¡No al capitalismo!¡Viva el libre mercado!

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“Lo que se llama capitalismo es básicamente un sistema de mercantilismo corporativo, con inmensas y en gran parte inauditas tiranías privadas ejerciendo un vasto control sobre la economía, los sistemas políticos, y la vida social y cultural, operando en cerrada cooperación con estados poderosos que intervienen masivamente en la economía domestica y en la sociedad internacional.” Noam Chomsky,extracto de una entrevista hecha para Red and Black Revolution, número 2. Mayo de 1995 por Kevin Doyle.

En el típico discurso de defensa del capitalismo como ideología se ponen en práctica ilusiones que no solo falsean la defensa sino que también falsean las respuestas de los interlocutores. Esas ilusiones son tales que podemos decir, casi con certeza, que el capitalismo es lo contrario de lo que se anuncia de él. Y lo pésimo de esas ilusiones es que quienes rechazan los procesos y resultados capitalistas se creen en la obligación de rechazar aquello que se hace pasar fantasmáticamente como discurso pro capitalista cuando en realidad es justamente la negación del mismo.

El primer gran error que se comete al hablar del capitalismo es casi inevitablemente afirmar que se trata de una ideología. En discusiones con una diversidad de interlocutores yo siempre trataba de hacer ver esto: el capitalismo es una fase en el desarrollo de la historia económica humana y no debe confundirse con los discursos ideológicos que han surgido para su defensa o para la defensa de los intereses que se benefician de ese desarrollo. Cuando se piensa en el capitalismo como una ideología no se ve que se trata en realidad de un hecho histórico, de una realidad concreta, y se comete el más grande de los autoengaños pretendiendo poner en entredicho de manera teórica un hecho. Como tal hecho el capitalismo debe ser primero constatado y estudiado y luego, a lo más, contrastado con lo que se teoriza sobre él.

Una vez que hemos asumido que el capitalismo es un hecho histórico veamos que es lo que se dice falsamente de él. Lo que se suele decir antes que nada de manera crítica de él es que el capitalismo es el triunfo del individualismo, del egocentrismo más profundo, de la imposición del interés privado sobre el interés público. Pero esta crítica no es más que una reinterpretación pesimista y negativa de la interpretación de quienes lo defienden sosteniendo que el capitalismo es el triunfo de la libertad individual y de la iniciativa propia. En realidad no hay tal triunfo del individualismo en el capitalismo ni para bien ni para mal, ni a favor de las libertades individuales ni favoreciendo el interés privado. Las grandes acumulaciones de capital que han dado lugar al capitalismo, la imposición del esquema del capital como fundamento de la economía no fue posible ni es posible sin la intervención de fuertes estados nacionales e incluso de grandes aparatajes globales de control económico. Los estados nacionales han servido desde el principio como mecanismos para saquear a grandes poblaciones incluyendo a la propias naciones a las que supuestamente representan, y el producto de esos saqueos ha sido transferido a los grandes capitalistas. Además ellos son los que garantizan el orden legal que permite que un bien común como lo son las invenciones tecnológicas y científicas, permanezcan en pocas manos, en escasísimas manos, lejos de cualquier competencia, libertad de uso o libre curso de la información; y para colmo el capital altamente concentrado que de este modo los estados nacionales contribuyen a fomentar es lo que permite a su vez el capitalismo financiero que se impone a toda la economía real de nuevo con la connivencia de los estados. No, de ningún modo triunfa en el capitalismo el individualismo o el interés privado…lo que triunfa es el interés publico cooptado a favor de una minoría altamente plutocrática que usa los mecanismos del estado y la legalidad existente como una herramienta de saqueo local y global, sin desperdiciar para ello ni siquiera el despliegue destructor de las fuerzas militares. Es por eso que la clase política está fundamentalmente dedicada a enmascarar esta complementariedad entre el estado y las minorías privilegiadas que hacen uso del mismo para su beneficio interminable, presentándose a si mismas, irónica y cruelmente, como representantes de las mayorías a cuyo saqueo contribuyen o como líderes para su engrandecimiento internacional cuando lo que procuran es usarlas como carne de cañón en guerras que tendrán como únicas beneficiarias a aquellas minorías para la cual los estados no pueden ser más que titeres de sus intereses. Por supuesto que esas mayorías no se han quedado calladas ni quietas y han comprendido que quizás el estado podria ser también un vehículo para sus propios intereses y han competido con las minorias privilegiadas y plutocráticas para que sus intereses también se vieran reflejados en las decisiones estatales, y en ese sentido todo el proceso de las revoluciones marxistas no ha sido más que una remodelación del capitalismo desde la pura connivencia del estado con la plutocracia a una supuesta connivencia del estado con las mayorías, la cual ha concluido al fin y al cabo en el surgimiento de nuevas minorías plutocráticas beneficiadas por esa supuesta nueva modalidad del estado. El único quiebre interesante que ha tenido el capitalismo en su forma más pura es el hecho de que los estados hayan tomado parte en los servicios públicos de salud y educación, que se hayan convertido pese a todo, en vehiculos de redistribución impositiva de la riqueza, lo cual es de todos modos solo un alivio que enmascara la situación fundamental. En fin, que la iniciativa individual en el capitalismo está aplastada desde el principio por iniciativas que corresponden a una combinación del poder público con el interés de minorías que lo controlan por una gran variedad de mecanismos que nada tienen que ver con la libertad individual y que necesariamente solo existen en la medida en que la libertad individual está coartada.

Otra cosa que se suele decir del capitalismo es que el se basa en la competencia, vista como algo pésimo y rechazable por los detractores del capitalismo y vista como fuente de creación y crecimiento económico por quienes lo defienden. En realidad los grandes capitales que son la base del mundo capitalista no han surgido jamás de la libre competencia ni tienen nada que ver con ella. Ellos han surgido fundamentalmente del saqueo disimulado o brutal, de la exacción descarada que no ha dejado de incluir grandes matanzas de seres humanos o la practica de una neoesclavitud alimentada ideológicamente con ilusiones racistas o las cadenas de la pobreza extrema. Para el logro de estas rapiñas de carácter local pero sobre todo global las minorias plutocráticas han usado las fuerzas militares, los mecanismos financieros y cualquier otra herramienta que los estados nacionales pudieran ofrecerles. Si a esto se le pudiera decir competencia en todo caso sería la más desleal de las competencias al punto de que los soldados que han muerto por millones en las batallas por la riqueza ajena son la clara muestra de ello. Y donde ha existido competencia no ha sido más que entre los propios estados nacionales que continuamente llevan la masacre o el expolio a todas las latitudes para que las zonas alcanzadas por sus ejércitos y corporaciones sirvan a los intereses de las plutocracias de las cuales son el instrumento. Es decir, que la única competencia real ha sido entre unas y otras plutocracias, entre unas y otras de las minorías que en sucesión continua, van tomando las riendas de los estados. ¿Qué clase de competencia, leal o desleal, podría existir entre aquellos que ven atadas sus iniciativas por toda clase de trabas estatales mientras que ese mismo estado beneficia con toda clase de alivios y privilegios a un sector de la población que tiene cooptada para sus intereses a la clase política?

La conclusión casi paradójica de esta disquisición que me he propuesto compartir es que aquellos que atacan el individualismo y la competencia son, para su propia sorpresa, los que defienden de algún modo las hegemonías plutocráticas para las cuales la libre competencia y la iniciativa individual son un anatema al que combaten desde siempre mediante la omnipotencia estatal. A su vez el movimiento marxista se muestra aquí como un movimiento que en lugar de tratar de debilitar los mecanismos estatales los reforzó de una manera extrema y terminó propiciando inevitablemente el capitalismo contra el cual pretendía enfrentarse. Y en fin, aquellos que defienden el libre mercado están expresándose, sin tener la intención de hacerlo, contra el mismísimo capitalismo que dicen defender. Quienes defienden el libre mercado no pueden más que estar en contra de los abusos del poder estatal, del uso del poder estatal para privilegiar a algunos en contra de la libre competencia, necesariamente son opositores a los monopolios financieros, de capital y científico-tecnológicos que son la base del capitalismo, que son la base de este fenómeno histórico que todos padecemos pero del cual todos formamos parte. En fin, que la mejor forma de ofender y atacar al capitalismo es defender el libre mercado, la libre competencia, el poder de la iniciativa individual, exigir un estado que no beneficie a las plutocracias, rechazar todos los monopolios, proponer la libertad en el consumo y en la producción sin restricciones ni de patentes ni de propiedad intelectual que no son en su forma actual más que disfraces del monopolio.

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Buenas noticias, Markus Gabriel: ¡el Mundo existe!

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Como a cualquiera le hubiera acontecido a mi me sorprendió encontrar al filósofo alemán Markus Gabriel afirmando que el Mundo no existe. Pero luego de considerar hasta donde pude sus argumentos me di cuenta de lo esencial del truco literario que usa: define el Mundo y en cuanto lo define el Mundo ya es un concepto derivado. Efectivamente, no hay que ignorar que existen conceptos categoriales, aquellos que no se pueden definir, y conceptos que admiten definición. Lo que Markus Gabriel hace es evadir, o directamente desconocer, este primer paso para atacar cuestión tan seria: ¿Es el concepto de Mundo un concepto que admite definición? Pero si el concepto de Mundo admitiera definición entonces sería un concepto derivado y particular y por lo tanto no se caracterizaría como la totalidad a la que inevitablemente termina refiriéndose Gabriel cuando piensa en el Mundo. Es decir, si el Mundo es de algún modo total, omniabarcante, entonces no puede ser que como concepto sea derivable. (Es más si los conceptos son solo parte del Mundo, ¿cómo siquiera podría ser el Mundo conceptualizable?). Y el hecho de que lo proponga como concepto derivado ya anticipa la estocada final de su filosofía anunciando su inexistencia.

Lo que encuentro positivo por demás del intento de Gabriel es que con sus artes conceptuales procura destruir la idea de que el Mundo es la totalidad de las cosas existentes y que como tal existe. Con esto está propulsando, por supuesto, la actualmente necesaria destrucción del ideal de objetividad de la ciencia y el persistente intento científico y filosófico de consolidar una explicación objetiva totalitaria de la realidad. Esta tarea la trataron de llevar a cabo muchos filósofos anteriores a él por otros expedientes pero con consecuencias drásticas para la propia filosofía, pues esta terminaba por medio de esos intentos alejándose del campo de la realidad, denostándolo, y dejando en manos de los científicos la consideración concreta de los objetos y los hechos. Gabriel hace el esfuerzo que por lo que veo otros pensadores actualmente hacen, de rescatar para la filosofía el derecho a hablar de la realidad sin pelos en la lengua y al mismo tiempo persistir en el derecho de los filósofos a criticar el objetivismo totalitario de la ciencia moderna.

Sinceramente no me interesa entrar a considerar las minucias de la estructura conceptual que Gabriel diseña para el cierre de su discurso. Ahora simplemente voy a dar sobre la cuestión tratada mi punto de vista. Ya dije que la idea de Mundo o Universo no puede ser al mismo tiempo contradictoriamente una idea de totalidad y una idea derivada, un concepto definible. Pero por cuanto al decir Mundo o Universo quien dice así está pensando en una totalidad, difícilmente pueda admitirse con Gabriel que el Mundo pueda aceptar una definición. El Mundo es Lo Que Existe o simplemente la Existencia, y esta no es una definición sino solo otra manera de nombrarlo sin definirlo, puesto que si pudiéramos definirlo también, por consecuencia, podríamos definir la existencia. A esa conclusión llega Gabriel, necesariamente, y por eso se digna a si mismo definiendo la existencia de un ente como su aparición en un campo de sentido, terminando en la conclusión derivada de que los unicornios existen. Pero la Existencia no admite definición, es decir, el Universo-Mundo, no admite definición, y al menos Gabriel debería haber considerado esta posibilidad.

Qué el Universo no admita definición no quiere decir sin embargo, que no podamos caracterizarlo. Y una de las caracterizaciones que nos podemos negar a hacer de él es el de tratarlo como conjunto de todos los objetos existentes, definición ridícula que utiliza el ingenuo sentido común como si tuviera algún valor y con la cual lidia Gabriel con total soltura. No podemos caracterizar al Universo como la totalidad de los objetos existentes simplemente porque el Universo no es un objeto y no es un objeto porque lo que caracteriza a un objeto según el sentido común es estar situado en el espacio y el tiempo mientras que el Universo no está situado pues el tiempo y el espacio, también en ese sentido, son en él particularidades, es decir, meras propiedades. Una totalidad de objetos no dejaría de ser un objeto situado en espacio y tiempo y eso justamente no es el Universo según el propio sentido común. Por correción primaria de tan angosta conceptualización el Universo podría ser definido como la totalidad de los objetos existentes y el medio espacio-temporal en el que existen, ambas realidades y no solo una de ellas. Sin embargo, el espacio-tiempo y los objetos no son separables si vamos más allá del sentido común y adoptamos la visión que nos ha dado de ellos el gran Albert Einstein. Objetos y espacio-tiempo constituyen una unidad inextricable para el realismo científico como hoy está planteado. Por eso Gabriel falla muy lejos al creer que está discutiendo con la ciencia actual al adoptar esa burda definición del Universo cuando en realidad solo discute con la visión del Mundo propia del sentido común.

