Podríamos no haber nacido

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Podríamos no haber nacido, la humanidad toda es solo una contingencia, y el planeta en el que vivimos una formación azarosa junto con la vida que arrastra consigo a través del vacío. Cualquier valoración que hagamos de todo ello será una exageración si no tenemos en cuenta lo fortuito, casual, innecesario que caracteriza nuestra particular existencia. Un accidente trágico es en relación al todo humano y planetario un accidente secundario respecto de ese accidente primario. En ese sentido, ninguna tragedia casual es un desvío del balance, del equilibrio de los hechos sino, por el contrario, una especie de compensación en reversa, por el desequilibrado exceso de nuestra existencia. Sin embargo, ni siquiera en ello hay justicia alguna, o un retorno hacia algún centro alrededor del cual pudiesen girar los acontecimientos. Los que ponen dioses o a un dios único en ese centro imaginario solo hacen un ejercicio torpe de autojustificación o satisfacen su necesidad de encontrar un plan donde no lo hay, un eje donde falta. Todos esos pensamientos buscando el núcleo de la realidad son nada más que una efervescencia derivada de la efervescencia estelar de ese sol vulgar que nos ilumina cada día, un sol cualquiera en un lugar cualquiera de una galaxia cualquiera. Éxitos y fracasos son autorreferenciales siempre, como lo son el placer y el dolor que jamás podemos sentir empáticamente con los demás. Vivimos en el resplandor exiguo de un cerebro olvidadizo y quisiéramos que todo lo que somos, desde la raiz estelar primigenia, tenga un sentido, un desenvolvimiento que persigue alguna finalidad, una necesidad escondida primero en la trama de los átomos y manifiesta luego en la arquitectura de nuestra mente. Pero aún si hubiera sentido en todo ello, en el gigantesco despliegue de energia y despilfarro de criaturas que podemos observar pasmados sobre la faz terrestre, ese sentido o bien se nos escaparía por ser solo fragmentos dispersos en medio de un torrente que nos envuelve y rebasa o se nos escaparía por el simple hecho de que nuestra mente es solo un acontecimiento dentro de esa marejada de sucesos que han recorrido miles de millones de años y muy probablemente los seguirá recorriendo. Así como el instante en que lanzamos la moneda al aire y esperamos que salga cara o cruz, así la humanidad toda tiene su propio instante y está en el proceso de esperar que caiga esa moneda que le marcará azarosamente su final destino, que es solo un destino más en el circuito de los infinitos destinos que pueblan el universo interminable. Entre la deriva de la piedra a través de los resquebrajamientos y erosiones y nuestra propia deriva biológica, mental y tecnológica solo hay un salto innecesario de complejidad que nada vendrá a justificar. Por eso es posible vivir sin esperanza, sin valores, sin distinguir entre el bien y el mal pero por lo mismo es posible vivir con esperanza, valores y tratando de distinguir entre el bien y el mal. Podemos elegir aunque lo que elijamos no tenga mayor peso que lo que hemos dejado atrás o lo que nos espere como consecuencia de nuestra elección sea tan fortuito como el hecho de haber elegido. La libertad no tiene en sí misma ningún significado, propósito o mérito, la vida misma no los tiene…pero estamos vivos, formamos parte de esta existencia y es la inexorable verdad que vivirla hasta morir es todo lo que podemos hacer, sin esperar nada más, sin desear nada más, dejando como máximo entreabierta una puerta hacia el misterio.

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