La utopía de las leyes
29 may 2012 Dejar un comentario
La Isla Utopía, Biblioteca Agustana, edición de 1516
LAMENTABLEMENTE
Tomás Moro, amigo íntimo de Erasmo de Rótterdam, escribió en latín, en 1516, su obra titulada “De Optimo Republicae Statu deque Nova Insula Utopía” cuyo título el tiempo redujo para el público en general simplemente a la palabra Utopía. Es aquí donde esta palabra aparece por primera vez radicando su origen, por voluntad del autor, en los términos griegos “outopia”, que significa ningún lugar y “eutopia”, que significa “buen lugar”. Así pues una utopía es un buen lugar en ningún lugar, es decir, desde el comienzo una paradoja que exhibe un aspecto fundamental de lo humano: su libre determinación a un campo de posibilidades no concretas guiado por el deseo.
¿Qué quiero decir con esto último? Quiero decir que una utopía no es simplemente un lugar imaginario, y por lo tanto un no-lugar que se supone lugar solo de manera abstracta, sino también la expresión de la capacidad humana de salirse mentalmente de las relaciones cerradas y dadas con su entorno para proyectarse en lo no dado y abierto de lo posible. En este salirse de lo concreto el deseo humano muestra, a su vez, su ilimitación, su naturaleza prácticamente amorfa, incondicionada, creadora de formas artificiales para su satisfacción. En la utopía el pensador utópico supone la posibilidad más deseada, la posibilidad de una felicidad completa y segura que ya no es susceptible de degradación temporal.
Pero, ¿cuál es el límite entre lo posible y lo imposible? El pensador utópico no piensa lo suficiente acerca de lo que restringe al deseo, no tiene en cuenta de manera plena las condiciones de posibilidad del lugar imaginado, postulado. Lo posible puede concretarse pero el pasaje de lo posible a lo concreto se da a través de las condiciones de posibilidad de tal pasaje, condiciones que limitan lo posible en relación a lo concreto, lo no dado en relación a lo dado. Las posibilidades solo pueden llevarse a su concreción filtradas por lo ya concreto y no sin tenerlo en cuenta. De modo que las utopías, en general, son lugares imposibles no por su mero planteo sino porque este planteo, guiado por un deseo fantasioso, es decir, decidido a su ilimitación y satisfacción completa, no tiene en cuenta las condiciones de factibilidad históricas.
En el caso de Tomás Moro y de muchos otros utopistas como lo han sido Platón con su República o Tommaso Campanella con su Ciudad del Sol, no ha importado, sin embargo, la historicidad del planteo, puesto que sus utopías no pretendían verdadera concreción sino solo servir de modelo imaginario para la vida concreta, modelo puro de plena existencia humana cuya diamantina contemplación mental guiara a la conciencia histórica. En esto eran finalmente, pragmáticos, pues sabiendo que sus modelos no eran en realidad susceptibles de una concreción digna del deseo que los construía, los hicieron públicos como guía de trabajo, como inspiración de la acción política o religiosa, como lineamiento de acción.
Fueron mucho menos pragmáticos los socialistas en general, grandes soñadores que procuraron por todos los medios dar a su sueño, mediante consideraciones pormenorizadas acerca de la naturaleza y específicamente de la naturaleza humana, la capacidad de hacerse plenamente concreto, de ser factible en su totalidad, de ser incluso un destino histórico. En cuanto a su intento de cargar con el peso de la ciencia y la razón a su utopía se distanciaron claramente del cristianismo bajo cuya influencia nació el esfuerzo socialista pero en cuanto a su ambición de alcanzar una total satisfacción histórica, una completa realización de su utopía, los socialistas estuvieron muy cerca de los más devotos milenaristas cristianos apocalípticos. Lo que para los fervientes cristianos, y recuerdo entre ellos a Francis Bacon con su utopía “La Nueva Atlántida”, era la mano de Dios, para los socialistas era el designio histórico guiado por la naturaleza universal y humana y el poder de la ciencia para librar a la humanidad de la necesidad y la ignorancia.
Una vez que los socialistas pierden la fe en la realización de una sociedad feliz, basada en la cooperación y el altruismo, en la caridad y la pureza de intenciones, un sueño notoriamente influenciado por el idealismo cristiano que formó a los primeros grandes pensadores socialistas y solventado por una ciencia que no tardó en ser un servil instrumento del poder estatal y empresarial, no se puede decir ya que sean integralmente socialistas y esto exhibe a las claras que es el deseo y no la razonabilidad histórica lo que prima en la voluntad del socialismo. Llegados al siglo XXI el socialismo como tal, es decir, guiado por la fe en un destino histórico de plena realización del deseo de felicidad y armonía humana (una especie de regresión al estado fetal en el que nada perturba la paz y toda satisfacción es inmediata), ha fracasado a través del fracaso de sus muchos experimentos históricos, aunque su sola realización demuestra la capacidad admirable del ser humano para guiarse por sus posibilidades antes que por sus condiciones, y lo que hoy podemos llamar socialismo es solo un subproducto de aquel movimiento orgulloso y utopista que a tantos millones de seres convocó. Lo que queda, en realidad, ya no es el socialismo propiamente dicho sino un enmascaramiento de la gran frustración que impide recrear el impulso utópico.
