El pensamiento crítico

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El pensamiento crítico, aquel que nace del concepto de libertad y del reclamo de libertad para las personas y los pueblos, y que solo existe en la medida en que la libertad de pensamiento es ejercida, necesita continuamente reorientarse frente a la tendencia a confirmar lo existente, lo dado, y a anular las alternativas, que caracteriza a las instituciones establecidas y a los intereses particulares o corporativos que eligen esas instituciones para la confirmación, a su vez, de sus privilegios sociales. Y puesto que hoy en día los intereses corporativos que modelan para sí las instituciones han extendido su influencia y poderío a nivel planetario no solo por encima del alcance del pensamiento y la acción individual sino incluso por encima de las soberanía de los pueblos, esa necesidad se hace hoy más urgente que nunca, más valiosa que nunca a los fines de conservar la posibilidad de abrir una brecha en la institucionalidad frente a la coerción dominante.

Para lograr esta reorientación continua el pensamiento crítico necesita en primer lugar auto-cuestionarse como tal, en sus fundamentos, con lo cual se vuelve necesario reconsiderar una y otra vez los conceptos de libertad, de posibilidad con los que juega pero también reconsiderar las cualidades que en sí mismo debe llevar y que lo constituyen como tal. Aquí es importante recordar la importancia del estudio lógico, de la investigación dialéctica, del reconocimiento de las falacias y trampas del lenguaje. Sin estudio lógico el pensamiento no puede orientarse adecuadamente hacia el conocimiento de lo real, sin investigación dialéctica no puede mantener el dinamismo conceptual que evita la concrescencia de las ideas en fijezas claudicantes, sin el reconocimiento de las falacias y trampas del lenguaje no es posible contrarrestar y poner en tela de juicio las estrategias del discurso dominante.

Y ya se puede entrever en lo que afirmé hasta aquí que el pensamiento crítico debe no ser solamente autocrítico sino atento a la realidad, investigativo, y por sobre todas las cosas, atento a los orígenes, los desenvolvimientos y las consecuencias aparentes o invisibilizadas de la dominación y del discurso dominante. Sin una investigación constante de las estrategias que se desarrollan desde las instituciones establecidas, desde los medios de expresión consolidados, desde los corporativismos no solo económicos sino también ideológicos, religiosos, políticos, estatales, etc. , es practicamente imposible ejercerlo eficazmente como motor de la acción social. Pero no se trata solo de atender al aquí y ahora de la dominación sino de atender, aún más, a la dominación en sí y sus raíces mentales, históricas, sociales, pues esta investigación es imprescindible en un sentido muy preciso: allí donde la dominación triunfa, donde las relaciones humanas quedan supeditadas a fines que postergan o contradicen el fin de la libertad individual y la libre convivencia de los pueblos, el pensamiento crítico tiende a ser relegado, reprimido o directamente suprimido. Es pues una cuestión de sobrevivencia del pensamiento crítico el tratar de comprender el fenómeno de la dominación tanto en sus orígenes y características como en los modos en que se expande y consolida.

Si el pensamiento crítico debe estar enfocado desde la realidad y hacia ella, es de suma importancia que encuentre su argumentación en los hechos y para los hechos y no en elucubraciones despegadas de los mismos. Por ello es importante ligar permanentemente el discurso crítico al discurso científico y atender a las evoluciones de este, a los cambios que este experimenta como posibles fuentes de reorientación de la crítica de lo real dado. También hay que destacar la ligadura inamovible entre pensamiento crítico y pensamiento filosófico aunque esta ligadura no signifique su identificación. El pensamiento filosófico es una continua fuente de ideas nuevas, de conceptos nuevos que pueden servir de elemento constructivo del discurso crítico. En fin, que el pensamiento crítico debe beber de las fuentes de la ciencia y la filosofía y expresarse, incluso, en los términos en que estas se expresan.

Para terminar quiero recordar que sin el ejercicio continuo de la duda, sin un ejercicio metódico de la duda en todas direcciones y con la mayor profundidad posible, el pensamiento crítico no se sostiene sino que tiende a disolverse para que en su lugar se consoliden sistemas de creencias con pretensiones críticas pero que en el fondo no son más que estructuras de pensamiento que han sido absorbidas por alguna forma de institucionalización. El pensamiento crítico florece donde los sistemas de creencias no se imponen, donde los defensores de las etiquetas ismicas no impugnan continuamente la discrepancia y buscan un oponente, una contraposición fija, contraposición que no es necesaria al pensamiento crítico sino, por el contrario, al ejercicio de un discurso y de una posición dominante. Y para el ejercicio de la duda hay que partir de la constatación paradojal de que no hay posiciones teóricas definitivas jamás, de que no hay un centro absoluto del cual partir, de que el error y la paradoja misma son raíces móviles de un pensamiento que no admite detenerse en meros productos pensados.

Laberintos de la memoria

laberinto

Asumiendo que la memoria no es una actividad sino un lugar oscuro como el interior de un baúl en un sótano cuyas inscripciones iluminamos vagamente con un acto de conciencia, poniéndolo bajo el foco de un esfuerzo evocativo, ¿dónde está situado? Preguntar esto es, en realidad, un contrasentido. Cuando vamos tras de la memoria, allí donde esté, recordamos primero que somos, luego que podemos evocar, luego que hay algo de nosotros mismos que no hemos retenido o que permanece fuera de nuestro alcance.

