Europa: un mito asentado sobre la mentira histórica

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Bodega de un barco negrero. grabado del año 1873.Bodega de un barco negrero. Grabado de 1873. Anónimo.

Existe, en general, la mítica convicción de que Europa ha sido origen absoluto de la civilización moderna con sus raíces bien ancladas en el pasado grecolatino. De esto casi no se duda, se realiza más bien un acto de fe al asumirlo. La consecuencia directa de esta asunción pseudorreligiosa de la maternidad civilizatoria de Europa sobre el resto de la humanidad es el eurocentrismo del que hemos padecido durante siglos los latinoamericanos. Es necesario, pues, terminar con este mito, el mito europeo.

Para empezar es necesario señalar que la historia de las civilizaciones no es la historia de un conjunto de desarrollos civilizatorios independientes entre sí que solo en segunda instancia se influyen mutuamente. La historia de las civilizaciones es, por el contrario, una secuencia de civilizaciones que conducen unas a otras por trasvasamientos culturales a través de los intercambios comerciales, las expediciones de exploración y los episodios de invasión, conquista, colonización.

En el caso de Europa esto ha sido claro. La civilización griega se asentó sobre el prolífico intercambio comercial mediterráneo recibiendo como herencia los aportes culturales egipcios, cretenses, fenicios, etc. Unos de los elementos que distinguió a los griegos y que influyó seguramente en su configuración mental, el alfabeto, lo heredaron de los fenicios. También había un importante desarrollo de la aritmética y la geometría en Egipto asociada a las actividades agrarias y las observaciones astronómicas y es dificil creer que esto no tuvo influencia en el desarrollo matemático posterior de los griegos. La civilización romana, a su vez, al expandirse sobre las colonias griegas no hizo más que absorber amplia y profundamente un sólido desarrollo cultural previo que se patentizó en casi todos los aspectos de la vida republicana e imperial.

Pero Europa no solo recibió la influencia de sus raíces grecolatinas sino que en muy diversas instancias, a través del califato de Córdoba o las Cruzadas o la influencia de Federico II de Hohenstaufen de Sicilia, un sicilio-normando de costumbres árabes que alcanzó gran poder secular y que fundó la Universidad de Nápoles, primera casa de altos estudios europea con organización propia (1), recibió con intensidad y durante siglos la influencia del Imperio Árabe, que le dio en herencia conocimientos matemáticos incluyendo la numeración de base diez con la utilización del número cero, amplios desarrollos del álgebra y la geometría, conocimientos astronómicos, médicos, decenas o centenares de libros valiosos, aportes filosóficos como los de Alfarabí, Averroes, Avicena o Avempace. Fue gracias al pensamiento de estos filósofos que la influencia de Aristóteles resurgió en Europa dándole a la filosofía fuerzas recobradas que se manifestaron a través de Santo Tomás de Aquino, Giordano Bruno, etc. Como anécdota basta considerar esto: “En Toledo, desde 1085 en manos cristianas, un arzobispo, Raimundo, aproximadamente alrededor de 1135, fundó la primera universidad de Europa para estudios orientales, un instituto de traducción de investigación sistemática, de acuerdo al modelo del “Brit-al-Hikma” de Bagdad. Aquí…se tradujeron el “Álgebra” de al-Jwarizmi y el Korán. Aquí también trabajó el famoso traductor Gerardo de Cremona. Hasta su muerte en 1187 tradujo en total setenta y un libros importantes del árabe, entre ellos el “Almagest” de Ptolomeo, los “Elementos” de Euclides, numerosas obras de Aristóteles, Galeno e Hipócrates, todos los que no estaban disponibles en su lengua original.”(2)

No olvidemos, de paso, las diversas influencias culturales recibidas por Europa a despecho de su vanagloria durante los episodios de expansionismo europeo, influencias provenientes de los viejos pueblos americanos, del pueblo chino, del pueblo hindú (que influyó sobre Europa indirectamente también a través del Imperio Árabe). Claro que estas influencias son de menor entidad ya que al actuar como salvajes depredadores los europeos no pudieron valorar las culturas a las cuales depredaban aunque esto se compensó oscuramente a través del exorbitante y continuado durante centenares de años expolio de las riquezas y de la vida de esos pueblos.

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Una vez aclaradas las raíces mundiales y universalmente humanas de la cultura europea hay que señalar claramente que el impulso material necesario para que Europa se despegara del resto del planeta en cuanto a desarrollo civilizatorio provino del expolio, justamente, de aquellos pueblos que fueron dejados atrás. La ventaja crucial adquirida por los pueblos europeos sobre el resto de los pueblos se debió a una circunstancia al mismo tiempo espléndida y horrorosa: el encuentro de los europeos con el continente americano. Esta fue una circunstancia espléndida para los europeos porque encontraron ávidos de riquezas y poder que allí habitaban pueblos cuyo desarrollo técnico en materia de guerras era muy inferior y esto debido simplemente a que estaban oceánicamente aislados de la gran masa continental conformada por África, Europa y Asia en la que acontecieron prácticamente todos los grandes conflictos de la historia incluyendo las posteriores dos grandes guerras mundiales. Fue una oportunidad pavorosa para que los europeos se dedicaran al robo despiadado y miserable de todas las riquezas posibles completando el mismo con un expolio continuado durante varios siglos hasta que los propios colonizadores acriollados decidieron romper políticamente con la metrópoli. El proceso de depredación fue facilitado enormemente por la infección mortal de millones de indígenas con las enfermedades traídas por los europeos. La transferencia cuantiosa de riquezas que llegaron a Europa a través de la voracidad inglesa y española fue el primer gran impacto material necesario para llevar a Europa hacia unas condiciones económicas que hizo posible el trabajo intelectual necesario para expandir su cultura.

Detengámonos aquí un momento para comprender otro de los factores que condujeron al triunfo total de los europeos sobre los pueblos originarios de América: la crueldad extrema. Para ello basta leer este fragmento de la “Brevísima relación de la destrucción de las Indias”, obra de Bartolomé de las Casas: “Entraban en los pueblos, ni dejaban niños ni viejos, ni mujeres preñadas ni paridas que no desbarrigaban y hacían pedazos, como si dieran en unos corderos metidos en apriscos. Hacían apuestas sobre quién de una cuchillada abría el hombre por medio o le cortaba la cabeza de un piquete o le descubría las entrañas. Tomaban las criaturas de las tetas de las madres por las piernas y daban de cabeza con ellas en las peñas…Hacían unas horcas largas, que juntasen casi los pies a la tierra, y de trece en trece, a honor y reverencia de Nuestro Redentor y de los doce apóstoles, poniéndoles leña y fuego los quemaban vivos…”(3) Basta este fragmento para comprender que los europeos no trajeron consigo una superior civilización, si es que de civilización estamos hablando, sino una civilización que tenía mucho mayor conocimiento de la barbarie, el salvajismo, la crueldad extrema, los excesos sádicos, las atrocidades sangrientas y un mayor desarrollo militar, de tal modo que sobre esta oscura base se impuso destruyendo al mismo tiempo que enfermando con sus plagas sobre pueblos a los que terminó por diezmar y cuyas riquezas y territorios quedaron a entera disposición para un enriquecimiento sin precedentes.

Pero una vez que el monstruo europeo afiló sus dientes y sintió placer haciendo correr la sangre en grandes cantidades a costa de mansas poblaciones que habían vivido hasta ese entonces en paz y acordes con la naturaleza, una vez que sintió el olor de la matanza y usufructuó de aquellas inmensas riquezas, ya nada lo detuvo, y su garra maldita se extendió igualmente hacia todos los confines de África, otra zona del planeta donde los pueblos permanecían en unas condiciones frágiles ante cualquier invasión militar. La exacción de África no fue menos violenta, cruel, sanguinaria, esclavizante, tortuosa, criminal. De allí fueron transferidas a los pueblos europeos otras tantas inmensidades de riquezas y posibilidades vitales mientras millones de africanos padecían dolor, esclavitud y muerte sistemática por siglos. Si nos asomamos desde lejos para contemplar la obra europea en América y África veremos a los europeos como un gran enjambre de langostas devoradoras y asesinas que asolan todo a su paso y sin valorar lo que destruyen extraen de aquellas vastas extensiones un manantial fabuloso de bienes con los que se fortalecen y pueden a su vez lanzarse a más y más festines planetarios, mientras en muchas partes van dejando cultural y políticamente sometidas a las poblaciones originarias mediante una sistemática colonización oligárquica. Leamos, para entender esto, una frase muy simple de Bernardin de Saint Pierre: “No sé si el café y el azúcar son necesarios para la felicidad de Europa, pero si sé que estos dos vegetales han llevado la desgracia a dos partes del mundo. Se ha despoblado América para tener tierras para plantarlos; se ha despoblado África para tener una nación que los cultive.”(4) Es una frase que resume el más profundo parasitismo humano que es dable pensar, el parasitismo colonial esclavista europeo.

En tiempos subsiguientes y esencialmente a través del auge imperial británico que había desplazado a la corona española, la ambición tentacular europea se expande sobre la mismísima Asia siendo alcanzadas las riquezas de la India, de China, de los viejos territorios árabes, etc. Cuánta mayor fue la riqueza que se extrajo mediante este expolio universal de todos los restantes pueblos del mundo mayor fue el impulso cultural interno de Europa, mayores fueron los esfuerzos por ampliar y potenciar la máquina de guerra trituradora de vida que aseguraba el botín y más grande y más profundo fue el zarpazo sobre los demás pueblos del orbe. Para Europa este fue su auge y más prolífico circulo virtuoso de riqueza-ascenso-expolio-riqueza aunque finalmente la máquina de guerra europea hiciera presa de los propios europeos durante el delirio asesino de las dos grandes guerras en que se enfrascaron durante el siglo veinte.

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La civilización europea no tiene una auténtica continuidad con la civilización griega pues tal continuidad fue imposibilitada por el cercenamiento expulsivo que el catolicismo produjo sobre los bienes culturales paganos que hubieran podido heredarse y la decadencia imperial romana que desembocó, con el Bajo Imperio, en un autoritarismo teocrático militarista y decadente. Solo una parte ínfima de esta posible herencia sobrevivió en Europa pero en un estado letárgico que podría haber continuado indefinidamente. Lo que evitó a Europa un persistente oscurantismo religioso fue el influjo del imperio árabe que había rescatado del olvido muchísimas obras griegas y había cultivado una amplia variedad de conocimientos que fueron transferidos a Europa a través de la conquista de España, las Cruzadas y el reino de Sicilia. En todo caso no es válido identificar la civilización europea con la civilización grecolatina ya que ésta solo pudo dar lugar a aquella a través de su desintegración y desaparición.

Los europeos construyeron su exitosa modernidad empezando por los restos del naufragio grecolatino, fragmentos de cultura esparcidos que pudieron ser rescatados del fanatismo destructor con que el catolicismo se expandió y conservó una vez que el influjo proveniente del norte de África contribuyó a la articulación en la salvaje Europa del espíritu investigativo y la inquietud intelectual-filosófica, acontecimiento que ha sido llamado Renacimiento con la pretensión de un resurgimiento imposible del antiguo esplendor grecorromano y que es solo el nacimiento de una nueva civilización que, al ponerse en contacto con los vulnerables pueblos americanos y africanos (para lo cual Europa está privilegiadamente situada en el mapa), logró ascender vertiginosamente a través del expolio más feroz y miserable, más genocida y sangriento de toda la historia humana.

Pese a todo hay que reconocer que una civilización como la europea no puede existir por si misma sin diferenciarse a través de alguna virtud o característica fundante. ¿Cuál ha sido esta característica fundante en el caso europeo? No ha sido la especulación matemática ni la especulación filosófica, ni el concepto de coexistencia republicana ni el monoteísmo ni siquiera la idea del libre albedrío que si bien fue gran motivo de especulación cristiana y post-cristiana no incidió sobre la historia europea más que como un fantasma continuamente perseguido por su negación sobre la base de una siempre resurgente visión totalitaria de la realidad y la tendencia a esclavizar, dominar, controlar o suprimir voluntades y fuerzas objetivas…una característica espiritual con que la larga y cruel decadencia romana logró embeber a los pueblos europeos. Todas estas características fueron heredadas y no fundantes. Lo que caracterizó y sigue caracterizando a la civilización europea es el maquinismo, la casi obsesión y veneración constante hacia las máquinas.

La historiadora Lynn White señala al momento que pudo ser fundacional para el surgimiento de la civilización europea: la invención del arado pesado. “Esta relevante innovación tecnológica produjo un giro radical en la relación entre el hombre y la naturaleza al establecer la norma de la parcelación de la tierra según la capacidad de la máquina y no según la necesidad humana.”(5) Pero un invento aislado, pese a su influencia retornante sobre la mente que lo ha creado, no es suficiente para estabilizar ampliamente un cambio mental. Los grandes impulsores originales de la civilización europea fueron los monjes benedictinos y lo hicieron sobre la base de una profunda convicción: creían que la mecanización de las actividades diarias, la sujeción del cuerpo y la mente a rutinas de control mecánico, era la vía más apropiada para disponer el alma hacia la perfección divina. “En el salterio de Utrecht, iluminado cerca de Reims hacia el año 830, se encuentra una ilustración del salmo 63 en el que se otorga ventaja tecnológica a los que están de parte de Dios.”(6) Esta innovación se produjo por obra de los benedictinos, que alcanzaron la hegemonía en Europa durante los siglos X y XI a impulsos de Carlomagno y su hijo Ludovico Pío. “Primero bajo el imperio y luego bajo los auspicios feudales y papales, los benedictinos convirtieron con el tiempo su devoción religiosa hacia las artes útiles en una revolución industrial medieval…”(7)

El maquinismo, con el transcurso del tiempo, alcanzó a todos los aspectos de la vida europea. En el siglo X, “los benedictinos de la catedral de Winchester instalaron el primer órgano gigante, la máquina más compleja conocida con anterioridad a la invención del reloj mecánico.”(8) La música fue conquistada, por lo tanto, para la causa de la máquina. Luego le tocó el turno a la noción y experiencia del tiempo a través del reloj mecánico y a la escritura y el lenguaje a través de la invención de la imprenta. Todos los aspectos de la vida europea se colmaron con el sueño mecánico incluyendo la tortura y la eliminación de los criminales (recordemos el “humanitarismo” de la guillotina y las máquinas feroces de la Inquisición), la creación de armas para la guerra y el estudio filosófico del universo y la naturaleza humana. “Ya Descartes comparaba al cuerpo humano a esas máquinas móviles que la industria de los hombres sabía construir en su tiempo, sin emplear, decía, sino muy pocas piezas, en comparación con la cantidad de huesos, músculos, nervios, arterias, venas y todas las demás cosas que hay en el cuerpo de todo animal”(9).

A través de su maquinismo los europeos lograron algo que en otras civilizaciones fue solo un gesto incipiente y sin mucho futuro: lograr establecer sobre la vida humana, sobre la naturaleza y sobre los demás pueblos un despliegue de máquinas capaces de triturarlos y convertirlos en material para una dominación analítica y repetitiva donde el perfeccionamiento de la exactitud, linealidad y funcionalidad de las acciones eran aspectos de una embriaguez que culminó en el delirio determinista de la ciencia europea.