Lo anterior no quiere decir que la visión científica del universo como una totalidad material-energética-espaciotemporal, donde cualquiera de estas tres componentes son físicamente inseparables de las demás, no sea discutible, pero si quiere decir que ponerla en tela de juicio no puede ser un viaje tan cómodo ni tan retóricamente simple. Y como no quiero dejar de dar mi punto de vista sobre el asunto daré un atisbo de lo que podría ser un punto de partida para lograrlo. Diré que el Universo es pensado por la ciencia, a pesar de todas las transformaciones que ha sufrido su visión por el propio impulso científico, siempre como una exterioridad, es decir, como extenso y por ello mismo medible, lo cual no es de por sí un error sino solo desde el momento en que los científicos asumen que esta exterioridad (extensión y mensurabilidad) es pura, es decir, no se relaciona con ninguna clase de interioridad. Para la ciencia solo hay espacio-tiempo y objetos exteriores entre si, y cada objeto es un complejo de partes exteriores entre si que a su vez es un complejo de más partes exteriores entre sí hasta llegar a las partículas elementales. Esta afirmación puede pasar muy bien por la verdad absoluta si no nos ponemos a pensar que desde siempre cuando uno piensa en lo exterior inmediatamente el pensamiento remite a lo interior, es decir, que interioridad y exterioridad constituyen una dualidad (dialéctica diría yo) y esa dualidad no puede cercenarse sin consecuencias. Cuando la ciencia sostiene una exterioridad pura lo que hace es refrendar el objetivismo a través de la mensurabilidad y el poderío matemático, a través del rigor de la cantidad y la medida, lo cual parece ser el mejor premio al conocimiento, ya que nadie se atrevería a despreciar la oportunidad de ser riguroso, exacto, preciso, al conocer. Pero ¿dónde queda la interioridad omitida? ¿a qué interioridad ignorada hace referencia esa exterioridad totalitaria y mensurable contra la que brega a su modo Gabriel?

Es en la respuesta a esa pregunta que realizo mi propia apuesta por un realismo filosófico que supere el objetivismo totalitario de la ciencia moderna y al mismo tiempo recupere para la filosofía el derecho a hablar frontalmente de la realidad. Sostengo que cuando se piensan los entes, las cosas existentes, como objetos, es decir, como cosas exteriores entre sí, existentes solo espacio-temporalmente, se las esta considerando tal y como se RELACIONAN, es decir, en la interacción y la referencia entre ellas y no en sí mismas. Considerarlas en relación, por supuesto, es una base necesaria del conocimiento, porque como bien dice Gabriel los hechos no están en los objetos sino entre los objetos, por analogía, causalidad, etc. Pero no considerarlas en sí mismas, he ahí el error. Y ¿qué quiere decir considerarlas en sí mismas? Bueno, es simplemente darse cuenta de que las cosas existentes, sean cuales sean, no tienen totalmente determinada su existencia por la relación con otra cosas, y aquí apunto claramente a la idea de existencia de Gabriel como un error, sino que su existencia tiene siempre un margen de indeterminación, de autonomía real con respecto a todas las demás cosas existentes. Si creyéramos que las personas, por ejemplo, solo existen por su relación con las demás cosas existentes, determinadas por ellas, lo que estaríamos negando es su libertad, la zona indeterminada de su existencia desde la cual pueden ser auténticas creadoras de su propia historia. Así pues, digo que todas las cosas que existen tienen una zona de existencia absolutamente propia y no relacional, y por lo tanto una zona de existencia que no se da en la exterioridad, esto es, en la referencia mutua o interacción, y tal vez no deba decir zona sino contrapartida, contracara….o mejor, tal vez deba decir, un INTERIOR. En efecto, todo lo que existe existe exteriormente en relación a todo lo demás pero interiormente en cuanto guarda cada cosa para sí un elemento de indeterminación y autocreación que no se subsume en relaciones. Y si todo lo que existe tiene una fase interior y otra exterior lo que ha hecho la ciencia es ocuparse de los hechos, claramente, pero ignorando que no solo los hechos importan sino que lo que también importa es el sujeto, interiormente dado también en la investigación científica, que da importancia a esos hechos y crea libremente su propia historia a partir de ellos, es decir, la ciencia persecutora de hechos objetivos ha ignorado al sujeto que los persigue, a sus sueños, a sus aspiraciones, a su futuro. La ciencia con ello no está ofreciendo un futuro a los seres humanos sino solo los hechos sin norte ni libertad asumida, ni responsabilidad frente a ellos. Es en la asunción de la interioridad donde podemos hallar, según mi ver, una visión más amplia del Universo como totalidad dialéctica interior-exterior, sujeto-objeto, libertad-coerción. Y el Universo así pensado tal vez no esté aún definido pero si resulta más ampliamente conceptualizado y comprendido.

