La violencia radical del capitalismo

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Todo desequilibrio en las relaciones humanas induce el desajuste conflictivo de esas relaciones. Inclinada la balanza hacia un lado o hacia el otro en la interacción entre las personas esta inclinación puede dar lugar a un deslizamiento y una caída, a heridas que pueden ser meramente intelectuales o emocionales, pero que pueden ser también físicas o integralmente destructivas. Así pues, atender a esos desequilibrios es el modo fundamental de prevenir el conflicto, la violencia, el desastre social, interpersonal, familiar, etc. Un ejemplo sencillo de desequilibrio, en esta caso inevitable, en las relaciones humanas, es el que existe entre los niños y sus criadores. En general los criadores superan a los niños en fuerza física, en desarrollo intelectual, en poder económico, y se encuentran en la situación de imponer su voluntad sobre los niños modelando sus conductas y sus pensamientos según sus propios fines. Dado el desequilibrio inicial entre niño y criador éste necesariamente abre la puerta a situaciones en que los niños son víctimas de abuso, violencia, brutalidad en formas profundamente insoportables, situaciones que no necesariamente han de darse pero que pueden darse desde el momento en que ese desequilibrio existe y determina la tendencia al desajuste en la relación entre el niño y sus criadores. Así pues, si una sociedad no quiere que la crianza de los niños, inevitablemente desequilibrada desde el punto de vista del poder que puede ejercer el criador sobre los niños, sea caldo de cultivo de brutalidades que dejarán en las nuevas generaciones heridas físicas y psicológicas por las que la propia sociedad pagará luego un precio muy alto, es necesario que atienda a ese desequilibrio de todas las maneras posibles, generando mecanismos sociales de compensación claros, como puede ser el establecer una legislación que ampare ampliamente a los niños en su salud mental y física, acompañada quizás por medios de contralor, asistencia y educación regulados socialmente, como lo es la educación escolar. La escuela, incluso, debería convertirse en un vehículo para observar y atender la situación de crianza, tendiendo la sociedad de este modo a asegurarse de que los criadores no abusen de sus privilegios frente a los niños.

Con el ejemplo de la crianza de los niños quise mostrar hasta aquí un esquema básico de lo que vengo a decir: que en las relaciones humanas existen toda clase de desequilibrios, algunos inevitables como los que existen entre criadores y niños, otros evitables como los que existen entre hombre y mujer; también que esos desequilibrios abren la puerta a los abusos de poder, a los desajustes conductuales que terminan introduciendo en la sociedad patologías que tienden a descomponerla, a fracturarla; y que la sociedad debe desarrollar medios de prevención de esas posibles patologías atendiendo seriamente a la existencia de esos desequilibrios, procurando atenuarlos o compensarlos mediante mecanismos normativos, atenciones especiales, contralores de todo tipo. Hay pues la necesidad, me parece a mí, de establecer como regla general de construcción de la convivencia social el que esta se construya procurando de manera sistemática prevenir la violencia, el conflicto, el abuso de poder, mediante políticas dirigidas a compensar los desequilibrios inherentes o históricos en las relaciones humanas. Si una sociedad no tiene como principio básico de su construcción la política de compensación de los desequilibrios sociales, entonces esa sociedad inevitablemente se construye de manera endeble, invadida por toda clase de violencias y fracturas. Eso es lo que justamente ocurre con la sociedad capitalista actual pues ella se ha construido sin atender de ningún modo al principal desequilibrio que la trastorna, deforma, fractura, y hace continuamente fracasar como ámbito de coexistencia pacífica entre las personas: se ha construido en torno a una profunda falla, un profundo abismo que es el abismo entre los que tienen todo y los que no tienen nada. Se puede decir, a este respecto, que los estados nacionales y las organizaciones internacionales han implementado mecanismos impositivos y de donación tendientes a compensar esta fundamental falla estructural de la sociedad capitalista, pero creer que esos mecanismos pueden realmente tener un efecto real duradero y no simplemente paliativo y fugaz, como lo hacen los llamados gobiernos “progresistas” en el sentido de suturar esa falla, es ignorar de manera realmente ridícula que esa fractura, la fractura económica, no es un elemento foráneo en la constitución del capitalismo sino en realidad su elemento esencial. La sociedad capitalista no solo padece de una profunda desigualdad económica, sino que se basa en esa desigualdad, se organiza alrededor de esa herida sangrante, florece y da frutos alrededor de ella.

