Lo que el capitalismo nunca podrá ofrecer

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Hay muchos mitos y errores en torno al concepto de capitalismo. Por ejemplo, se cree que el capitalismo es una ideología, al igual que el socialismo…por el contrario, el socialismo en sus variantes se puede contraponer ideológicamente en relación al liberalismo en sus variantes, mientras que el capitalismo es una forma dada en que se organiza la producción y distribución de los bienes. El capitalismo, desde mi punto de vista, tiene la característica fundamental de subordinar el trabajo al capital a través del sistema del salariaje, y por lo tanto, tiende a privilegiar en sus formas acabadas, al inversor capitalista respecto del trabajador, contribuyendo de este modo de manera inherente a una continua concentración de la riqueza en manos de los inversores y al mismo tiempo a la creación de una fuerza laboral en paro o precaria de manera permanente que mantiene alta la oferta de trabajo en relación a la demanda permitiendo a los inversores negociar el salario siempre a la baja (incluso a niveles de neoesclavitud) y garantizando esa concentración creciente. Al mismo tiempo esta concentración se ve reforzada por el caracter hereditario de la riqueza, una característica nacida antes del capitalismo que hace posible la acumulación más allá de los límites de la vida individual e impide a las nuevas generaciones ejercer competitividades debido a las desiguales oportunidades en el punto de partida. Esto no quiere decir de ningún modo que el capitalismo sea absolutamente negativo, pues la iniciativa privada con fines de lucro personal o familiar de inversores autónomos puede ser eficiente en cuanto que la ambición de obtener más riquezas promueve la producción y distribución de bienes y el progreso de las tecnologías productivas, con más eficacia ciertamente que la iniciativa pública, que por lo general se ve trabada por la tendencia de los administradores públicos a parasitar las arcas del estado o usarlas en colusión con los inversores privados favoreciendo corporativismos o monopolios. Tampoco quiere decir que el intento socialista de suprimir el potencial de la inversión privada dejada a su antojo como motor económico mediante la socialización total de los medios de producción o el uso del estado supuestamente bien intencionado como monopolio del capital no sea un error conducente al fracaso desde el punto de vista económico por más que se muestre loable desde el punto de vista moral. Pero lo cierto es que debería llegarse en algún futuro a un equilibro entre capital y trabajo en la constitución de las empresas, algo a lo que puede contribuir tanto el ámbito estatal como el ámbito de los inversores como el ámbito de las organizaciones de los trabajadores. Este equilibrio solo puede lograrse no suprimiendo la iniciativa del capital sino la subordinación del trabajo al capital, introduciendo, por ejemplo, la participación ganancial del trabajador en la empresa, creando una paga-móvil que se ajuste a los niveles gananciales de la empresa, promoviendo el cooperativismo, realizando un control apropiado de los circuitos financieros, estableciendo fuertes normas antimonopólicas, desarrollando un limitado intervencionismo público-estatal en esferas de grave interés general como la educación, etc. Confundir la supresión de la iniciativa del capital con la supresión de la organización capitalista de la empresa mediante la subordinación del trabajo al capital a través del salariaje y el paro permanente es un gran error. Incluso es de esperar que la iniciativa del capital se vuelva más eficiente si se suprimen los factores de excesiva concentración y se crea una alianza ganar-ganar entre trabajo y capital. Y esa alianza, con el tiempo, podría ser un factor de desconcentración permanente de la riqueza que haría más competitivos los mercados, haría más justas las regulaciones legales, e impediría la creación de monopolios o corporativismos dañinos tanto a nivel de la producción como a nivel de las finanzas. Por supuesto que para llegar a un cambio de este tipo el primer paso que debe dar la humanidad es un equilibrio desde el punto de vista de los estados-nación, un equilibrio y multipolaridad que garantice la libre autodeterminación de cada nación, de cada pueblo, de cada región del planeta, de tal modo que a nivel global exista un auténtico libre mercado no coartado por intervencionismos hegemónicos, por depredadores estatales que hoy contribuyen a la monopolización y el corporativismo global. Solo así la humanidad podrá obtener de la iniciativa privada aquello que el capitalismo, con su subordinación altamente perjudicial del trabajo al capital, jamás podrá ofrecer: la prosperidad general de vida humana.