¿Porqué fracasó el socialismo? Lo hizo no porque las fuerzas opuestas y negativas de la historia se le opusieron y lo derrotaron sino porque intrínsecamente el socialismo guardaba el germen de la imposibilidad. Así planteado era imposible por dos fundamentales razones: en primer lugar porque se basaba, declaradamente o no, en una visión excesivamente optimista de la naturaleza humana, y en segundo lugar, porque suponía un destino histórico en contradicción con la misma esencia libertaria, posibilística, del movimiento, contradicción que Marx supo comprender dejando de lado la libertad y la categoría de posibilidad para aferrarse, mediante la adopción del determinismo científico heredero del determinismo apocalíptico, a la flecha intocada del destino histórico, y llamando ingenuos, con cierta razón, a los socialistas que esperaban una afluencia espontánea de los seres humanos al sueño socialista.
El ser humano no es bueno por naturaleza, ni tendiente por naturaleza a la cooperación en sociedad, ni tendiente por naturaleza a la convivencia pacífica. Nada de esto porque el ser humano sencillamente no está determinado como lo están tantos seres vivos a una conducta fija adaptada a unas condiciones concretas dadas. Sencillamente, pues, porque el ser humano es un ser que se autodetermina en su conducta mediante el más libre de los aprendizajes que jamás haya sido posible entre los seres vivos, aún cuando este aprendizaje acontezca en el seno de su sociabilidad inherente. Y a causa de esta autodeterminación puede estar dispuesto tanto a cooperar con sus congéneres como a explotarlos sin misericordia alguna, puede estar dispuesto a beneficiarlos con su esfuerzo tanto como a destruirlos y degradarlos. Así pues ni la libre asociación humana soñada por los anarquistas más optimistas ni un estado paternalista y capaz de autosuprimirse para realizar la sociedad final del marxismo son más que imposibilidades que ignoran la naturaleza libre e imprevisible de la conducta humana. No es casual la formación histórica de la autoridad y de los regímenes de contralor legal entre los seres humanos pues estos vienen a solventar precisamente la convivencia entre ellos sobre la suposición implícita de que sin la autoridad y sin las leyes es insostenible que convivan pacíficamente sino más bien es muy probable que terminen agraviándose en el seno de un caos político.
Con respecto a la existencia de un destino histórico si en efecto existiera es incoherente plantear al tiempo que se lo supone un voluntarismo revolucionario como el que han propuesto los socialistas tanto libertarios como marxistas. Si hay un destino histórico no es necesario ningún acto de voluntad particular o masivo para que ese destino histórico se cumpla. La concurrencia masiva de la voluntad al acto revolucionario conlleva necesariamente la duda acerca de lo que ese acto pretende alcanzar, acerca de la concreción de lo deseado. Así pues en esto hay una contradicción flagrante que solo podía resolverse asumiendo que la revolución es necesaria porque no hay destino histórico o que la revolución es impotente e innecesaria porque el destino histórico existe. Pero llevados adelante por el deseo utópico los socialistas no pudieron dejar de lado ni el arrebato revolucionario ni la fe casi mesiánica en un destino histórico, sin asumir jamás esta contradicción.
SIN EMBARGO
El socialismo, sin embargo, nos ha dejado la profunda sensación hasta ahora de que vivimos en comunidades altamente degradadas por la injusticia, por la miseria generalizada, por la explotación y criminalidad generalizada. Y esta sensación, lejos de disolverse, se hace más realista en este siglo XXI de corporativismo totalitario y obscenidad capitalista…más realista que nunca. Y nos ha dejado la herencia de una tarea inconclusa: la tarea de terminar con este estado de cosas. ¿Cómo obrar en el sentido socialista superando al mismo tiempo aquellas contradicciones que hicieron de su deseo utópico un fracaso autoinfligido? ¿Cómo conservar la utopía socialista de alguna manera al tiempo que se admite el realismo necesario en cuanto a que el deseo utópico no debe obviar los límites debidos a las condiciones históricas tanto subjetivas de la conciencia como objetivas de la materialidad? Cuando los marxistas creían estar considerando estas condiciones no paraban sin embargo de soñar, y de soñar aún más que los anarquistas, en un destino histórico, conducidos a través de la pluma de Marx, por el profetismo hegeliano. Y cuando los anarquistas creían estar considerando estas condiciones en cuanto a que derivaban su autoproclamada razonabilidad de la ciencia y las leyes naturales no dejaban de soñar con un ser humano imposible que fuera capaz de autogenerar la convivencia pacífica y justa a partir de simple asociación libre.