Con lo dicho anteriormente podemos concluir que la sociedad capitalista no puede ser una sociedad pacífica, no puede ser una sociedad tendiente a la pacificación de las relaciones humanas, sino que por su inherente carácter conflictivo ella es el caldo de cultivo perfecto para la internalización y externalización de toda clase de violencias, para el abuso de poder, para la violación de cualquier derecho humano. Ella se fundamenta no en la compensación de los desequilibrios sino en un radical desequilibrio que habilita todos los demás desequilibrios. Quienes procuran que esta sociedad desarrolle compensaciones de desequilibrios en torno a otros ejes de acción como ser la relación entre niños y criadores, o entre hombres y mujeres, se equivocan si esperan un éxito real en su cometido sin que se atienda al profundo abismo de la desigualdad económica en torno al cual gira la sociedad capitalista desarrollándose violenta e irracionalmente, sin posibilidad de que los mecanismos de compensación que se construyan terminen derrumbándose una y otra vez por todas partes. Y no solo se trata de que esta sociedad está radicalmente fracturada y enferma de violencia, sino que incluso se trata de que es capaz de convertir esa violencia en una de sus producciones más desarrolladas, en una de sus externalizaciones más exitosas y explosivas. Esta sociedad no solo se enraiza en el conflicto sino que alimentándose de él, lo potencia en forma de criminalidad mafiosa, corporativa, etc. o en la forma de la brutalidad militar, de los abusos de la neoesclavitud, etc. No es posible atender a ningún desequilibrio particular sin engañarse respecto al éxito de la empresa mientras no se atienda al desequilibrio inherente a la sociedad capitalista, que es el económico. Pero si esta sociedad se basa en la existencia misma de esa desigualdad, de ese desequilibrio, entonces necesariamente la resolución de los conflictos humanos depende enteramente de que esta sociedad tal y como está constituida, se desintegre y abra paso a una nueva forma de convivencia entre los seres humanos. En el pasado los antiguos socialistas entendieron la necesidad de realizar esta gigantesca transformación pero no vieron que los medios que proponían para alcanzarlos eran de nuevo el planteo de la conflictividad como algo necesario e ineludible, con lo cual terminaron reafirmando los desequilibrios y los abusos, sin poder concretar su proyecto. Yo pienso, en cambio, que hemos de esperar a que en este siglo o tal vez en el siguiente, todas las naciones del mundo alcancen la capacidad de proponer con autonomía su destino al resto de las naciones, de tal modo que este estado de las relaciones geopolíticas permita en primer lugar el final de las guerras y en segundo lugar la construcción de una sociedad globalmente razonada, donde se imponga, quizás, la renta básica universal, una modificación adecuada de las normas que regulan la herencia de la riqueza, una legislación internacional que elimine los desequilibrios macroeconómicos en el intercambio global, etc. Mientras tanto todo esto debe ser pensado, incluyendo la construcción que cada nación ha de hacer de sí misma para lograr situarse en el tablero del mundo como un interlocutor al que hay que respetar y no aplastar. En fin, pienso que quizás el camino para derivar de esta sociedad en la que vivimos una nueva sociedad que no se fundamente en la desigualdad y el conflicto, es el logro de un equilibrio entre las naciones y el final de todas las hegemonías geopolíticas.

La confluencia global de la mente humana

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No puede dudarse que por privacidad y autonomía la mente individual no es un mero subproducto modelado exteriormente desde el ámbito social. Ella se define a partir de una esfera propia de emociones, percepciones, sensaciones, recuerdos, pensamientos, etc. Sin embargo, la estructura de las emociones, percepciones, sensaciones, recuerdos, pensamientos, etc. que cada una de las mentes individuales tiene responde a una estructura replicada interminablemente y que es básicamente la misma estructura siempre. Cualquiera de los seres humanos existentes hoy se puede distinguir de cualquier otro del mismo modo que las hojas de un árbol se distinguen entre si, pero cuando uno mira las hojas de un árbol no logra discernir entre ellas más que con un máximo detenimiento. El cuerpo y la mente individual humana no es más que la replica, la repetición de un mismo modelo, un Cuerpo y una Mente prototípica de la especie, y solo existen respecto de esta plantilla general de la que salen todos, de este canon modélico que la naturaleza impone, pequeños detalles diferenciadores. Eso es lo que quiere decir exactamente que TODOS LOS SERES HUMANOS SON IGUALES, quiere decir que nuestra estructura individual es solo una estructura replicante, miles de millones de veces repetida salvo detalles de menor importancia y casuales malformaciones dañinas. Esto conlleva a que si bien tenemos DISTINTOS recuerdos, emociones, sensaciones, pensamientos, etc. esa diferencia no es fundamental de ningún modo, pues las estructuras de nuestros recuerdos, sensaciones, pensamientos, emociones, etc. son practicamente las mismas en todos nosotros. Para decirlo de algún modo ejemplificante aunque reduccionista, somos todos como cámaras fotográficas del mismo modelo que no se diferencian en lo sustancial sino en cosas como el tiempo de uso, las fotografías que se han obtenido con ellas, etc. Incluso las diferencias morfológicas entre hombre y mujer pueden obviarse si se considera que estas diferencias también forman parte del Modelo, que podríamos llamar genético, que nos determina. Esto quiere decir que si bien se puede sostener que la individualidad existe y es algo defendible, por cuanto cada individuo humano aporta una microhistoria propia y distinta a la historia humana, esa individualidad está totalmente relativizada por la base pre-formativa común que nos liga indefectiblemente en un modelo humano único., modelo de índole natural y que no está en nuestras manos modificar a menos que querramos dejar de ser humanos.