Notas:

1) Por supuesto que la iniciativa del capital, incluyendo la de un simple vendedor de refrescos en una esquina, tiene como primer objetivo el beneficio privado y no el bien general. Jamás diría lo contrario. Lo que dije, también, es que en procura del propio beneficio, la iniciativa capitalista contribuye al aumento de la producción de bienes y del comercio, que es de donde nace el lucro del inversor privado. Pero como el capitalismo es una estructura de producción y distribución donde se subordina el trabajo al capital, este beneficio general es prontamente contrarrestado por la precarización del trabajo, las condiciones salariales que tienden a la neoesclavitud, la concentración de la riqueza potenciada por la herencia de la riqueza, y aún más genéricamente, una ausencia de objetivos reales de prosperidad general. El capitalismo es un sistema fallido e inconducente si se procura la prosperidad general, pero no hay que confundir la superación del capitalismo con la supresión de la iniciativa privada…ese es un error grave e inconducente.

2)Un ideal por lo general es un objetivo planteado de manera asintótica, por acercamiento infinito inacabado. Es la diferencia entre ideal y utopía. Pero por otro lado, cualquier reacondicionamiento de la conformación económica de la humanidad necesariamente no puede provenir del mero planteo reflexivo…necesita de condiciones objetivas que alienten a que se produzca…y ellas están a la vista…la expansión económica de la humanidad ya encontró los límites mismos del planeta…se planetizó…es una condición de frontera, que como lo sugería Hegel, puede actuar como la negación que impulsa una superior síntesis. El crecimiento económico no puede darse infinitamente en un medio finito y la concentración de la riqueza no puede darse infinitamente sin llegar a un punto de colapso….a menos que nuestro destino sea un agujero negro económico.

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Que los adultos protejan a los niños…de los adultos.

Dedicado a los niños cuyas tragedias conmueven hoy a la sociedad uruguaya…

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Los más vulnerables, los que llegan al mundo sin poseer nada, lo que todos fuimos en algún momento de nuestras vidas y los que constituyen, por su propio ser, el futuro de la vida humana. Pero si…los más vulnerables, y cuando nacen, y cuando van queriendo crecer y alcanzar la madurez, los golpean casi siempre todos los horrores, males, desgracias, que han hecho presa de los adultos, todos los egoísmos, todas las aberraciones, todos los prejuicios, todos los retorcimientos…los golpean a ellos con dolor redoblado porque no tienen todavía las fuerzas para resistir, para impedir que la realidad haga presa en ellos, que vienen al mundo desprevenidos, y desprevenidos están durante todo ese proceso mediante el cual intentan abrir los ojos al mundo y entenderlo.

Sería insoportable mirar hacia el pasado más lejano, aquel en el que los niños ni siquiera eran tenidos en cuenta, en el que solo se los consideraba humanos incompletos, proyectos de personas. ¿Qué no habrán sufrido aquellos niños además de las golpizas infinitas de los adultos que los tutelaban? Pero hoy no ha cambiado mucho la realidad para ellos, todavía las religiones invaden sus cerebros tempranamente, apoderándose de su voluntad y de sus intentos de entender, cegándolos desde la raíz, sin permitirles forjar su propia visión de las cosas y de las personas. Todavía las ideologías persiguen sus almas limpias, incluyendo la ideología de la mercancía, que a través de un marketing desaforado los ha convertido en el más deseado objetivo de inoculación del consumismo. Pero no solo sus mentes son espacio de riña de los depredadores adultos que ansían verse reflejados en ellos o ansían convertirlos en vehículos de sus propias estúpidas ambiciones y pretensiones. También van detrás de sus cuerpos, para esclavizarlos, para atormentarlos, para abusarlos, para someterlos.

Son niños la mayor parte de los pobres de este mundo, son niños la mayor parte de los abusados, la mayor parte de los abandonados, de los discriminados, de los golpeados sin posibilidad de réplica, de los que soportan el dolor en silencio y sin tener voz ni voto. Y los matan en las guerras, o los envenenan desde pequeños con odios y violencias que no son suyos, o les deforman el alma. ¿Es esta la participación que los adultos quieren para los niños en el mundo que ellos detentan como propio? ¿Es este envenenamiento de las nuevas generaciones lo que los adultos quieren? Y si los niños son el futuro, ¿que están haciendo los adultos por ese futuro?

Por supuesto que los niños son al final de cuentas, los futuros adultos, y si todo sigue igual no serán menos culpables al final esos adultos de lo que lo son los actuales. Pero siempre hay una oportunidad, la oportunidad de que los que ya son adultos piensen y vuelvan a pensar que la gran política, la política del futuro, es una política acerca de la niñez, acerca de proteger a los niños poniendo filtros entre ellos y el mundo adulto, filtros que impidan que sean contaminados por el odio, el deseo de dominar, las malformadas creencias, los sadomasoquismos morales, las perversiones, los abusos, las ambiciones oscuras, pero que dejen pasar lo poco que haya en el mundo adulto hacia ellos de amor, de comprensión, de ternura. Hay que proteger a los niños, protegerlos porque ellos, al fin y al cabo, son todo el futuro y toda la esperanza siempre.