Para dejar atrás el ensueño que ha impedido al socialismo concreción alguna excepto vagas consecuencias sumergidas ya en la marea de una realidad mísera, volvamos a los grandes utopistas del pasado. ¿Qué vemos en común a través de todas sus utopías? Lo que vemos en común es lo ya presente en La República de Platón: en primer lugar la idea intrínseca de que la utopía no es más que un modelo, un proyecto cuya consecución histórica no puede darse plenamente sino que solo ha de servir de guía para la voluntad política de reforma de la vida humana. Y en segundo lugar la importancia de la autoridad y de las leyes en el proceso de normalización de la convivencia ideal. Sin autoridad y sin leyes que sean la expresión pública del deber de convivencia no es posible en realidad que este deber alcance objetividad alguna y entregadas las voluntades particulares a su autodeterminación subjetiva prontamente la convivencia pacífica y justa se hace imposible. En La República de Platón, pese a esto, encontramos un claro exceso de la autoridad sobre las leyes, de la guía vertical sobre el consenso, exceso que es perjudicial si se considera lo que la historia nos ha enseñado en cuanto a la verticalidad y la autoridad colocada por encima de la ley o la ley sostenida sobre la base de algún principio universal no consensuado: tal manera de plantear la idealidad de la convivencia ha terminado claramente enunciando y concretando el experimento nazi-fascista.
Es el republicanismo de Rousseau y no el de Platón el que debe guiarnos una vez que hemos asumido el principio general platónico de que sin autoridad bien provista de conocimiento y sin leyes justas y válidas para todos la convivencia pacífica es imposible. Solo el imperio de las leyes incluso sobre la autoridad y basado en el consenso, en lo contractual de la voluntad de convivencia, puede ser reflejo de las voluntades particulares de los que por este imperio podrán ser llamados en efecto ciudadanos de una república basada en la voluntad general sin detrimento de la voluntad particular. La autoridad en este caso pasa a ser un instrumento de aplicación de la ley a los casos concretos, y un instrumento de realización de la voluntad general expresada en las leyes. La república constitucionalista, pues, es la única que asegura la posibilidad de consensuar las leyes de la convivencia, la única que asegura la sujeción de la autoridad a las leyes, de la soberanía política a la soberanía de los ciudadanos, y la única que tiene en cuenta no solo la libertad, la autonomía de cada individuo, sino la posible arbitrariedad de la autoridad si esta no yace a los pies de la ley pública, elegida libremente por los ciudadanos.
Pero…¿cómo el imperio de la ley puede abrir un margen utópico? Para ello debemos dar cuenta del carácter posibilístico de las leyes. Ellas no son pautas de construcción de acciones concretas sino que son pautas de condicionamiento concientemente preestablecido de las acciones posibles. Las leyes deben ser, por lo tanto, condiciones de posibilidad de las acciones que los sujetos individuales se autoimponen para hacer posible su justa y pacífica convivencia y si no lo son es a ello a lo que deben tender. Su entidad no es tanto la facticidad en que son aplicadas sino la posibilidad en que pueden ser aplicadas y su historicidad consiste mucho menos en su permanencia que en su reforma pues es por la vía de la reforma que las leyes dadas van siendo sustituidas en pro de alcanzar aquel no lugar – buen lugar que ellas, en definitiva, prefiguran: la utopía de una convivencia plenamente justa, pacífica y solidaria entre los ciudadanos que libremente las adoptan como marco de su accionar individual y comunitario.