Vuelvo a decir que sin duda la mente humana individual por privacidad y autonomía no es un mero subproducto de la sociedad y es capaz de construir una historia propia, pero ahora aclaro que existiendo una única estructura mental humana biológica, salvo detalles, que sirve de base como un canon a todas las mentes individuales, esa privacidad y esa autonomía queda grandemente relativizadas desde el momento en que ningún individuo puede dejar de responder a esa estructura de base, firmemente asentada en nuestro acerbo reproductivo. Y ¿a qué nos conduce esa identidad mental de base que nos caracteriza a todos, que caracteriza a todos los miles de millones de seres humanos que habitan hoy la Tierra? Pues si consideramos que por otra parte los individuos humanos por naturaleza comparten sus aprendizajes, experiencias, emociones, pensamientos, sobre la base de esa identidad fundamental, creando un universo de experiencias común que llega a ser el ámbito social y cultural, podemos ver que esa identidad nos conduce a la forja de otra especie de identidad naciente de la confluencia de todas las mentes individuales, de todas las agrupaciones sociales, y de todas las formas culturales hacia un vórtice global de interacción entre las mentes individuales en un planetario ámbito mental, una confluencia mental global que no es casual sino que es facilitada por nuestra identidad estructural mental y corporal de base y por nuestra tendencia inherente a vivir mentalmente en un continuo lazo de coexistencia donde las mentes individuales no pueden tener una autonomía y una privacidad más que parcial, puesto que el volumen de los contenidos mentales compartidos mediante expresión simbólica siempre excede en alcance e importancia, al volumen de los contenidos mentales que permanecen sin compartir. Digamos en ese sentido que la expansión en alcance y densidad de los medios de telecomunicación, que se ha visto potenciada de una manera colosal por el desarrollo de la Internet, no es otra cosa que la expresión de esa tendencia a la comunicación inter-mental que caracteriza a la especie humana sobre la base de su matriz corporal específica. Si consideramos que la creación de una atmósfera planetaria de telecomunicación que incluso ha reducido a la mínima expresión los lapsos temporales de intercambio de información y experiencia es una expresión de la identidad fundamental de todos los individuos humanos y su tendencia a la intercomunicación plena, podemos ver que no se trata de un producto histórico casual sino de una consecuencia necesaria de las características mismas de la especie humana. La especie humana ha estado de cierto modo destinada desde el principio a generar este ambiente denso y total de comunicación intraespecífico. Lo interesante es que al mismo tiempo que se da esta confluencia mental global de toda la humanidad, los individuos son capaces aún de conservar cierto grado de autonomía y privacidad para sí mismos de manera inquebrantable, convirtiéndose cada uno de ellos no en un mero punto de intercambio sino en un auténtico nodo de retención, modificación, producción y alteración de experiencia e información. Si nos ponemos a pensar un poco, la red neuronal que caracteriza al cerebro humano está siendo de algún modo replicada a mayor escala por una red mental humana de escala planetaria donde los nodos de procesamiento de la experiencia ya no son neuronas casi carentes de autonomía funcional sino individuos humanos con una sostenida capacidad de autogestión individual. La humanidad, porque sin duda podemos hablar de humanidad y ser humanistas bajo este enfoque, se puede constituir a si misma de este modo, en una organización plurimental con una identidad global sostenida en identidades nodales creativas y autónomas. El éxito del proceso necesita si lo pensamos bien de dos elementos fundamentales: la conservación de la libertad individual y la obtención de un clima de paz mundial completo. El futuro de un estado de hiperorganización de la conciencia humana que podria resultar de la confluencia mental humana bajo esas dos condiciones es sumamente promisorio si además consideramos que ya la humanidad está en proceso de complementar su potencia global de acumulación y procesamiento de experiencia con el apoyo de las máquinas informáticas.

