La violencia radical del capitalismo

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Todo desequilibrio en las relaciones humanas induce el desajuste conflictivo de esas relaciones. Inclinada la balanza hacia un lado o hacia el otro en la interacción entre las personas esta inclinación puede dar lugar a un deslizamiento y una caída, a heridas que pueden ser meramente intelectuales o emocionales, pero que pueden ser también físicas o integralmente destructivas. Así pues, atender a esos desequilibrios es el modo fundamental de prevenir el conflicto, la violencia, el desastre social, interpersonal, familiar, etc. Un ejemplo sencillo de desequilibrio, en esta caso inevitable, en las relaciones humanas, es el que existe entre los niños y sus criadores. En general los criadores superan a los niños en fuerza física, en desarrollo intelectual, en poder económico, y se encuentran en la situación de imponer su voluntad sobre los niños modelando sus conductas y sus pensamientos según sus propios fines. Dado el desequilibrio inicial entre niño y criador éste necesariamente abre la puerta a situaciones en que los niños son víctimas de abuso, violencia, brutalidad en formas profundamente insoportables, situaciones que no necesariamente han de darse pero que pueden darse desde el momento en que ese desequilibrio existe y determina la tendencia al desajuste en la relación entre el niño y sus criadores. Así pues, si una sociedad no quiere que la crianza de los niños, inevitablemente desequilibrada desde el punto de vista del poder que puede ejercer el criador sobre los niños, sea caldo de cultivo de brutalidades que dejarán en las nuevas generaciones heridas físicas y psicológicas por las que la propia sociedad pagará luego un precio muy alto, es necesario que atienda a ese desequilibrio de todas las maneras posibles, generando mecanismos sociales de compensación claros, como puede ser el establecer una legislación que ampare ampliamente a los niños en su salud mental y física, acompañada quizás por medios de contralor, asistencia y educación regulados socialmente, como lo es la educación escolar. La escuela, incluso, debería convertirse en un vehículo para observar y atender la situación de crianza, tendiendo la sociedad de este modo a asegurarse de que los criadores no abusen de sus privilegios frente a los niños.

Con el ejemplo de la crianza de los niños quise mostrar hasta aquí un esquema básico de lo que vengo a decir: que en las relaciones humanas existen toda clase de desequilibrios, algunos inevitables como los que existen entre criadores y niños, otros evitables como los que existen entre hombre y mujer; también que esos desequilibrios abren la puerta a los abusos de poder, a los desajustes conductuales que terminan introduciendo en la sociedad patologías que tienden a descomponerla, a fracturarla; y que la sociedad debe desarrollar medios de prevención de esas posibles patologías atendiendo seriamente a la existencia de esos desequilibrios, procurando atenuarlos o compensarlos mediante mecanismos normativos, atenciones especiales, contralores de todo tipo. Hay pues la necesidad, me parece a mí, de establecer como regla general de construcción de la convivencia social el que esta se construya procurando de manera sistemática prevenir la violencia, el conflicto, el abuso de poder, mediante políticas dirigidas a compensar los desequilibrios inherentes o históricos en las relaciones humanas. Si una sociedad no tiene como principio básico de su construcción la política de compensación de los desequilibrios sociales, entonces esa sociedad inevitablemente se construye de manera endeble, invadida por toda clase de violencias y fracturas. Eso es lo que justamente ocurre con la sociedad capitalista actual pues ella se ha construido sin atender de ningún modo al principal desequilibrio que la trastorna, deforma, fractura, y hace continuamente fracasar como ámbito de coexistencia pacífica entre las personas: se ha construido en torno a una profunda falla, un profundo abismo que es el abismo entre los que tienen todo y los que no tienen nada. Se puede decir, a este respecto, que los estados nacionales y las organizaciones internacionales han implementado mecanismos impositivos y de donación tendientes a compensar esta fundamental falla estructural de la sociedad capitalista, pero creer que esos mecanismos pueden realmente tener un efecto real duradero y no simplemente paliativo y fugaz, como lo hacen los llamados gobiernos “progresistas” en el sentido de suturar esa falla, es ignorar de manera realmente ridícula que esa fractura, la fractura económica, no es un elemento foráneo en la constitución del capitalismo sino en realidad su elemento esencial. La sociedad capitalista no solo padece de una profunda desigualdad económica, sino que se basa en esa desigualdad, se organiza alrededor de esa herida sangrante, florece y da frutos alrededor de ella.

Con lo dicho anteriormente podemos concluir que la sociedad capitalista no puede ser una sociedad pacífica, no puede ser una sociedad tendiente a la pacificación de las relaciones humanas, sino que por su inherente carácter conflictivo ella es el caldo de cultivo perfecto para la internalización y externalización de toda clase de violencias, para el abuso de poder, para la violación de cualquier derecho humano. Ella se fundamenta no en la compensación de los desequilibrios sino en un radical desequilibrio que habilita todos los demás desequilibrios. Quienes procuran que esta sociedad desarrolle compensaciones de desequilibrios en torno a otros ejes de acción como ser la relación entre niños y criadores, o entre hombres y mujeres, se equivocan si esperan un éxito real en su cometido sin que se atienda al profundo abismo de la desigualdad económica en torno al cual gira la sociedad capitalista desarrollándose violenta e irracionalmente, sin posibilidad de que los mecanismos de compensación que se construyan terminen derrumbándose una y otra vez por todas partes. Y no solo se trata de que esta sociedad está radicalmente fracturada y enferma de violencia, sino que incluso se trata de que es capaz de convertir esa violencia en una de sus producciones más desarrolladas, en una de sus externalizaciones más exitosas y explosivas. Esta sociedad no solo se enraiza en el conflicto sino que alimentándose de él, lo potencia en forma de criminalidad mafiosa, corporativa, etc. o en la forma de la brutalidad militar, de los abusos de la neoesclavitud, etc. No es posible atender a ningún desequilibrio particular sin engañarse respecto al éxito de la empresa mientras no se atienda al desequilibrio inherente a la sociedad capitalista, que es el económico. Pero si esta sociedad se basa en la existencia misma de esa desigualdad, de ese desequilibrio, entonces necesariamente la resolución de los conflictos humanos depende enteramente de que esta sociedad tal y como está constituida, se desintegre y abra paso a una nueva forma de convivencia entre los seres humanos. En el pasado los antiguos socialistas entendieron la necesidad de realizar esta gigantesca transformación pero no vieron que los medios que proponían para alcanzarlos eran de nuevo el planteo de la conflictividad como algo necesario e ineludible, con lo cual terminaron reafirmando los desequilibrios y los abusos, sin poder concretar su proyecto. Yo pienso, en cambio, que hemos de esperar a que en este siglo o tal vez en el siguiente, todas las naciones del mundo alcancen la capacidad de proponer con autonomía su destino al resto de las naciones, de tal modo que este estado de las relaciones geopolíticas permita en primer lugar el final de las guerras y en segundo lugar la construcción de una sociedad globalmente razonada, donde se imponga, quizás, la renta básica universal, una modificación adecuada de las normas que regulan la herencia de la riqueza, una legislación internacional que elimine los desequilibrios macroeconómicos en el intercambio global, etc. Mientras tanto todo esto debe ser pensado, incluyendo la construcción que cada nación ha de hacer de sí misma para lograr situarse en el tablero del mundo como un interlocutor al que hay que respetar y no aplastar. En fin, pienso que quizás el camino para derivar de esta sociedad en la que vivimos una nueva sociedad que no se fundamente en la desigualdad y el conflicto, es el logro de un equilibrio entre las naciones y el final de todas las hegemonías geopolíticas.

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