Fantasma simbólico

 

No me parezco mucho al niño de cuatro años que una vez fui, ni al adolescente de 17 que escribia poemas idealizantes acerca del amor o de la oscuridad…La muerte entonces no es un horizonte futuro, sino que la muerte es un acontecimiento constante del hecho de estar vivo…morimos siempre, constantemente, porque es la única forma de renovarnos y seguir vivos. Pero no solo es el hecho de que ese niño o ese adolescente han sufrido una muerte parcial de la que participo con mi vida sino que también retengo de ellos solo fragmentarios recuerdos, es decir, los he olvidado a no ser por vagas transferencias evocativas que cada tanto parecen retenidas en mis actos presentes o en mi memoria limitada. Si en parte ya no están y en buena parte los he olvidado…y si esto es así por cada año que he vivido entonces la vida que vivo se parece a un juego de transfiguraciones donde cada figura nace haciendo morir a la otra…donde yo solo existo en una luminosidad intermitente a medio camino entre un pasado en fuga y disolución y un futuro que todavia no emana sus posibilidades. La muerte, entonces, no es algo que habrá de sucederme…pues existe esta muerte sucesiva por medio de la cual se van agotando las figuraciones de la vida y el olvido va engullendo la experiencia en la noria constante de sus disoluciones. Puede suceder, no puedo descontarlo, que antes de sufrir ese muerte física de la que tantas veces me he espantado…que me haya olvidado de mi mismo, que ya no me recuerde y que cuando me pregunten quién soy no solo no lo sepa sino que no sabré tampoco responder. Al fin y al cabo lo que soy parece ser solo una sobre impresión de recuerdos y símbolos articulados sobre una página biológica capaz de retener tan finos garabatos pero también destinada a desintegrarse y perderlos en borroneos interminables. Aquello sobre lo cual he sido trazado por el vocerío cultural mediante intrincados aprendizajes no es una superficie firme donde todo permanece nítido, sino un caldo orgánico que filtra constantemente y olvida. Soy un fantasma simbólico diluido en un caldo biológico hiperorganizado pero fluido y goteante al fin y al cabo…¿Qué esperanza puedo tener de alcanzar la inmortalidad si cada dia es una pequeña muerte por medio de la cual me reconstituyo y dejo atrás lo que no puede renovarse en mí? Lo que sea que se inmortalice si algo así pudiera suceder no sería el que ahora soy ni el que fui…nosotros…ahora yo, antes yo, luego tal vez yo…no seremos aquello que penda de un cielo inmutable. Y si estoy perdido en fugacidades, si soy una fugacidad que se transfigura…¿para qué seguir viviendo para siempre? Soy solo uno de esos sueños más o menos nítidos y regularmente confusos que la carne tiene, un pensamiento que no puede volver a pensarse, un sistemático olvido que no puede recordarse.

La obsesión del consumo

El hambre, la sed, el deseo sexual, la aspiración al lujo, al placer, al ocio, por su recurrencia interminable dentro de la vida de cada individuo, en cada escenario social, a través de las generaciones, siendo un basamento móvil de la vida orgánica del ser humano, funcionan como obsesiones incurables, como persistentes anzuelos de la voluntad, como vicios impuestos por la propia estructura biológica fundante. Y la autoconciencia, experimentando estos impulsos no refrenables sin tensión creciente, sin disciplina amarga y poco atractiva, sin sentir profundamente que se pierde tiempo y se malgasta vida al no responder lo más ciegamente posible a ellos, sufre y se repite entre satisfacerse en ellos o en refrenarlos momentáneamente. Pero toda resistencia es inútil, la estructura del deseo esclaviza en mayor o menor medida a la autoconciencia que a duras penas quisiera rebelarse con gestos de inacción o desprendimiento o supresión simbólica de la garra deseante. Así se desmoronaron y siguen desmoronándose los edificios morales, las trampas de la disciplina, las cárceles de la frugalidad; y la tecnología, la ciencia, el rendimiento general de la economía, se arrodillan ante el ídolo de la necesidad biológica, le llenan la boca y todo termina entonces en CONSUMO, el consumo al que se acude con la voracidad desatada de un rendimiento corporal que se incentiva a través del aparataje mediático y la caricia servicial de miríadas de organizaciones y aparatos destinados a complacer, acariciar, ofrecer, excitar, cargar y descargar. Las sutilezas intelectuales de la autoconciencia se ahogan en un buen vino y un plato delicioso con su consecuente postre, en orgasmos más o menos pornográficos, en imágenes del deseo y deseo de imágenes. Por supuesto las viejas religiones de la abstinencia renegaron sin fin y aún lo hacen de manera turbia contra la esclavitud del deseo, de la materia consumible y consumante, pero ello no obstó a que finalmente llegásemos a este reino de la tripa llena y los genitales colocados. Pero la autoconciencia si bien no quisiera volver al látigo de la renuncia, de la castidad, del ayuno y las rodillas adoloridas de tanto hincarse, tampoco encuentra tranquilidad en la obsesión del CONSUMO para el cual finalmente el sistema de todas las relaciones humanas globales se ha desnudado en la forma de un lujurioso festín ardiendo sobre la negrura del petróleo y que podemos llamar capitalismo pero también orgía energética. De modo que tal vez no regresen los millones a adorar viejos paisajes de flagelo y pecado el día que los lagares del petróleo se agoten y deba volverse a probar la austeridad y la postergación. Tal vez se encuentre un camino medio entre la renuncia y la orgía, entre la disciplina y la ebriedad, un camino medio que evite tanto la locura moral como la locura del consumo, y que por lo tanto evite los fratricidios organizados en cuerpos privados de amor a la vida e impulsados a la destrucción y la autodestrucción, pero también los fratricidios caníbales que esqueletizan cuerpos para que el café y el azúcar no falten en mesas lejanas rodeadas de vientres indolentes.

La fragilidad de nuestra existencia

La primera instancia que me llevó a escribir estos párrafos fue un comentario hecho por un médico en la televisión oficial uruguaya (Canal 5). Se lo entrevistaba con motivo del fenómeno de la muerte súbita y se refirió muy especialmente a la necesidad de alimentarse de cierta manera para disminuir la probabilidad de un ataque cardíaco. Más allá de los muchos detalles interesantes me centraré filosóficamente en una cuestión que el avezado doctor mencionó muy fugazmente. Afirmó que un buen porcentaje de los casos de ataque cardíaco mortal ocurren no solo sin previo aviso claro sino también sin que se pueda decir que en la persona fallecida hayan existido factores de riesgo o descuido al respecto, es decir, simplemente un día el corazón se detuvo, sin que la ciencia aún pueda determinar claramente porqué. Pero más allá de lo que científicamente se pueda determinar en el futuro es fácil darse cuenta de que el regular funcionamiento del corazón, su latir constante…puede fallar alguna vez no solo por la irrupción de algún factor externo distorsivo sino simplemente porque ese latir es un movimiento cuya regularidad completa no está garantida en un universo donde no hay regularidades completas en ninguna parte. Hay un factor de incertidumbre indomeñable en toda eventualidad que hace no solo impredecible sino ontológicamente incierto cualquier futuro, incluyendo el devenir cuasi regular de un corazón que podría, al fin y al cabo, detenerse. Recuerdo a este respecto las palabras de un matemático que se ofreció a conferenciar para profesores de filosofía sobre la teoría del caos. En el curso de esa conferencia nos indicó a los presentes que el movimiento del corazón puede describirse tal vez como un movimiento determinista pero fundamentalmente impredecible, es decir, como un sistema caótico. Esto hace al movimiento del corazón flexible frente a las irrupciones externas y los esfuerzos imprevistos, es decir, estable frente a inestabilidades, pero también, claro, susceptible de fallar espontáneamente.

 