Las leyes, pues, presuponen con su existencia la utopía, el buen lugar-no lugar en que la convivencia entre los seres humanos supera toda miseria mutuamente infligida y dirigirse a su constitución y más aún a su reforma constante y razonada es un esfuerzo en dirección a aquella utopía, que en el fondo no es otra que la de los mismos socialistas o de los grandes utopistas del pasado. Podemos decir entonces que todo esfuerzo valedero en dirección a esta condición ideal de la convivencia humana no puede ser otro que el esfuerzo pacífico de establecimiento de la convivencia legal en primer lugar y el esfuerzo, también pacífico, de reforma constante de las leyes en pro de un acercamiento cada vez mayor de la realidad concreta a aquella proyección mental. Ambos esfuerzos, sin embargo, no deben quedarse en la superficie respetando las condiciones dadas de la convivencia en el momento en que se realizan sino que deben ser esfuerzos lo más profundos y radicales posibles y en ese sentido tender radicalmente a obturar toda forma de explotación, de parasitación del ser humano por el ser humano, toda forma de opresión, toda forma de crueldad infligida por los seres humanos contra sus congéneres. Si el esfuerzo legal no toma esta dirección con claridad y profundidad entonces yerra por compromiso con la actualidad y sus intereses, quedando cercenado su carácter utópico originario. Toda constitucionalidad que no vaya hasta el fondo de la injusticia para resolverla esconde justificaciones de la misma, y todo intento de reforma de las leyes que no procure lo mismo es solo un enmascaramiento falsario de la voluntad ética.
Así pues, el proyecto utópico, en el que los socialistas se empecinaron, consistente en la creación de una convivencia humana pacífica y justa, se puede sostener como tal proyecto teniendo presente que: 1) No es nunca enteramente realizable pues, en general, ningún proyecto admite una plasmación perfecta y en particular la naturaleza humana no es domeñable a las coordenadas de la convivencia por tener una originaria componente de libertad individual. 2) Solo puede llevarse adelante como proyecto legal, es decir, como proyecto de construcción de marcos legales entre las personas, los colectivos y las naciones, y como proyecto de permanente reforma y mejoramiento de tales marcos. 3) Solo puede ser exitoso el esfuerzo legal correspondiente al proyecto utópico en tanto proyecto legal si la voluntad de legislar es clara y profunda en cuanto a combatir radicalmente las formas injustas de la acción humana y promover las formas justas y pacíficas. Si el esfuerzo legal, en lugar de ello, atiende a intereses y condiciones presentes de manera obsecuente, su utopicidad desaparece para volverse una simple racionalización pseudoética de lo dado.
Los socialistas nos han dejado en el sentido de una posible radicalidad de la reforma del marco legal de convivencia nacional e internacional de la humanidad unas cuantas consideraciones pertinentes y valiosas que deberán tomar en cuenta futuros reformadores dispuestos a realizar la obra utópica por la vía de la utopía de las leyes. Atendiendo a ello recomiendo, para cerrar este escrito las siguientes reformas:
1)Trocar la herencia ilimitada de la riqueza de una generación a otra dentro de las familias en herencia limitada del heredero para de este modo asegurar que las nuevas generaciones tengan un punto de partida mucho más justo en cuanto a su dotación inicial de riqueza.
2)Declarar al trabajador accionista de la empresa para la cual trabaja, es decir, copartícipe tanto de las decisiones como de la ganancia empresarial.
3)Promover la crianza sostenida y adecuada de los niños ofreciendo a las parejas que deseasen hacer esto posible todos los beneficios que legal y económicamente fueran necesarios, incluyendo si fuera necesario la concesión de tierras de habitación, recordando que esto no será un acto de generosidad sino una inversión valiosísima en pro de las nuevas generaciones.
4) Establecer fuertes obligaciones de los ciudadanos declarados hábiles para con los niños en cuanto a su protección desde todo punto de vista. La niñez debe declararse la más privilegiada de las edades humanas, toda la economía debe inclinarse ante este precepto, todas las instituciones lo deben tener en cuenta y las sanciones de acciones ejercidas contra el bienestar infantil deben ser las más duras posibles.
5)Establecer en la constitución misma de la ley su obligada reforma periódica mediante la asamblea constituyente y educar sistemáticamente a los futuros ciudadanos para el ejercicio lo más libre y razonado posible de su ciudadanía.
6)Establecer tambien de manera radical y constitucional el derecho pleno de los trabajadores a asociarse para la defensa de sus intereses, incluyendo su permanencia como accionistas obligatorios de las empresas para las cuales trabajen.
7) Imponer un ingreso mínimo de riqueza por persona a cumplir indefectiblemente sea cual sea su condición laboral o empresarial y un ingreso máximo para evitar excesos.
8) Obligar por ley a todo aquel que ejerza un cargo político gubernamental a suspender mientras lo haga toda actividad empresarial privada para evitar de manera contundente la colusión del interés particular con el ejercicio del poder público, y establecer un tope de riqueza personal tanto al ingreso como a la salida del mismo.
