La impureza de la libertad

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Se propulsa a veces, creyendo ir por buen camino, la libertad a toda costa, la libertad a ultranza, la libertad como el sumum de la existencia, como lo más deseable y necesario para dignificar al ser humano. Pero la libertad del individuo tomada como pura, una pura libertad individual es lo mismo que la opresión, pues la pura libertad, la ilimitada libertad, es la negación ilimitada de las determinaciones que cercan la voluntad y esto significa, en primer lugar, tratar de rebasar a la naturaleza, desear la opresión de lo dado natural, y significa, en segundo lugar, tender a la supresión o esclavización de la voluntad ajena, de la voluntad del otro para consumar la propia libertad como potencia sin vallas, como potencia que aplana toda diferencia, obstáculo y oposición posible. Afirmar la libertad ilimitada, la libertad sin reglas, sin tregua, sin cesaciones, conduce, inevitablemente, a su opuesto…la opresión sin límites, la supresión del otro, la esclavitud como sistema y regla.

Pensando éticamente, pensando según el principio de liberación de la voluntad, debemos entender que la liberación no puede ser completa y que la voluntad debe aceptar los limites naturales y los limites de la convivencia. Aceptando los límites de lo natural no irá la voluntad a destruir la naturaleza, a tratar de esclavizarla, y por ello mismo no irá a esclavizar o destruir su propia naturaleza, único resultado posible de semejante intento. Aceptando los límites de la convivencia, el individuo no irá a buscar su libertad en la opresión y negación del otro, ni construirá con ello las bases para su propia opresión y negación. Debemos aceptar los límites, este es el momento histórico indicado para entender esta necesidad y empezar a hacerlo. Y aceptar los límites implica, asimismo, aceptar la muerte.

Los seres vivientes, incluidos nosotros los seres humanos, tienden a mayor libertad en la medida en que tienden a acumular para si como individuos o como especie, mayor potencia, mayor fuerza, mayores posibilidades de acción, moción, evolución. Y en este proceso de acumulación de la fuerza, de la potencia, de las posibilidades, de la energía, rige un sencillo principio de economía: la fuerza desplegada en el esfuerzo de captar más energía debe representar un gasto menor que la energía obtenida a cambio. Este principio de economía es el principio que funda la secundariedad de los sacrificios y generosidades respecto de la tendencia a afirmarse el ente viviente a si mismo en la existencia. Esto no significa, sin embargo, que la energía acumulada no termine siendo nuevamente gastada…pero en el juego entre la captación de energía y el gasto requerido para captarla o transmitirla a nuevas unidades vivientes…la espiral viviente solo sigue adelante por la presencia de una rapacidad acumulativa elemental en la relación entre energía captada y energía gastada. Esta rapacidad, sin embargo, se vuelve en el ser humano psicologicamente problemática y compensable desde el momento en que la humanidad ha alcanzado medios superiores para captar energía y la relación entre la energía que puede acumular para su propio beneficio, su enriquecimiento, y el esfuerzo que esto le representa es totalmente favorable no solo a la acumulación sino a la saturación y el despilfarro. Hoy día la humanidad vive en un ingente despilfarro de los recursos de su planeta pero al mismo tiempo, al mantener el principio económico a ultranza, buena parte de esa misma humanidad vive hundida en la miseria, en el gasto mínimo, en la economización absurda de sus existencias. Vivimos en un contrasentido, pues, que a los efectos de la liberación de la voluntad es totalmente contraproducente, pues permanecen oprimidos miles de millones, sometidos a una miseria artificial, psicológica e ideológicamente creada, mientras una minoria opresora consume casi todas las posibilidades de la existencia humana. Esto puede superarse si, siguiendo el principio de liberación de la voluntad, se consuma el principio de economía de la fuerza no a través de la propia fuerza con la consecuente opresión sino a través de la conciencia que razonablemente planifica la obtención, distribución, consumo, reciclaje, de los materiales y las energías en los procesos humanos.

Si por un lado se aceptan los límites y si por el otro se procede a vivir con la generosidad que permite la abundancia de los recursos disponibles mediante el desarrollo teórico-científico-tecnológico guiado por la razonabilidad en la planificación económica…entonces es posible construir una civilización que minimice la opresión y acreciente la libertad y dignidad de las personas. Aceptar los límites significa en concreto comprender la importancia fundamental de regirse según leyes nacionales e internacionales transparentes, significa someter a las autoridades al regimen legal universal, significa dejar de ver al planeta como una mera fuente de recurso y pasar a verlo como un organismo del cual formamos parte y del cual pende y depende nuestra existencia. Dejar atrás el principio económico que minimiza el gasto mezquinamente y apunta a la acumulación infinita y sin sentido sobre la base de la aplicación destructora o parasitaria, de la fuerza, significa descubrir el espacio abierto por la abundancia de recursos, tecnologías, ideas, energía, automatizaciones de las rutinas de subsistencia, un espacio abierto hacia la construcción de una convivencia basada en el intercambio generoso y creativo de las fuerzas vivas.

Pero no hay que soñar sin límites tampoco a este respecto. El establecimiento de las leyes y su cumplimiento depende de la existencia de autoridades mediadoras entre el quehacer concreto de las personas y la voluntad expresa en el corpus legal. Sin autoridad no hay convivencia legal posible. Y la voluntad de los que ejercen autoridad siempre estará tentada, y tenderá obstructivamente, a los delirios de poder, por lo cual la opresión, hay que admitirlo, nunca cejará en la existencia humana. Lo único que podemos hacer y pensar es en la imposición de equilibrios y controles autorregulatorios que garanticen a las personas contra los abusos de la autoridad, cada vez mejores y siempre reformables. Es decir, el camino para la construcción de una convivencia cada vez menos opresiva es el camino de la reforma futura nunca conclusa de los sistemas de leyes nacionales e internacionales. Aquí reside toda posible evolución ética de la humanidad: en el espiritu de creación y reforma de las leyes sobre la base de la superación del principio económico y la consagración de la libertad responsable, es decir, limitada a las condiciones de la naturaleza y la convivencia, de las personas. No necesitamos ideales, necesitamos pensar la impureza de la realidad y de la libertad y actuar constructivamente sobre el reconocimiento de la imperfección inevitable.

Al mismo tiempo que reafirmamos aquí que la acción creativa y la futuridad de la humanidad en su avance es la expresión de la libertad y dignidad de las personas consagrada por la ley en todas sus formas y solventada por la autoridad en toda su jerarquía, también sostenemos que esta misma libertad, base móvil de nuestro futuro y de nuestras creaciones, solo es contenido concreto de la liberación en tanto y en cuanto se ajusta a los limites de la previsión natural y la proyección ética de la convivencia pacífica, de modo que es necesario mantener impura y no pura e ilimitada la libertad personal, consistiendo sobre todo esta impureza en la necesidad de imponer la disciplina hasta llegar a la autodisciplina, disciplina del espiritu que tienda a la formación y consolidación de la persona responsable y dispuesta a construir la Tierra. Pero que no se piense aquí al inverso: la disciplina de que se trata no es la del látigo opresor y la autoridad desatada y sin contralor, sino la disciplina del esfuerzo, del afecto, de la producción creativa, de la reflexión, de la expresión, de la crítica, de la competencia leal, de la cooperación. La forja del futuro consiste en educar desde la libertad para la responsabilidad y desde la responsabilidad para la libertad.

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