El Estado: ni ángel ni monstruo

El estado, de por sí, no es ni monstruoso ni un manantial de dicha. El estado, en términos generales, es solo la exteriorización simbólica del deseo humano de incoordinar las voluntades humanas en el seno de una institucionalidad que la ordene de alguna manera. Pero la imposición del orden debe nacer de alguna parte y por ello es necesaria en todo los aspectos de esta institucionalidad la existencia de la autoridad…o dicho en plural, de las autoridades. Fueron los romanos, en la época republicana, quienes se enfrentaron con evidente fracaso y notoria trascendencia histórica ante el problema que esto representa para la comunidad. Por un lado, se llega a creer que la autoridad es la base del estado, pues es ella justamente la que impone el orden estatal y hace posible la permanencia de la comunidad más allá de las debacles sociales, políticas o naturales….y por el otro se llega a creer que el exceso de la autoridad es un riesgo constante que con el tiempo puede abrir paso al mero ejercicio arbitrario del poder y que por lo tanto es necesario trabar la acumulación del poder por parte de la autoridad de alguna manera…por ejemplo, impidiendo que la autoridad se ejerza para beneficio propio, disgregando las facultades del poder estatal lo más posible, etc. Quienes procuraron a lo largo de los últimos suspiros históricos de la república romana asentar en la autoridad la permanencia de Roma se equivocaron dejando para nosotros la lección inscrita en las consecuencias…la república degeneró en el imperio…y quienes procuraron, apelando incluso como Bruto al matar a Cesar al asesinato, salvar la integridad del sentir republicano ante los excesos crecientes de concentración autoritaria del poder, supieron de un modo u otro que Roma degeneraba, que Roma estaba ante su ocaso. Lo que vino después, el Imperio, aun brilló por un tiempo con los resabios de la grandeza acumulada por la República pero agostó aquella grandeza incinerándola en prontitudes corruptas tan pronto hombres como Marco Aurelio dejaron de asumir la autoridad cada vez más excesiva y condenada, en la soledad del poder absoluto, a una arbitrariedad que derivaría en la desintegración de la cultura romana con el concomitante ascenso del catolicismo y la penetración a través de la profesionalización del ejército, de la crudeza germana y goda.

En referencia a los conjurados contra César afirma el gran historiador uruguayo Evangelio Bonilla: “Habían sido colmados de beneficios por César; no tienen queja ninguna a este respecto; pero la República ha desaparecido, no más discursos, no más asambleas, no más luchas electorales.” La muerte de César exhibe pues, el problema a que se enfrentan quienes saben que en la autoridad se sostiene el orden pero que en el exceso de la autoridad el orden degenera en arbitrariedad de la voluntad y pérdida de la dignidad de quienes se someten a esta arbitrariedad aún percibiendo de ella algún beneficio. El único modo posible de superar este dilema es aceptar por un lado la necesidad de que exista autoridad para garantizar el orden comunitario, es decir, como fundamento de la efectividad del estado, pero esforzarse constantemente a pesar de todas las dificultades para que esta autoridad se encuentre lo más dispersa posible en el seno de la comunidad, descentralizada y ella misma sometida al orden estatal. Por supuesto que esto se logra cuando las catástrofes, las guerras o las excesivas acumulaciones de riqueza por parte de algunos no pesan fuertemente en contra de la armónica convivencia resquebrajándola y presionando a la comunidad a apelar a la fortaleza de la autoridad como salvaguarda del mismo. La paz es necesaria para el mantenimiento e incluso el mejoramiento del orden convivencial y preservarlo, muy especialmente, de los excesos de la autoridad. En el caso de Roma está claro que la dedicación al sometimiento de otros pueblos con la consecuente guerra constante y el surgimiento de minorías privilegiadas por las exacciones logradas y un ejército profesional abrió la puerta al desorden institucional, a los desequilibrios políticos y al fin de cuentas, al autoritarismo imperial.

Un estado basado férreamente en la autoridad alcanza en ella su concreción tal vez por largo tiempo pero tarde o temprano los excesos de la autoridad abren las puertas del abismo, llevan al estado a la degeneración y el caos y el pueblo que, autoritario, se dio el lujo de poner en la autoridad la fuente de su felicidad, paga esta indignidad constante con su propia ruina. Muchos alemanes, incitados por filósofos como Herder, Fichte, Hegel, y por el pastor Lutero, soñaron durante siglos que la obediencia era la puerta a través de la cual llegarían al orden alemán perfecto. El propio Marx, alejado de Alemania, exiliado en Londres, no dejaba de soñar del mismo modo un Estado cuya autoridad central y centralizadora dictara la felicidad a todos sus ovejas e incluso, una vez dictada, capaz de autoinfligirse la inexistencia y dejar en pie, sobre la tierra fértil, un paraíso comunista. Ya Herder, muchos siglos antes de que Hitler encandilara a los alemanes con sus gestos de autoridad infalible, con su impronta autodivinizada…ya Herder soñaba con un fuhrer que condujera a los alemanes hacia la gloria. ¿Cuál fue aquí o allá el resultado de estos sueños autoritarios? Los excesos oprobiosos de la Alemania nazi, los oscuros manejos del estalinismo, la sangrienta represión del pueblo ruso a manos de la cheka en los tiempos de Lenin, el genocidio programado de los camboyanos a manos de los jemeres rojos y su líder inicuo Pol Poth. Esto solo nos puede indicar la necesidad de abandonar toda clase de apelación a la autoridad como ultima salvaguarda del orden institucional y la necesidad, también de encontrar en esta orden no solo un medio sino también un fin en si mismo. El orden institucional debe preservarse incluso contra la autoridad encargada de imponerlo en la comunidad.