Es decir, no hay acto evocativo sin recuerdo. La memoria construye incluso el olvido mismo, porque al ir en busca de un recuerdo hemos recordado previamente que lo hemos olvidado. La memoria se recuerda a sí misma en nuestras mentes y más, mente y memoria son dos maneras de nombrar una única identidad. La lectura del dato se realiza con el dato de la lectura. De modo que esa presuposición según la cual la memoria es almacenaje y el esfuerzo evocativo algo exterior a ella debe abandonarse. Sin memoria no hay siquiera autoconciencia porque la autoconciencia no es otra cosa que un intermitente autorrecordarse. La identidad es el plasma fluctuante de la memoria en el gesto vivo y la memoria es la piel frágil en la que brota el pensamiento con su torrente de símbolos.

La fuerza evocativa es la fuerza de la memoria que se expande hacia el futuro después de haberse constituido en pasado. La memoria se impulsa a sí misma en su dualidad pasivo-activa. Un error, un equívoco, un fallo de la memoria, es una pérdida posible en ese continuo retrotraerse con que la memoria se empuja a sí misma desde el pasado hacia el futuro. Sin embargo, el olvido tiene su lado de necesidad, pues sin sombras, con aristas remarcadas e indelebles, la memoria se condenaría a ser interminable pasado y no podría transustanciarse en futuro. Tratar de rellenar todo lo presente con las constataciones de lo vivido, sin intersticio alguno por el cual penetre lo nuevo, mediante un volcarse entero de lo inscrito en el acto de inscribir, es un exceso imposible que inmovilizaría la mente. El olvido labra los intersticios del cambio. Solo es nocivo el olvido cuando lo que se pierde son los indicios que permiten recordar, esto es, cuando el olvido es olvidado. En ese caso se trata de una forma parcial de la muerte que nos impide volver a un lugar en el que nunca hemos estado. Pero volver una y otra vez al mismo lugar, en una obsesiva recurrencia, como el patinar de un disco rayado, es peor que la brutalidad de un olvido diluido. El retorno recurrente y excesivo es una mengua de la vida en la memoria y de la memoria viva; es, si se quiere, una gangrena que destruye el pasaje del tiempo y los recuerdos. Tan destructivo es un recordar completo como un olvido completo. El tinte adecuado de la memoria es la de lo sombrío, lo grisáceo, lo no totalmente derrumbado ni totalmente intacto. Así es como se va construyendo la mente sin perderse en laberintos, así es como evoluciona todo el universo.

Perdida la mente-memoria en un laberinto de recuerdos sería ella el mismo laberinto en el que se pierde. Esto suele ocurrir cuando se enredan los caminos de la evocación por virtud de diversos sonambulismos, como el que va engendrando el envejecimiento. Cuanto más memoria somos más laberíntica se vuelve la peripecia de recordar. El haber sido va asfixiando poco a poco hasta llevar a la asfixia completa al querer ser. Cuando niños somos casi nada de pasado y casi todo futuro, cuando viejos este balance se invierte. La carga de los recuerdos es una carga sobre el recordar mismo. Pasividad y actividad, las dos caras de la memoria, no tienen un balance justo ni permanente sino que la actividad excreta una pasividad cada vez más profusa en la cavidad del tiempo hasta que pierde su propio aliento. La desmemoria es un exceso de memoria. Los troncos de los árboles muertos tienen una peripecia similar, en ese sentido, a la de nuestras cabezas.

Pero la mente también puede perderse en laberintos recurrentes, donde el próximo sendero es el anterior a éste. En ese caso ha triunfado alguna forma de la identidad excesivamente lúcida sobre el trazado de la vida mental. Puede ser un dolor indeleble, el horror de la locura o una simple rutina que va carcomiendo las horas. Estos laberintos son peores que aquellos porque no conducen ni siquiera al error, porque ni siquiera conducen. Ese moverse sin movimiento en que se congela la memoria es una señal de espanto en la frente. La ilusión casi mecánica de estar sin estar, por el hecho de estar otra vez sin el menor sentido donde se había estado, más que ilusión es pesadilla de la cual la memoria solo puede escapar recordando que todavía puede olvidar y avanzar hacia un nuevo recuerdo, aunque para ello seguramente necesita una mano tendida desde afuera del laberinto. Efectivamente, el otro que somos, la memoria de los demás, es un camino de salvación cuando nos movemos en círculos padeciendo de nuestra propia memoria. Con los otros hay recuerdos en común pero también la esperanza de algo más que recordar en la trampa de un único pasado.

Existe también la amnesia. Por muchos caminos se puede seguramente llegar a ella, pero ninguno de ellos estará implícito en ese no recordar que la constituye. Cualquiera podría ser su causa porque desde el punto de vista del amnésico la causa está ausente. No se trata aquí de amnesia parcial, pues eso no es más que un simple olvido, sino de la amnesia que absorbe hasta la identidad del que olvida. Esto quiere decir que la memoria puede olvidarse a sí misma. Si esta situación continuase indefinidamente podría superponerse una vida a otra en una continuidad sin tiempo, con la sola temporalidad de un cuerpo abarcando las dos identidades solapadas. Eso significa que seguir vivo no es una garantía de seguir siendo. Quizás, incluso, la amnesia sea el horizonte de la mente y del universo. Esto puede refrendarse de cierta manera si el dormir se considera una forma cíclica de la amnesia, y los sedantes una forma de escapar a los laberintos de la recurrencia. Dormir, dormir, …Extrañamente los ancianos son los que menos duermen. Tal vez sea esta la explicación: la amnesia se vuelve cada vez más pasajera cuando uno se va haciendo puro recuerdo. O tal vez sea esta otra: al envejecer uno necesita cada vez más de la amnesia definitiva, es decir, de la muerte. En todo caso envejecer es inevitable y el exceso de recuerdos debe descargarse finalmente. La memoria, eso que somos y no somos, no quiere perpetuarse, y ese afán de identidad, es decir, de absoluto recuerdo, hasta la última moneda, en el que muchas mentes viven, es solo un breve delirio sin sustancia.

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