El punto sin retorno de la historia humana

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Sin duda es muy interesante la idea de un punto sin retorno. Un ejemplo fácil de tal concepto es el radio de alcance a partir del cual el combustible de un vehículo aéreo se ha consumido de tal manera que ya no puede volver al punto de partida con el combustible en reserva. Aplicado al ámbito histórico podría ejemplificarse tal vez con los acontecimientos previos a cualquier conflagración bélica, los cuales pueden acumular choques de intereses y contrariedades diplomáticas hasta cierto momento en el cual finalmente detona el conflicto y ya no hay posibilidad para la enmienda, la retractación o la negociación. En este caso quiero aplicar la idea de punto sin retorno a la totalidad de la historia humana. ¿Se puede sostener la existencia de un punto tal de nuestra historia a partir del cual la humanidad ya no pueda retroceder a condiciones históricas anteriores y necesariamente se vea enfrentada a la necesidad imperiosa de cambiar o sucumbir? Eso es, en realidad, lo que muchos suponemos y sentimos hoy acerca del futuro cercano al observar los acontecimientos que se han ido acumulando y los fenómenos globales que nos están afectando. Pero entiendo que no simplemente debemos pensar que se trata de una sensación o una suposición sobre un futuro poco visible. Por el contrario, afirmo que efectivamente la humanidad está llegando, y lo hará en el futuro próximo, a un punto sin retorno de su historia.

No estoy diciendo, sin embargo, que ese punto de no retorno histórico, que no considero sea el fin de nuestra historia como algún autor sugirió, sea una fecha o un año puntual…Quizás pueda delimitarse, a lo más al siglo presente y a quizás la primera mitad del siguiente, y eso significa que no se tratará de un acontecimiento que pueda ser observado o experimentado en un lapso corto de tiempo sino que se tratará más bien de un acontecimiento que abarcará varias generaciones incluidas las más próximas a nuestro tiempo. Pero que no se confunda mi afirmación con una especie de profecía porque como dije en el párrafo anterior, es algo que todos de alguna manera ya sentimos y suponemos acerca del porvenir más inmediato.

¿En qué consistirá este punto sin retorno? En primer lugar se deberá a dos vertientes de acontecimientos que están confluyendo claramente, por un lado el cambio climático y la toma de conciencia cada vez más clara por parte de los gobiernos de todas las naciones de que sin una negociación global clara sobre el tema este cambio climático simplemente terminará con el progreso al menos parcial que ha experimentado la humanidad en estos siglos de ciencia y tecnología llevándonos a condiciones de vida catastróficas, y por el otro lado la cada vez más fuerte tendencia al recambio de las bases energéticas de la vida humana, dejando atrás los combustibles fósiles que tienen existencia limitada y contribuyen al cambio climático y poniendo esas bases en las energías limpias y renovables. En la confluencia de estas dos tendencias las potencias económicas mundiales deberán hacer concesiones medioambientales y transferencias tecnológicas relacionadas con el abastecimiento energético cada vez más profundas al resto de las naciones y la independencia energética será alcanzada bajo las nuevas bases por muchas naciones que hoy se ven sometidas económicamente por carecer de ella. Esto equivale a decir que las tentaciones hegemónicas e imperialistas se verán terminantemente socavadas justamente en lo energético y económico, es decir, en sus mismas raíces. Las nuevas bases energéticas, además, como la energía eólica o la solar, se caracterizan por su deslocalización y universalidad con lo cual no solo fragmentarán la concentración económica global sino que fragmentarán incluso la concentración económica regional y local. Así pues, desde el punto de vista climático-energético, o la humanidad gira hacia una economía sustentada en nuevos pilares o sucumbe a la continuidad de un sistema económico basado en los combustibles fósiles que se ha vuelto catastróficamente inviable, Y esto, sin duda, somete a la humanidad a un dilema del que no habrá jamás de retornar. Se dirá, pese a esto, que el sistema político que defiende las hegemonías y aboga por las potencias económicas y sus corporaciones logrará enlentecer el cambio de las bases energéticas e incluso impedirlo de alguna manera, pero al decir esto no se estará comprendiendo que si la humanidad se ve de hecho expuesta a acontecimientos climáticos cada vez más catastróficos, las voces se alzarán por todas partes con cada vez más claridad y furia contra ese sistema político que o bien aceptará la fuerza de los hechos o se autodestruirá negándolos, abriendo quizás un período de autoritarismo sin precedentes como su último estertor pero sin que esto impida su disolución.