El inmenso destino de la Humanidad.

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No necesariamente entenderemos alguna vez por qué la vida surgió en el planeta Tierra aunque ya sepamos con mediana claridad que surgió en este y no en otro planeta del Sistema Solar porque ofrecía ciertas condiciones apropiadas como las características de la estrella alrededor de la cual gira, o la distancia adecuada a la misma, o la presencia de agua en su superficie, etc. Pero lo que si sabemos es que la vida no surgió para quedarse estancada en algún territorio limitado o en alguna forma fija, sino que, aunque al principio hubiera tardado en lograrlo, surgió más bien como una gran infección, como un poderoso fuego que se extiende incendiándolo todo a su paso. La vida tiene esa fundamental característica: se expande hasta donde puede y para extenderse hacia donde aún no puede se transforma, se reviste de nuevas capacidades y resistencias y penetra los obstáculos. Así es como ha invadido toda la superficie del planeta, desde lo más hondo de los mares hasta las alturas atmosféricas, y desde los lugares más infernales a los más gélidos. Pero su impulso de expansión no se bastó jamás con la simple conquista de todos los territorios, con la profundización de todas sus raíces y el afianzamiento de todos sus dominios, sino que alcanzando los confines de una cualquiera de sus fases de desarrollo se usó a si misma como trampolín para expandirse en fuerza, en conciencia, en captación creciente de energía solar, incluso autodevorándose, usando unas formas vivas al servicio de la potenciación de otras, creando una pirámide de fuerza y de dolor, alimentándose de su propio cadáver sin desaprovechar ni la más mínima podredumbre. Así es como la vida no solo conquistó todo el planeta Tierra sino que incluso lo moldeó a su manera, lo niveló para su existencia y prosperidad.

Pero, dado su impulso expansivo, su voracidad de nuevos territorios, ¿podría la vida conformarse a solamente conquistar el planeta que ha sido su cuna y su reino? ¿Podría la fuerza vital, que ha multiplicado sus formas por miles y miles de millones sin cansancio y sin pausa, que ha creado una pirámide de fuerza bruta y de conciencia aguzada elevándose incluso sobre sí misma, usándose a si misma como una escalera hacia el poder, detenerse a la orilla del espacio sin saltar hacia él? Una vez que nos hacemos esta pregunta nuestra conciencia se ilumina con una sorprendente respuesta. No, no podría, y por ello…

Solemos aceptar que las especies se extienden hasta donde pueden, que toda forma viva lucha no solo por conservar su existencia sino por fortalecerla y multiplicarla. Sabemos que cualquier cosa que hagamos en nuestra casa para hacerles propicia la llegada hará que vengan a nosotros las moscas, los mosquitos, las cucarachas, las arañas, etc. Tenemos la noción casi instintiva de que la vida funciona así. Pero funciona así incluso tratándose de los aparentemente inertes seres vegetales, que también acostumbran invadir territorios. Pero, ¿cómo desde su inercia también persisten en ser invasores? Muy simple, usan como vectores de propagación a los seres vivos movientes, los usan en una forma inconciente pero conservando aún así ese oscuro propósito de toda la vida. Y no es casual que mencione aquí este hecho, pues, trasladando apropiadamente la cuestión, preguntémosnos: ¿No podría la vida escapar a su enclaustramiento dentro de la limitada superficie del planeta en el cual ha nacido y se ha arraigado con ferocidad, usando alguna especie de vector de propagación? ¿No podría la vida en el proceso fabuloso de sus autocreaciones imparables haber apuntado desde siempre a la creación de una especie definitiva que le abriera las puertas del espacio profundo, que la llevara más allá de los confines de este pequeño planeta para así poder colonizar otros mundos, miríadas, millones y miles de millones de mundos? La respuesta parece estar justo en el espejo que nos refleja. Nosotros podríamos ser y casi seguramente somos ese vector de propagación.

