La mirada absoluta de la mente perfecta

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Cuando abrimos los ojos…fijémonos claramente de qué se trata…hay un exterior hacia el que se abre nuestra mirada. De modo que miramos desde un adentro, un adentro que no podemos mirar si es que nuestra mirada efectivamente consiste en un abrirse, en una apertura hacia un mundo que está allí afuera. Toda mirada es así algo aparentemente simple pero el juego del adentro y el afuera no es, en realidad, nada simple. El que nos mira desde el afuera de nuestra mirada ve nuestros ojos abiertos allá afuera, meros objetos en el espacio con el relumbrón de una mirada…glóbulos oculares en sus respectivas órbitas. De modo que el que nos mira descubre que nuestra mirada no se abre desde un adentro, sino que solo se abre en un afuera respecto de su mirada, respecto de su propio interior. Pero le devolvemos el favor mirándolo cuando nos mira y resulta que el afuera suyo niega nuestro adentro y el afuera nuestro niega su adentro…y el interior desde el cual creemos estar viendo el afuera así impuesto sobre nosotros y sobre todo…se convierte en un fantasma. Los ojos se abren afuera y hacia afuera…sin adentro real, sin interior desde el cual poder mirar. Y si no hay interior desde el cual mirar, si solo hay ojos allá afuera en sus órbitas, miles de millones de ojos en un afuera absoluto, entonces ¿cómo es posible que el mundo sea solo ese afuera sin adentro…o cómo es posible que lo exterior sea posible sin interior? Recuperemos el aliento y prosigamos…¿desde donde parten esas miradas, esos miles de millones de miradas? Todas miran hacia el mundo…PERO TODAS MIRAN TAMBIÉN DESDE EL MUNDO. Es decir, de lo que se trata es de que el afuera solo es afuera absoluto porque hay un adentro absoluto desde el cual parten todas las miradas…el interior absoluto del MUNDO QUE OBSERVA. Es decir, EL MUNDO SE OBSERVA A SI MISMO, y los ojos y las miradas son solo mediaciones de esa autoobservación pavorosa. Cuando abrimos los ojos algo sobrecogedor ocurre…el universo se convierte en un espejo total…donde lo que mira y lo que es contemplado son lo mismo escindiéndose en dos caras…las caras de una misma moneda…una moneda muy especial, con una cara absolutamente interior, y una cara absolutamente exterior. El mundo no es solo lo observado, de eso debemos tomar conciencia, sino que el mundo es también LO QUE MIRA, EL COGNOSCENTE QUE CONTEMPLA…el universo está despierto, con los ojos abiertos, mira…persiste en mirar…y lo que mira…es el propio universo. En esto somos el vehículo de su absoluta mirada total, un vehículo particular y efímero de su persistencia en mirarse, en contemplarse, en conocerse a sí mismo. Lo que anonada es comprender que esta autoobservación total no se produce como si alguien se estuviera contemplando en un espejo allá afuera sino como si el espejo, el que contempla y lo contemplado fueran lo mismo en una reflexión circular infinita que se retroalimenta…En efecto, ¿como ha surgido el ojo que mira? Algo nos dice que la intención de mirar no existió antes que el ojo y que no hubo mirada antes que la intención de mirar estuviera allí…es decir, que la intención de mirar, el ojo y la mirada, todo advino en una unidad indiscernible, como si al mismo tiempo que la intención de mirar crease el ojo, el ojo crease la intención de mirar, y ambos fueran creados a su vez por la mirada…que es una creación del ojo y su intención. Pero…¿por qué el mundo se contempla a sí mismo, a que viene esta autoobservación? Es claro que el mundo tiende a conocerse a si mismo…que el Universo evoluciona hacia una autoconciencia que ha caído en su propia espiral…ya que el autoconocimiento amplia al cognoscente y este a su vez se expande en un mayor autoconocimiento…las preguntas generan respuestas…y estas se abren a nuevas preguntas que generan nuevas respuestas….y así infinitamente…el Universo tiende, pues, hacia un vórtice de autoconocimiento absoluto…un autoconocimiento absoluto en el que la mente más perfecta posible contemplará el objeto más difícil de entender y contemplar…ella misma.