Antes de encontrarme con este médico hablando de la muerte súbita tuve la tristeza compartida con muchos uruguayos de recibir la noticia del fallecimiento del cantautor José Carbajal “El Sabalero” acontecido el 21 de octubre de 2010. Puedo decir, con la certeza de que hay muchas personas que tienen una experiencia similar, que sus canciones forman parte de mi propia historia personal y familiar con una intimidad que se debe, antes que nada, a la capacidad suya para incursionar en la vida de todos, es decir, en esa vida de simples cosas, anecdótica, que constituye un transfondo común en el que nos identificamos, incluso más allá de nuestra nacionalidad. Lo que me impactó de su muerte es su caracter súbito justamente, su caracter intempestivo y francamente cortante. Fue un paro cardíaco que terminó con una vida aún llena de proyectos, de planes, incluso planes para ese mismo día, incluyendo un planeado encuentro con algunos de sus vecinos, que golpearon a su puerta preocupados hasta que finalmente sospecharon lo trágico. El Sabalero, y en esto vuelvo a ese misticismo que en el fondo todos conservamos, pareció intuir esa muerte imprevista en una de sus canciones…”La Muerte” donde sugiere que la muerte nos “tumba sin avisar”. Sin embargo esa intuición, más allá de ser o no una premonición acerca de sí mismo, se extiende hacia una consideración de la espontaneidad de la aniquilación a la que estamos expuestos, una constatación de la fragilidad tremenda de nuestras vidas complejas. Nuestros organismos tienen una complejidad extrema debida a miles de millones de años de evolución que han ido acumulando esa complejidad para generar una jerarquía sutil e imbricada de procesos donde trillones de moléculas se entrecruzan de maneras fantásticamente armónicas…y es esa misma complejidad que abre en nosotros hacia las escalas microscópicas multitud de equilibrios todos ellos necesarios para el equilibrio total de nuestra permanencia biológica la que nos vuelve frágiles no solo frente a las fuerzas exteriores sino frente a la propia propensión de las fuerzas que nos conforman tan entrelazada y complejamente a deshacerse, a desintegrarse. Somos, de alguna manera, como gigantescos castillos de naipes donde cada nivel de organización depende de la estabilidad de los niveles inferiores. Y es esa fragilidad, fragilidad de la que hablaba aquel médico al referirse a la muerte súbita, a la posible espontaneidad indeterminable de una muerte súbita, la que nos hace ver de alguna manera que seguir vivo es un milagro de cada día.

 

Día a día, incluso, nuestra vida se encuentra expuesta al contacto con miríadas de amenazas microscópicas algunas, macroscópicas otras. Cada día, al cruzar la calle son solo segundos los que nos separan de los vehículos con los que jugamos constantemente a un juego de ratones y gatos donde los gatos son las máquinas motorizadas y los ratones nuestro frágiles cuerpos que tan facilmente se deshacen bajo el impacto del acero. Vivir es ya estar, en todo momento, expuestos a amenazas incalculables que nos rodean y atraviesan, que componen incluso nuestro propia vida, como la amenaza de la sed o el hambre o la caída…Todo el tiempo utilizamos instrumentos que tanto como nos son útiles contienen posibilidades dañinas como contrapartida de sus beneficios…Quisieramos tener aseguradas nuestras vidas contra esos constantes riesgos fantasmáticos pero sería una franca insensatez tratar de evitarlos sistemáticamente…es necesario vivir con la sensación y conocimiento de que esos riesgos no son desechables, no se pueden evitar, aun cuando hagamos gestos una y otra vez para aminorarlos y alejarlos. Y el riesgo más inevitable de nuestra vida humana es el debido a la simple convivencia humana, que es el que nos ha llevado a colocar cerraduras en nuestras puertas y rejas en nuestras ventanas…es el riesgo debido a la libertad que todos los seres humanos tienen, a las posibilidades que se ocultan en el otro como una amenaza criminal. Tal vez podamos soñar con un mundo donde las personas no sean de ningún modo un riesgo para las demás personas pero si queremos un mundo de personas libres debemos admitir que esa misma libertad que no podemos sacrificar a una pesadilla totalitaria de control absoluto, es la que abre siempre, interminablemente, la posibilidad del crimen. ¿Qué no es posible para un ser humano? Los individuos humanos contienen posibilidades infinitas, y tanto pueden estar cerca de lo angélico brindándonos generosamente bienes que los inmortalizan como cerca de lo demoníaco trayendo al mundo oscuridades antes no imaginadas.

 

Así pues, es sencillamente un milagro constante el hecho de estar vivo y sabiendo de antemano que el amor, la felicidad, las sonrisas, el placer compartido, las caricias, los abrazos, son elaboraciones tan frágiles como complejas de una existencia que ha sido considerada por muchos biólogos altamente improbable…deberiamos ser generosos en la valoración de cada minuto, de cada hora de respiración, deberiamos hacer lo posible para ser generosos en nuestra convivencia con los demás evitando el oscurecimiento de las posibilidades humanas que conducen al crimen, deberiamos tratar de organizar nuestro modo de vida en la perspectiva de conservar y hacer más rica la vida que vivimos.

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