Aún cuando durante miles de años no hemos sido concientes del propósito de nuestra existencia, ciertamente desde nuestro origen hemos hecho lo que la vida ha hecho siempre: expandirnos, hacernos cada vez más poderosos y dominadores, adquirir cada vez más fuerza a través de nuestros ingenios tecnológicos y cada vez más conciencia e integración de poder hasta ser la especie dominante del planeta, la última frontera conocida en este mundo en cuanto a poder vital, a capacidad para utilizar energía, para aprovechar o despilfarrar, hasta el abuso más sórdido, los recursos planetarios. Nos hemos horrorizado de nosotros mismos, de la cantidad de crueldad con que nos hemos infligido dolor en el proceso de nuestro empoderamiento, hemos alimentado el progreso con baños de sangre, con extinciones de especies, con contaminación por doquier, con abusos de fuerza constantes. Hemos llegado así ha establecer el reino humano como la corona sangrienta del reino de la vida. Al mismo tiempo que hemos alcanzado cumbres de poder y de ambición que nos ponen en riesgo incluso a nosotros mismos, al borde de toda clase de eventos catastróficos, nos hemos hecho concientes sin embargo, cada vez con más angustia, de que necesitamos entender el propósito de nuestra existencia. Y ese propósito, sin embargo, estuvo allí siempre, mientras nos extendíamos por la superficie de la Tierra como una plaga.

En estos tiempos la humanidad ha dado los primeros pasos infantiles hacia la gran aventura del porvenir. Después de largos milenios de oscura prehistoria y penosa historia, después de incontables crímenes pero también incontables explosiones de creatividad, imaginación, ingenio y generosidad, la humanidad se atreve a salir al vacío del espacio, a mirar hacia otros mundos no ya con una simple mirada inquisitiva, curiosa o temerosa sino con la esperanza de alcanzarlos, explorarlos y colonizarlos. Es la vida misma la que nos lleva hacia allí, la que nos conduce con su tendencia primigenia hacia el empoderamiento, la invasión, el enfrentamiento de nuevos retos. La vida nos conducirá hacia el espacio para que así la llevemos con nosotros, portadores de su impulso invencible, con la meta de acumular más fuerza, alcanzar nuevas cotas de poder, experiencia, creatividad, capacidades nuevas que apenas podemos empezar a suponer. La vida nos conduce, a ciegas en principio, pero cada vez más concientemente, hacia una aventura cósmica, tecnológica e incluso hipertecnológica que solo podrá detenerse, quizás, en los confines de nuestra galaxia.

Lo único que resta preguntarse, ahora que podemos sospechar nuestro propósito para los próximos siglos y milenios, es… ¿Hacia donde va la vida en su interminable expansión de poder, riqueza, energía, conciencia, creatividad? ¿En qué dirección se mueve? ¿Será este movimiento majestuoso pero también profundamente doloroso originado en algún rincón oscuro y olvidado de la vieja Tierra un movimiento hacia cumbres impensables, hacia metas inconcebibles? ¿Habrá dioses al final del camino, sobrehumanas existencias vivientes tal vez inmortales, o tal vez ultravivientes revestidas de la coraza de una tecnología que hoy no puede ser nombrada? ¿Se dirige la vida hacia un misterio que nuestra incipiente conciencia no puede siquiera adivinar?

El derecho del varón a la ternura.

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De acuerdo. Critiquemos el desigual empoderamiento del varón en relación a la mujer en la sociedad. También critiquemos toda forma de racionalizar o justificar ese desigual empoderamiento. Partamos de ese punto, incuestionable si se pretende el equilibrio entre las aspiraciones femeninas y masculinas dentro de lo social, con todos los matices intermedios, mezclas, confabulaciones, cuestiones de género,etc. Pero admitamos, también, que el empoderamiento del varón tiene un atormentado, oscuro y monstruoso costado sangrante. Pues el varón, histórica y prehistóricamente se empoderó haciendo correr la sangre, ejerciendo la fuerza, despedazando y, nótese bien esto, siendo despedazado. La sociedad tal como la conocemos hoy ha florecido no solo por un sometimiento de lo femenino, sino por la tribulación de lo masculino, que se ha convertido, con el peso de los siglos a cuestas, en el vórtice, en el vehículo transmisor fundamental de la violencia, en el ojo del huracán de la destrucción del ser humano por el ser humano. El varón adulto y a veces no tan adulto ha sido el principal encargado de ejercer la guerra, la masacre, la tortura. Sociedades enteras han puesto al varón en el papel del masacrador, del destructor, del lacerador. Y, claro que sí, esto significa también que el varón se ha puesto a si mismo en esa posición. Pero, entonces, también ha sido el varón el mayormente despedazado, masacrado, destruido, torturado. Resulta normal a una sociedad que ha masculinizado el derramamiento de sangre no solo que sea el varón el que dispare el balazo en la sien sino que sea también el varón el que lo reciba de su homicida. La criminalidad y la violencia bélica se convirtieron, siglo tras siglo, en patrimonio y maldición del género masculino. Y así el varón también tuvo que insensibilizarse, y con la insensibilidad crecieron todas sus taras emocionales, sus aberraciones conductuales, su necesidad de mostrarse duro e inflexible. En las pantallas de cine o televisión, en la web, es principalmente el cuerpo masculino el que recibe toda clase de tormentos para el placer de los espectadores. Es el cuerpo masculino el que sirve de carne de cañón del espectáculo de la violencia en forma abrumadoramente mayoritaria. Y es el ser masculino el que se presenta como el agente casi naturalizado de la violencia, normativizado de manera casi incuestionable como el autor del dolor humano. La descripción de lo masculino como algo monstruoso acecha siempre por el simple hecho de que cuando estas sociedades se proponen liberar furia, destrucción, se espera que el cuerpo masculino sea el agente primero, el vehículo portador del virus del odio y la dominación.