Palabras de un Nihilista

Nihilista.-Diogenes-el-cinico

Sentirse orgulloso es sentir que hemos alcanzado alguna clase de cima o alguna clase de centro, alguna clase de meta en todo caso….pero en la perpectiva del tiempo infinito y del espacio ilimitado no hay centro, no hay meta ni hay cima…sentirse insignificante, aceptar la intrascendencia, es más honesto.

Allá arriba, en el alto cielo, hay un indicio del infinito, pero también lo hay en la brizna de hierba que apretamos entre los dientes mientras levantamos la mirada y nos recostamos contra un árbol. Incluso más, el infinito está en nosotros, inaprensible siempre. No somos dueños de nosotros mismos ni conocemos nuestros límites.

Fácilmente podemos admitir la mortalidad total y completa de los demás seres vivos, pero jugamos a las escondidas cuando el animal destinado a pudrirse somos nosotros.

La mayor amenaza para la humanidad es la humanidad misma, y lo difícil del caso es que es una amenaza ineludible.

Existen cientos de religiones, credos…y han existido muchos más. Es la prueba de que la voluntad y la mente humana necesitan de fantasías y necesitan confundir esas fantasías con la realidad. El vértigo de no saber y estar parado en medio de una profunda y abismal incógnita se resuelve con sueños y distracciones. El miedo es la explicación básica de la fe.

De todas las virtudes humanas, si se puede decir que las hay, la capacidad de reírnos de la existencia y su peso es la más alta. Riendo alivianamos la carga, encontramos su falta de importancia, su intrascendencia, y podemos asumir la vida como un juego. Los niños, jugando y riendo, son los que dan el ejemplo.

Todas las razones que podamos reunir para justificar el hecho de estar vivos son adornos suntuarios. El hecho de estar vivos es solo eso: un hecho. Y los hechos no necesitan justificaciones.

Todos los granos de arena en una playa son diferentes, tienen distintas historias, han recorrido distintas trayectorias….pero no son más que granos de arena en la inmensidad de la playa…la diferencia que distingue a cada una de nuestras ínfimas vidas innecesarias es también ínfima e innecesaria. Nuestro destino es la contingencia.

Nada encontraremos si primero no nos hemos extraviado, si primero no nos perdemos en la noche y abandonamos el camino.

Se pretende que a mayor conciencia seguirá inevitablemente mayor orientación y trascendencia en lo real, pero parece que ocurre lo contrario: los seres más simples y cercanos a la inconciencia se orientan fácilmente como el pez en el cardumen y el cardumen en el agua…mientras que nosotros con nuestra altiva inteligencia no sabemos ya si avanzamos o retrocedemos, o si al avanzar vamos hacia el abismo. Somos lo suficientemente concientes como para no encontrar ya jamás el camino.

Si no se desmoronan y destruyen las formas anteriores, sin destrucción, no hay creación. La destrucción es el precio que pagan todos los seres para que el tiempo siga adelante, para que la vida siga pariendo sus generaciones.

¿Es más bello un ser humano que una tarántula, o que un escorpión, o que una rata? Parece imposible decirlo desde el momento en que nos damos cuenta de que nosotros somos los que hemos establecido cuales son los seres que merecen el castigo de la fealdad.

La muerte no es temible de ningún modo porque cuando llega, o lo hace sin aviso alguno o lo hace como alivio de la agonía…tampoco es de temer el olvido sino más bien el lento proceso por el cual la memoria se pierde…ese juego fantasmal y caprichoso con lo que alguna vez fueron días luminosos…

Lo peor no es desconocerse a uno mismo sino que lo peor es creer que esa identidad que hemos adoptado o ese rol que hemos adquirido es efectivamente lo que somos…es mejor no saber quien es uno a ser un triste comediante.

La mayor parte de las fuerzas de este mundo o nos ignoran o intentan aplastarnos…pero cuando recibimos una sonrisa o una mano tendida no comprendemos el valor de lo recibido porque lo medimos por la escasez de su peso y no por su rareza milagrosa…asi somos, tantas veces, malagradecidos.

La paradoja consiste en estar completamente seguro de que no se puede estar seguro de absolutamente nada…sobre todo porque nosotros mismos somos frágiles, fugaces y no podemos evitar los naufragios.