El agotamiento de la hegemonía depredadora del espíritu europeo solo puede equivaler al agotamiento de su  maquinismo mesiánico y hasta apocalíptico y por el momento esto no parece posible. Hoy siguen perfilándose sobre el futuro sueños de robotización, expansión tecnológica fuera del marco planetario, desarrollo artificial de la inteligencia y las emociones, mixturas de la vida con las máquinas (los ciborgs), intrusión mecánica en lo orgánico (la bioingeniería), intervención técnica sobre la mente, etc. Sin embargo, también ha comenzado a perfilarse en el estudio científico y en las consideraciones filosóficas la irreductibilidad de la incertidumbre, de la borrosidad de los límites…y de la vida en general, a los estudios basados en la analogía mecánica. En esto se juega el futuro de la humanidad. Y para cerrar quiero dejar esta frase de Roberto Hainard en su obra “Naturaleza y mecanicismo”: “Es necesario darse cuenta que la ciencia europea no conoce a la realidad, sino a un modelo mecánico construido según aquella. Los pintores, cuya imaginación a duras penas llega a tomar el juego de las articulaciones del hombre, a situar sus miembros en el espacio, tienen pequeños muñecos de madera que colocan en la pose deseada y los copian. Este muñeco representa al cuerpo humano en el arreglo elemental de sus partes más sumarias. Para hacer una imagen viviente es necesario completar a estas indicaciones por observaciones más sutiles y, sobre todo, por el sentimiento. Se podrá hacer un muñeco más perfeccionado, más ligero, con articulaciones más numerosas. Dará indicaciones que estarán más cerca de la vida. Pero sin embargo será necesario cuidarse de tomar el muñeco por el hombre. Y ESTO ES LO QUE HACE EL MECANICISMO.(10)”

1-Los Árabes, Rolf Palm, Javier Vergara Editor 1980, pág.323.

2-Ídem, pág.356.

3-Bartolomé de las Casas, Brevísima relación de la destrucción de las Indias, Proyectos Ánfora, 1995, Ediciones Nuevo Siglo, pág 23.

4-Extraído de “La esclavitud”, Maurice Lengellé, Oikos-Tau ediciones, 1971.5-La Religión de la Tecnología, David F. Noble, Editorial Paidós, 1999, pág. 27

6-Ídem, pág. 27

7-Ídem, pág. 28

8-Ídem, pág. 33

9-Maquinismo y Filosofía, Pierre-Maxime Schuhl, Ediciones Galatea, Nueva Visión, 1955, pág.108

10-Naturaleza y Mecanicismo, Roberto Hainard, Espasa-Calpe, 1948, pág, 79.

El cuerpo como pertenencia desechable

Hay una conciencia humana así como hay una conciencia viviente de la cual aquella es una manifestación particular. Las raices pretéritas y profundas de la conciencia humana las podemos hallar en el trasfondo de lo vivo pero…¿Emerge la conciencia humana de esas raíces por encima de lo que la anticipa o solo es una mancha más en la piel del gran tigre? Entiendo que la conciencia humana está destinada de otra manera que el resto de las formas vivientes a causa del repliegue reflexivo, esto es, a causa del repliegue de conciencia que constituye la capacidad de pensar. Lo que destina y caracteriza a la conciencia humana es la reflexión sobre sí misma, es el reflejarse teniendo de este modo conciencia de sí misma. Es decir, todo lo que antecede a lo humano en materia vital es conciencia simplemente abierta al dato de lo real mas la conciencia humana es, emergentemente, autoconciencia, conciencia que se capta a sí misma en el dato de lo real.

Al captarse a sí misma la conciencia humana se hace para si objeto y puesto que la manera en que el ser humano objetiva lo real es mediante manipulación el objeto que la conciencia humana es para si es la multitud de los cuerpos humanos en la que se destaca el cuerpo individual en el que la reflexión se da desprendiéndose de la generalidad de la especie. Hay cuerpos y una conciencia de esos cuerpos pero tan pronto los cuerpos son objetivados en la reflexión al reflexionar unos sobre otros se individualizan y se destacan para si con una conciencia individualizada. Así la autoconciencia es primeramente la conciencia de un cuerpo que es para si en lo individual, destacándose en la multitud de los cuerpos que son objetivados por la especie al reflexionar y por lo tanto una conciencia que se individualiza objetivándose en cuerpos que se dan por separado recortándose sobre la totalidad de lo real y la multitud en juego de todos los cuerpos. Hay dos ingredientes necesarios para que esto sea así: que los sentidos recorran los cuerpos y que los cuerpos poco a poco, por el recorrido de los sentidos se diferencien unos de otros y se den como objetos separados e independientes. Es pues necesario que las unidades vivientes de la humanidad interactúen reflexivamente otorgándose los cuerpos hasta que cada individuo es para si un cuerpo que a si mismo se otorga y que todos los demás cuerpos dejan afuera. Ser un cuerpo es, en principio, tener un cuerpo que ha sido concedido en la convivencia de los cuerpos a una conciencia que se da individualizada en ese cuerpo.