Reivindicación de la inteligencia humana

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Tomé un lápiz y un papel y comencé a desarrollar sobre el papel un recorrido, algo que podríamos llamar un patrón o diseño. El resultado fue el que se puede ver en el dibujo con que acompaño este texto. Ahora mi pregunta es: Si un observador que no sabe el origen de este dibujo sobre el papel se enfrenta a la necesidad de determinar si se trata del producto de una actividad inteligente o no, ¿qué diría? Si considerase que los materiales implicados en el proceso son el producto de un diseño técnico desde el arranque ya le resultaría fácil decir que se trata de una producción inteligente aún sin considerar las características del dibujo así que supongamos que el observador no puede utilizar como elemento de prueba la modificación técnica que los materiales presentan. Limitándose puramente a la consideración del dibujo debería tener en cuenta, a su vez, que en la naturaleza se presentan muchos patrones complejos, que aunque no puedan ser considerados diseños inteligentes, en el sentido de ser patrones producidos por una inteligencia, si tienen características muy similares a muchas de las cosas que nosotros mismos diseñamos de manera inteligente, por ejemplo los caparazones de muchos moluscos, las formaciones cristalinas, las estructuras de carácter geométrico en el cuerpo de los seres vivos, etc. Así que se preguntará, nuestro observador, si el patrón que ve sobre el papel puede ser el producto de un proceso natural no inteligente. Ahora bien, si fuera yo el que tuviera que responder bajo esas condiciones, diría que cualquiera de las dos respuestas resultan válidas, es decir, que bien pudiera ser un patrón producido por un proceso natural no inteligente, como lo es el patrón que podemos ver en el caparazón de la tortuga radiada de Madagascar.

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Lo que acabo de decir puede parecer una afirmación más al pasar, sin la menor trascendencia, pero resulta que lo que acabo de decir es que no veo posible, en lo fundamental distinguir la actividad inteligente de la actividad no inteligente en la producción de patrones…y que no parece haber un criterio claro por ningún lado para distinguir diseños inteligentes de patrones naturales. Esto bien podría servir como argumento para aquellos que consideran que la naturaleza es un producto de una inteligencia cósmica de fondo, de una conciencia de fondo, pero yo prefiero decir, por el contrario, que lo que permite afirmar este hecho tan simple de constatar es que la inteligencia es un proceso natural como cualquier otro, y que la producción de diseños por una inteligencia no es un fenómeno radicalmente distinto de la producción de patrones por parte de fenómenos naturales. Porque en realidad para llegar a esta situación tan intrigante en nuestra disquisición hemos obviado que mi dibujo se desarrolló sobre materiales modificados técnicamente, y que si el observador tuviera en cuenta esto, podría decir con mayor seguridad que el dibujo y la hoja que lo contiene son el producto de una inteligencia, están diseñados inteligentemente.

Así que ahora tenemos una conclusión más amplia que asumir. Por un lado podemos asumir que hay una profunda continuidad entre la inteligencia con sus diseños y la producción natural de patrones, y por el otro también podemos decir que la ruptura que nos permite distinguir el diseño inteligente de la producción no inteligente de patrones es la presencia de la modificación técnica. Pero, ¿qué es la modificación técnica? Bueno, supongamos que el observador realiza un análisis químico del papel sin saber en principio que se trata de papel y que también analiza el rastro del lápiz. Lo que debe descubrir es que en los materiales, y en la forma en que se presentan los materiales ha intervenido un ser vivo, pues eso es, en principio, la técnica: la intervención de un ser vivo sobre sustancias u objetos a fin de utilizarlos para sus fines. Si nos quedáramos en este punto, podríamos decir que el observador se encontraría plenamente satisfecho y seguro de haber encontrado inteligencia en mi dibujo al descubrir en el la presencia de la intervención intencional de un ser vivo en la formación de los materiales además de la presencia de patrones complejos en el dibujo, que por lo tanto podría catalogarlo de dibujo. Sin embargo, aún le quedaría una duda, pues es cierto también que muchos animales a los que no consideramos inteligentes producen patrones complejos modificando intencionalmente objetos y sustancias y para ejemplo alcanza con recordar el nido del hornero…

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Se me puede decir a esta altura que una actitud realista por parte de nuestro observador hipotético le podría permitir rápidamente después de los análisis químicos, estructurales y demás, de mi papel con su dibujo, concluir sin lugar a dudas que se trata de un diseño inteligente. Pero veamos el asunto desde otro punto de vista. ¿Qué pasaría si dicho observador tuviera que determinar si el nido del hornero es el producto de una inteligencia o no lo es? Se encontraría con que no solo hay en él un patrón complejo sino una intervención intencional y muy utilitaria para la obtención de un objeto, de un instrumento, a partir de sustancias modificadas. Si para el la técnica se redujera a esta clase de intervención no podría menos que decir que los horneros son seres inteligentes. Y de nuevo aquí me permito decir que no solo nuestra inteligencia presenta una profunda identidad de fondo con las características de cualquier proceso natural no inteligente, sino que tiene incluso una tremenda hermandad con la actividad mental de seres vivos como el hornero a los cuales no consideramos, sin embargo, inteligentes. Podríamos decir, para cerrar el caso, que los horneros tienen algún grado de inteligencia, y no parece que se puedan dar grandes objeciones al respecto, pero prefiero decir, en cambio, que nuestra inteligencia no se distingue mucho, en principio, de la actividad mental de muchos otros seres vivos. Así pues, queda pendiente tratar de determinar si aún queda alguna manera de averiguar por parte de nuestro observador hipotético si mi dibujo no será en realidad la producción de un ser vivo no inteligente pero que puede realizar acciones muy similares a las acciones técnicas.

