El secreto de una manzana

EL SECRETO DE UNA MANZANA

Tengo una manzana en mi mano y me dispongo a definir más o menos correctamente qué es el interior de una manzana. En principio puedo decir que el interior de la manzana es lo que no puedo percibir de la manzana pero esto necesita una aclaración: en el acto de percibir la manzana no solo lo que yo intuyo como interior se me oculta sino también el otro lado de su superficie, o las otras formas en que se me puede aparecer y no solo ésta que presenta. De modo que descarto lo que no es interior moviendo la manzana en mi mano y haciendo aparecer la manzana de todos los modos posibles ante mis ojos, viéndola de todos los modos posibles. Pero, ¿porqué priorizar el sentido de la vista? Cuando digo interior no solo lo digo en sentido visual o al menos no solo debería decirlo en sentido visual, sino que debería considerar la interioridad de la manzana respecto de todos mis sentidos, así que lo que debo hacer para descartar todo lo que no es interior de la manzana es tocarla de todos los modos posibles, saborearla de todos los modos posibles, manipularla de todos los modos posibles, etc., etc. Debería devorarla perceptivamente. Pero al hacer esto debería, por ejemplo, cortarla, y no veo que al cortarla se me revele qué es su interior, porque lo que yo llamo interior es lo que se me oculta o se me puede ocultar inevitablemente de la manzana y por mas que la corto lo que hallo es lo que se me revela, lo que se me aparece. Es más: esta claro que mi acción es torpe y contradictoria porque procuro determinar lo que se me oculta insistiendo en revelar todo lo revelable. Eso quiere decir que mi procedimiento es infinitamente negativo y no solo circunstancialmente negativo, pues, ¿cómo sabré a partir de mi experiencia de percibir de todas las maneras posibles la manzana cuando habré logrado su percepción total y que es lo que no he percibido de ella? De modo que tengo que pensar muy bien ahora en lo que procuro. Lo que procuro es determinar qué es el interior de la manzana y lo único que haré si procuro percibirla de todas las formas posibles, actividad que parece inagotable de entrada, es volver a mi incógnita, pues tener conciencia clara de lo que se me aparece no me permite tener conciencia de lo que no se me aparece. ¿Cuál es la salida a este dilema? Veamos: a medida que percibo la manzana lo que obtengo de la manzana no es nunca sino una parte de la manzana, un aspecto parcial de la misma. Quiere decir esto que por más que insista en percibir la manzana de una manera o de otra, cortándola, macerándola, devorándola, nunca hago otra cosa más que agregar experiencias parciales de la manzana a mi experiencia de ella ya acumulada. Pensándolo así puedo concebir ahora que es lo que irremediablemente se me oculta siempre: la totalidad de la manzana. E incluso veo que el procedimiento que pongo en práctica para encontrar el interior de la manzana es precisamente el procedimiento que pondría en práctica para percibir la totalidad de la manzana y este procedimiento es el de percibir más y más, acumulando percepciones de la manzana. La única diferencia es que si yo me refiriera a la percepción total de la manzana mi procedimiento no sería un descartar percepciones parciales sino una agregación continua, mientras que si yo me refiero a su interior lo que hago es percibir para descartar lo percibido en relación a lo que se me oculta. ¿Qué conclusión puedo extraer? Lo que puedo decir es que el interior es la totalidad considerada negativamente respecto del aparecer, como lo que se me oculta siempre, mientras que la totalidad es el interior considerado afirmativamente como lo que no acaba de revelarse a mi en una aparición, o en una totalidad de apariciones parciales. La totalidad y la interioridad de la manzana son así la infinitud de la manzana frente a mi percepción de ella, afirmativamente si creo avanzar hacia esa infinitud como totalidad percibiéndola siempre parcialmente, negativamente si lo que creo es errar de percepción en percepción hacia su interioridad. Aquí hay dos actitudes posibles de mi parte frente al aparecer de la manzana, la primera actitud es la de que estoy avanzando, la de que me acerco a la manzana como totalidad a medida que aumento mi experiencia de ella, aunque sé perfectamente que no podré jamás alcanzar una experiencia perfecta, y la otra actitud es una actitud de desesperación, la actitud de alguien que trata continuamente de separar la paja del trigo, la apariencia que se le presenta de la realidad que busca, y que sabe, de alguna manera que jamás encontrará lo que se propone encontrar y no hará más que errar sin fin. Pero estas actitudes pueden solaparse y unificarse en una actitud intermedia, evitando esa polarización. La actitud dialéctica, la vía media frente a la manzana es la de entender que el errar tras lo oculto es el avanzar de revelación en revelación y que la desazón de no encontrar jamás esa totalidad-interioridad, esa divinidad de la manzana, es también el regocijo de seguir experimentándola, viviéndola, disfrutándola y profundizando sin fin en ella.

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