Lo que el movimiento feminista no entendió lo suficiente es que la más grande reivindicación posible a favor de la equidad entre varón y mujer, o entre varón adulto y todo otro ser humano, es reivindicar que el varón deje de ser el agente de la violencia, que el varón abandone su papel destructor, su papel de violador y avasallador, su papel de dominador sangriento. Para ello el feminismo debería haber entendido desde el principio con mayor claridad la relación entre equidad y pacifismo, porque sin paz no se puede apaciguar el cuerpo masculino, liberarlo de su proclamada socialmente (y autoproclamada por la propia conciencia masculina) disposición para la violencia y la destrucción. El feminismo deberia haber sido desde el principio un movimiento antimilitarista y pacifista, contrario a la existencia de ejércitos y al ejercicio social de la violencia incluyendo la violencia económica, un movimiento que reivindicara un ajuste equilibrado entre el papel del hombre y la mujer en los sistemas de control que necesita la sociedad para combatir el crimen, que combatiera el adoctrinamiento temprano de los varones durante su crianza en el gusto por los juegos violentos, las armas, los enfrentamientos. Es decir, el feminismo no debería haberse centrado solamente en la liberación de la mujer y en el papel social de lo femenino sino en la liberación del hombre de sus propias cadenas de furia y malevolencia.

El varón no está perdido, no es inevitablemente violento. Prueba de ello es que puede escribir poesía, desarrollar la ciencia, elevarse a través del arte, filosofar, esforzarse creativamente por su familia, por el prójimo, por ideales. El varón no es necesariamente ese victimario injusto y dominador. No es lo que muchas veces el mismo cree ser o lo que la sociedad ha esperado durante siglos que sea. El feminismo podría haber apostado en primer lugar a la redención del varón, a mostrar y demostrar que rescatar a la mujer de la violencia masculina solo puede ser posible rescatando al varón de su propia identificación con la violencia y el poder ejercido mediante ella. Alcanzaba con ver que la mayor parte de los homicidios año tras año los cometen varones pero también que la mayor parte de las víctimas de homicidio año tras año son varones, sobre todo jóvenes. Es decir, alcanzaba con ver que el varón es víctima y no solo victimario, que el varón sufre de una deformidad que debe ser corregida para que toda la sociedad pueda dejar de ser deforme. Alcanzaba con preguntarse alguna vez por qué el suicidio es mucho más frecuente entre los varones que entre las mujeres. Para eso la educación debería intentar, y esto el feminismo debe plantearlo, reconducir al varón hacia la sensibilidad, hacia el amor por la vida, hacia los afectos, hacia la ternura, hacia las emociones, hacia el terreno donde siempre se dijo que se encontraba fundamentalmente instalado lo femenino y que lo masculino solo podía pisar de manera obtusa. La mayor preocupación educativa para el feminismo no debería haber estado en enseñar acerca de la igualdad de género sino en hacer efectiva la enseñanza como agente de esa igualdad procurando extinguir en la sociedad la identificación entre la violencia y lo masculino por un lado, y el amor y lo femenino por el otro. El derecho de la mujer a su empoderamiento pleno no puede dejar de lado el derecho del varón a la vivencia plena de su capacidad afectiva y emocional, de su capacidad para amar y ser amado y así poder renunciar a la violencia definitivamente.

Nota final: Escribo este artículo teniendo a la vista un viejo informe, realizado en el año 2013, y extremadamente solitario en su realización, publicado por la ONU y titulado Reporte Global sobre el Homicidio, donde se afirma que “a nivel global, cerca de 95% de los homicidas son hombres, y son hombres también casi ocho de cada 10 víctimas.”
Enlace al informe:
https://www.unodc.org/documents/gsh/pdfs/GLOBAL_HOMICIDE_Report_ExSum_spanish.pdf

Fragmentación, federación e independencia de los estados nacionales.

