La utopía de las leyes

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La Isla Utopía, Biblioteca Agustana, edición de 1516

LAMENTABLEMENTE

Tomás Moro, amigo íntimo de Erasmo de Rótterdam, escribió en latín, en 1516, su obra titulada “De Optimo Republicae Statu deque Nova Insula Utopía” cuyo título el tiempo redujo para el público en general simplemente a la palabra Utopía. Es aquí donde esta palabra aparece por primera vez radicando su origen, por voluntad del autor, en los términos griegos “outopia”, que significa ningún lugar y “eutopia”, que significa “buen lugar”. Así pues una utopía es un buen lugar en ningún lugar, es decir, desde el comienzo una paradoja que exhibe un aspecto fundamental de lo humano: su libre determinación a un campo de posibilidades no concretas guiado por el deseo.

¿Qué quiero decir con esto último? Quiero decir que una utopía no es simplemente un lugar imaginario, y por lo tanto un no-lugar que se supone lugar solo de manera abstracta, sino también la expresión de la capacidad humana de salirse mentalmente de las relaciones cerradas y dadas con su entorno para proyectarse en lo no dado y abierto de lo posible. En este salirse de lo concreto el deseo humano muestra, a su vez, su ilimitación, su naturaleza prácticamente amorfa, incondicionada, creadora de formas artificiales para su satisfacción. En la utopía el pensador utópico supone la posibilidad más deseada, la posibilidad de una felicidad completa y segura que ya no es susceptible de degradación temporal.

Pero, ¿cuál es el límite entre lo posible y lo imposible? El pensador utópico no piensa lo suficiente acerca de lo que restringe al deseo, no tiene en cuenta de manera plena las condiciones de posibilidad del lugar imaginado, postulado. Lo posible puede concretarse pero el pasaje de lo posible a lo concreto se da a través de las condiciones de posibilidad de tal pasaje, condiciones que limitan lo posible en relación a lo concreto, lo no dado en relación a lo dado. Las posibilidades solo pueden llevarse a su concreción filtradas por lo ya concreto y no sin tenerlo en cuenta. De modo que las utopías, en general, son lugares imposibles no por su mero planteo sino porque este planteo, guiado por un deseo fantasioso, es decir, decidido a su ilimitación y satisfacción completa, no tiene en cuenta las condiciones de factibilidad históricas.

En el caso de Tomás Moro y de muchos otros utopistas como lo han sido Platón con su República o Tommaso Campanella con su Ciudad del Sol, no ha importado, sin embargo, la historicidad del planteo, puesto que sus utopías no pretendían verdadera concreción sino solo servir de modelo imaginario para la vida concreta, modelo puro de plena existencia humana cuya diamantina contemplación mental guiara a la conciencia histórica. En esto eran finalmente, pragmáticos, pues sabiendo que sus modelos no eran en realidad susceptibles de una concreción digna del deseo que los construía, los hicieron públicos como guía de trabajo, como inspiración de la acción política o religiosa, como lineamiento de acción.

Fueron mucho menos pragmáticos los socialistas en general, grandes soñadores que procuraron por todos los medios dar a su sueño, mediante consideraciones pormenorizadas acerca de la naturaleza y específicamente de la naturaleza humana, la capacidad de hacerse plenamente concreto, de ser factible en su totalidad, de ser incluso un destino histórico. En cuanto a su intento de cargar con el peso de la ciencia y la razón a su utopía se distanciaron claramente del cristianismo bajo cuya influencia nació el esfuerzo socialista pero en cuanto a su ambición de alcanzar una total satisfacción histórica, una completa realización de su utopía, los socialistas estuvieron muy cerca de los más devotos milenaristas cristianos apocalípticos. Lo que para los fervientes cristianos, y recuerdo entre ellos a Francis Bacon con su utopía “La Nueva Atlántida”, era la mano de Dios, para los socialistas era el designio histórico guiado por la naturaleza universal y humana y el poder de la ciencia para librar a la humanidad de la necesidad y la ignorancia.