El dolor debería pasar, el placer debería permanecer…pero por lo general lo que ocurre es lo inverso.

Al nacer nos apartamos de nuestra madre, al madurar nos apartamos de nuestra familia, al avanzar en la vida nos apartamos de nuestro pasado, y finalmente, al morir, nos apartamos de la vida. En resumen: en el principio y en el final…habrá SEPARACIÓN.

Mientras algunos respiran en la oscuridad un poco más de oscuridad, otros tienen su gran día soleado. Mientras el griterío de la fiesta aturde a algunos hasta que el sueño los derrota, otros persiguen sueños gritando desesperados hasta que la desesperación los alcanza y la derrota los demuele. No es cierto que haya alguna clase de equilibrio entre la noche y el día, alguna clase de compensación entre la muerte y la vida. Cuando el puño golpea contra la mesa enfurecido ya es demasiado tarde, ya es demasiado inexorable el conteo de las víctimas junto al conteo de los billetes. Ser consciente es aprender a balancearse sobre éste hondo precipicio de desequilibrios sistemáticos sin caer, sin morder el polvo, sin yacer vencido por un furioso fogonazo de realidad. Ser consciente, entonces, es practicar la ceguera cuando se ha dejado de ser ciego. No hay escapatoria sencillamente porque la verdad y el mundo son los que se escapan y nosotros los que intentamos retenerlos y hacer un balance para nuestra tranquilidad, un balance que termina siempre en deudas persistentes y ganancias inesperadas, que concluye siempre en el triunfo inmerecido y la pérdida nunca calculada.

El gran error de la ciencia moderna

Hombremaquina

“En 1986 Sir James Lighthill, quien fuera posteriormente presidente de la Unión Internacional de matemática pura y aplicada se disculpó en nombre de sus colegas debido a que “en el transcurso de tres siglos el público culto fue conducido a equivocación por la apología del determinismo, basado en el sistema de Newton, cuando puede considerarse demostrado, por lo menos desde 1960, que este determinismo es una posición errónea”. ”

Esta doble cita corresponde a un texto del científico Ilya Prigogine y con ella queda claro el tema de este texto: la ciencia moderna cometió un gravísimo error que perduró durante siglos y ha llegado la hora en estas décadas para el reconocimiento del mismo y un giro fundamental en el contenido y sentido general de la investigación científica.

Por supuesto, puede esgrimirse que en materia científica han existido muchas rectificaciones, muchas admisiones de error y que esta no ha sido más que otra instancia de evolución de la ciencia. Sin embargo, el determinismo no ha sido un error puntual dentro de alguna teoría científica o en relación a alguna cuestión particular, ha sido un error total, global, fundamental que ha marcado la dirección de la investigación científica de un modo profundo, tal y como los dogmas lo hacen en el ámbito de las religiones, encegueciendo la capacidad de razonamiento.
¿Qué es, o bien, que ha sido el determinismo? El determinismo consiste en la afirmación de que todo el universo se reduce a un mecanismo muy complejo, pero mecanismo al fin, donde cada partícula tiene un comportamiento totalmente determinado, o bien, en la afirmación de que todo suceso en el universo es la consecuencia necesaria de la conjugación de todas las causas materiales que lo preceden y lo producen, estando todos los efectos contenidos en sus causas y correspondiendo los mismos efectos a las mismas causas. Todo en el universo ocurre, según la visión determinista, siguiendo una única trayectoria de acontecimientos encadenados unos con otros de modo inexorable.
Pierre Simon Laplace, a fin de explicar gráficamente lo que significa el determinismo, imaginó un demonio que poseyera el conocimiento completo de todas las leyes de la naturaleza y la posición exacta y ecuación de la trayectoria de cada partícula del universo en un instante dado. Tal demonio podría calcular, a partir del conocimiento de este presente instantáneo todo el futuro y todo el pasado del universo, es decir, podría calcular todos los acontecimientos en toda la eternidad del universo. Este rudo esquema muestra a las claras lo que significó durante siglos el dogma determinista para los científicos: la esperanza de un conocimiento perfecto del universo, o de que ese conocimiento al menos podría tenerse como referencia, la esperanza de que el estudio matemático del universo abriera las puertas a la predicción total y a un control cada vez más poderoso de los acontecimientos. De acuerdo a esta visión el tiempo es lineal, es decir, se reduce a una única línea de acontecimientos, inexorable en su desenvolvimiento.