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Se puede pensar que la fragmentación de los estados como ocurrió en el caso yugoslavo, o en el caso de la Unión Soviética, o como podría ocurrir en el Medio Oriente con Irak debido al separatismo de los kurdos o en España debido al separatismo catalán, trae inmediatamente alguna clase de perjuicio o mal. Pero, ¿cuáles podrían ser esos perjuicios o males? No se vé por ningún lado que una vez reconstituido el territorio en dos estados o más en lugar de uno, haya desventaja intrínseca alguna, pues estos estados podrían seguir colaborando entre sí apropiadamente, de manera asociada, en cualquier ámbito que se considerase, como ser el marco económico, la infraestructura de transporte, etc….incluso a nivel de la seguridad interna y externa. Por el contrario, si un estado se sostiene conservando bajo la égida de un poder central que no es representativo de todas las minorías territoriales o todas las identidades nacionales puestas bajo el paraguas de ese poder, entonces no hay más que temer que se produzcan esfuerzos en el sentido de la fragmentación que una vez resistidos por ese poder central pueden conducir a conflictos en principios pacíficos pero más tarde violentos o directamente homicidas.

El único peligro que se puede suponer claramente es el peligro externo representado por una potencia extranjera que aprovechando la fragmentación de un gran estado en pequeños estados con menor peso geopolítico, procurase someterlos a su hegemonía. Esta táctica de fragmentación fue aplicada por las potencias europeas en el pasado en América Latina y África, y con mayor o menor éxito en Asia como en el caso de Corea o el Medio Oriente. La fragmentación era y es la vía por las cuales pequeños estados sin fuerza propia para romper la hegemonía extranjera que los somete pueden ser vasallados y sus poblaciones y riquezas materiales ser víctimas de explotación e intercambio desigual. Justamente el principal éxito de Estados Unidos frente a las potencias europeas consiste en haberse constituido en una gran federación territorial con la capacidad de responder estratégicamente frente a las intenciones de potencias europeas como la propia Inglaterra aunque ciertamente dado el auge del poder del gobierno federal y de los poderes corporativos ajenos a todo control ciudadano alrededor de ese poder federal se puede decir que EEUU hace mucho que se ha constituido en una aún más notoria potencia global. Mientras tanto, el fracaso de América Latina en cuanto a su capacidad para responder de manera autónoma frente a los intereses e intervencionismos foráneos como el estadounidense parte del hecho de que la voluntad existente en el período independentista en cuanto a forjar una gran federación semejante a la de América del Norte fracasó y fue purgada por la oposición de sectores locales aliados a los intereses extranjeros, eurocentristas, lacayos con la mirada puesta en el Norte colonizador y dispuestos a despreciar a sus propios compatriotas incluso con elementos de racismo e imbecilidad supremacista importada.

Si existiera una medida justa entre la fragmentación que ofrece autonomía a las identidades locales pero quita capacidad de respuesta frente a la injerencia extranjera, y la centralización en grandes estados que crea monstruos de poder global a los cuales las poblaciones tanto internas como externas luego no podrán controlar políticamente, esta medida consiste justamente en la creación de federaciones que sin perder de vista la unidad territorial mayor y la capacidad de defensa de los intereses propios frente a los foráneos, aplicando el viejo principio de que la unión hace la fuerza, mantengan sin embargo las autonomías territoriales necesarias como para que ninguna minoría se sienta doblegada por un poder central irreverente y aplastante. Lamentablemente el gran riesgo en toda federación de autonomías territoriales, cada una con su gobierno local, consiste en que el gobierno federal tenga la capacidad de sujetar internamente a dichas autonomías. Por ello lo deseable es que ningún gobierno central federativo tenga la potestad de sujetar a los gobiernos locales de las autonomías, pudiendo estas siempre conservar el derecho inalienable a abandonar la alianza federal. Esta sería, sin duda, la fundamental diferencia entre una auténtica federación y una pseudofederación que solo sea la sujeción más o menos solapada de los territorios a un poder central con la capacidad de socavar en cualquier momento cualquier intento de apartarse del contrato federal.