Cuando el estado, exteriorización simbólica de la voluntad mancomunada de los individuos de llegar a convivir armónica y pacíficamente, no es visto como un ente arraigado en el ejercicio de la autoridad sino como un ente arraigado en la voluntad de cada individuo, de cada persona…es decir como un ente arraigado en ciudadanos detentores en relación al estado de derechos inalienables y obligaciones imprescriptibles…cuando, por lo tanto, lo que se procura es que el estado sea el filtro de reflexión legal a través del cual la voluntad de los individuos debe ser pulida y llevada al orden convivencial…entonces lo que se tiene es el imperio de la ley y no el imperio de la voluntad a través de la autoridad. Y de resultas de ello se comprende que la voluntad debe incoordinarse a través de la reflexión razonante acerca de la libertad individual dentro de un estado que puede entenderse como estado de derecho pleno y reconocido, como estado de derecho. Si no es la masa humana arrebañada alrededor de una autoridad supuestamente benefactora y de la que se desea una infalibilidad del tipo papal sino la persona con sus cualidades definitorias, la dignidad y la libertad personal, el fundamento del estado, entonces la autoridad tiende a ser subsumida en el seno de la comunidad, descentralizada, descoyuntada en procura de evitar cualquier intento de acaparar poderes, limitada en el tiempo y en el espacio, etc., etc. En esto se es republicano.

Los anarquistas, aquellos que soñaron y sueñan con una existencia humana basada en la pura espontaneidad del individuo libre y autodeterminado, no lograron asumir, confiados a una imagen de beatitud de lo humano que no reconocieron como mera esperanza, que la libertad no es ni un bien ni un mal y es siempre una potencial fuente de desorden, de conflicto, entre los seres humanos. Entender esto es entender la necesidad de que exista la autoridad y la ley y es ya dejar de ser anarquista. Pero una vez aceptado esto es posible aun pretender un esfuerzo constante de mejoramiento de la ley y disolución de la autoridad con un horizonte infinito. La disolución de la autoridad en el seno de una comunidad de individuos armónicamente autogestionados, si se quiere, es el horizonte infinito del estado de derecho, un horizonte asintóticamente presente que no ha de ser alcanzado pero que debe inspirar siempre a quienes forjan las leyes.

Quienes reniegan del estado sin dar cuenta de que renegar de los males que engendra la autoridad excedida no les permite valorar la paz progresiva que el orden estatal promueve de un modo u otro, confunden muchas veces los beneficios de la convivencia según leyes con la distorsión en la legislación y la ejecución de lo legislado debido a los excesos de la autoridad que nacen a su vez de las acumulaciones excesivas de riqueza, de las guerras y de los males catastróficos que han aquejado a lo largo de los siglos a las comunidades y a la humanidad en general. Hoy día los gozos debidos a una existencia legislada se mezclan sin ton ni son con los excesos extenuados y hasta ridículos de la riqueza de unos pocos y el poder de unos pocos, excesos validados por una legislación que no ataca la raíz del régimen de existencia sino que lo convalida allí donde podría atacarlo. Pero sea como sea, las puertas de la existencia republicana, las únicas que aseguran el mínimo orden dentro del cual estos excesos son llevados adelante, están abiertas. El legislador puede trabar la herencia ilimitada poniendo coto a la capacidad para recibir herencia. Puede también legislar para que el trabajador participe accionariamente del capital empresarial. Puede legislar para que el mecanismo impositivo limite firmemente las excesivas acumulaciones de fortuna personal, para que las riquezas del pueblo no sean victimas del latrocinio extranjero, para que los monopolios se disuelvan, para que la industria de la guerra cese, para que las asambleas constitucionales cundan por todas partes. ¿Porqué no se hace esto, porque no se acude a la asamblea legislativa inspirado de esta manera para la reforma? Es muy simple: apenas hoy hemos dejado atrás las sombras del enfrentamiento ideológico que cegaban la conciencia con sus alardes de razón intocable y sus mesianismos. Apenas hoy se empiezan a encender en la hoguera de las ideas hasta convertirse en ceniza las banderas levantadas por quienes renegando de las leyes y de su lenta labor creían que la voluntad desatada podía redimensionar la realidad según sus sueños. El planeta necesita hoy grandes reformadores prácticos y realistas, grandes hombres dispuestos a legislar con ecuanimidad poniendo aquí y allá un granito de arena a favor de la paz terrestre. Los idealistas que aun levantan su voz proclamando sueños inútiles comienzan tal vez a aprender de una vez por todas la lección de la historia. Y al mismo tiempo vivimos la desintegración de los sueños de expansión infinita de la fuerza y el capital…la tierra reclama su valor, el agua ya no corre sin parar, el petróleo anuncia cada vez más su agotamiento…

Al margen:

Es lamentable ver, debo decirlo, a los trabajadores de todo el mundo, que de un modo u otro gracias a los grandes movimientos anarco-sindicalistas han alcanzado una amplia organización sindical, meter la cabeza como avestruces en las exigencias salariales, como si el salario no fuera su oprobio y su esclavitud. El salario es el signo y el modo de la explotación humana, el salario es la última frontera de la indignidad en el trabajo. Hoy, capacitados a través de extensas organizaciones, pueden los trabajadores reivindicar planetariamente su derecho a participar accionariamente del capital empresarial. Si esta reivindicación se estableciera entonces se habría dado un paso para una de las grandes reformas legislativas de la existencia humana.

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