La soledad moral o la ausencia del otro

“La necesidad más profunda del hombre es, entonces, la necesidad de superar su separatidad, de abandonar la prisión de su soledad.” Erich Fromm, El Arte de Amar

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De un modo u otro son las ausencias las que enmarcan toda nuestra vida, la que la acosan por todas partes mostrándoles sus límites y su precariedad a nuestra conciencia. La oscuridad, el hambre, el frío, la sed, la soledad, y así sucesivamente hasta llegar a la muerte, a través de la cual se ausentan los seres queridos y finalmente somos nosotros mismos los ausentes. De todas ellas la que debería resultarnos más visible y sin embargo por momentos nos resulta invisible es la ausencia del otro, es decir, la soledad. ¿Por qué es tan difícil dar cuenta de la propia soledad o de la soledad del otro? ¿Por qué no le damos en nuestro criterio el peso trágico que en realidad puede llegar a tener?

Escuchaba yo decir en ciertas conferencias que por un lado las adicciones de cualquier tipo, incluyendo las peligrosas adicciones a las drogas, se facilitan cuando el individuo carece de apropiadas conexiones afectivas, emocionales, sociales, es decir, cuando padece de soledad, y por otro lado, que la soledad no es una mera situación sino que implica todo un estado psicosomático en el que el individuo entra en una vigilante autopreservación al percibir de un modo inconciente que la falta de respaldo afectivo, emocional y social lo vuelve vulnerable a las agresiones. Con solo estas dos pautas ya es suficiente para decir que la soledad implica riesgos, peligros auténticos, para la salud mental y física de las personas, conllevando una condición de precariedad psicológica y una tendencia nociva a la obturación de esa precariedad por caminos patológicos.

Sin necesidad de apelar a aquellos hechos ya sería suficiente para que le diéramos importancia a la soledad como una amenazante sombra la constatación de que todos de un modo u otro consideramos que la soledad no es el simple permanecer apartado de manera física que bien pudiera ser apetecido de algún modo, sino que es la desconexión profunda de la persona en su comunicación con los demás, es la ausencia del otro en el más doloroso sentido, dolor que se siente y sufre y que podemos considerar como una de las causas de muchos suicidios, de la depresión, de una atenazante angustia no muy distinta a la de estar encarcelado, aislado físicamente en lo hondo de un calabozo. La soledad duele y de ese dolor pueden partir señales de impotencia revertida en un ansia de omnipotencia y rechazo, de ruptura social, incluyendo, podemos suponerlo, arrebatos de desesperación violenta.

Tal vez no reconocemos el peso de la soledad en los que la sufren porque socialmente hemos llegado a considerar que la soledad es un estado de fracaso y vivimos en una sociedad en la que el fracaso es una vergüenza y el éxito la meta. Bajo este punto de vista, quien padece de soledad es una persona socialmente fracasada y por lo tanto, alguien que ante nuestros ojos y ante si misma, representa un estado vergonzoso que conciente o inconcientemente tendemos a rechazar. Con ello, para colmo, la tendencia general de los otros frente al individuo espiritualmente aislado, coartado en su afectividad, emotividad y vida social, es la del rechazo, la del oprobio risueño, la de la condena, multiplicando agudamente la sensación de soledad que ese individuo experimenta, empujándolo aún más hacia un rincón oscuro donde debería quedar olvidado. El gesto de llevar al que sufre de soledad a la luz de los afectos, las emociones, la vida social, es un gesto solidario que la sociedad en que vivimos no alienta sino que, por el contrario, desalienta y margina, lo cual explica el hecho de que quienes padecen soledad muchas veces prefieren ocultar o minimizar la importancia vital de su situación.

Se suele decir de muchas maneras que el amor, la amistad, los afectos, las emociones compartidas, la vida en común, etc. con su provisión de abrazos, besos, palabras cálidas, miradas comprensivas, e infinidad de otros gestos que tienden en su conjunto a la conexión de la persona con la presencia del otro, con la disponibilidad del otro como persona, es un elemento esencial de nuestras vidas, pero al mismo tiempo la educación, los ámbitos sociales e institucionales que hemos creado, e incluso la institución familiar misma, giran alrededor de otros goznes que nada tienen que ver con la necesidad de conectarse y comunicarse. Se tiene cierta asunción inconciente de vez en cuando sobre la importancia de crear situaciones o ámbitos que permitan el intercambio sentimental y emocional, pero no se piensa esto con la suficiente claridad ni se desarrolla intencionalmente como objetivo el evitar que las personas padezcan soledad.

Se ha dicho muchas veces que la ambición de poder es natural y por lo tanto irreprochablemente inherente al individuo humano, pero al decirlo no se ha pensado en el modo en que el fenómeno de la soledad conduce a la postura egocéntrica y abusiva. Lo cierto es que bien podemos esperar de las personas que viven socialmente desconectadas, que sufren una dolorosa desconexión emocional con los demás, que su respuesta a esa situación sea la de forzar las relaciones sociales en el sentido de sujetar al otro por el imperio de su propia voluntad, obligando al otro a un reconocimiento no ya solicitado sino impuesto. Del doloroso estado de soledad pueden pasar así, las personas, a una violenta visibilización y ostentación de si mismos sometiendo a los demás, haciendo que los demás sucumban en una comunicación asimétrica por el ejercicio de la dominación. Con esto quiero decir que una sociedad que cultive los afectos, las empatías, que mitigue lo más posible mediante el amor, la solidaridad y la consideración mutua, el aislamiento social, probablemente será siempre mucho más exitosa en evitar las relaciones de dominación y en limitar psicológicamente la ambición de poder y la crueldad desatada.

La vida mental en las redes sociales parece ser una nueva respuesta frente a la amenaza de la soledad, pero en realidad no puede ser más que un tortuoso sucedáneo si se pretende que ese sea su principal objetivo y no el de ser simplemente una manera distante y pobremente afectiva de comunicación. Por otra parte, cada vez más la familia parece dar una menor respuesta a la necesidad del individuo de existir en presencia y no en ausencia del otro, de existir en la mirada del otro, sintiéndose conectado, comprendido, apreciado, querido. Por lo tanto, se vuelve de gran importancia para todos el pensar en esto, en la necesidad que todos tenemos de convivir y no solo de vivir, construyendo una sociedad permeada de posibilidades de participación, acercamiento, confluencia. La educación misma debe repensarse dando su lugar, su verdadera importancia, al desarrollo afectivo, emocional y social de las personas. La inercia del anonimato juega en contra, las estructuras de dominación que infiltran todas las relaciones humanas juegan aún más en contra, pero eso no debe ser argumento suficiente como para renunciar a la construcción de los lazos, y a la virtud y la dicha de vivir la vida juntos, vivirla como algo que no se nos da por separado a cada uno sino que se nos da como un pan sagrado que debemos compartir sentados en una misma mesa.

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1 comentario (+¿añadir los tuyos?)

  1. Eduardo Coli
    Abr 07, 2016 @ 09:47:45

    A veces me pregunto si los árboles en el bosque están solos… o están profundamente hermanos… comunicados he interrelacionados entres si, generando y viviendo, experimentando el extraordinario fenómeno de generar protagonizar la producción y el desarrollo potencial de la vida.

    O la experiencia de la soledad, la utilidad-inutilidad, de la prestación al sacrificio, al servicio, a la funcionalidad, a la utilidad-inutilidad ya sin el valor productivo de lo vivo, entregada sacrificada a los objetivos progresista del desarrollo humano, obtenidos alcanzado por la formación y el desarrollo de la facultada de la materia desarraigada de su naturaleza, es privilegio de los muebles de madera que ven llover y pasar la primavera por detrás de un vidrio.

    Como recursos humanos materia prima, troncos apilados y sacrificados en harás del progreso, me pregunto subyacen en su soledad trágica existencia, que competirán en su camino al aserradero a la escuela por la ansiada inclusión y aceptación en el orden ideal de las cosas.

    Más que nada competirán por alcanzar el preciado valor comercial en el orden productivo significativo valorativo del gran mundo de las mercaderías, hasta la hora del descarte o el mero remplazo por otro, por otros objetos y funcionarios de mejor prestación y un costo más barato antes una eficiencia mejor.

    A veces me pregunto si estas cosas que padecen las cosas viejas, los entes desarraigados, desgastados e incomunicados, en su angustiosa soledad, pérdida de valor, no son atribuciones de lo vivo, no son propiedades de lo vivo, si no son vagos sentimientos de la soledad y la angustia, que experimentan si bien no todas, si algunas de estas criatura de sangre caliente.

    Cuando su vidas son traducidas por la violencia de la demanda y la oferta a otros objetivos, o cuando esta potencialidad es convertida y llevada por la necesidad a una mera forma ideal de mercadería, como la de la producción y disposición de los ejércitos de empelados y operarios de todo tenor y tipo.

    Creados y desarrollados por las necesidades imperiosas de nuestro progresivo y demandante sistema capitalista, que forma crea hombres, como otros objetos y útiles, instrumentos y herramientas, como individuos de mucha significación y sentido, sentido más que el comercial, el funcional, a un orden fundado en contra de la vida, meramente existencial, hasta la hora de su descarte y entierro.

    El planteamiento profundo de la soledad, de lo que sea y signifique la soledad nos lleva a una profunda reflexión filosófica, sobre toda la vida, y o lo que sea la vida, o en lo que se ha convertido o se puede convertir la vida.

    Ya que no creo que ninguna hembra de nuestra especie conciba y dé a luz soldados ingenieros asesinos y trabajadores, calificados y profesionales para un fin preciso de solidaridad y felicidad.

    Un abrazo

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