Una vez que los socialistas pierden la fe en la realización de una sociedad feliz, basada en la cooperación y el altruismo, en la caridad y la pureza de intenciones, un sueño notoriamente influenciado por el idealismo cristiano que formó a los primeros grandes pensadores socialistas y solventado por una ciencia que no tardó en ser un servil instrumento del poder estatal y empresarial, no se puede decir ya que sean integralmente socialistas y esto exhibe a las claras que es el deseo y no la razonabilidad histórica lo que prima en la voluntad del socialismo. Llegados al siglo XXI el socialismo como tal, es decir, guiado por la fe en un destino histórico de plena realización del deseo de felicidad y armonía humana (una especie de regresión al estado fetal en el que nada perturba la paz y toda satisfacción es inmediata), ha fracasado a través del fracaso de sus muchos experimentos históricos, aunque su sola realización demuestra la capacidad admirable del ser humano para guiarse por sus posibilidades antes que por sus condiciones, y lo que hoy podemos llamar socialismo es solo un subproducto de aquel movimiento orgulloso y utopista que a tantos millones de seres convocó. Lo que queda, en realidad, ya no es el socialismo propiamente dicho sino un enmascaramiento de la gran frustración que impide recrear el impulso utópico.

¿Porqué fracasó el socialismo? Lo hizo no porque las fuerzas opuestas y negativas de la historia se le opusieron y lo derrotaron sino porque intrínsecamente el socialismo guardaba el germen de la imposibilidad. Así planteado era imposible por dos fundamentales razones: en primer lugar porque se basaba, declaradamente o no, en una visión excesivamente optimista de la naturaleza humana, y en segundo lugar, porque suponía un destino histórico en contradicción con la misma esencia libertaria, posibilística, del movimiento, contradicción que Marx supo comprender dejando de lado la libertad y la categoría de posibilidad para aferrarse, mediante la adopción del determinismo científico heredero del determinismo apocalíptico, a la flecha intocada del destino histórico, y llamando ingenuos, con cierta razón, a los socialistas que esperaban una afluencia espontánea de los seres humanos al sueño socialista.

El ser humano no es bueno por naturaleza, ni tendiente por naturaleza a la cooperación en sociedad, ni tendiente por naturaleza a la convivencia pacífica. Nada de esto porque el ser humano sencillamente no está determinado como lo están tantos seres vivos a una conducta fija adaptada a unas condiciones concretas dadas. Sencillamente, pues, porque el ser humano es un ser que se autodetermina en su conducta mediante el más libre de los aprendizajes que jamás haya sido posible entre los seres vivos, aún cuando este aprendizaje acontezca en el seno de su sociabilidad inherente. Y a causa de esta autodeterminación puede estar dispuesto tanto a cooperar con sus congéneres como a explotarlos sin misericordia alguna, puede estar dispuesto a beneficiarlos con su esfuerzo tanto como a destruirlos y degradarlos. Así pues ni la libre asociación humana soñada por los anarquistas más optimistas ni un estado paternalista y capaz de autosuprimirse para realizar la sociedad final del marxismo son más que imposibilidades que ignoran la naturaleza libre e imprevisible de la conducta humana. No es casual la formación histórica de la autoridad y de los regímenes de contralor legal entre los seres humanos pues estos vienen a solventar precisamente la convivencia entre ellos sobre la suposición implícita de que sin la autoridad y sin las leyes es insostenible que convivan pacíficamente sino más bien es muy probable que terminen agraviándose en el seno de un caos político.

Con respecto a la existencia de un destino histórico si en efecto existiera es incoherente plantear al tiempo que se lo supone un voluntarismo revolucionario como el que han propuesto los socialistas tanto libertarios como marxistas. Si hay un destino histórico no es necesario ningún acto de voluntad particular o masivo para que ese destino histórico se cumpla. La concurrencia masiva de la voluntad al acto revolucionario conlleva necesariamente la duda acerca de lo que ese acto pretende alcanzar, acerca de la concreción de lo deseado. Así pues en esto hay una contradicción flagrante que solo podía resolverse asumiendo que la revolución es necesaria porque no hay destino histórico o que la revolución es impotente e innecesaria porque el destino histórico existe. Pero llevados adelante por el deseo utópico los socialistas no pudieron dejar de lado ni el arrebato revolucionario ni la fe casi mesiánica en un destino histórico, sin asumir jamás esta contradicción.

SIN EMBARGO

El socialismo, sin embargo, nos ha dejado la profunda sensación hasta ahora de que vivimos en comunidades altamente degradadas por la injusticia, por la miseria generalizada, por la explotación y criminalidad generalizada. Y esta sensación, lejos de disolverse, se hace más realista en este siglo XXI de corporativismo totalitario y obscenidad capitalista…más realista que nunca. Y nos ha dejado la herencia de una tarea inconclusa: la tarea de terminar con este estado de cosas. ¿Cómo obrar en el sentido socialista superando al mismo tiempo aquellas contradicciones que hicieron de su deseo utópico un fracaso autoinfligido? ¿Cómo conservar la utopía socialista de alguna manera al tiempo que se admite el realismo necesario en cuanto a que el deseo utópico no debe obviar los límites debidos a las condiciones históricas tanto subjetivas de la conciencia como objetivas de la materialidad? Cuando los marxistas creían estar considerando estas condiciones no paraban sin embargo de soñar, y de soñar aún más que los anarquistas, en un destino histórico, conducidos a través de la pluma de Marx, por el profetismo hegeliano. Y cuando los anarquistas creían estar considerando estas condiciones en cuanto a que derivaban su autoproclamada razonabilidad de la ciencia y las leyes naturales no dejaban de soñar con un ser humano imposible que fuera capaz de autogenerar la convivencia pacífica y justa a partir de simple asociación libre.