Pero el cuerpo es objeto de esa conciencia individualizada y en el acto de objetivarse como ese cuerpo que es para si la conciencia no se reconoce de inmediato por cuanto ella sujeta ese objeto, es el sujeto de la acción que objetiva y recorre ese cuerpo que es por esa manipulación suyo…y no el mero objeto que se le aparece como perteneciéndole. De modo que la autoconciencia, al individualizarse, se desdobla en un cuerpo-pertenencia y en un sujeto que lo posee…la mente, el alma. La pauta primera del ser individual reflexivo, la persona, es la pauta de su desdoblamiento en mente y cuerpo, siendo el cuerpo para la mente en principio algo ajeno que se le da como una pertenencia. El cuerpo no se hace posible como territorio de una conciencia individual más que por la enajenación de la conciencia a partir de sí misma…la enajenación que pone al cuerpo como una tenencia más allá de lo que la conciencia es en si…la mente. Descubrirse autoconciente es insistir luego en el cuerpo que se tiene como esa posesión que esta allí y que aún no se puede admitir como lo mismo que la piensa…es estar ante si mismo como una mente frente a un objeto-cuerpo que ha sido puesto al reflexionar fuera de la mente aun cuando mente y cuerpo son solo las dos fases del sujeto-objeto autoobjetivante que es la autoconciencia.

Mientras los cuerpos van destacándose de la masa corporal que pone en juego la reflexión social y la relación con la madre…y este cuerpo en especial se vuelca sobre esta mente para ser su cuerpo y dar a esta mente un territorio en el cual se independiza y escapa al tejido de los cuerpos entrelazado por el juego de las manipulaciones…se ejercita también el manipulador humano con el mundo a través de la deriva de las técnicas. Mas estos dos desarrollos no pueden permanecer paralelos y la territorialidad del cuerpo en el que la autoconciencia se enajena para ser mente de ese cuerpo en cuanto pertenencia se fusiona con el desarrollo técnico para engendrar la técnica sobre el cuerpo que remarca la tenencia del cuerpo en un tratamiento técnico del mismo. Y así los aros, los collares, la pintura corporal, van remarcando y señalando el territorio corporal y la mente individual profundiza en sus límites corpóreos exigiéndose por la profusión de esos juegos técnicos de territorialización del cuerpo, un estar ante si misma que la máscara finalmente viene a remarcar por contrapartida. La mente se retira entonces a la intimidad detrás del cuerpo tratado y representado técnicamente para la fiesta artística de los cuerpos en la danza y en la gesticulación que alza la máscara sobre el rito. El individuo no hace por este camino más que profundizar la enajenación con la que vive su desdoblamiento en mente-cuerpo pues al interiorizarse como mente detrás de una representación lo único que resta en la comunión de las mentes es la comunión de los cuerpos representantes de esa comunión. Es entonces cuando el individuo ya está listo para sentir la soledad y la deriva que lo aleja dentro de los límites de un cuerpo del juego de las representaciones sociales hacia un territorio situado detrás del mismo territorio que le pone límites: la mente se oculta detrás del cuerpo enmascarado que vive aún en el juego de los cuerpos, experimenta lo incomunicado como algo distinto y separable de lo que comunica y se representa en comunidad.

Pero es, sobre todo, la pérdida de los cuerpos lo que remarca la final necesidad de vivirse a si mismo detrás de las máscaras y de los cuerpos como mentes que ajenas a esas pérdidas y a la pérdida posible de este cuerpo en el confín temporal de la muerte pueden aún vivir de algún modo más allá de las máscaras, los cuerpos y las pérdidas de los cuerpos y así tenemos la realidad desdoblada en dos entidades que entifican distintamente a la mente-cuerpo…el mundo de lo espiritual y sobrenatural y la naturaleza que vomita y devora continuamente los cuerpos en sus ciclos sin fin de creación y destrucción. La enajenación viene a ser por este camino una salvación de la mente-alma que al perder el cuerpo aún no habrá de perderse a si misma y así la ritualización de la pérdida de los cuerpos vendrá pronto a resaltarlo cargándose con la simbología de lo espiritual que se aleja, separa y enajena esperanzadamente de lo mortal-corpóreo. El mundo de los muertos se solapa al mundo de los vivos y la incomunicación de los sueños viene a dar el golpe de gracia a toda deseo de retomar lo meramente natural y corruptible por la ilusión de hallarse comunicado por su intermedio con ese mundo en el que aún viven las almas que han perdido sus cuerpos.

Los excesos de la inteligencia

PERFECCIÓN

No es fácil renunciar a toda forma de perfección. Incluso a último momento podemos intentar utilizar el argumento cartesiano y decir que si tenemos la idea de perfección algo perfecto habrá inducido a nuestra mente a tenerla, aunque no sea propiamente un dios. Pero, ¿de donde proviene la idea de perfección si no es de un intento claramente imperfecto de encontrar el objeto plenamente satisfactorio del deseo? Es decir, es la pretensión fuera de lugar de una satisfacción completa de las expectativas (fuera de lugar porque sencillamente no es posible) la que induce a la inteligencia a suponer objetos capaces de realizar esa satisfacción completa y es precisamente a tales objetos a los que llamamos perfectos. Son objetos imposibles, incluido el dios perfecto del cristianismo racionalista y el racionalismo cristiano.