En realidad, aunque a esta altura pareciera que finalmente voy a decir que no hay manera en que dicho observador puede acertar sobre si mi dibujo es o no un diseño inteligente, un dato fundamental que le permitirá definir que es así es justamente el análisis químico del rastro del lápiz y del papel, pues este no solo permite determinar la presencia de la intervención de un ser vivo en su constitución sino algo mucho más importante y es que ese ser vivo es capaz de realizar modificaciones químicas controladas a partir del CONTROL DE LA ENERGÍA. En ese sentido la forma más simple en que se podría constatar la presencia de inteligencia en cualquier parte es a través de rastros de alimentos cocidos, pues el control del fuego para cocinar debe ser, pienso, la más simple forma de expresión de la inteligencia bajo ese criterio.

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Otro dato fundamental, que también podemos agregar como criterio del observador para determinar la naturaleza intelectual de mi dibujo, es el hecho de que el rastro del lápiz exhibe la presencia del uso de un instrumento para crearlo, es decir, que no se trata de un mero patrón realizado por un ser vivo sino de un patrón realizado por un ser vivo mediante un instrumento, o bien, un PATRÓN INSTRUMENTAL. Así por ejemplo el nido del hornero es, sin lugar a dudas, un patrón realizado por un ser vivo, pero en la creación del mismo no interviene un instrumento destinado a desarrollarlo, y recíprocamente, si se consideran los instrumentos de piedra creados por el ser humano primitivo, incluso por nuestro antecesor el homo erectus, se puede constatar que para su creación debieron usarse otros instrumentos de piedra, aunque más no sea las propias piedras sin modificar. Esto quiere decir que debemos considerar que un diseño inteligente es un patrón instrumental, es decir, generado mediante instrumentos.

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Pero no es casual que haya mencionado al homo erectus porque si bien fue capaz de controlar el fuego y producir herramientas de piedra, no necesariamente podemos decir que se trató de un ser realmente inteligente, sino de una manera apenas incipiente, con una especie de proto-inteligencia. En todo caso, el que poseyera estas capacidades, la capacidad de utilizar instrumentos y de controlar la energía, ya lo perfilaba en dirección a la vida inteligente de la cual somos representantes y eso nos permite decir que no hay una clara delimitación a este nivel de análisis y de prueba entre vida inteligente y vida no inteligente y que aún podríamos esperar que el observador pensase que bajo estas condiciones se podria dudar de la naturaleza inteligente de mi dibujo. Por lo tanto, hagamos un último esfuerzo para dar a nuestro observador un criterio definitivo que le permita determinar claramente que esta ante un diseño inteligente. Para ello consideremos la función misma del papel y del lápiz, la funcionalidad de ambos instrumentos en su combinación: ¿para qué los utilizamos? Lo primero que se nos viene a la mente, pienso yo, es que los utilizamos para representar, porque nos vemos tentados a pensar, en principio, que mi dibujo y cualquier diseño que planteemos con el lápiz sobre el papel terminan siendo una representación. Pero en realidad yo expresamente evité desarrollar un dibujo que se pudiera tomar como una representación, es decir, como un intento de recrear la forma de un objeto preexistente como podría ser el sol o un árbol o una persona. No se trata de una escritura, ni de una representación, sino de lo que podriamos llamar DISEÑO EXPRESIVO. La primera forma de DISEÑO EXPRESIVO prehistórica que se conoce es la impresión de la huella de las manos y pienso que es la más elemental, atreviéndome a decir que es el indicio claro de que surgían finalmente en nuestro planeta los seres inteligentes.

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Dejemos bien claro que el DISEÑO EXPRESIVO exige por un lado que exista DISEÑO INTELIGENTE, MANEJO DE INSTRUMENTOS y CONTROL DE LA ENERGÍA, y por el otro que debe distinguirse de los procesos de representación o de producción de signos para la comunicación. El diseño expresivo (que tal vez podríamos considerar la forma más elemental del arte) es un indicio de inteligencia en la producción técnica y no podemos decir, pienso yo, que hay con seguridad técnica hasta no encontrar el diseño expresivo entre las modificaciones intencionales que produce un ser vivo al crear diseños. Bajo esta definición mi dibujo se vuelve fehacientemente el producto de una inteligencia que abarca necesariamente estos tres atributos: la capacidad de utilizar instrumentos, la capacidad de controlar la energía y la capacidad de expresarse mediante diseños. En mi dibujo, en cambio, no hay representación ni significación, por lo cual puedo decir que el lenguaje es una producción ulterior de la inteligencia y no lo que la define como tal. Con esto último quiero responder a la continua afirmación que muchos realizan en el sentido de que lo que define a la inteligencia humana es la producción de representaciones y signos, o la existencia de un lenguaje. Esto no es cierto, pues, así como la impresión de manos de los seres humanos antiguos no es más que el acto de plasmar la forma por si misma, en cuanto diseño expresivo y técnica que no representa nada ni significa nada, así también podemos producir inteligentemente infinidad de diseños a cual más sofisticado que tampoco representan ni significan nada, como ocurre con la mayoría de los diseños geométricos…