Para dejar atrás el ensueño que ha impedido al socialismo concreción alguna excepto vagas consecuencias sumergidas ya en la marea de una realidad mísera, volvamos a los grandes utopistas del pasado. ¿Qué vemos en común a través de todas sus utopías? Lo que vemos en común es lo ya presente en La República de Platón: en primer lugar la idea intrínseca de que la utopía no es más que un modelo, un proyecto cuya consecución histórica no puede darse plenamente sino que solo ha de servir de guía para la voluntad política de reforma de la vida humana. Y en segundo lugar la importancia de la autoridad y de las leyes en el proceso de normalización de la convivencia ideal. Sin autoridad y sin leyes que sean la expresión pública del deber de convivencia no es posible en realidad que este deber alcance objetividad alguna y entregadas las voluntades particulares a su autodeterminación subjetiva prontamente la convivencia pacífica y justa se hace imposible. En La República de Platón, pese a esto, encontramos un claro exceso de la autoridad sobre las leyes, de la guía vertical sobre el consenso, exceso que es perjudicial si se considera lo que la historia nos ha enseñado en cuanto a la verticalidad y la autoridad colocada por encima de la ley o la ley sostenida sobre la base de algún principio universal no consensuado: tal manera de plantear la idealidad de la convivencia ha terminado claramente enunciando y concretando el experimento nazi-fascista.

Es el republicanismo de Rousseau y no el de Platón el que debe guiarnos una vez que hemos asumido el principio general platónico de que sin autoridad bien provista de conocimiento y sin leyes justas y válidas para todos la convivencia pacífica es imposible. Solo el imperio de las leyes incluso sobre la autoridad y basado en el consenso, en lo contractual de la voluntad de convivencia, puede ser reflejo de las voluntades particulares de los que por este imperio podrán ser llamados en efecto ciudadanos de una república basada en la voluntad general sin detrimento de la voluntad particular. La autoridad en este caso pasa a ser un instrumento de aplicación de la ley a los casos concretos, y un instrumento de realización de la voluntad general expresada en las leyes. La república constitucionalista, pues, es la única que asegura la posibilidad de consensuar las leyes de la convivencia, la única que asegura la sujeción de la autoridad a las leyes, de la soberanía política a la soberanía de los ciudadanos, y la única que tiene en cuenta no solo la libertad, la autonomía de cada individuo, sino la posible arbitrariedad de la autoridad si esta no yace a los pies de la ley pública, elegida libremente por los ciudadanos.

Pero…¿cómo el imperio de la ley puede abrir un margen utópico? Para ello debemos dar cuenta del carácter posibilístico de las leyes. Ellas no son pautas de construcción de acciones concretas sino que son pautas de condicionamiento concientemente preestablecido de las acciones posibles. Las leyes deben ser, por lo tanto, condiciones de posibilidad de las acciones que los sujetos individuales se autoimponen para hacer posible su justa y pacífica convivencia y si no lo son es a ello a lo que deben tender. Su entidad no es tanto la facticidad en que son aplicadas sino la posibilidad en que pueden ser aplicadas y su historicidad consiste mucho menos en su permanencia que en su reforma pues es por la vía de la reforma que las leyes dadas van siendo sustituidas en pro de alcanzar aquel no lugar – buen lugar que ellas, en definitiva, prefiguran: la utopía de una convivencia plenamente justa, pacífica y solidaria entre los ciudadanos que libremente las adoptan como marco de su accionar individual y comunitario.