Si nos detuviéramos aquí, en la mera consideración del planteo determinista, no llegaríamos sin embargo a comprender la gravedad del error que él representa. Veamos, para empezar lo que se concluye de considerar al tiempo como una trayectoria única de acontecimientos, como una línea de necesario encadenamiento de causas y efectos, como una sucesión de posiciones calculables unas a partir de las otras, matemáticamente comprensible. Lo que se concluye, claramente, es que el tiempo no es un ámbito de posibilidades, y el futuro único no ofrece alternativas. El único futuro posible se impone como una dictadura de los hechos, dictadura de los hechos que ignora por completo nuestras esperanzas de incidir sobre el curso de los acontecimientos. Si hay un solo futuro, así como hay un solo pasado, todo lo que ocurrió tuvo que haber ocurrido y todo lo que ocurrirá ya está determinado como destino en este presente en que vivimos. Al no existir futuros alternativos, al no existir posibilidades reales, lo que cae en primer lugar es la idea de que el azar es algo más que la ignorancia de los hechos pero sobre todo la idea de que efectivamente podemos elegir distintos rumbos para nuestras acciones o nuestras vidas. El determinismo implica, inevitablemente, la inexistencia de la libertad y de la voluntad, las cuales pasan a ser meras representaciones mentales ilusorias debidas al desconocimiento de las causas que determinan nuestras acciones.

Una vez que nos damos cuenta de que el determinismo implica la disolución en la insignificancia de conceptos como los de libertad y voluntad podemos seguir adelante para comprender lo que de esto se deriva: si la libertad es solo una ilusión en un universo mecánico y linealmente determinado, entonces la moral, la ética, las ideas de justicia y convivencia legal, las aspiraciones que implican cualquier intento de modificar la ley de los hechos, e incluso el propio ideal de control que se transparenta a través del determinismo, caen, se derrumban. La solución a esta situación intelectual creada por el determinismo la esbozó claramente Kant en su obra: admitir que la ciencia ha de moverse en un ámbito aparte al de las cuestiones políticas, morales, a las cuestiones que nacen de la admisión de que existe algo como la libertad o la voluntad. Es decir, la solución ha sido el anuncio a grandes voces por parte de los científicos de su neutralidad política y moral. Pero este anuncio lo han hecho repetidas veces inspirados en el dogma determinista que niega la libertad y la voluntad y por lo tanto que niega la mismísima posibilidad de la moral o de la política. Los científicos se han puesto a sí mismos, a través de este error, en la posición de colaborar con las ideas totalitarias contrarias a la defensa de la democracia, de las libertades individuales, del derecho a elegir por parte de las personas y sociedades su futuro entre muchos futuros posibles. Que la ciencia moderna haya llegado en el siglo XX a tener un papel de complicidad con desarrollos antidemocráticos como el régimen nazi exhibe la profundidad del error doctrinario que se asienta en el determinismo.

Por supuesto, tal y como lo proclama Sir James Lighthill en la frase antes citada, el determinismo ha sido un error y una pesadilla de la razón de la cual finalmente podemos salir. El determinismo ha sucumbido y con el todas las conclusiones que se han derivado de él. Podemos decir hoy que el tiempo no es lineal, que el futuro ofrece alternativas tanto a las personas como a la humanidad toda, que la libertad y la voluntad no han sido negadas ni su existencia es incompatible con el saber científico, que la moral, la ética, la actividad política tienen sentido, que la vida se desenvuelve creativamente en un universo cuyo futuro aún no ha sido escrito. Podemos decir también que hoy la ciencia queda abierta al compromiso con la construcción del futuro humano y que el sueño de su neutralidad ha acabado, así como el sueño de un control completo de los acontecimientos o una capacidad predictiva total. Lo impredecible, lo posible desconocido y en construcción, la contingencia en los hechos, no han sido negadas y pueden volver a inspirar tanto la investigación científica como la reflexión y la esperanza humana.

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