En la educación uruguaya la disciplina ha muerto

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En la educación uruguaya la disciplina ha muerto, sobre todo a nivel de primaria y secundaria y por defecto en el nivel universitario. No escasean las disciplinas como saberes pero se desintegraron las disciplinas como aptitudes y actitudes, como lo son la disciplina de la concentración y la atención, la disciplina de la asiduidad y la puntualidad, la disciplina del esfuerzo y el afán por mejorar, la disciplina del razonamiento y el método, la disciplina de la insistencia y de la búsqueda de la excelencia, la disciplina de la responsabilidad y el sacrificio del tiempo libre en estudio, experiencia e investigación, la disciplina del respeto y la valoración por el esfuerzo ajeno. Todas estas disciplinas están ausentes mientras observamos perplejos como se va cadaverizando nuestra educación en exactamente la exaltación soterrada, rastrera de todo lo contrario…la impuntualidad y el ausentismo, la dejadez y el desinterés, el pensamiento sin forma ni método, la renuncia rápida a la meta, la conformidad con logros mediocres entre mediocres, la irresponsabilidad y la dedicación del tiempo libre a todo lo que no sea estudio, la falta de respeto y desvalorización del esfuerzo ajeno, al que se asiste con sorna como a algo extraño y sobrante. Cuando se quiere averiguar cuales son las razones de la decadencia de nuestra educación se busca en todas partes menos aquí, en este rincón sencillo y accesible donde brilla la odiada disciplina, no la disciplina militar, no la disciplina del látigo y la obediencia, sencillamente la autodisciplina, la disciplina del alma, la disciplina que se encuentra implícita en el concepto de formación de la personalidad, formación que consiste precisamente en dar forma, en tallar, en establecer una firmeza personal, una autenticidad en los propios logros. Ausente la disciplina de las aulas ellas se convierten en salones o de aburrimiento o de sarcasmo o de distracción o de búsqueda del pequeño logro que permita seguir adelante con la pequeña vida, excepto para una minoría de estudiantes que siempre existe y que da de sí, disciplinadamente, todo lo que puede porque miran por encima del hombro de esta educación desarticulada y piensan en su propia excelencia como un fin en sí mismo, sin que su actuación pueda conectarse con la de la institución, que no sabe ni recompensarla ni estimularla. Si, así es, las fuentes del entusiasmo y la autocreación disciplinada siempre están vivas entre los jóvenes, aunque atraviesen una institución que encarna más que nunca la mediocracia, la medianía interminable, el alma vacía de aspiraciones altas, la búsqueda irrelevante de una vida irrelevante. Allí donde alguien o algún grupo de personas se esfuercen por lidiar con esta nadería interminable y desabrida de nuestra educación los logros brillarán…y allí mismo volveremos a ver brillar en los ojos de los jóvenes el afán, las aspiraciones elevadas, las metas excelentes, la entrega al estudio y el esfuerzo denodado. Lamentablemente quienes dirigen la educación, con miopía evidente, con falta evidente de criterio, quieren convertirla en un sistema de asistencia, en un espacio de cuidados, en un gran jardín de infantes, alejándose de la idea de que la educación debe ser una fragua, una forja, un lugar donde se enderezan y se encaminan las voluntades hacia el libre emprendimiento.

El próximo totalitarismo

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Yo estimo que si hubiera un totalitarismo global futuro no será ese que asfixia, embrutece y extermina. No. Más bien se tratará de un “totalitarismo desapercibido” que ya parece estar en funcionamiento por la confabulación de la masa anónima y el poder anónimo, ambos impersonales, ambos imposible de ser acusados o llevados a juicio. Un totalitarismo no solo desapercibido, sino subterráneo, a nivel de la sensibilidad y la rutina, donde la desesperanza sea compensada por la gratificación pequeña y asible. El “pan y el circo” más que nunca mientras la cabeza humana abandona las idealizaciones de futuros o de alternativas convivenciales, arrinconada por el hecho consumado tan impersonal como el poder y la masa anónimas. No es que el individuo vaya a ser aplastado, simplemente va a ser obviado, y su testimonio y aspiraciones colocado entre millones de otros testimonios y aspiraciones individuales en un almacén intrascendente de datos.
Que el individuo ya no pueda incidir en la historia, ese es el totalitarismo del que hablo.

