El cristianismo según Pedro Figari

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(En este breve artículo traigo a colación el pensamiento de nuestro querido filósofo y artista en cuanto a la máxima religión de Occidente, comentando sin pretender profundidad un fragmento de su obra “Arte, Estética, Ideal”)

Cuando Pedro Figari procura definir al cristianismo como proyecto de vida establece que dicha religión ha puesto la finalidad más alta de la vida, contradictoriamente, en la vida de ultratumba, es decir, en lo que viene, si es que viene, después de la muerte. Esta actitud central del cristianismo lo hace estéril y lo hace también esterilizador para todo esfuerzo dirigido a esta vida, a la vida biológica y concreta del ser humano en la naturaleza y de acuerdo a su naturaleza. Ningún resultado puede verse en este mundo y en esta vida de una moral que apunta fuera de esta vida y tiende a despreciarla. “El cristianismo ha desdeñado la vida terrena” sostiene Figari, y como consecuencia de ello no puede producir nada a favor de la vida terrena y por el contrario, tiende a ser para ella un elemento perjudicial.

El cristianismo, según Figari, obedece a una intención apocalíptica. Ha sido anunciado a los cristianos un reino que no es de este mundo y que implica la destrucción de este incluyendo la masacre de los que no hayan sido elegidos para habitar el otro mundo. La esperanza del cristiano es una esperanza que incluye el deseo de la destrucción de esta realidad al final de su tiempo. Es una esperanza sin la cual el cristianismo no tendría sentido y que sin embargo luego de dos mil años no ha dado señal alguna de que vaya a concretarse.

Una de las prédicas fundamentales del cristianismo es la del amor incondicional. Se predica que el amor hacia el prójimo debe prodigarse sin condición alguna. Esta clase de amor, dice Figari, es imposible desde el punto de vista de nuestra naturaleza biológica. Todo ser vivo, y nosotros somos seres vivos, procura la conservación y la expansión de su propia vida, que su vida aumente y fructifique en salud y capacidades, y este egoísmo básico de la naturaleza individual ni es reprobable ni es nocivo sino que por el contrario es un elemento necesario de la vida. Negar ese egoísmo básico solo puede llevar a un retorcido intento de negar nuestra naturaleza que solo puede llevar a un permanente fracaso. El amor incondicional del que habla el cristianismo no existe ni puede existir en realidad, y pretender que exista es incluso contrario a una vida saludable, a un desarrollo sano de la personalidad.

También resulta irrealizable la meta cristiana de renuncia lo más completa posible a los bienes terrenos, meta de la cual suelen olvidarse inevitablemente los cristianos pues les resulta impracticable. Renunciar a los bienes terrenos sería equivalente a negarse a si mismo el crecimiento, la alimentación, la vida sana, etc., etc. Esta renuncia sería lo mismo que una renuncia real a esta vida que vivimos y que es la única real hasta que se demuestre lo contrario. Pero renunciar a esta vida es hacer apología de la muerte, de la pobreza, de la indigencia, de la ignorancia, como si ellas fueran bienes en lugar de males concretos que deben ser combatidos mediante el progreso material de la humanidad. Es por ello que no solo no contribuyó el cristianismo al progreso material de la humanidad sino que negándolo también fue una traba para el progreso espiritual de la humanidad, desviando las intenciones humanas con sus ideales errados.

Con respecto al amor hacia Dios dice Figari: “¿Cómo amar a un ser que, pudiendo darnos bienes sin tasa, nos somete a penitencia y a suplicios tantalescos, de un refinamiento endiablado? A la vez que nos crea con apetitos y anhelos terrenales, nos impone una renuncia, o una inhibición perenne que violenta, y todavía nos da el instinto y la razón para que la realidad nos tiente más con sus halagos, para desviarnos más fácilmente de sus mandatos. “El Dios cristiano así descrito por Figari resulta un ser de intenciones contradictorias, que prepara nuestra naturaleza para aquello que luego nos niega, que nos hace aptos para lo que no debemos desear y por lo cual nos incrimina y castiga, un dios que exige lo imposible y que lejos de la generosidad exige mucho más de lo que ofrece. Dice Figari: “Amarse los unos a los otros; no disfrutar de lo terreno; humillarse, resignarse, optar por la pobreza; sacrificar los vínculos de la familia por la fe, y amar por sobre todo esto a Dios, que nos ha impuesto –él omnipotente- tanto sacrificio, y amarlo todavía por su bondad y misericordia: he ahí el mandato cristiano. Fuera de que es imposible amar lo impalpable, lo desconocido, resulta más imposible aún cuando se le presenta bajo un aspecto tan cruel, imponiéndonos restricciones, vejámenes y sufrimientos, desde su alto sitial. No hay fe que puede operar este prodigio. Se podrá temerlo más no amarle.”

