Buenas noticias, Markus Gabriel: ¡el Mundo existe!

Mark




Como a cualquiera le hubiera acontecido a mi me sorprendió encontrar al filósofo alemán Markus Gabriel afirmando que el Mundo no existe. Pero luego de considerar hasta donde pude sus argumentos me di cuenta de lo esencial del truco literario que usa: define el Mundo y en cuanto lo define el Mundo ya es un concepto derivado. Efectivamente, no hay que ignorar que existen conceptos categoriales, aquellos que no se pueden definir, y conceptos que admiten definición. Lo que Markus Gabriel hace es evadir, o directamente desconocer, este primer paso para atacar cuestión tan seria: ¿Es el concepto de Mundo un concepto que admite definición? Pero si el concepto de Mundo admitiera definición entonces sería un concepto derivado y particular y por lo tanto no se caracterizaría como la totalidad a la que inevitablemente termina refiriéndose Gabriel cuando piensa en el Mundo. Es decir, si el Mundo es de algún modo total, omniabarcante, entonces no puede ser que como concepto sea derivable. (Es más si los conceptos son solo parte del Mundo, ¿cómo siquiera podría ser el Mundo conceptualizable?). Y el hecho de que lo proponga como concepto derivado ya anticipa la estocada final de su filosofía anunciando su inexistencia.

Lo que encuentro positivo por demás del intento de Gabriel es que con sus artes conceptuales procura destruir la idea de que el Mundo es la totalidad de las cosas existentes y que como tal existe. Con esto está propulsando, por supuesto, la actualmente necesaria destrucción del ideal de objetividad de la ciencia y el persistente intento científico y filosófico de consolidar una explicación objetiva totalitaria de la realidad. Esta tarea la trataron de llevar a cabo muchos filósofos anteriores a él por otros expedientes pero con consecuencias drásticas para la propia filosofía, pues esta terminaba por medio de esos intentos alejándose del campo de la realidad, denostándolo, y dejando en manos de los científicos la consideración concreta de los objetos y los hechos. Gabriel hace el esfuerzo que por lo que veo otros pensadores actualmente hacen, de rescatar para la filosofía el derecho a hablar de la realidad sin pelos en la lengua y al mismo tiempo persistir en el derecho de los filósofos a criticar el objetivismo totalitario de la ciencia moderna.

Sinceramente no me interesa entrar a considerar las minucias de la estructura conceptual que Gabriel diseña para el cierre de su discurso. Ahora simplemente voy a dar sobre la cuestión tratada mi punto de vista. Ya dije que la idea de Mundo o Universo no puede ser al mismo tiempo contradictoriamente una idea de totalidad y una idea derivada, un concepto definible. Pero por cuanto al decir Mundo o Universo quien dice así está pensando en una totalidad, difícilmente pueda admitirse con Gabriel que el Mundo pueda aceptar una definición. El Mundo es Lo Que Existe o simplemente la Existencia, y esta no es una definición sino solo otra manera de nombrarlo sin definirlo, puesto que si pudiéramos definirlo también, por consecuencia, podríamos definir la existencia. A esa conclusión llega Gabriel, necesariamente, y por eso se digna a si mismo definiendo la existencia de un ente como su aparición en un campo de sentido, terminando en la conclusión derivada de que los unicornios existen. Pero la Existencia no admite definición, es decir, el Universo-Mundo, no admite definición, y al menos Gabriel debería haber considerado esta posibilidad.

Qué el Universo no admita definición no quiere decir sin embargo, que no podamos caracterizarlo. Y una de las caracterizaciones que nos podemos negar a hacer de él es el de tratarlo como conjunto de todos los objetos existentes, definición ridícula que utiliza el ingenuo sentido común como si tuviera algún valor y con la cual lidia Gabriel con total soltura. No podemos caracterizar al Universo como la totalidad de los objetos existentes simplemente porque el Universo no es un objeto y no es un objeto porque lo que caracteriza a un objeto según el sentido común es estar situado en el espacio y el tiempo mientras que el Universo no está situado pues el tiempo y el espacio, también en ese sentido, son en él particularidades, es decir, meras propiedades. Una totalidad de objetos no dejaría de ser un objeto situado en espacio y tiempo y eso justamente no es el Universo según el propio sentido común. Por correción primaria de tan angosta conceptualización el Universo podría ser definido como la totalidad de los objetos existentes y el medio espacio-temporal en el que existen, ambas realidades y no solo una de ellas. Sin embargo, el espacio-tiempo y los objetos no son separables si vamos más allá del sentido común y adoptamos la visión que nos ha dado de ellos el gran Albert Einstein. Objetos y espacio-tiempo constituyen una unidad inextricable para el realismo científico como hoy está planteado. Por eso Gabriel falla muy lejos al creer que está discutiendo con la ciencia actual al adoptar esa burda definición del Universo cuando en realidad solo discute con la visión del Mundo propia del sentido común.