En fin, como conclusión se me ocurre que en algún futuro lejano el gran ideal geopolítico a concretar será el de que todas las naciones del mundo, las que hoy han sido reconocidas, o las que han sido llevadas a la oscuridad, el sometimiento y la ignominia por viejas o recientes invasiones, o incluso las que han sido artificialmente creadas con propósitos de balcanización pero que hoy o más adelante pudiesen alcanzar identidad propia, todas las naciones en fin, constituyan una gran federación planetaria para la cual ya ningún interés externo podrá existir por cuanto subsumirá todo interés local en el interés general, organizadas alrededor de una autoridad internacional cuya única potestad sea la de conservar y mejorar constantemente los canales de diálogo, cooperación e intercambio mundial, sin capacidad militar propia ninguna, y una legislación internacional que no haga diferencia alguna entre naciones poderosas y débiles (Que no se cometa el error jamás de crear o permitir que se instale un poder central global que pudiera subyugar impunemente a toda la humanidad, eso es lo único que hay que aclarar y pedir sea o no sea esta una cuestión utópica.)

El ser humano es un ser tecno-viviente.

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Somos seres tecno-simbólicos y ello significa que nuestra mente, a diferencia de la mente animal o de otros seres menos evolucionados es capaz de proyectarse en lo extramental creando un mapeo artificial exteriorizado con el cual interactúa de manera reflexiva. De otro modo: excretamos sucesos mentales de manera técnica, generamos una ecúmene, una tecnosfera, en la que nuestras mentes repercuten retroactivamente de tal manera que la red mental humana se ve complementada por una red técnica maquinal-instrumental. Esto quiere decir que nuestros procesos mentales no son meramente internos sino proyectivos-interactivos, no pudiendo subsistir nuestras reflexiones sin esa proyectividad intersubjetiva y objetual que constituye un bucle intra-extrospectivo. Para ejemplificar: una bicicleta no es un mero objeto extramental sino una excrecencia proyectiva de nuestra mente incrustada en procesos extramentales. Nosotros proyectamos bicicletas para luego interactuar con ellas, con lo cual retroactuamos sobre nuestra propia mente reflejándonos extramentalmente…las bicicletas no son meras producciones mentales que una vez construidas se independizan de la interioridad mental…las bicicletas son prolongaciones de nuestro proceso mental y extensiones de la corporeidad reactiva de tal proceso. No son solo nuestra obra sino parte de nuestra constitución una vez constituidas y asimiladas como instrumentos…Volviendo a hablar en términos más generales: no podemos vivir sin nuestros artificios porque ellos son parte de nuestra existencia mental y corpórea…somos seres biológicos a la base pero artificiales en su núcleo de integridad, somos tecno-vida y no simplemente vida. ¿A que viene todo esto? A que si quisiéramos llegar a entender nuestra propia mente se abre ante nosotros por nuestra propia naturaleza simbólica la posibilidad de lograr este entendimiento proyectando nuestro proceso mental tan vastamente como sea posible en extroversiones técnicas, para ser más especifico, en entidades técnicas informáticas a imagen y semejanza de nuestra mente, en inteligencia artificial. Si…lo que afirmo es que para lograr un entendimiento creciente de nuestra propia mente es necesario avanzar en la forja de la inteligencia artificial. El rédito de este esfuerzo es inimaginable pero hay algo que sí podemos suponer: que sabremos mucho más de nosotros mismos cuando nuestras creaciones sean un espejo lo suficientemente sofisticado de nuestra propia conciencia. Logrado esto cabe la posibilidad de que a partir del entendimiento de nuestra estructura mental podamos entender a su vez el universo más allá de una supuesta objetividad externa y estática que aparentemente nuestra mente solo mapea y usa como material de sus producciones. Hay que aclarar, por supuesto, que esta perspectiva implica una modificación muy importante del enfoque filosófico y científico y una toma de conciencia rotunda de nuestra naturaleza tecnoviviente.

La Redención de la Materia

Un breve relato de la creación y destrucción del universo dedicado a los cristianos y no cristianos…

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La Trascendencia siempre existió, existe y existirá, eterna, pura, perfecta, toda dicha y bondad, y emanando dicha y bondad eternamente. Su luz creadora y transparente, puramente espiritual como lo es ella, irradia infinita y bella, con una belleza que los ojos mortales no podrían soportar. En su luz, en su irradiación, el Pleroma, habitan y se agitan seres de su creación, que ella, la eterna paridora de belleza, crea a su antojo para jugar con ellos un juego de alegría y de bondad. Son los eones, que nacen inmortales de la luz misma de la Trascendencia, como los ángeles, o los arcángeles, todos bellos, todos felices en su existencia celestial. Pero algo ocurrió al principio de los tiempos mortales: el eón Narciso supo, a causa de su saber, que él mismo era así de bello y de perfecto, tal y como la Trascendencia lo había creado y al tomar conocimiento de su propia belleza cometió el pecado del amor a sí mismo, el pecado de la vanidad. Tan pronto lo cometió, comprendió que había introducido el mal en la belleza del Pleroma, que había alterado la paz infinita de la creación de la Trascendencia. Entonces también supo esto, que él era pecador, y sufrió a causa de este conocimiento, lo cual lo indujo al llanto, llanto con el cual lavó su alma. Pero su llanto, que cayó desde el Pleroma en una caída infinita, se derramó y escapó de la luz, se hizo oscuridad y amorfidad, se hizo materia. Tal fue el origen de la materia: el pecado de Narciso, el amor a sí mismo.

