Encuentro con la filosofía uruguaya

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Me topé un día con la Filosofía Uruguaya, uno de esos días de Julio en los que el frío recrudece. Se veía pálida y un tanto miserable y deambulaba por las calles buscando una moneda caída según me susurro con su aliento ya viejo aunque juvenil. Sucede a veces cuando no tenemos muchos motivos para concentrarnos en otras cosas que cuando se nos cae una moneda la empezamos a buscar obsesivamente no viendo que la relación costo-beneficio entre el tiempo que dedicamos a la búsqueda y el valor de la moneda nos es desventajosa (típica búsqueda filosófica). Pero era el caso de que ella no tenía nada que hacer y aparte de deambular yo creo que hasta tuvo suerte en que se le cayera esa moneda, pues entretenía su condición de pérdido-el-rumbo con una actividad que momentáneamente le daba sentido a su existencia. Decidí quedarme un rato junto a ella, ayudándola en su búsqueda, y así estuvimos media tarde hasta la caída del sol, cuando finalmente saqué una moneda de mi bolsillo y le dije que ya era hora de ir cada cual para su casa y que no iba a ser yo el mezquino que no la sacara de aquella situación por avaricia inoportuna. Fue entonces que me dijo con notoria tristeza que la acababan de echar de un refugio municipal por insultar e incordiar a compañeros de infortunio y negarse a renunciar a su diaria botella de vino. Me dijo, con notoria ironía, que aquella era la última expresión del desprecio pues no dejaba de recordarme su corona de ideas de la que se vanagloriaba comparando la estatura de su verdadero destino con aquella situación de callejera a la que había sido reducida por el sistema de la compra-venta y el olvido de los intelectuales uruguayos que se empeñan, díjome, en publicar toda clase de papelillos llenos de citas y bibliografías pero bastante alejados de tocar siquiera con el más leve roce aquella corona…corona de laurel y no de oro como algún lector desprevenido habrá imaginado al correr de este texto…Le dije que yo había intentado de vez en cuando merecérmela…a lo cual ella replicó con una mirada un tanto libidinosa pues es cierto que la filosofía desde los tiempos de Nietzsche ha renunciado al falso pudor. Pero yo no la veía atractiva y por el contrario pensé en seguir mi camino con el menor remordimiento posible. Asi que le tiré unos pesos…666 pesos para ser preciso…cantidad a la que ella respondió con un guiño aún encantador…y le di la espalda. Ya la encontraré un día de estos nuevamente, deambulando como una loca perdida y buscando si no monedas reales al menos alguna imaginaria.

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