Las leyes, pues, presuponen con su existencia la utopía, el buen lugar-no lugar en que la convivencia entre los seres humanos supera toda miseria mutuamente infligida y dirigirse a su constitución y más aún a su reforma constante y razonada es un esfuerzo en dirección a aquella utopía, que en el fondo no es otra que la de los mismos socialistas o de los grandes utopistas del pasado. Podemos decir entonces que todo esfuerzo valedero en dirección a esta condición ideal de la convivencia humana no puede ser otro que el esfuerzo pacífico de establecimiento de la convivencia legal en primer lugar y el esfuerzo, también pacífico, de reforma constante de las leyes en pro de un acercamiento cada vez mayor de la realidad concreta a aquella proyección mental. Ambos esfuerzos, sin embargo, no deben quedarse en la superficie respetando las condiciones dadas de la convivencia en el momento en que se realizan sino que deben ser esfuerzos lo más profundos y radicales posibles y en ese sentido tender radicalmente a obturar toda forma de explotación, de parasitación del ser humano por el ser humano, toda forma de opresión, toda forma de crueldad infligida por los seres humanos contra sus congéneres. Si el esfuerzo legal no toma esta dirección con claridad y profundidad entonces yerra por compromiso con la actualidad y sus intereses, quedando cercenado su carácter utópico originario. Toda constitucionalidad que no vaya hasta el fondo de la injusticia para resolverla esconde justificaciones de la misma, y todo intento de reforma de las leyes que no procure lo mismo es solo un enmascaramiento falsario de la voluntad ética.

Así pues, el proyecto utópico, en el que los socialistas se empecinaron, consistente en la creación de una convivencia humana pacífica y justa, se puede sostener como tal proyecto teniendo presente que: 1) No es nunca enteramente realizable pues, en general, ningún proyecto admite una plasmación perfecta y en particular la naturaleza humana no es domeñable a las coordenadas de la convivencia por tener una originaria componente de libertad individual. 2) Solo puede llevarse adelante como proyecto legal, es decir, como proyecto de construcción de marcos legales entre las personas, los colectivos y las naciones, y como proyecto de permanente reforma y mejoramiento de tales marcos. 3) Solo puede ser exitoso el esfuerzo legal correspondiente al proyecto utópico en tanto proyecto legal si la voluntad de legislar es clara y profunda en cuanto a combatir radicalmente las formas injustas de la acción humana y promover las formas justas y pacíficas. Si el esfuerzo legal, en lugar de ello, atiende a intereses y condiciones presentes de manera obsecuente, su utopicidad desaparece para volverse una simple racionalización pseudoética de lo dado.

Los socialistas nos han dejado en el sentido de una posible radicalidad de la reforma del marco legal de convivencia nacional e internacional de la humanidad unas cuantas consideraciones pertinentes y valiosas que deberán tomar en cuenta futuros reformadores dispuestos a realizar la obra utópica por la vía de la utopía de las leyes. Atendiendo a ello recomiendo, para cerrar este escrito las siguientes reformas:

1)Trocar la herencia ilimitada de la riqueza de una generación a otra dentro de las familias en herencia limitada del heredero para de este modo asegurar que las nuevas generaciones tengan un punto de partida mucho más justo en cuanto a su dotación inicial de riqueza.

2)Declarar al trabajador accionista de la empresa para la cual trabaja, es decir, copartícipe tanto de las decisiones como de la ganancia empresarial.

3)Promover la crianza sostenida y adecuada de los niños ofreciendo a las parejas que deseasen hacer esto posible todos los beneficios que legal y económicamente fueran necesarios, incluyendo si fuera necesario la concesión de tierras de habitación, recordando que esto no será un acto de generosidad sino una inversión valiosísima en pro de las nuevas generaciones.

4) Establecer fuertes obligaciones de los ciudadanos declarados hábiles para con los niños en cuanto a su protección desde todo punto de vista. La niñez debe declararse la más privilegiada de las edades humanas, toda la economía debe inclinarse ante este precepto, todas las instituciones lo deben tener en cuenta y las sanciones de acciones ejercidas contra el bienestar infantil deben ser las más duras posibles.

5)Establecer en la constitución misma de la ley su obligada reforma periódica mediante la asamblea constituyente y educar sistemáticamente a los futuros ciudadanos para el ejercicio lo más libre y razonado posible de su ciudadanía.

6)Establecer tambien de manera radical y constitucional el derecho pleno de los trabajadores a asociarse para la defensa de sus intereses, incluyendo su permanencia como accionistas obligatorios de las empresas para las cuales trabajen.

7) Imponer un ingreso mínimo de riqueza por persona a cumplir indefectiblemente sea cual sea su condición laboral o empresarial y un ingreso máximo para evitar excesos.

8) Obligar por ley a todo aquel que ejerza un cargo político gubernamental a suspender mientras lo haga toda actividad empresarial privada para evitar de manera contundente la colusión del interés particular con el ejercicio del poder público, y establecer un tope de riqueza personal tanto al ingreso como a la salida del mismo.

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