 

La imperfección del perfeccionismo empieza por ser en primer lugar una actitud regresiva inmadura, un intento de retener en algún objeto, aunque sea imaginario, la satisfacción uterina del estado fetal. Se pretende considerar a lo perfecto con lo que se sueña un motivo para conservar las esperanzas pero estas esperanzas de las que se habla no son otra cosa que infantiles expectativas desmesuradas, propias de la indisposición para reconocer sencillamente que no es posible una satisfacción completa de las expectativas y que no hay nada perfecto, ni en este mundo ni en ningún otro supuesto mundo.

 

Renunciar a la perfección parece, pues, un sacrificio, una disminución degradante de las expectativas que por ello parecerían cercenadas en su vuelo soñador. Pero otra mirada menos sentimental nos hace ver que esta renuncia no es, en realidad, una degradación de las expectativas, sino el arreglo de ellas a las condiciones reales de nuestra vida terrestre y humana, liberándose de los excesos del deseo ilusorio, aquel que termina por conducirnos ante el muro de la imposibilidad muchas veces, en andas del fanatismo idealista o la ambición prometeica, para que suframos dolorosamente y hagamos sufrir a otros por culpa de semejante exceso. Tenían gran razón los griegos (y el término razón vuelve aquí a su origen) al afirmar que lo que desequilibra y perturba la armonía es el exceso y el exceso de las expectativas perfeccionistas ha demostrado ser, a lo largo de la historia, capaz de generar tales perturbaciones y desequilibrios provocando, por ejemplo, guerras santas donde toda clase de atrocidades, incluyendo el canibalismo, se cometieron.

 

La mente que retiene para sí, en su soberbia, la idea de una perfección que falsamente supone posible y actúa en pro de su consumación, puede enmascarar su hazaña con la liviandad de verse y hacerse ver renunciando a todo lo imperfecto, la vida inclusive, pero esto no es renunciar más que a lo que se considera insatisfactorio y exhibe una egolatría mucho mayor de la que los que se conforman a un placer no compartido y no un ilusorio altruismo. El altruismo de los que quieren cristalizarse en una perfección altruista, rechazando la supuesta mácula de ser un ego, es el sumum de la egolatría y una forma de egolatría de las más cultivadas dada su capacidad hipócrita para enmascararse con el desapego y la renuncia. Renunciar a todo excepto a la perfección con que se sueña no es renunciar, de ningún modo, a la más altiva y hasta cruel de las pretensiones. Y como no hay renuncia a la pretensión de lo perfecto tampoco habrá renuncia a toda acción por la cual se quiera doblegar la realidad a este imposible, derramando sangre sobre el altar adorado si así se lo considera necesario. Es de este modo como cometen sus crímenes los fanáticos religiosos y los idealistas de toda laya: tratando de ganar su paraíso aún a costa de la sangre y el sufrimiento ajeno, aún a costa de convertir aquello que no les satisface en un infierno miserable, incluyendo la vida de sus familias o su propia vida personal, vida ésta que son capaces de sacrificar a su idea así como el soldado se sacrifica por la abstracción de la patria. ¡Y se consideran a sí mismos, estos ególatras, santificados por su idea, por esa falsificación, por esa mentira!

             PUREZA

             La forma más insidiosa de la perfección es la pureza pues ella crea un puente entre inocencia y perfección, entre ausencia de crimen o mala intención e idealismo. La pureza es la perfección presentada como completamente libre de mácula, de suciedad, de rotura o falla. Y mientras perfeccionar es una labor dificil de definir la purificación puede intuirse inmediatamente en su sentido más apremiante: la de eliminar, exterminar, destruir, hacer desaparecer todo aquello que significa una mancha para el ídolo que se quiere exaltar. En verdad no hay nada puro, bajo ningún aspecto o consideración, y cualquier intento de purificación, sea cual sea el sentido que se considere, es un intento de rebajar la realidad a un imposible, un intento por someter aquello que se niega siempre en su impureza real y fundamental a una pretensión de pureza que solo puede cortajear y lastimar. El que a sí mismo se llame puro deberá ser considerado un mentiroso atroz y el que pretenda purificar a los demás no puede ser otra cosa que un charlatán farsante.

 

Una de las formas más degradantes de la vida humana que ha sido invocada en nombre de la perfección, y lo ha sido, lamentablemente, en nombre de Cristo, el cual nada dice en los evangelios acerca de la cuestión, es la pureza sexual. La pureza sexual es ni más ni menos que una castración del deseo sexual tanto mental como física acometida con el objetivo de colocar toda la energía vital al servicio de la inmortalidad del alma, esa máxima pretensión por la cual el perfeccionista se quiere colocar del lado de los ángeles y los dioses. Superar esta castración de la sexualidad no es tan simple pues no basta rechazar el ademán castrador sino que hay que lograr además asumir la sexualidad como algo limpio, como algo valioso, como algo necesario para la vida, como algo disfrutable y sano, y no como el residuo sucio de una pureza perdida. Para los pueblos que no han estado bajo el efecto de este cuchillo que se afila para mutilar el deseo, la exaltación de lo virginal, es mucho más fácil la alegría de vivir que para estos pueblos educados durante siglos bajo los ropajes del cristianismo católico, que ocultaron sistemáticamente al cuerpo como una inmundicia que debía alejarse de la mirada deseante.