Cuando la Trascendencia contempló lo ocurrido, acontecimiento que fue el origen del universo material, se entristeció por primera vez en toda su eternidad, pues la contemplación de la oscura y amorfa materia le hizo querer de nuevo la pureza perdida de la existencia. Entonces la Trascendencia tomo la decisión de crear un eón con la misión de redimir la materia de alguna manera, que el propio eón debería descubrir. Por ese motivo la Trascendencia dio a luz al eón Demiurgo, que sería el encargado de tal Redención, y al cual envió hacia la oscuridad para cumplir con su misión. Triste existencia fue la del Demiurgo desde ese entonces, y tan triste como el se sintió la pura y perfecta Trascendencia al tener que enviarlo, pues ella misma no podía entrar en contacto con la impura materia.

Acudió entonces el Demiurgo al universo material, que se encontraba en el principio oscuro y amorfo, sin sentido ni finalidad, y comenzó a imprimir en él la forma, el sentido, y la imagen de la luz, que es una luz material más pesada y menos pura pero al menos es luz. Trabajó el Demiurgo sobre la materia mientras se inspiraba mirando de vez en cuando hacia el Pleroma para recibir de él ideas con que transformar la materia e imprimirle la figura del espíritu. De su obra nacieron las galaxias, las estrellas, los mundos y en muchos de esos mundos dio forma a la vida y de la vida extrajo inteligencia cada vez más sutil, hasta que en algunos de esos mundos, como en uno que sus habitantes llaman Tierra, pudo crear seres lo suficientemente inteligentes como para albergar una chispa de luz espiritual, que sería su alma. Cuando el Demiurgo logró esto la Trascendencia envió sobre cada uno de los recién nacidos la chispa de su divinidad, les dotó de alma y de la capacidad de saberse más que materia, de presentir la existencia de algo más allá de la materia. Entonces el Demiurgo, contemplando por última vez su obra desde cerca dejó a los creados mortales provistos de alma la posibilidad de trabajar sobre sí mismos, la posibilidad de ser libres y escoger su futuro, pues no podría redimirse la materia si de la materia misma no emanase la voluntad de Redención. Y el Demiurgo partió a recoger de la Trascendencia el beso puro de su agradecimiento, ascendiendo en secreto al Pleroma.

Esperó la Trascendencia que aquellos mortales dotados de alma al nacer dieran cuenta del infortunio de la materia y deseasen ascender al Pleroma libres de sufrimiento y pesar. Pero se impacientó a causa de su bondad y decidió enviar en segundo lugar a otro eón, el eón Salvador, para que éste les mostrase a los mortales qué era posible trascender la materia y la encarnación y desencarnarse para ascender en un puro espíritu hacia lo alto del Pleroma. Bajó el Salvador hacia los mortales y los invitó a beber de la copa de la felicidad eterna y aceptó de aquellos que no lo comprendieron que laceraran la carne con la que se había revestido para mostrarles luego como se deshacía de la corrupción de la carne, del dolor y de la muerte y resucitado en puro espíritu ascendió frente a ellos dejándoles el mensaje de la liberación.

Esto ocurrió así en multitud de mundos, y así ocurrió por ejemplo en la Tierra. Sin embargo, allí no acaba la misión del Salvador. Pues ya ocurrió en muchos mundos, aunque no todavía en la Tierra, que el Salvador regresó a cosechar los resultados de su mensaje y se llevó con él a muchos creados mortales, que ascendidos se hicieron inmortales, bebieron de la copa de la vida eterna y son felices ahora y para siempre. Cuando el último de los mundos donde hay seres con alma sea visitado por segunda vez por el Salvador y ocurra en todos ellos la salvación, entonces la Trascendencia, madre de todos los seres, habrá logrado a través de sus eones la Redención de la materia, el fin de la culpa, del pecado y del sufrimiento, y se borrará por fin el llanto de Narciso, su hijo predilecto, y se disipará la oscuridad material en una final inexistencia, como debe ser para que vuelva la paz infinita. Todo volverá a ser como siempre fue una Eterna Felicidad a la luz de la Trascendencia, la madre creadora, perfecta e infinita.

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