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Es importante entender esto último porque es costumbre entre los amantes del lenguaje pretender que el pensamiento y la inteligencia se reducen a meras adyacencias del habla y la escritura, o bien, que la conceptualización y producción técnica humanas no son más que una derivación de las capacidades de representar y significar. Al contrario, afirmo basándome en toda la argumentación que he desarrollado, que el habla articulada técnicamente (la técnica del habla) y la técnica de la escritura, son desarrollos posteriores de la capacidad técnica de nuestra inteligencia aplicadas a la comunicación social. Es decir, el lenguaje humano es una producción técnica, tanto a nivel del habla como a nivel de la escritura, mientras que el pensamiento existe ya en la forma en que yo he realizado mi dibujo no representacional y no sígnico, es decir, en la forma del despliegue del diseño expresivo y la técnica. Con lo cual estoy diciendo que pensar es diseñar técnicamente en nuestra mente lo que luego diseñaremos en concreto utilizando los objetos y sustancias que nos rodean y así como podemos pensar palabras, con lo cual estamos de algún modo realizando una anticipación mental interna del habla y de la escritura, así también podemos pensar acciones, movimientos, formas, colores, combinaciones de objetos y de sustancias, y así infinitamente, no existiendo frontera entre pensamiento verbal y no verbal. Incluso, diré, el pensamiento no necesariamente se presenta como una anticipación de la acción técnica posterior, sino que puede darse mientras actuamos, como cuando un bailarín realiza una danza compleja o un músico toca una impactante sinfonía. ¿Diremos acaso que el pianista que despliega durante una hora una magistral técnica musical no está pensando mientras se concentra en su partitura, en el uso de su instrumento, etc.? De ningún modo, porque la música desde el punto de vista del artista que la produce también es una forma del pensamiento, de la aplicación de la inteligencia a la producción conceptual, y sin duda de las más sofisticadas.

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En fin, que el lenguaje articulado y la escritura sean técnicas privilegiadas con las que logramos captar el mundo, permitiéndonos desarrollar el conocimiento filosófico y científico, no quiere decir que debamos creer que el pensamiento y la inteligencia solo son derivaciones del dominio del lenguaje. Esto, además de falso, va en detrimento de nuestra comprensión de la naturaleza misma de nuestra inteligencia y de su ligazón profunda con los procesos naturales y las conductas de los demás seres vivos y nuestros antepasados biológicos. Pero no solo eso, sino que es un síntoma de que quienes han mantenido el dominio de la cultura mediante el dominio del lenguaje, y sobre todo de la escritura y de la producción escrita, se han puesto a si mismos en el centro de lo humano, llamándose a sí mismos inteligentes y civilizados, mientras menospreciaban a todos los pueblos que no han podido detentar ese dominio. La reducción del pensamiento al lenguaje conlleva la reivindicación del sometimiento mediante la imposición de las representaciones, las palabras y los símbolos, es decir, está asociada al ejercicio de la hegemonía cultural.

Las caparazones del ser humano

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En este texto utilizaré la idea de caparazón en un sentido metafórico amplísimo a fin de que me sea útil para hacer una fenomenología de la conducta del hombre con respecto a la naturaleza. Así pues una caparazón viene a ser un artilugio o excrecencia corpórea o extra-corpórea producida por un ser vivo a fin de aislarse del medio de algún modo. Tan lato significado no suele usarse de modo que creo que vale la pena la aclaración del término a ser utilizado….

Existen muchas caparazones humanas pero también, y siendo la raíz de la existencia de todas ellas, una tendencia general humana a generar caparazones en todos los sentidos posibles para aislarse de la naturaleza, para poner entre ella y su ser una barrera que aspira a ser total, una barrera que sin embargo, mantiene cierta porosidad y que contrariamente, genera en el ser humano una especie de nostalgia por lo natural, nostalgia que últimamente se ha expresado culturalmente de diversas maneras en la forma del ecologismo, o el naturismo, o la afición por la medicina homeopática, o en la solicitud por una mayor naturalidad en la vida social o en las relaciones con los demás seres vivos, o en un reclamo genérico y poco claro de alcanzar un mejor relacionamiento con la naturaleza, etc., etc. Voy a dejar para la conclusión una consideración breve de cual podría ser el origen de esta extraña nostalgia que contradice todos los esfuerzos humanos por aislarse de lo natural ya que evidentemente estas tendencias ideológicas recientes pueden resentir en mis lectores la constatación o intuición de que efectivamente existe una tendencia en el ser humano a aislarse, separarse, distanciarse de la naturaleza, poniendo entre él y ella barreras crecientes y cada vez más sofisticadas. Para ello las enumeraré con un orden más o menos arbitrario, pues con su sola enumeración creo que estaré aportando a la captación fenomenológica…

