La Redención de la Materia

Un breve relato de la creación y destrucción del universo dedicado a los cristianos y no cristianos…

cap

La Trascendencia siempre existió, existe y existirá, eterna, pura, perfecta, toda dicha y bondad, y emanando dicha y bondad eternamente. Su luz creadora y transparente, puramente espiritual como lo es ella, irradia infinita y bella, con una belleza que los ojos mortales no podrían soportar. En su luz, en su irradiación, el Pleroma, habitan y se agitan seres de su creación, que ella, la eterna paridora de belleza, crea a su antojo para jugar con ellos un juego de alegría y de bondad. Son los eones, que nacen inmortales de la luz misma de la Trascendencia, como los ángeles, o los arcángeles, todos bellos, todos felices en su existencia celestial. Pero algo ocurrió al principio de los tiempos mortales: el eón Narciso supo, a causa de su saber, que él mismo era así de bello y de perfecto, tal y como la Trascendencia lo había creado y al tomar conocimiento de su propia belleza cometió el pecado del amor a sí mismo, el pecado de la vanidad. Tan pronto lo cometió, comprendió que había introducido el mal en la belleza del Pleroma, que había alterado la paz infinita de la creación de la Trascendencia. Entonces también supo esto, que él era pecador, y sufrió a causa de este conocimiento, lo cual lo indujo al llanto, llanto con el cual lavó su alma. Pero su llanto, que cayó desde el Pleroma en una caída infinita, se derramó y escapó de la luz, se hizo oscuridad y amorfidad, se hizo materia. Tal fue el origen de la materia: el pecado de Narciso, el amor a sí mismo.

Cuando la Trascendencia contempló lo ocurrido, acontecimiento que fue el origen del universo material, se entristeció por primera vez en toda su eternidad, pues la contemplación de la oscura y amorfa materia le hizo querer de nuevo la pureza perdida de la existencia. Entonces la Trascendencia tomo la decisión de crear un eón con la misión de redimir la materia de alguna manera, que el propio eón debería descubrir. Por ese motivo la Trascendencia dio a luz al eón Demiurgo, que sería el encargado de tal Redención, y al cual envió hacia la oscuridad para cumplir con su misión. Triste existencia fue la del Demiurgo desde ese entonces, y tan triste como el se sintió la pura y perfecta Trascendencia al tener que enviarlo, pues ella misma no podía entrar en contacto con la impura materia.

Acudió entonces el Demiurgo al universo material, que se encontraba en el principio oscuro y amorfo, sin sentido ni finalidad, y comenzó a imprimir en él la forma, el sentido, y la imagen de la luz, que es una luz material más pesada y menos pura pero al menos es luz. Trabajó el Demiurgo sobre la materia mientras se inspiraba mirando de vez en cuando hacia el Pleroma para recibir de él ideas con que transformar la materia e imprimirle la figura del espíritu. De su obra nacieron las galaxias, las estrellas, los mundos y en muchos de esos mundos dio forma a la vida y de la vida extrajo inteligencia cada vez más sutil, hasta que en algunos de esos mundos, como en uno que sus habitantes llaman Tierra, pudo crear seres lo suficientemente inteligentes como para albergar una chispa de luz espiritual, que sería su alma. Cuando el Demiurgo logró esto la Trascendencia envió sobre cada uno de los recién nacidos la chispa de su divinidad, les dotó de alma y de la capacidad de saberse más que materia, de presentir la existencia de algo más allá de la materia. Entonces el Demiurgo, contemplando por última vez su obra desde cerca dejó a los creados mortales provistos de alma la posibilidad de trabajar sobre sí mismos, la posibilidad de ser libres y escoger su futuro, pues no podría redimirse la materia si de la materia misma no emanase la voluntad de Redención. Y el Demiurgo partió a recoger de la Trascendencia el beso puro de su agradecimiento, ascendiendo en secreto al Pleroma.

Esperó la Trascendencia que aquellos mortales dotados de alma al nacer dieran cuenta del infortunio de la materia y deseasen ascender al Pleroma libres de sufrimiento y pesar. Pero se impacientó a causa de su bondad y decidió enviar en segundo lugar a otro eón, el eón Salvador, para que éste les mostrase a los mortales qué era posible trascender la materia y la encarnación y desencarnarse para ascender en un puro espíritu hacia lo alto del Pleroma. Bajó el Salvador hacia los mortales y los invitó a beber de la copa de la felicidad eterna y aceptó de aquellos que no lo comprendieron que laceraran la carne con la que se había revestido para mostrarles luego como se deshacía de la corrupción de la carne, del dolor y de la muerte y resucitado en puro espíritu ascendió frente a ellos dejándoles el mensaje de la liberación.

Esto ocurrió así en multitud de mundos, y así ocurrió por ejemplo en la Tierra. Sin embargo, allí no acaba la misión del Salvador. Pues ya ocurrió en muchos mundos, aunque no todavía en la Tierra, que el Salvador regresó a cosechar los resultados de su mensaje y se llevó con él a muchos creados mortales, que ascendidos se hicieron inmortales, bebieron de la copa de la vida eterna y son felices ahora y para siempre. Cuando el último de los mundos donde hay seres con alma sea visitado por segunda vez por el Salvador y ocurra en todos ellos la salvación, entonces la Trascendencia, madre de todos los seres, habrá logrado a través de sus eones la Redención de la materia, el fin de la culpa, del pecado y del sufrimiento, y se borrará por fin el llanto de Narciso, su hijo predilecto, y se disipará la oscuridad material en una final inexistencia, como debe ser para que vuelva la paz infinita. Todo volverá a ser como siempre fue una Eterna Felicidad a la luz de la Trascendencia, la madre creadora, perfecta e infinita.

A %d blogueros les gusta esto: