad de género o étnica ello no es más que el primer paso para lograr que esa inequidad sea superada pues la misma no se asienta solamente sobre la mera intelección que se hace, la manera en que se la simboliza o se milita intelectualmente hacia ella, sino que se asienta en horadamientos irracionales de la voluntad que conservan la inequidad incluso contra la voluntad reflexiva de terminar con ella.¿Cuáles son estos horadamientos?

El primero y el más grave es el que corresponde a las situaciones de hecho que han sido creadas, establecidas, acrecentadas y promovidas durante todo el tiempo en que la inequidad ha sido sostenida y tomada como canon. Así­, por ejemplo, puede un día decretarse en una comunidad que somete a la esclavitud a ciertas personas que esta esclavitud ha terminado pero lo que no puede decretarse junto con ello es que la inequidad económica profunda y aberrante que ha sido forjada durante el tiempo que fueron esclavizadas desaparezca. No habrá tal transferencia de riqueza, no habrá tales compensaciones que impliquen un traspaso de bienes hacia los que fueron esclavizados…a menos que hablemos de una solidaridad imposible y repentina. De modo que aún restará mucho tiempo y así­ ha ocurrido en el caso de los afroamericanos, siglos inclusive, milenios tal vez, para que del decreto de supresión de la esclavitud se pase a la equidad étnica que se promueve mediante tal decreto.

Pero también es grave el horadamiento irracional de la voluntad de equiparar que consiste en el acostumbramiento mental a la situación de inequidad, acostumbramiento que no solo puede durar una generación sino que puede derivarse educativamente de generación en generación, de tal modo que aquellos que deberí­an buscar la equidad no se plantean muchas veces alcanzarla y aquellos que la promueven lo hacen sin  poder poner en tela de juicio la carga de costumbres y prejuicios que arrastran consigo. El ser humano, sigue siendo cierto, es un ser de costumbres, y estas costumbres pueden arraigarse en las comunidades bajo el umbral de la reflexión y sin que el individuo pueda liberarse de ellas sino es mediante un denodado esfuerzo que muchas veces será repelido emocionalmente por la comunidad. Para quebrar las costumbres las personas que sufren inequidad han practicado en muchas cirscunstancias, como lo hacen los homosexuales en las sociedades homofóbicas, por ejemplo, la ostentación de sus novedosas maneras de ser y actuar, ostentación que parece al principio una provocación y que quizás a muchos de los agentes de la misma así les parezca también, pero que tiene su origen en la necesidad de encontrar una vía de salida frente a la opresión de las costumbres existentes, de los canones estéticos existentes, de las disciplinas corporales existentes.

Mencionaré por último el peso sutil pero nada desdeñable del uso lingüístico. El uso lingüístico es tan perdurable y resistente a las modificaciones reflexivas como las costumbres alimenticias de una comunidad. Es muy difícil que un pueblo carní­voro como el uruguayo pase a ser vegetariano sin grandes gestos y crisis de por medio, y del mismo modo es muy difí­cil que palabras como judío o negro o homosexual o mongólico o loco dejen de seguir utilizándose en infinidad de ocasiones con una carga insultante y negativa de tal modo que esa carga se vuelve a asentar en su reutilización y ese uso lingüístico se sostenga en tal reutilización y a través de él toda la pesada inequidad simbólica que contribuye a reasegurar la inequidad concreta contra la voluntad de cambio.

Coraje

Si el universo fuera diseñado su creador no pudo pensarlo amorosamente ni apuntar a la consolación de sus seres y si el universo no es una creación sino solo un flujo y reflujo desalmado de fuerzas…tampoco se puede esperar de ello consolación o refugio alguno. De modo que aquellos que esperan encontrar en medio de las incertidumbres alguna seguridad en la que detenerse suavemente a descansar se engañan y engañan a otros cuando proclaman semejantes bahías de dulzura. Hasta el agua más mansa contiene salvajes destrucciones microscópicas, hasta en el cielo más calmo florece el fuego feroz de las respiraciones y las persecusiones. Por lo tanto cuando se busca el sentido de la existencia se debe abandonar la posición lánguida del durmiente o del adormilado, se debe abandonar la pose del idólatra o del soñador pues a través de tales cristales solo se puede caer en una visión equívoca de la realidad que tarde o temprano conducirá al pesimismo y la frustración, que muy pronto desembocará en la fulguración evidente de la tragedia diaria de la existencia. El sentido del universo no puede ser un sentido consolador, un sentido acariciante y refrescante. Lo que esta realidad que nos envuelve y empuja parece exigirnos es, por el contrario, la aceptación de la tragedia y como máxima y perenne virtud la garra del coraje. Efectivamente, no se trata de buscar el solaz y la felicidad, sino de abrirse paso en la existencia abriendo paso a la existencia misma con un inclaudicable coraje, aceptando todo lo venidero sin importar cuan absurdo parezca. El coraje debe ser la insignia de los que aman realmente la existencia, amándola no solo en sus favores sino también en sus fracasos y desgarramientos. El coraje conlleva también esa clase de entrega que se espera de los amantes, pero aumentada por la intensidad trágica del que ama sin esperar el premio de la satisfacción o el consuelo. Amar la existencia aceptando el trago amargo de la muerte, amar la existencia aceptando el sacrificio y conformándose a los pequeños placeres fugaces que nunca plenifican, y amarla aunque de toda obra no haya casi recompensa y al final solo venga la marejada de la disolución y el olvido. Tan llenos de proyectos estamos a veces que perdemos de vista el centro sobre el cual el coraje tiende su fortaleza: la llama del movimiento aquí y ahora, forjando más fuego y más movimiento, generando la existencia al tiempo que la consume.

El devorador

Si un trozo de carne viviente es expuesta al curso sin alma de las fuerzas que lo rebasan entonces esas fuerzas sin alma son inevitablemente crueles. La crueldad no es un accidente de la vida, es lo que la corroe de manera continua, lo que se alimenta en sus placeres y dolores. Las sonrisas exponen lo que las amenaza, esa mueca donde la carne viviente retrocede y los huesos se vislumbran hasta que finalmente impudorosos tocan la negrura de la tierra. Todo cuerpo vivo está expuesto continuamente a la mordedura corrosiva, al apaleo infinito de las horas persecutoras de su degradación y descomposición. El amor incluso es una pauta de extracción de fuerza del cuerpo vivo en favor de la continuidad de la producción de más cuerpos vivos sacrificables en las aras de una productividad que ciega sigue engendrando cruelmente y devorando cruelmente aquello mismo que escupe al mundo. ¿Cómo evitar el desgarramiento, cómo evitar la garra que arranca trozo a trozo toda ensoñación de futuro o promesa? Cuando los cuerpos tirados sobre las sábanas ya no pueden levantarse el devorador comienza a rasgar lentamente con sus éscaras la piel inmovilizada, y luego poco a poco penetra y lleva a la necrosis cada vez más capas de tejido vivo hasta que finalmente queda abierta la puerta del dolor y la aniquilación. Eso quiere decir que no podemos tendernos y descansar, que continuamente tenemos que volver a levantarnos, que continuamente hay látigos golpeándonos el lomo adolorido, empezando por el látigo del hambre y el látigo de la sed. Somos esclavos de un amo cruel que no nos revela su propósito, un mundo demoníaco cuya aparente e indescifrable voluntad parece ser vomitar infinitamente nuevos seres para ensañarse en ellos de todas las maneras posibles mientras los tienta con una satisfacción y una felicidad que jamás alcanzarán. Estamos, pues, encenagados en una oscuridad que se relame mientras saborea diariamente la infinidad de los cadáveres de sus propios hijos.

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