Otro acontecimiento que también tendrá lugar en este siglo o en los comienzos del siguiente es la llegada a su clímax de la populación humana del planeta. Ya hoy los miles de millones de seres humanos que poblamos la Tierra constituimos un peso, una carga sin precedentes, sobre su clima, sus ecosistemas, sus espacios, sus paisajes, todos sus equilibrios puestos a prueba. En el futuro próximo quizás sigamos reproduciéndonos sin medida ni control pero no tardará más de unas décadas para que finalmente todos tengamos plena conciencia de que el avance demográfico tendrá que detenerse o finalmente nuestra carga sobre el planeta será tal que este no podrá ya sostenernos adecuadamente y entraremos en un período de agudas problemáticas demográficas. Estas problemáticas ya existen en realidad en muchas regiones pero seguramente su estallido alcanzará a todos a través de migraciones descontroladas que quizás por un tiempo podrán ser atajadas por las barreras más o menos artificiosas que incorporen los gobiernos de los países privilegiados, pero que difícilmente no terminen minando las fronteras políticas y sociales para poner sobre el tapete de todas las naciones la necesidad de resolver el problema. Y cuando finalmente el problema tenga que ser atendido se tendrán que crear políticas demográficas realmente sustentables que o bien cambiarán la conducta humana con respecto a la vida reproductiva, la crianza de los niños, la educación de los padres, el respeto de los géneros y de los pueblos, o bien nos hundirán en conflictos profundamente dañinos de los cuales nadie estará a salvo. Y en esto tenemos de nuevo una decisión a tomar de la que no se podrá ya retornar, pues o bien se permite que el crecimiento demográfico continúe ilimitadamente llevándonos al caos o bien se toma control de la situación y se establecen políticas educativas, reproductivas, etc. que no solo pongan coto a dicho crecimiento sino que también para lograrlo den una nueva calidad de vida a todas las personas en el planeta que a partir de allí, sin distinción de género ni etnia, pasarán a formar parte de una comunidad global con reglas globales de convivencia.

Las más grandes fuerzas contrarias a la posibilidad de que se de tamaño giro en la historia humana y que incluso para su subsistencia contribuirán en primer lugar a la perspectiva de la catástrofe son el militarismo y el fanatismo religioso. La mentalidad militar y el militarismo son un veneno que sigue encenagando el deseo de paz de los pueblos, que sigue convirtiendo la sangre de millones de personas en lucro y armas. Atrás de cualquiera de las guerras en curso, sobre todo las que afectan a la nación árabe desde África hasta Asia están los intereses de las corporaciones del armamento y las ambiciones desenfrenadas y destructivas de la maquinaria militar cuya existencia solo se justifica por la continuidad del derramamiento de sangre y la destrucción de vidas humanas. Hoy más que nunca la humanidad está interrelacionada y comunicada y es capaz de llevar adelante el proyecto de una paz definitiva pero hoy también el militarismo se aferra con sus garras a la existencia y no quiere sucumbir a los nuevos tiempos sin dar sus últimos zarpazos sobre la vida humana. El militarismo es este veneno inmundo que sigue medrando contra el progreso humano y el fanatismo religioso no le va en saga, representado en esta hora por el islamismo radical, que como tantos islamitas afirman no puede de ningún modo representar a la idiosincrasia de la gran nación árabe sino solo a su deformación y su caída en el crimen de la destrucción humana. Tenemos que lamentarnos por el sufrimiento de la nación árabe que en esta hora es presa de estos dos leviatanes encarnizados que se ensañan con su cultura, con su historia y con su futuro. Pero el hecho de que el militarismo y el fanatismo religioso hayan detonado esta veta de dolor no debería quitarnos la perspectiva clara de que finalmente tanto el uno como el otro encontrarán sus discursos agotados y con ello sus pretextos para arriar a los pueblos hacia nuevas guerras. Podemos estar seguros de que tanto la nación árabe como los pueblos de Asia y de África aprenderán finalmente la lección y no se dejarán usar ya nunca más como carne de cañón. Cuando ese momento de la historia llegue el discurso de la paz habrá hecho callar al discurso de la guerra y el fanatismo y la intolerancia habrán dado paso a la tolerancia y el respeto entre los pueblos. En esto quizás pongo más esperanza que certezas pero es lo mínimo que puedo esperarse de la inteligencia de los pueblos asiáticos y africanos y eso, afirmo, es lo que finalmente ocurrirá incluso en este mismo siglo.

A todo ello se sumará la ingente variedad de los adelantos científicos y tecnológicos, que han ampliado y seguirán ampliando para todas las personas la posibilidad del tiempo de ocio, el disfrute de la existencia y la revalorización de la vida. Es cierto que hoy esos adelantos científicos y tecnológicos están siendo utilizados en buena parte para la destrucción a través del armamentismo o para la dominación a través de la propaganda y el uso corporativo de los bienes terrestres, o para que nos distraigamos de los verdaderos problemas, pero también es cierto que su potencial de bienestar no se ve desgastado por ello y una humanidad más unida y más conciente bajo nuevas reglas de convivencia podrá explotar ese potencial de bienestar para generar una nueva era que quizás sea prodigiosa en dar calidad de vida y alegría a cada nuevo recién nacido que venga a este nuestro querido planeta Tierra por cuyos equilibrios y paisajes tendremos que aprender a velar. Así pues, o nos arrastra el curso de la historia hacia la oscuridad y el empantanamiento o bien nos erguimos sobre la actual situación histórica para construir una nueva historia cuyo rumbo y destino quedará abierto y lleno de optimismo. Esas son las opciones y enfrentados a ella el acto de elegir tendrá que cumplirse y no habrá manera de retroceder o volver atrás una vez que la elección haya sido hecha. Será, y no habrá manera de que no lo sea, nuestro punto sin retorno.

