Laberintos de la memoria

laberinto

Asumiendo que la memoria no es una actividad sino un lugar oscuro como el interior de un baúl en un sótano cuyas inscripciones iluminamos vagamente con un acto de conciencia, poniéndolo bajo el foco de un esfuerzo evocativo, ¿dónde está situado? Preguntar esto es, en realidad, un contrasentido. Cuando vamos tras de la memoria, allí donde esté, recordamos primero que somos, luego que podemos evocar, luego que hay algo de nosotros mismos que no hemos retenido o que permanece fuera de nuestro alcance.

Es decir, no hay acto evocativo sin recuerdo. La memoria construye incluso el olvido mismo, porque al ir en busca de un recuerdo hemos recordado previamente que lo hemos olvidado. La memoria se recuerda a sí misma en nuestras mentes y más, mente y memoria son dos maneras de nombrar una única identidad. La lectura del dato se realiza con el dato de la lectura. De modo que esa presuposición según la cual la memoria es almacenaje y el esfuerzo evocativo algo exterior a ella debe abandonarse. Sin memoria no hay siquiera autoconciencia porque la autoconciencia no es otra cosa que un intermitente autorrecordarse. La identidad es el plasma fluctuante de la memoria en el gesto vivo y la memoria es la piel frágil en la que brota el pensamiento con su torrente de símbolos.

La fuerza evocativa es la fuerza de la memoria que se expande hacia el futuro después de haberse constituido en pasado. La memoria se impulsa a sí misma en su dualidad pasivo-activa. Un error, un equívoco, un fallo de la memoria, es una pérdida posible en ese continuo retrotraerse con que la memoria se empuja a sí misma desde el pasado hacia el futuro. Sin embargo, el olvido tiene su lado de necesidad, pues sin sombras, con aristas remarcadas e indelebles, la memoria se condenaría a ser interminable pasado y no podría transustanciarse en futuro. Tratar de rellenar todo lo presente con las constataciones de lo vivido, sin intersticio alguno por el cual penetre lo nuevo, mediante un volcarse entero de lo inscrito en el acto de inscribir, es un exceso imposible que inmovilizaría la mente. El olvido labra los intersticios del cambio. Solo es nocivo el olvido cuando lo que se pierde son los indicios que permiten recordar, esto es, cuando el olvido es olvidado. En ese caso se trata de una forma parcial de la muerte que nos impide volver a un lugar en el que nunca hemos estado. Pero volver una y otra vez al mismo lugar, en una obsesiva recurrencia, como el patinar de un disco rayado, es peor que la brutalidad de un olvido diluido. El retorno recurrente y excesivo es una mengua de la vida en la memoria y de la memoria viva; es, si se quiere, una gangrena que destruye el pasaje del tiempo y los recuerdos. Tan destructivo es un recordar completo como un olvido completo. El tinte adecuado de la memoria es la de lo sombrío, lo grisáceo, lo no totalmente derrumbado ni totalmente intacto. Así es como se va construyendo la mente sin perderse en laberintos, así es como evoluciona todo el universo.

Perdida la mente-memoria en un laberinto de recuerdos sería ella el mismo laberinto en el que se pierde. Esto suele ocurrir cuando se enredan los caminos de la evocación por virtud de diversos sonambulismos, como el que va engendrando el envejecimiento. Cuanto más memoria somos más laberíntica se vuelve la peripecia de recordar. El haber sido va asfixiando poco a poco hasta llevar a la asfixia completa al querer ser. Cuando niños somos casi nada de pasado y casi todo futuro, cuando viejos este balance se invierte. La carga de los recuerdos es una carga sobre el recordar mismo. Pasividad y actividad, las dos caras de la memoria, no tienen un balance justo ni permanente sino que la actividad excreta una pasividad cada vez más profusa en la cavidad del tiempo hasta que pierde su propio aliento. La desmemoria es un exceso de memoria. Los troncos de los árboles muertos tienen una peripecia similar, en ese sentido, a la de nuestras cabezas.

Pero la mente también puede perderse en laberintos recurrentes, donde el próximo sendero es el anterior a éste. En ese caso ha triunfado alguna forma de la identidad excesivamente lúcida sobre el trazado de la vida mental. Puede ser un dolor indeleble, el horror de la locura o una simple rutina que va carcomiendo las horas. Estos laberintos son peores que aquellos porque no conducen ni siquiera al error, porque ni siquiera conducen. Ese moverse sin movimiento en que se congela la memoria es una señal de espanto en la frente. La ilusión casi mecánica de estar sin estar, por el hecho de estar otra vez sin el menor sentido donde se había estado, más que ilusión es pesadilla de la cual la memoria solo puede escapar recordando que todavía puede olvidar y avanzar hacia un nuevo recuerdo, aunque para ello seguramente necesita una mano tendida desde afuera del laberinto. Efectivamente, el otro que somos, la memoria de los demás, es un camino de salvación cuando nos movemos en círculos padeciendo de nuestra propia memoria. Con los otros hay recuerdos en común pero también la esperanza de algo más que recordar en la trampa de un único pasado.

Existe también la amnesia. Por muchos caminos se puede seguramente llegar a ella, pero ninguno de ellos estará implícito en ese no recordar que la constituye. Cualquiera podría ser su causa porque desde el punto de vista del amnésico la causa está ausente. No se trata aquí de amnesia parcial, pues eso no es más que un simple olvido, sino de la amnesia que absorbe hasta la identidad del que olvida. Esto quiere decir que la memoria puede olvidarse a sí misma. Si esta situación continuase indefinidamente podría superponerse una vida a otra en una continuidad sin tiempo, con la sola temporalidad de un cuerpo abarcando las dos identidades solapadas. Eso significa que seguir vivo no es una garantía de seguir siendo. Quizás, incluso, la amnesia sea el horizonte de la mente y del universo. Esto puede refrendarse de cierta manera si el dormir se considera una forma cíclica de la amnesia, y los sedantes una forma de escapar a los laberintos de la recurrencia. Dormir, dormir, …Extrañamente los ancianos son los que menos duermen. Tal vez sea esta la explicación: la amnesia se vuelve cada vez más pasajera cuando uno se va haciendo puro recuerdo. O tal vez sea esta otra: al envejecer uno necesita cada vez más de la amnesia definitiva, es decir, de la muerte. En todo caso envejecer es inevitable y el exceso de recuerdos debe descargarse finalmente. La memoria, eso que somos y no somos, no quiere perpetuarse, y ese afán de identidad, es decir, de absoluto recuerdo, hasta la última moneda, en el que muchas mentes viven, es solo un breve delirio sin sustancia.

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