El complejo mental planetario

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Es demasiado optimista el perspectivismo haciéndonos creer que las distintas conciencias mantienen perspectivas sobre el universo más o menos equivalentes en su potencia, en su veracidad, al menos en lo concerniente a las conciencias individuales de la humanidad. Lo cierto, en cambio, es que cada conciencia existente solo posee para sí un diminuto ventanuco por el que apenas puede entrever la realidad y desde cada una de esas cavidades perceptuales solo acceden a fragmentos miserables de lo que realmente sucede en el mundo. No se trata de perspectivas, sino de agujeros apenas iluminados en medio de una general ceguera, agujeros por los cuales se asoman las conciencias tratando de captar un poco de lo real, apenas lo suficiente como para poder subsistir en ella, para poder desenvolverse en su vientre oscuro y amenazante. La naturaleza misma del desarrollo psíquico ha puesto la limitación, el enceguecimiento autoinfligido, como una pauta estructural de las conciencias. Una escasez muy grande de información las reduciría a la impotencia, a la incapacidad de lidiar con los eventos que no controlan, con las tormentas de sucesos que las acosan. Un exceso de información las apabullaría, reduciéndolas a la confusión interna, la indecisión, la falta de discernimiento para llegar a la acción eficaz. De modo que cada conciencia se vela a sí misma la realidad y suma ceguera autónoma a la ceguera preexistente en su interacción con el mundo. En esas condiciones de precariedad ya no meramente sufrida sino asumida orgánicamente, las conciencias se procrean y regeneran, se deslizan y medran, pululan por donde pueden.

Pero a su vez es demasiado pesimista el perspectivismo cuando nos invita a suponer conciencias puntuales con visiones puntuales de la realidad que las rodea, atadas al entorno de su cono de luz perceptiva, navegando en solitario con sus rudimentarias linternas mentales la oscuridad sin límites. Lo es porque, en verdad, las conciencias se comunican, jamás están aisladas entre sí. Incluso si espacio-temporalmente parecen desconectadas ellas están mínimamente en comunicación por compartir un mismo universo y alimentarse de la misma omnipresente fuente de toda información, que consta de elementos y comportamientos permanentes. Claro que aquí se podrá sostener que no hay una única realidad, exacerbando el perspectivismo hacia un subjetivismo ontológico, pagando con ello el precio de afirmar al mismo tiempo la incomunicación absoluta de las conciencias que no entran en contacto y aún de las que entran en contacto, cuya comunicación no podría ser otra cosa que un diálogo sobre premisas y códigos incongruentes entre sí. Por ello la unicidad de la realidad es la hipótesis previa, filosófica y científicamente necesaria, para afirmar que la comunicación siempre es posible entre las conciencias, que la ciencia y la filosofía son posibles, incluso si esas conciencias jamás se encontraran entre sí, ni tan siquiera con el fantasma de sus influencias. En el caso de la vida terrestre, a esa comunicación ontológica a priori que es la que algún día nos permitirá entendernos con inteligencias provenientes de otros mundos, se suma la interrelación genética, el lazo del ácido desoxirribonucleico que hace de todos los seres vivos de este planeta azul parte de un solo telar, un tejido de conciencias enlazadas por el hilo invisible e intergeneracional de la procreación interminable y la migración de genes.

En ese sentido la vida terrestre constituye una unidad biológica, una sociedad genética, una comunidad planetaria, pero también una unidad de conciencia. Dentro de esa sociedad genética y esa unidad de conciencia el cerebro humano constituye un emergente hipercomunicativo pues es claro que nuestro cerebro agudiza a través del lenguaje-pensamiento la conectividad interactiva más allá de lo genético e incluso más allá de lo biológico, obteniendo del medio ambiente materiales para construir un ambiente simbólico que le sirve de excrecencia potenciadora e invasiva y con la que apunta a expandir la conciencia más allá de las fronteras biosféricas. La humanidad ha alcanzado hoy una apoteosis de hiperactividad neuronal-computacional que la lanza hacia una expansión mental basada en el poder de condensación y almacenamiento de información en nodos intersubjetivos, intergeneracionales y no orgánicamente degradables. Formando un complejo mental planetario la mente humana y su complemento informático, puede romper la insignificancia de mirar el mundo a través de un ventanuco asfixiante, de visiones precarias y torpes inspiradas en religiones, doctrinas, ideologías o cualquier lectura ínfima y cargada de errores de la realidad, y abrirse paso con una visión creciente y reconfortante del todo cósmico.

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