La actitud apocalíptica

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La actitud apocalíptica no es solo una forma más del pesimismo histórico. Se puede ser pesimista con respecto a la historia o al futuro de la humanidad sin que ello implique esa especie de esperanza inversa respecto de una destrucción global purificadora que fue el estímulo de tantos cristianos durante tanto tiempo. Se dirá que ni los milenaristas cristianos ni los que conciente o inconcientemente han imitado esa actitud de juicio total y final sobre la humanidad, entre los que se cuentan en estos últimos tiempos muchos que no son cristianos, pueden sentirse estimulados por algo que no desean, pero no puede obviarse que en el acto de imaginar, pensar y dejarse seducir por la idea de una destrucción completa, masiva, existe un rastro de ese impulso destructivo que alentó tantos exterminios, tantos genocidios, tantas “limpiezas” étnicas.

Para alentar y dejarse alentar en la actitud apocalíptica se posee hoy mucho más que el relato imaginario bíblico, cuya minuciosidad en formas crueles de destrucción de seres humanos no ha sido sin embargo de poco alcance. Merced al avance científico se han extendido las posibilidades catastróficas, pues buena parte de ese avance consiste en el poderío destructivo que la ciencia ha aportado a la humanidad. Es decir, ha sido el progreso científico ni más ni menos el que ha alentado en esta época, y no tanto la credulidad religiosa, los pensamientos oscuros y destructivos respecto del futuro humano. Deberían meditar un instante al menos los científicos sobre su gran aporte al oscurecimiento del horizonte y al estímulo concreto de posibilidades concretas de aniquilación y al hecho de que el progreso de la ciencia no ha sido, en general, progreso de la humanidad. El desarrollo del arma atómica ha sido una de las fundamentales creaciones que la ciencia ha generado, con la directa intervención de lo más selecto de la comunidad científica, invención que contribuye notoriamente a la justificación de la actitud apocalíptica. Pero no nos olvidemos, sin importar el orden cronólogico, de la contaminación ambiental global, la biotecnología desarrollada sin contención ética, el cambio climático, las armas biológicas, la manipulación mental, los sueños conductistas, la eugenesia y el darwinismo social, etc., todo lo cual muestra a las claras que la comunidad científica no ha estado únicamente ocupada en aliviar sufrimientos y curar enfermedades.

Si hoy la actitud apocalíptica se haya incluso más justificada que bajo la égida del milenarismo cristiano es porque la comunidad científica no ha estado a la altura de sus invenciones y descubrimientos desde el punto de vista moral, ni ha estado a la altura de la humanidad a la que debería servir, reverenciar y proteger. La ciencia ha carecido del grado de humanismo necesario. Pero no es cierto que los aportes destructivos de la ciencia, su colaboración entusiasta en el desarrollo de toda clase de armas ingeniosas para hacer sufrir salvajemente a la víctima humana, puedan finalmente dar razones completas a la actitud apocalíptica. Contemplando la evolución de la vida sobre la Tierra a través del rastro paleontológico podemos estar seguros que pese a toda clase de extinciones masivas, de cambios drásticos en la estructura de la superficie terrestre, la vida ha perdurado, ha seguido expandiéndose, ha seguido evolucionado hacia arriba y hacia adelante, y esta garantía de miles de millones de años nos da practicamente la seguridad de que la historia de la vida no podrá acabar aquí, en este instante efímero de esa historia. En el peor de los casos para nosotros los seres humanos, nos extinguiremos pero la vida seguirá adelante recobrando su integridad natural, proliferando en nuevas formas, apuntando lejos y por encima de nosotros. Pero aún este caso luce improbable porque si a su vez contemplamos la historia de la humanidad vemos que esta se ha levantado desde sus orígenes con poderío creciente aunque no con racionalidad lo suficientemente creciente, y que ha llegado hoy no a una encrucijada destructiva sino a un punto de inflexión en que se ha empezado a ver a si misma como una gran comunidad global que necesita tender lazos fuertes de solidaridad internacional y que necesita reestructurar su vida en función de las posibilidades del planeta en que vive. Al contrario de lo que suelen afirmar los apocalípticos en cuanto a la explosión demográfica esta explosión no puede concluir más que en la estabilización de la población humana, estabilización que no implicará ninguna catástrofe sino más bien el ajuste de la populación a las condiciones de sustentación, es decir, será un progreso y no un estancamiento. Tampoco podemos esperar que las armas atómicas, biológicas o químicas terminen completamente con los seres humanos, eso sería ignorar la furiosa capacidad de la vida que llevamos dentro para adaptarse a nuevas condiciones, para superarlas e incluso para cambiarlas. No habrá ninguna clase de apocalipsis. Esto podrá constituir una desilusión para quienes se estimulan con visiones apocalípticas, visiones que son el modo inverso del suicidio mediante la destrucción soñada de todo lo demás, pero es simplemente la realidad.

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