Rechazo absoluto
19 may 2012 3 comentarios
No hay salida. Quieres creer que la herramienta ideológica te abrirá camino pero lo sabes: cae de tu mano inutilizada por la historia, lastrada de sangre. No busques ideas-brecha, el muro de la imposibilidad ha crecido lo suficiente. Por lo tanto, no hay salida. Pero eso no significa que no haya alternativa: la alternativa es no buscar ya la salida sino mirarse al espejo y reconocer el muro. Tú lo impides, tú lo haces imposible para ti mismo y los demás. Tú no puedes dar el paso más allá porque das vueltas en círculos alrededor de ti mismo. Rompe el círculo, deja de ser la imagen ,hazte sombra irreconocible y niega. Entonces se abrirán las posibilidades, florecerán los futuros. Porque solo tienes los futuros que tú fuerza puede medir, solo te tienes a tí mismo. Planta las semillas, rompe ideas, destroza partidos, pisotea ideologías, defiende a los niños contra los necios que gobiernan. Ellos ya no tienen respuestas, ellos ya ni siquiera gobiernan. Ellos cuelgan como parásitos de la máquina autómata del beneficio, ellos son proyecciones del muro. Nadie gobierna ya, debes asumir el gobierno. No votes, no colabores, no participes, solo rompe, rompe y rompe hasta que se sepa que ya no participarás jamás de la ilusión en venta. Autoconvocate a todas las calles del mundo e incéndialas de rechazo, autoconvocate y hazte libre de ser una oveja estúpida. Piensa, mil veces piensa, y establece todas las disidencias posibles, todas las denuncias posibles. Desenmascara la mentira organizada, expone la mugre de las almas conformistas y colaboradoras. Solo queda el gran rechazo, el rechazo absoluto y definitivo al muro, el rechazo hacia lo que tú mismo estás haciendo con tu vida.
La hipocresía vareliana de la educación estatal uruguaya
07 may 2012 11 comentarios
A pesar del tiempo transcurrido la educación estatal uruguaya sigue orientada, en su forma general pero también en su impronta diaria, por el pensamiento pedagógico de José Pedro Varela el cual escribió: “La idea de educar al pueblo, haciendo que la educación alcance a todos los miembros de la comunidad, sin distinción de clases ni posiciones, de nombres ni de fortunas, es una idea esencialmente democrática, ya que presupone la igualdad originaria del hombre, y que, si no explícita, implícitamente revela la tendencia de reconocerle también los mismos derechos”(La legislación Escolar, 1877), Cámara de Representantes, Montevideo (1964) Tomo I. Cap. VIII p.173). En esta definición de la educación del pueblo por el estado, que no educación popular, el pedagogo lanza como ideal fundante el de democracia, haciendo de este modo entre su propuesta pedagógica y semejante ideal político una fusión insoslayable, lo que implica, al parecer, que críticarla es criticar simultáneamente dicho ideal. Pero el democratismo de Varela es solo una cáscara vacía, pues suponer de manera abstracta la igualdad de los educandos al entrar al sistema estatal de enseñanza NO ES HACERLOS IGUALES sino ignorar precisamente el hecho de que existe injusticia entre ellos y que unos entran mejor alimentados y provistos por sus familias y ambientes sociales que otros. El mero alcance universal o la gratuidad que no distingue, no anula las distinciones ni equilibra los dispares esfuerzos y situaciones con que cada familia, según su situación social, acompasa al educando. Y siendo tal cáscara vacía y engañosa el democratismo hueco que así impuso como ideología, como marco pedagógico de la educación uruguaya que aún se mantiene, el resultado es que la educación uruguaya, por el contrario, es antidemocrática y sostiene la desigualdad en lugar de contribuir a superarla. La gratuidad que es característica de la educación estatal uruguaya a todo nivel, y que es uno de los principios varelianos, es, en ese sentido, la más tergiversadora de las características de su proyecto pedagógico, pues como se puede ver hoy día a nivel universitario esta gratuidad se ha convertido fácilmente en un subsidio a través del estado, del conjunto del pueblo a la minoría pudiente que puede dotarse a sí misma de los recursos suplementarios, incluyendo el invaluable tiempo libre para el estudio, que semejante educación gratuita no presupone ni ofrece a fin de cursarla. En esto la educación estatal uruguaya ha llegado a ser elitista e hipócrita, y fácilmente las estadísticas ofrecen esta realidad con total evidencia.: “En la educación primaria (de 6 a 11 años) Uruguay presenta una escolarización universal en todos los sectores de la población. El 99% de los niños asiste a la escuela. Entre los 12 y los 14 años, la asistencia sigue siendo pareja en todos los quintiles de población pero ya comienzan a aparecer diferencias. Los ricos asisten más y los pobres menos. La deserción vinculada a razones económicas se hace notoria entre los 15 y los 17 años. Allí, la asistencia de los adolescentes de los hogares pobres cae al 60% mientras en los hogares más ricos supera el 90%. En los tramos medios la progresión indica mayor asistencia a mayores ingresos. En el segundo quintil es del 70%, en el tercero del 80% y en el cuarto roza el 90%.”(http://www.180.com.uy/articulo/16762_Alta-desercion-liceal-se-vincula-a-la-pobreza ). Innegablemente, y a simple vista, sin recurrir a la estadística, esta es la realidad de la educación estatal uruguaya: una entrada simultánea e indiferenciada de la población en los cursos bajos y una selección progresiva a través de sus niveles hasta el punto de que rápidamente se depuran en ella los educandos de familias menos pudientes, de clases social más baja, los más pobres, alcanzando masivamente los niveles altos solo los que pertenecen a familias pudientes, de clases altas, los más ricos. Éste es el antidemocratismo descarado del proyecto vareliano en los hechos que hipócrita sobre el papel y en la mente popular ha quedado instalado como un proyecto democrático.