El misterio del agua y el principio antrópico

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He notado que cuando se habla de las propiedades del agua por un lado y del principio antrópico por el otro no se ve la conexión entre una cuestión y la otra, no se ve que entre estas dos cuestiones hay una hermandad profunda y que no deberíamos ignorar. No sé bien si alguien se habrá dado cuenta ya de esto pero he aquí mi versión de los hechos.

Por un lado tenemos el agua, una sustancia cuya familiaridad con nuestra vida no debería hacernos creer que la conocemos tan fácilmente o que estamos por completo en posesión de sus secretos. El agua se muestra, antes que nada, como una sustancia imprescindible para la vida, al menos para las formas de vida que conocemos y ya desde la consideración de este hecho sería necesario que abriéramos los ojos y nos diéramos cuenta de que si la vida aparece como un suceso especial y hasta extraordinario en el universo esa sustancia, el agua, no ha de ser de ninguna manera ordinaria o simple.

En efecto, el agua es una sustancia totalmente extraordinaria por muchos motivos.

En primer lugar, hay tres sustancias de estructura molecular análoga a las del agua las cuales son el H2Te, H2Se y el H2S y de las cuales podríamos esperar cierta correlación de comportamiento con ella en sus puntos de ebullición y congelación. Pero de acuerdo a los puntos de congelación y ebullición de estas tres sustancias, sus pesos moleculares y la correlación entre ellas el agua debería tener un punto de congelación de -100°C y un punto de ebullición de -80°C, mientras que, por el contrario, y de manera sorprendente, su punto de congelación y su punto de ebullición no solo son mucho más altos sino que incluso están por encima de los de sus análogas cuando por ser de masa molecular menor se esperaría que estuviera por debajo. De manera congruente con esto los puntos de ebullición y de congelación del agua son muy convenientes para que esta cumpla su función como medio vital de los seres orgánicos que solo pueden conservarse estructuralmente estables en el margen de esas temperaturas.

En segundo lugar, por regla general, todas las sustancias cuando se enfrían se contraen, tienden a concentrarse en un menor volumen, y eso es por lo tanto lo que podriamos esperar del agua. Sin embargo, extraordinariamente, el agua se contrae regularmente al bajar la temperatura hasta llegar a los 4°C pero a partir de allí, de pronto, el proceso se invierte: en lugar de seguir contrayéndose entre esa temperatura y el punto de congelación el agua COMIENZA A DILATARSE. Para colmo al llegar al punto de congelación y convertirse en hielo el agua da un salto abrupto de dilatación equivalente a la onceava parte de su volumen con lo cual el agua sólida termina siendo menos densa que el agua líquida, de una manera casi paradójica en relación al común de las sustancias. Otra vez, para colmo de las congruencias, esta peculiaridad del agua es extremadamente beneficiosa para la vida y la humanidad, puesto que impide el bloqueo del agua bajo las superficie de los océanos en forma sólida, bloqueo que al fin y al cabo, terminaría haciendo imposible que el agua sustentara la vida planetaria. Más aún, toda la configuración del clima y del tiempo tal como la conocemos se desconfiguraría por completo.

En tercer lugar tiene una capacidad calórica extraordinaria: puede absorber una gran cantidad de calor (relativamente con respecto a otras sustancias) sin aumentar mucho de temperatura. Si ponemos sobre el fuego una olla vacía esta pronto se calentará de un modo peligroso pero si en cambio la colocamos llena de agua en el mismo lapso apenas aumentará unos grados en su temperatura. Esta propiedad es de una importancia fundamental para la moderación climática terrestre pues justamente la presencia del agua en el medio ambiente terrestre permite que los desequilibrios drásticos de temperatura queden descartados al contrario de lo que ocurre en cualquier otro planeta de nuestro sistema donde el agua no está presente.

En cuarto lugar el agua se caracteriza por ser un solvente casi universal lo cual permite que se la pueda considerar un medio perfecto para la vida desde el momento en que esta requiere una gran complejidad química para existir. En efecto, sin esta capacidad del agua la vida, que como ya sabemos surgió en un medio acuático en nuestro planeta, no hubiera tenido desde el primer momento a su alcance todos los bloques necesarios para la creación de sus estructuras.