1-Caparazón táctil

En el comienzo de su existencia el ser humano desgastaba la planta de sus pies sobre la tierra, las rocas, la arena, y tenía expuesta toda su piel a la intemperie. Esta es la condición natural de su cuerpo que, por ejemplo, la ideología nudista reclama como la más apropiada aspirando en su forma más extrema a un difícil regreso a ella. Este contacto piel-mundo fue suprimido por la humanidad mediante el uso de calzado, de vestimenta y la implementación de distintos tipos de edificaciones, todo ello destinado a suprimir la exposición a la intemperie y todo desgaste de la misma por fricción con las fuerzas erosivas y hasta dolorosas del suelo con sus durezas y espinas, el aire, el frío, el calor, el sol, etc. Todavía a veces, a causa de aquella nostalgia, expone su piel a la intemperie controlada o suavizada, pisando arena en la playa o césped bien cortado, dejándose mojar por un suave aguacero, pero lo cierto es que en general, prefiere permanecer dentro de su caparazón táctil, que si bien lo aisla sensorialmente le brinda comodidad y seguridad frente a los agentes climáticos y las irregularidades del camino.

2-Caparazón locomotiva.

Se explica por la búsqueda de mayor velocidad y menor gasto energético en el traslado el que el hombre haya empezado por dibujar senderos para sus andares, que luego haya utilizado animales como los caballos para servirse de su fuerza, que haya luego desarrollado caminería cada vez más sofisticada hasta terminar en las supercarreteras y los interminables diagramas de calles de sus ciudades, etc. Pero sea esta o no la explicación central lo cierto es que de este modo el ser humano ha construido un entorno para su locomoción que lo aisla de los parajes naturales, de las empinaduras de las montañas, de los pasos escabrosos entre marañas de árboles, de los intrincados vadeos de ríos, y así sucesivamente, convirtiéndose todo esto en una caparazón locomotiva que le sirve para ir de un lugar a otro pero sin salirse nunca de ella, permaneciendo dentro de ella y aún en la mayor parte de los casos en que la nostalgia de lo natural lo lleva a desviarse de sus caminos trillados, suele llevar consigo un vehículo que también le sirve de caparazón y de garantía de regreso seguro y cómodo. Muy de vez en cuando y por pura aspiración sensorial y aburrimiento de su locomoción aislada, impermeable al entorno, sale a caminar por parajes más o menos agrestes, sin exagerar, o al menos por caminos que los atraviesan. Pero en general, su tendencia a aislarse locomotivamente y procurarse vias fáciles para ir de un lado a otro dentro de su burbuja de tránsito, se encuentra tan acentuada que se lo puede ver hoy apiñado horriblemente en gigantescas ciudades que a no ser por algún que otro árbol o parquecito aislado ya no recuerdan en casi nada al entorno natural. Puede que la sensibilidad de hoy por lo natural esté rompiendo de algún modo desde adentro esta loca urbanización de su vida conduciendo a la creación de entornos urbanos cada vez más incrustados con trozos de naturaleza controlada como lo han sido siempre los jardines.

3-Caparazón técnica

Al animal lo vemos interactuar con el medio mediante fuertes denticiones, garras, espinas, colas, pero siempre con su cuerpo, integrándose al entorno al realizar las acciones que le brindan refugio, o comida, o le permiten trasladarse, etc. En cambio el ser humano desde que es ser humano ha puesto entre él y el entorno la técnica y los instrumentos, sirviéndose de la técnica del fuego controlado para aislarse de sus enemigos naturales, o utilizando instrumentos elementales para no actuar directamente con sus manos sobre los objetos. Hundir las manos en el barro para crear cerámica parece una imagen nostálgica de esa conexión directa de sus acciones con el mundo natural, pero ni siquiera el barro que moldearon alguna vez sus manos es directamente natural. Con el paso del tiempo entre sus manos y el mundo ha interpuesto una cantidad ingente y una complejidad cada vez más grande de técnicas, instrumentos, máquinas y maquinarias, complejos enteros de máquinas y hasta autómatas, de tal modo que todas sus acciones en relación a la naturaleza han quedado sistemáticamente mediados. Ve a través de anteojos o microscopios o telescopios, toca usando guantes, troza usando todo tipo de instrumentos cortantes, y así interminablemente. De nuevo podemos decir que tal vez no sea el motivo central de estas mediaciones técnicas-instrumentales el aislarse de la naturaleza, sino otros como el potenciar sus acciones y multiplicar sus efectos, pero lo cierto es que han llegado a constituir una auténtica caparazón técnica.