Que el proyecto vareliano sigue vivo es el resultado de que se lo ha tomado como texto sagrado y con la oscura presuposición de que efectivamente criticarlo sería atacar el ideal democrático que embriaga la identidad uruguaya de un modo inconsecuente que no se refleja de ningún modo en la realidad concreta de lo cual es testimonio el alto porcentaje de niños que existen en ella en condiciones de pobreza y con casi nulas o directamente nulas posibilidades de alcanzar los niveles altos de la educación estatal. Y sin duda sigue vivo como lo indica este breve texto que extraigo del Programa Escolar actual: “La Educación constituye un derecho de todas las personas y una condición fundamental para la democracia social participativa, por tanto es responsabilidad del Estado garantizarlo.” (http://www.cep.edu.uy/archivos/programaescolar/Programa_Escolar.pdf) Y que no se suponga que la deformación que él ha causado en la educación uruguaya, que se ha vuelto democrática en abstracto e hipócrita en los hechos, no alcanza a todos sus niveles sino que por el contrario se hace más patente cuando mayor es el nivel de que se trate. Así lo indica un informe universitario que puede encontrarse en esta dirección web: http://www.universidadur.edu.uy/bibliotecas/trabajos_rectorado/doc_tr2.pdf
En dicho informe podemos leer al pie de extenso análisis estadístico la conclusión irreprochable: “En síntesis, si excluimos del ingreso del hogar el que percibe el estudiante universitario, la información disponible permite afirmar que el rezago aumenta a medida que desciende el ingreso del hogar.” A lo que hay que agregar que el rezago del que aquí se habla se concatena con el rezago en educación inicial, primaria, secundaria, completando la injusticia con redonda crueldad y haciendo casi imposible que el pobre puede sustituir al rico en su riqueza y privilegio por mecanismo tan necio como el de este democratismo vacuo.
Se me criticará luego de tan acerba crítica que bien merecida tiene el proyecto de Varela, hecho realidad de la mano de la dictadura de Latorre, que en 1876 lo nombró director de Instrucción Pública seguramente considerando que el democratismo de papel de éste era perfectamente compatible con un gobierno de índole no democrática al menos. Se me criticará, digo, entre otras cosas por no definir alternativa alguna al mismo. Por eso aquí la defino y que quede estampada para que algún intrépido político la lleve a ley. Es muy simple mi propuesta: que no sea solo vacuamente democrática la educación uruguaya sino que sea firmemente una donación justa de riqueza y capacidad de adquirir conocimiento desde las clases pudientes a las menos pudientes mediante la asignación directa de un mecanismo impositivo a la institución estatal educativa, que de este modo se solventará masivamente con el aporte de los más pudientes, para los cuales no será de ningún modo gratuita, y que por el contrario subsidiará como gran benefactora a los mas desfavorecidos, para los cuales no solo será gratuita sino donadora de bienestar, lugar de habitación, apoyo intelectual, etc. De tal mecanismo impositivo ya existe un esbozo insignificante en el Impuesto de Primaria que se vería superado infinidad de veces por el poder de recaudación de aquel. Qué aparezca ya el partido que se atreva a establecer este simple medio para tomar una tajada de riqueza allí donde sobra y entregarla allí donde falte por un medio tan digno como el de la educación, agregando a ello juntamente la autonomía de la institución educativa del estado, que provista de su propio medio de financiación podría asimismo guiarse por principios de acción más altos y nobles que los de la política partidaria.