Las propiedades antedichas y otras que no mencionaré aquí para no excederme en explicaciones puntuales, muestran que el agua es una sustancia tan extraordinaria y única como la vida misma, pero ello sin dejar de ser simple en su constitución y existiendo una abundancia fabulosa en el universo para su composición tanto de hidrógeno como de oxígeno. Al decir esto no estoy llegando precisamente a mi conclusión sino que quiero pasar a ella a través del siguiente cuestionamiento: ¿Es un mero arbitrio que la vida esté asociada a una sustancia de propiedades únicas que la distinguen de toda otra sustancia? Es claro que no es producto del azar pero tampoco puede decirse que se trata de una situación común o ajustada a parámetros de comportamiento químico triviales. Lo que parece más bien es que el universo estructuralmente contiene las singularidades químicas necesarias para que exista la vida, esto es, que la vida no es un accidente en el universo así como el agua misma tampoco lo es, a pesar de su carácter extraordinario. La vida no es una casualidad en el universo, esta es la clara conclusión, sino por el contrario una consecuencia necesaria y previsible del comportamiento químico del universo que específicamente se manifiesta en los rasgos singulares del agua que se muestran totalmente idóneos y ajustados a la existencia de los seres vivos.

Ahora, para por fin concluir, llego a la cuestión del principio antrópico, específicamente el principio antrópico fuerte, el cual puede enunciarse del modo siguiente de acuerdo a lo sugerido por muchos científicos: “Las características del universo son tales que ellas están adaptadas de manera singular y extremadamente ajustada para que sea posible la vida e incluso la existencia de vida inteligente”. Si limitáramos este aserto al campo de la física donde se ha enunciado ya unas cuantas veces incluso por el afamado físico matemático Stephen Hawking, podría uno pensar que es tan sostenible como refutable y por lo tanto carente de un sostén empírico apropiado. Sin embargo, todo lo que he escrito anteriormente en relación al agua se ajusta perfectamente como un dato empírico a considerar como elemento observacional favorable a la aceptación científica de este principio. Una vez aceptado este principio podríamos concluir incluso que el universo no es casual residencia de la vida y de la inteligencia sino que la vida y la inteligencia son constituyentes inherentes de su estructura y que su estructura contiene un factor de convergencia física y química que direcciona su evolución general en el sentido de producir con probabilidad cercana a la certeza las condiciones para la vida inteligente y la inteligencia misma. ¿Es muy chocante o inusual lo que estoy diciendo? Estoy diciendo que la evolución cósmica y la evolución de la Tierra no tienen direcciones al azar sino que están impulsadas por un vector de convergencia estructural de indole física y matemática que pasa a través de la singularidad y sencillez del agua para culminar indefectiblemente en la singularidad de la vida y de la inteligencia. La vida es un efecto inevitable de la existencia, y la inteligencia, esto ya no lo puedo refrendar aquí con la misma argumentación pero se muestra coherente con lo anterior, es un efecto inevitable de la vida. Con esto no estoy acercándome a la idea de un diseño inteligente del universo, nada más lejos de mi intención. Por el contrario la idea de un diseño inteligente implicaría que cambiaríamos la causa por el efecto, poniendo la realidad bocabajo…la inteligencia es una consecuencia del universo, necesaria, pero el recíproco no tiene sentido, el universo no es una consecuencia de nada, simplemente existe.

El próximo vuelo

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Este siglo es un cruce de caminos, el momento iniciático en que sabemos que no es imposible viajar a las estrellas pero al mismo tiempo aún somos incapaces de hacerlo. Tenemos los pies anclados a la Tierra, y se nos abre la tarea de acomodar nuestras intenciones a su cuidado, pues será al fin el jardín desde donde partiremos a la aventura del vacío inmenso buscando nuevos mundos entre los cientos de miles de millones de astros. Aún somos grávidos y aún la Tierra está grávida de nuestro nacimiento y de nuestros desaciertos. Algunos de entre nosotros, como el magnífico Ray Bradbury comprendieron que el sueño se abría, que los cielos ofrecían por fin la oportunidad de un viaje sin horizonte no solo físicamente hablando sino también para el vuelo de la imaginación. Pero muchos de nosotros todavía inclina la cabeza hacia abajo, mirándose la punta de los pies sin saber qué hacer o qué esperar. Para peor hay quien vive entre nosotros medrando a base de pequeñas ambiciones de adinerado sin alma y robando a millones de seres humanos no solo la oportunidad de soñar sino incluso hasta las ganas de vivir. Hay quien vive entre nosotros todavía en medio de la abundancia tecnológica y lógica robando el pan en la casa de los pobres a los que empobrece, haciendo zancadillas al futuro, inventando guerras para lucrar de la sangre. Pero el cielo no se mueve, la Tierra permanece y los siglos no se agotan. La Tierra perdurará y florecerá, las buenas intenciones triunfarán y nuestros pies por fin se alzarán del suelo para volar tan lejos como la esperanza, el deseo y la capacidad de soñar lo permitan. La utopía destella sobre nosotros cada noche. Es la utopía de una humanidad amante de su Tierra y ansiosa del Cielo.

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