4-Caparazón social

Fue en esta caparazón en la que pensé primero y se trata de ese intento del ser humano por no aparecerse naturalmente a los demás seres humanos, ocultándole sus emociones pero también cosas tan elementales como el olor corporal o la propia forma del cuerpo. Esta caparazón tuvo su origen en un desarrollo ulterior de la vestimenta que fue más allá de su primer funcionalidad para convertirla en una forma de presentación camaleónica del cuerpo bajo el velo de las vestiduras, complementándose este esfuerzo con pinturas corporales y distintas clases de adornos más o menos incorporados como argollas atravesando las fosas nasales o platillos dentro del labio inferior. Tuvo un imprescindible complemento en la creación de peinados y cortes de pelo que alteran el aspecto natural del pelo hasta el punto en que hoy se le cambia de color y hasta de textura. Pero el hecho no se detuvo ahí y hay toda una historia de los perfumes, de los maquillajes, de la cosmética que ha culminado en una gigantesca industria mundial, que nos da una idea de la magnitud de esta determinación humana hacia el velo de su apariencia, hacia el disimulo y la simulación de su presencia corporal en sociedad, una tendencia que podemos sintetizar en la idea de que el ser humano ha construido aquí y allá sin parar una elaborada y ubicua caparazón social que lo aísla de su propia naturaleza corporal, aislamiento y separación que quizás lo lleva por reacción y exceso a regocijarse del quiebre que puede hacer de ella en la intimidad, aunque incluso en la intimidad pueden seguir actuando los velos a través de la representación gestual, que también es una faceta de ese encubrimiento de su propia naturaleza aplicado a todos los ámbitos de su vida social.

5- Caparazón mental

La última de las caparazones humanas que se me ocurre mencionar aquí es esta caparazón mediante la cual ha logrado aislar su pensamiento y su producción intelectual de sus condiciones naturales, que son la del habla de persona a persona y la simple espontaneidad cerebral. En el camino hacia la construcción de esta caparazón mental el gran hito fue la escritura mediante la cual logró que su pensamiento se separara de su base cerebral y del habla, del sonido de las palabras en el medio ambiente, para convertirse en una sólida y exteriorizada permanencia simbólica desprendida de sus raíces y capaz de ser llevada más allá de la muerte de su autor. De este modo daba su primer gran paso para hacer del pensamiento una máquina independiente de los factores emocionales, de los altibajos anímicos y orgánicos del cuerpo, incorporando a continuación los ejes lógicos para automatizarlo y pulirlo, para convertirlo en una verdadera herramienta antinatural que pudiera colocar a la naturaleza bajo la lupa de sus símbolos. Hoy podemos ver como el pensamiento ha ingresado ya en su propio espacio maquínico, en la virtualidad de las máquinas computacionales, para aislarse por completo de su base orgánica. De algún modo extraño el ser humano parece querer con esto liberarse de su propio cuerpo y convertirse en un pensamiento sin raíces, ni tierra, ni contacto, ni emoción concreta, un pensamiento en el cual todo ello ha quedado reducido a escritura virtual, a gestos de la palabra-maquinaria, quedando como unico lazo entre ese nuevo universo del pensamiento abstracto y el cuerpo la interfaz del teclado, la pantalla táctil o el mouse, que pone en la punta de los dedos el último lazo de unión entre el cuerpo y la representación mental aislada de su base orgánica. A esta construcción de una barrera entre la mente y el cuerpo, entre la inteligencia y el organismo humano, la podemos llamar caparazón mental, pero más que caparazón es un síntoma de que al ser humano no le alcanza con aislarse de la naturaleza o de sí mismo, sino que aspira a una suprema alienación que arranque de él un fragmento de la realidad que no es él ni la naturaleza de la que proviene.

En fin, volviendo a aquella nostalgia por lo natural…Una vez hechas estas consideraciones podemos ver que esta nostalgia, que esta recurrencia continua del ser humano a la búsqueda momentánea y nunca totalmente satisfactoria de la naturaleza allí justamente donde el ha trabajado laboriosamente para alejarla de sí, es como un síntoma de que experimenta su autoinducido desarraigo con una mala conciencia, con una dolorosa conciencia de desgarro y que la suprema alienación de su pensamiento en la máquina y en la virtualidad de la pantalla por más que le sea un objeto de deseo esconde para él siempre el anhelo del contacto primitivo, del contacto inmediato con la fuente de su vida. Sabe, intuye, que no puede volver a las raíces, pero siente un dolor oscuro a causa de ese esfuerzo que a sí mismo le resulta incomprensible, por arrancarse de la tierra y vivir sin raíces.

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