Hambre
02 may 2012 2 comentarios
¿Quién soñará con un mundo sin hambre? No lo soñarán aquellos que dominan en las esferas del poder y del dinero, y difícilmente los que están a su servicio y no padecen hambre. Tampoco las víctimas de tal padecimiento, pues para soñar se necesita un estado mental practicamente incompatible con el de la necesidad perentoria del alimento. Quizás lo intente algún artista o algún intelectual como el que esto escribe, pero probablemente no tardará en ir al mercado a por sus emolumentos para no padecer hambre. El hambre parece, pues, lo alterno invencible del futuro soñado, el acertijo de carne dolorida que millones atestiguan contra el sueño. Y sin embargo, se cuela por las rendijas escondidas de ese muro algún hambriento que sueña, algún intelectual que prefiere el hambre al mercado, algún ambicioso que tropieza con la visión de la miseria ajena y duda, algún empleado que durante el ocio tiende los ojos hacia la oscuridad de los excluidos y quisiera hacer algo al respecto. Entonces se desencadenan conatos de lucha, intentos de cambio, remociones de la normalidad, que si bien no rompen el cerco de la gran indiferencia, conservan la esperanza. Algún día, quizás, no habrá hambre. Algún día se asomará con fuerza más avasallante que el deseo de alimento básico y orgánico o el deseo de tener y consumir, el deseo del alimento espiritual…el deseo de futuro, el deseo de belleza, amor, paz, justicia, y tantas otras inasibles idealidades que parecen flotar en el limbo de lo imposible mientras hay hambre.Pero aún si éste deseo se manifiesta con tal fuerza será necesario que no se lo confunda, que no se lo retuerza, que no se lo conquiste para la causa de algún dios o alguna abstracción sin sangre, que no se lo vampirice dentro de un sistema, que no se lo utilice para servir a algún emblema. Debería, ese deseo, permanecer límpido, cristalino, como la sonrisa de un niño que no siente hambre, que ha sido protegido y no aturdido, o sometido, o abusado, o maltratado, o asesinado, o…Y para eso se necesita en primer lugar, quizás, pensar en ese niño.
Europa: un mito asentado sobre la mentira histórica
30 abr 2012 Dejar un comentario
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Bodega de un barco negrero. Grabado de 1873. Anónimo.
Existe, en general, la mítica convicción de que Europa ha sido origen absoluto de la civilización moderna con sus raíces bien ancladas en el pasado grecolatino. De esto casi no se duda, se realiza más bien un acto de fe al asumirlo. La consecuencia directa de esta asunción pseudorreligiosa de la maternidad civilizatoria de Europa sobre el resto de la humanidad es el eurocentrismo del que hemos padecido durante siglos los latinoamericanos. Es necesario, pues, terminar con este mito, el mito europeo.
Para empezar es necesario señalar que la historia de las civilizaciones no es la historia de un conjunto de desarrollos civilizatorios independientes entre sí que solo en segunda instancia se influyen mutuamente. La historia de las civilizaciones es, por el contrario, una secuencia de civilizaciones que conducen unas a otras por trasvasamientos culturales a través de los intercambios comerciales, las expediciones de exploración y los episodios de invasión, conquista, colonización.
En el caso de Europa esto ha sido claro. La civilización griega se asentó sobre el prolífico intercambio comercial mediterráneo recibiendo como herencia los aportes culturales egipcios, cretenses, fenicios, etc. Unos de los elementos que distinguió a los griegos y que influyó seguramente en su configuración mental, el alfabeto, lo heredaron de los fenicios. También había un importante desarrollo de la aritmética y la geometría en Egipto asociada a las actividades agrarias y las observaciones astronómicas y es dificil creer que esto no tuvo influencia en el desarrollo matemático posterior de los griegos. La civilización romana, a su vez, al expandirse sobre las colonias griegas no hizo más que absorber amplia y profundamente un sólido desarrollo cultural previo que se patentizó en casi todos los aspectos de la vida republicana e imperial.