El purismo cristiano también se ha ensañado con el pueblo judío o con el hereje o con el pagano, es decir, se ha dedicado en múltiples oportunidades históricas y a lo largo de vastas épocas, a perseguir y pisotear la dignidad de aquellos que declaradamente no eran cristianos y tanto más la del pueblo judío al que muchos exaltados oradores del cristianismo han acusado de ser el asesino de Cristo. Tampoco esto surge de las palabras de Cristo en los evangelios y tanto menos si consideramos que Jesús era judío. Lamentablemente a la hora de exaltarse a sí mismo en la pureza soñada de una fe que se pretende sin mácula ni error ni duda el ego rabioso se ensaña con aquellos que piensan de modo diferente, que buscan la felicidad de modo diferente, que creen en otros dioses o directamente ya no creen en ninguno. A todo lo que no se rinde a la fe que los exalta fanáticamente los que se dicen puros por sus creencias terminan confundiéndolo con una oscuridad y una suciedad que solo puede provenir de sus propias conciencias, porque no hay nada más impuro y degradante que el delirio de la pureza.

 

La más profunda abyección, la más sucia degradación del alma humana debida al ideal de la pureza, fue parida por el sueño pesadillesco de la pureza racial al cual muchos científicos sirvieron poniendo a su disposición el intelecto frío cargado de desprecio hacia los parámetros éticos del humanismo más elemental. El crimen masivo cometido por los nazis en sus planes de exterminio racista fue la manifestación última y más conocida de una corriente de pensamiento purista que se alimentó de los delirios raciales de muchos científicos y filósofos que creyeron necesario liberar a la humanidad, ¡vaya liberación!, de las imperfecciones individuales en la constitución mental o física, de las ascendencias impuras o enfermizas. Creyeron que podían poner la ciencia al servicio de una purificación biológica del ser humano y que esta labor eugenésica (no es para nada casual el término eugenesia) iba a contribuir al bien de la humanidad. ¿Con qué clase de bien nos querían bendecir estos crápulas, estos monstruos exaltadores de la higiene social y mental? Sea cual sea la meta trazada por su horrendo delirio purista lo único que hicieron florecer fueron los campos de exterminio y las esterilizaciones en masa. Y lejos de establecer pureza biológica alguna ellos mismos se mostraron como casos de deformidad maligna de la inteligencia humana.

 

Alejémonos definitivamente de cualquier intento de purificación de la existencia en general o de las existencias particulares. Admitamos las manchas, los borrones, los errores, las suciedades, los desechos porque solo mediante una clara admisión de todo ello podremos vivir sin exagerar nuestras pretensiones por encima de lo dado, por encima de la imperfección en la que cotidiana y humanamente vivimos. Admitamos también que no hay pureza en el alma humana y que alejándonos de las miserias cristianas que se reflejaron en el horror de las hogueras supuestamente destinadas a purificar a los ajusticiados estaremos más cerca de las palabras de Jesús cuando en los evangelios sostiene que solo quien esté libre de pecado podrá tirar la primera piedra justificadamente, es decir, nadie.

             IDEAL

             La idealización se ha visto muchas veces como una postura valedera frente a la realidad dado que es a través de ella que puede el deseo escapar a la frustración de los límites concretos en que ha de moverse finalmente la voluntad.

 

Se idealiza, por ejemplo, el amor de pareja, y se sueña con un amor que sobrepuje todas las contrariedades de la necesidad o los defectos personales, un amor que solo amantes perfectos e intachables podrían realizar. Al idealizarse así el amor se lo sublima en un aura inorgánica y teatral que lejos está de lo trabajoso consistente en aprender a amar y realizar gestos de amor a sabiendas que aquellos a quienes amamos no carecen de defectos tanto mentales como físicos, que la comunicación nunca carece de dificultades, que el encuentro de las voluntades nunca deja de provocar conflictos que necesitan ser negociados. Por supuesto que el permanecer en esta instancia adolescente, cuasi infantil, del amor de pareja, solo puede conducir a la frustración del deseo y a una invisibilización de la necesidad de estar dispuesto primero a ofrecer el pobre y defectuoso amor de que seamos capaces según nuestro desarrollo personal en lugar de vivir esperándolo de los demás. Por supuesto que esta idealización del amor no se detiene en el amor de pareja sino que lleva a idealizar también la amistad exigiéndole un aura de lealtad inclaudicable, o la  solidaridad suponiendo un altruismo claramente imposible, o la misma capacidad de amar imaginándose algunos capaces de sentir verdadero afecto por aquello que solo se delira o piensa. El producto de todas estas idealizaciones amatorias es el desencuentro con el carácter auténtico de lo amoroso, su biologicidad, su precariedad y carga de errores y defectos, la necesidad imprescindible de ser condescendiente con la fealdad, con la necesidad, con los defectos, con los tropezones de aquellos que son objeto de nuestro afecto. Y la falta de un reconocimiento realista de que el amor en todas sus formas, el afecto en todas sus variaciones, es una potencia emocional y sentimental de muy corto alcance cuando se trata de generar una vida pacífica y concorde entre los individuos para lo cual es necesaria la ética y su objetivación en leyes e instituciones que garanticen la libertad y la dignidad de las personas. La acción amorosa tiene como principal función la de crear en la vida personal un entorno de relacionamiento emocional, empático, con los otros, y será siempre una exageración pretender que sea capaz de orientar la existencia social más allá del círculo restringido en el que se relacionan emocionalmente las personas.