El Pasado

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A veces pesa no ser más que pasajero en la vida de otros y hasta en la de uno mismo…y el pasado, finalmente, será todo lo que uno puede ser. Para peor el pasado no es algo susceptible de imaginación, como el futuro con todas sus posibilidades. Está allí como una foto eterna, inmodificable, pesado, fijo, dispuesto solo para una única acción que es la de olvidarlo o recordarlo, que es nada más lo contrario de olvidarlo. La distancia al pasado es la más larga de todas simplemente porque no se puede viajar en aquella dirección, ni siquiera se puede virar en aquella dirección tan de frente como vamos hacia el futuro. Está más cerca Saturno con sus anillos que el día aquel en que llovía en la calle de pedregullo mientras saliamos del almacén con un pan y un litro de leche pasteurizada. A veces podemos creer que recordando retornamos, pero recordar es como un juego con fichas gastadas sobre un tablero derruido, un juego en el que a veces sentimos que una ficha relumbra y parece tener todavía ese sol de esa tarde de enero, pero no lo tiene. La vida parece toda ella vitalidad, fuerza, empuje, pero no nos engañemos…ella es como la construcción de una vasta torre de recuerdos y arena que al final la ola vendrá a derrumbar. Se siente bien ascender por la torre de los acontecimientos, construyendo el vasto edificio de los recuerdos queridos y descartando los no queridos, pero allá arriba no habrá asidero, no habrá donde agarrarse, no habrá una luz deslumbradora de un cielo imborrable…habrá más bien una penumbra, un descanso, un silencio, un deseo de regresar al comienzo, cuando apenas poniamos los primeros granitos de arena en nuestra inmensidad ambiciosa de sucesos. Pero no regresaremos, jamás regresaremos. Y entonces, lo que queda, es esa embriaguez de presente y de futuro, es ese empuje, ese ir hacia adelante, y lo pasado, bueno…lo pasado ya no importa.

Breve interrupción del diálogo entre Copleston y Russell

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Si se quiere un sesgo que diverja y abra la discusión entre Copleston, un teísta, y Russell, un ateo, yo propongo señalar la falencia en el discurso de ambos…Esta falencia es la falta de un intento de mediar dialécticamente entre ellos los conceptos de necesidad y contingencia. En efecto, estos conceptos constituyen un par dialéctico por cuanto lo necesario se tipifica como lo no contingente, es decir, la negación de lo contingente, y lo contingente como la negación de lo necesario, es decir lo no necesario. Lo que debemos notar cada vez que se presenta un par dialéctico es que no son meramente la negación mutua y nada más…pues si solo fueran uno como negación del otro ambos negaciones y nada mas…¿qué es lo que señalan, que es lo que afirman, a que realidad se refieren? Y en verdad no son conceptos vacíos ni mera negación mutua. Por ello es necesario ver en ellos la presencia de una dinámica que es la dinámica dialéctica existente entre cualquier par de integrantes de un par dialéctico. Esta dinámica implica que lo necesario pone lo contingente como su complemento y que lo contingente pone lo necesario como su complemento…es decir, es cierto lo que dice Copleston en cuanto a que no puede haber contingencia sin necesidad que la ponga, que la presente, que la concrete, pero también es cierto y de esto no da cuenta Copleston, que no puede haber necesidad autosustentada y fija sino que la necesidad es puesta a su vez por la contingencia como posibilidad para nueva contingencia. Lo necesario es mediación entre contingencias en cuanto lo contingente no puede sostener lo contingente…así se explica que el científico busque leyes necesarias que expliquen los hechos pues estos no pueden sucederse de manera puramente contingente sino que ha de existir una necesidad que los enlace. No hay sin embargo tales leyes sino a través de los hechos que las expresan y concretan, es decir, ellas no subsisten como entelequias o entes fijos por fuera de los hechos sino que son por los hechos que las ponen al sucederse. De modo que no es cierto lo que dice Russell en cuanto a que el par dialéctico necesidad-contingencia carezca de aplicabilidad pues la mínima consideración cientifica sobre regularidades en los hechos pone dichas regularidades como necesarias y los hechos como contingencias derivables no enteramente de tales regularidades. Lo que no ve Copleston tampoco es que la contingencia no puede ser una mera derivación de lo necesario…pues lo necesario puro solo podria engendrar lo necesario y no su opuesto…de modo que ni lo necesario existe por si mismo ni lo contingente existe por si mismo. Y esto significa que el Dios no contingente de Copleston es falso ante la minima disquisición dialéctica, que es la debida a la hora de la consideración de un par dialéctico.

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