Lo anterior no quiere decir que la visión científica del universo como una totalidad material-energética-espaciotemporal, donde cualquiera de estas tres componentes son físicamente inseparables de las demás, no sea discutible, pero si quiere decir que ponerla en tela de juicio no puede ser un viaje tan cómodo ni tan retóricamente simple. Y como no quiero dejar de dar mi punto de vista sobre el asunto daré un atisbo de lo que podría ser un punto de partida para lograrlo. Diré que el Universo es pensado por la ciencia, a pesar de todas las transformaciones que ha sufrido su visión por el propio impulso científico, siempre como una exterioridad, es decir, como extenso y por ello mismo medible, lo cual no es de por sí un error sino solo desde el momento en que los científicos asumen que esta exterioridad (extensión y mensurabilidad) es pura, es decir, no se relaciona con ninguna clase de interioridad. Para la ciencia solo hay espacio-tiempo y objetos exteriores entre si, y cada objeto es un complejo de partes exteriores entre si que a su vez es un complejo de más partes exteriores entre sí hasta llegar a las partículas elementales. Esta afirmación puede pasar muy bien por la verdad absoluta si no nos ponemos a pensar que desde siempre cuando uno piensa en lo exterior inmediatamente el pensamiento remite a lo interior, es decir, que interioridad y exterioridad constituyen una dualidad (dialéctica diría yo) y esa dualidad no puede cercenarse sin consecuencias. Cuando la ciencia sostiene una exterioridad pura lo que hace es refrendar el objetivismo a través de la mensurabilidad y el poderío matemático, a través del rigor de la cantidad y la medida, lo cual parece ser el mejor premio al conocimiento, ya que nadie se atrevería a despreciar la oportunidad de ser riguroso, exacto, preciso, al conocer. Pero ¿dónde queda la interioridad omitida? ¿a qué interioridad ignorada hace referencia esa exterioridad totalitaria y mensurable contra la que brega a su modo Gabriel?

Es en la respuesta a esa pregunta que realizo mi propia apuesta por un realismo filosófico que supere el objetivismo totalitario de la ciencia moderna y al mismo tiempo recupere para la filosofía el derecho a hablar frontalmente de la realidad. Sostengo que cuando se piensan los entes, las cosas existentes, como objetos, es decir, como cosas exteriores entre sí, existentes solo espacio-temporalmente, se las esta considerando tal y como se RELACIONAN, es decir, en la interacción y la referencia entre ellas y no en sí mismas. Considerarlas en relación, por supuesto, es una base necesaria del conocimiento, porque como bien dice Gabriel los hechos no están en los objetos sino entre los objetos, por analogía, causalidad, etc. Pero no considerarlas en sí mismas, he ahí el error. Y ¿qué quiere decir considerarlas en sí mismas? Bueno, es simplemente darse cuenta de que las cosas existentes, sean cuales sean, no tienen totalmente determinada su existencia por la relación con otra cosas, y aquí apunto claramente a la idea de existencia de Gabriel como un error, sino que su existencia tiene siempre un margen de indeterminación, de autonomía real con respecto a todas las demás cosas existentes. Si creyéramos que las personas, por ejemplo, solo existen por su relación con las demás cosas existentes, determinadas por ellas, lo que estaríamos negando es su libertad, la zona indeterminada de su existencia desde la cual pueden ser auténticas creadoras de su propia historia. Así pues, digo que todas las cosas que existen tienen una zona de existencia absolutamente propia y no relacional, y por lo tanto una zona de existencia que no se da en la exterioridad, esto es, en la referencia mutua o interacción, y tal vez no deba decir zona sino contrapartida, contracara….o mejor, tal vez deba decir, un INTERIOR. En efecto, todo lo que existe existe exteriormente en relación a todo lo demás pero interiormente en cuanto guarda cada cosa para sí un elemento de indeterminación y autocreación que no se subsume en relaciones. Y si todo lo que existe tiene una fase interior y otra exterior lo que ha hecho la ciencia es ocuparse de los hechos, claramente, pero ignorando que no solo los hechos importan sino que lo que también importa es el sujeto, interiormente dado también en la investigación científica, que da importancia a esos hechos y crea libremente su propia historia a partir de ellos, es decir, la ciencia persecutora de hechos objetivos ha ignorado al sujeto que los persigue, a sus sueños, a sus aspiraciones, a su futuro. La ciencia con ello no está ofreciendo un futuro a los seres humanos sino solo los hechos sin norte ni libertad asumida, ni responsabilidad frente a ellos. Es en la asunción de la interioridad donde podemos hallar, según mi ver, una visión más amplia del Universo como totalidad dialéctica interior-exterior, sujeto-objeto, libertad-coerción. Y el Universo así pensado tal vez no esté aún definido pero si resulta más ampliamente conceptualizado y comprendido.

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