 

La más inaceptable consecuencia de la idealización ocurre cuando se persigue una quimera social o una salvación religiosa porque cuando se está dispuesto a la exaltación por medio de una finalidad que se considera de altura extrema luego es fácil concluir que todo lo demás, incluyendo la propia vida y la de los demás, debe sacrificarse en el altar de esa finalidad suprema. Y el resultado es la actitud del mártir, la disposición al martirio, a los actos extremistas mediante los cuales se desprecian todos los riesgos y consecuencias y se somete la propia voluntad al principio único de la persecución de esa finalidad sin claudicación admisible. Entonces se piden lealtades totales y se consideran enemigos incluso a aquellos que sin oponerse simplemente dudan. Se piden sacrificios, coraje, disposición a aceptar incluso la destrucción. Se pide, porqué no, la entrega ciega al ideal mediante una fe sin restricciones. Esto conduce, finalmente, a la obturación de la capacidad de reflexión, de retractación, de retroceso y cálculo. Su expresión final es el más acicateante y trágico fanatismo. Miríadas de jóvenes entusiastas han muerto a causa del envenenamiento innecesario que ha producido en ellos el exceso de la idea.

 

La acción revolucionaria más enardecida, aquella que se considera más virtuosa frente a la opresión y la injusticia, pronto se vuelve injusta al desbordarse en un idealismo estéril, injusta en el más amplio sentido al volverse el revolucionario incapaz de reconocer los límites de su propia capacidad de transformación de la realidad cayendo en la ilusión de una omnipotencia que no debe ser contenida, que debe triunfar inevitablemente, es decir, en la misma actitud opresiva que pretende combatir. Su falta de moderación transforma su buena voluntad en un despliegue estéril y desgarrante que no conduce a otra cosa más que a la perpetuación y agudización de la misma opresión que combate a menos que directamente triunfe y aplaste sin misericordia a las fuerzas que se le oponen imponiéndose en su lugar, lo cual finalmente constituye un regreso más o menos completo a la situación rechazada. Solo el abandono del idealismo revolucionario y la construcción en su lugar de una actitud revolucionaria realista, atenta a los tiempos que exigen las transformaciones y a las limitaciones de la naturaleza humana, biológica, etc., podria ser un camino sensato hacia la construcción de nuevas formas de vida humana más justas y solidarias.

 LÍMITE

 Para evitar caer en estos excesos de la inteligencia la inteligencia misma debe reconocer sus límites. No podemos conocerlo todo, nuestro conocimiento es finito, y es dentro de esta finitud en la que se encuentra envuelta la inteligencia que son posibles ideas tales como las de perfección o pureza, es decir, solo dentro de límites que hacen de tales ideas objetos que brindan mucho menos de lo que prometen y muchas veces, resultados que no son deseables.

 

Por supuesto que además de reconocer los límites intelectuales en sí mismos la inteligencia humana debe reconocer los muchos límites de lo humano empezando por el reconocimiento de la inevitabilidad de la muerte que no obsta a su compatibilidad con la vida pues le corresponde a la muerte el ser basa constante a partir de la cual la vida se renueva. También es necesario reconocer los límites del ego que hoy se extienden sin mesura auspiciados por leyes hereditarias ilimitadas, la posibilidad brutal de un enriquecimiento ilimitado y el sueño de vivir en un planeta de recursos sin fin. Vivimos en la época del exceso incentivados por el manantial de energía que ha explotado en el último siglo a partir de los combustibles fósiles y esta euforia atronadora que deja a su paso un tendal de rechazados, marginados, hambrientos, asesinados es lo que nos sigue moviendo hacia el futuro como si con ánimo de locomotora desbocada pudiera llegarse a alguna parte que no sea a la ruina del entorno delicado y sutil que nos rodea y cuyo precio jamás podría evaluarse en los mercados, es decir, en la feria de los tenderos que mucho más saben de morcillas, calzoncillos y pasta de dientes que de la inextricable complejidad de la biosfera.

 

 

Son, por sobre todo otro límite, los límites del deseo humano amorfo, los que debe autoimponerse la inteligencia porque solo deseando dentro de lo posible y aún más dentro de lo justo y meritorio, puede vivirse equilibrada y armónicamente. Si la inteligencia en lugar de gobernar al deseo simplemente lo extiende y multiplica, lo fertiliza y lo cosecha, creando paraísos artificiales de consumo y lujo sin freno, en alguna parte escondida este exceso se compensa con infiernos y miserias. La inteligencia no debe estar simplemente dedicada a extraer las posibilidades, los potenciales, de su ocultamiento, labor que los científicos encuentran tan entretenida, sino que debe abocarse principalmente a dar forma al deseo humano dentro de los limites de lo razonable, evitando la ruptura destructora que los excesos continuamente producen. Y por supuesto que para ello debe dejar atrás fanatismos, idealismos, delirios mesiánicos o prometeicos, purismos, perfeccionismos inútiles.-

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