El cristianismo, según Figari, invierte nuestros valores contra sus verdaderas raíces y exalta todo lo que resulta nocivo para la verdadera vida, que es la vida biológica. Así lo describe Figari: “Toda adversidad es un bien, porque es un título para la otra vida, y todo bien es una adversidad, porque un bien que disfrutamos con arreglo a nuestra estructura, a nuestros anhelos instintivos, espontáneos, imperiosos a veces, como es el acto reflejo de cerrar los ojos cuando la luz nos ofende, puede depararnos castigos desmedidos, como una mala acción. Tan revesada lógica subvierte todo” Así pues el cristianismo es una inversión antinatural de la moral, que niega nuestra naturaleza auténtica, enraizada en la vida concreta, en la razón y el instinto, en el egoísmo sano que impera entre los seres vivos. Entregado al cristianismo el ser humano se ocupa de alabar a Dios y pensar en la muerte en lugar de ocuparse en si mismo y en los demás seres humanos para el progreso material y para el progreso de la vida humana en general. Lejos de valorar esta vida con sus virtudes y posibilidades el cristianismo considera a este mundo un error transitorio, un sitio de prueba y de penitencia, un lugar de pasaje destinado al fracaso y la destrucción, y viéndolo así, nada hace ni tiende a hacer a favor de su mejoramiento o del mejoramiento concreto de la vida humana.

Si bien a veces el cristianismo procura establecer sus preceptos mediante el uso de la razón, el pone la fe por encima de la razón e incluso muchas veces contra ella. Dice Figari: “La fe es el único talismán salvador; la duda, la incredulidad sincera, el examen de buena fe, el debate, son los recursos de la acción más reprobables.” Con esto, según Figari, el cristianismo evita la discusión de sus preceptos y los convierte en reglas intocables, y evita también que se piense en la verdadera naturaleza del Dios que proclama como el único existente.

Lo más lamentable del caso cristiano es que al tiempo que se pone en lo alto un dios castigador y exigente, que no mide su capacidad de destrucción y promete, incluso la destrucción de miles de millones al final de los tiempos para dejar solo una ínfima minoría de selectos devotos en posesión de una vida eterna, al tiempo que se exalta un dios semejante, el creyente se arrodilla frente a él sumiso como el más perfecto esclavo. Dice Figari: “Admitida la existencia de un dios implacable, que se complace con nuestras humillaciones y dolores, con los ruegos suplicantes y las humillaciones, como los tiranos clásicos; admitido que esta existencia es una prueba a que se nos somete para pulsar nuestra sumisión incondicional, ¿qué otro remedio nos queda que no sea el exhibirla?. Es así que al mismo tiempo que Dios castiga, el creyente, como un esclavo, besa la propia mano que lo azota y agradece el castigo como una bendición, cuando no como un rasgo de generosidad; es así que los fieles lo suponen misericordioso más que nunca, en el propio instante en que ejercita su crueldad. “

Abandonado todo egoísmo el cristiano auténtico no debería ni siquiera procurar la conservación de esta vida y en ese sentido se han expresado muchos devotos cristianos que no dejan de pensar en la muerte como una salvación. Dice Figari: “El cristiano auténtico, ni debería defenderse, y cuando lo azotasen tendría que reputarse feliz si el dolor le permite orar por sus verdugos; todo esto por egoísmo, es decir, para poder disfrutar de las recompensas celestiales”. El cristiano es, en total, una persona que lucha vanamente contra su propia naturaleza sobre la base de un supuesto pecado indemostrado del que pretende redimirse. Dice Figari: “El cristiano debería ser lo que no es, desde que nace, por el propio hecho de haber nacido. Se aplica una perpetua tortura: ¿para qué? Para redimirse, a fuerza de humillaciones, de faltas que no ha cometido. Resulta de este modo el ser más triste, sombrío e infortunado; es un hombre al que le devora una aspiración irrealizable, porque está en pugna con su propia estructura natural, y es por eso que no hay cristianos auténticos hace ya tiempo, si los hubo alguna vez.”

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