Pero Europa no solo recibió la influencia de sus raíces grecolatinas sino que en muy diversas instancias, a través del califato de Córdoba o las Cruzadas o la influencia de Federico II de Hohenstaufen de Sicilia, un sicilio-normando de costumbres árabes que alcanzó gran poder secular y que fundó la Universidad de Nápoles, primera casa de altos estudios europea con organización propia (1), recibió con intensidad y durante siglos la influencia del Imperio Árabe, que le dio en herencia conocimientos matemáticos incluyendo la numeración de base diez con la utilización del número cero, amplios desarrollos del álgebra y la geometría, conocimientos astronómicos, médicos, decenas o centenares de libros valiosos, aportes filosóficos como los de Alfarabí, Averroes, Avicena o Avempace. Fue gracias al pensamiento de estos filósofos que la influencia de Aristóteles resurgió en Europa dándole a la filosofía fuerzas recobradas que se manifestaron a través de Santo Tomás de Aquino, Giordano Bruno, etc. Como anécdota basta considerar esto: “En Toledo, desde 1085 en manos cristianas, un arzobispo, Raimundo, aproximadamente alrededor de 1135, fundó la primera universidad de Europa para estudios orientales, un instituto de traducción de investigación sistemática, de acuerdo al modelo del “Brit-al-Hikma” de Bagdad. Aquí…se tradujeron el “Álgebra” de al-Jwarizmi y el Korán. Aquí también trabajó el famoso traductor Gerardo de Cremona. Hasta su muerte en 1187 tradujo en total setenta y un libros importantes del árabe, entre ellos el “Almagest” de Ptolomeo, los “Elementos” de Euclides, numerosas obras de Aristóteles, Galeno e Hipócrates, todos los que no estaban disponibles en su lengua original.”(2)
No olvidemos, de paso, las diversas influencias culturales recibidas por Europa a despecho de su vanagloria durante los episodios de expansionismo europeo, influencias provenientes de los viejos pueblos americanos, del pueblo chino, del pueblo hindú (que influyó sobre Europa indirectamente también a través del Imperio Árabe). Claro que estas influencias son de menor entidad ya que al actuar como salvajes depredadores los europeos no pudieron valorar las culturas a las cuales depredaban aunque esto se compensó oscuramente a través del exorbitante y continuado durante centenares de años expolio de las riquezas y de la vida de esos pueblos.
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Una vez aclaradas las raíces mundiales y universalmente humanas de la cultura europea hay que señalar claramente que el impulso material necesario para que Europa se despegara del resto del planeta en cuanto a desarrollo civilizatorio provino del expolio, justamente, de aquellos pueblos que fueron dejados atrás. La ventaja crucial adquirida por los pueblos europeos sobre el resto de los pueblos se debió a una circunstancia al mismo tiempo espléndida y horrorosa: el encuentro de los europeos con el continente americano. Esta fue una circunstancia espléndida para los europeos porque encontraron ávidos de riquezas y poder que allí habitaban pueblos cuyo desarrollo técnico en materia de guerras era muy inferior y esto debido simplemente a que estaban oceánicamente aislados de la gran masa continental conformada por África, Europa y Asia en la que acontecieron prácticamente todos los grandes conflictos de la historia incluyendo las posteriores dos grandes guerras mundiales. Fue una oportunidad pavorosa para que los europeos se dedicaran al robo despiadado y miserable de todas las riquezas posibles completando el mismo con un expolio continuado durante varios siglos hasta que los propios colonizadores acriollados decidieron romper políticamente con la metrópoli. El proceso de depredación fue facilitado enormemente por la infección mortal de millones de indígenas con las enfermedades traídas por los europeos. La transferencia cuantiosa de riquezas que llegaron a Europa a través de la voracidad inglesa y española fue el primer gran impacto material necesario para llevar a Europa hacia unas condiciones económicas que hizo posible el trabajo intelectual necesario para expandir su cultura.
Detengámonos aquí un momento para comprender otro de los factores que condujeron al triunfo total de los europeos sobre los pueblos originarios de América: la crueldad extrema. Para ello basta leer este fragmento de la “Brevísima relación de la destrucción de las Indias”, obra de Bartolomé de las Casas: “Entraban en los pueblos, ni dejaban niños ni viejos, ni mujeres preñadas ni paridas que no desbarrigaban y hacían pedazos, como si dieran en unos corderos metidos en apriscos. Hacían apuestas sobre quién de una cuchillada abría el hombre por medio o le cortaba la cabeza de un piquete o le descubría las entrañas. Tomaban las criaturas de las tetas de las madres por las piernas y daban de cabeza con ellas en las peñas…Hacían unas horcas largas, que juntasen casi los pies a la tierra, y de trece en trece, a honor y reverencia de Nuestro Redentor y de los doce apóstoles, poniéndoles leña y fuego los quemaban vivos…”(3) Basta este fragmento para comprender que los europeos no trajeron consigo una superior civilización, si es que de civilización estamos hablando, sino una civilización que tenía mucho mayor conocimiento de la barbarie, el salvajismo, la crueldad extrema, los excesos sádicos, las atrocidades sangrientas y un mayor desarrollo militar, de tal modo que sobre esta oscura base se impuso destruyendo al mismo tiempo que enfermando con sus plagas sobre pueblos a los que terminó por diezmar y cuyas riquezas y territorios quedaron a entera disposición para un enriquecimiento sin precedentes.
Pero una vez que el monstruo europeo afiló sus dientes y sintió placer haciendo correr la sangre en grandes cantidades a costa de mansas poblaciones que habían vivido hasta ese entonces en paz y acordes con la naturaleza, una vez que sintió el olor de la matanza y usufructuó de aquellas inmensas riquezas, ya nada lo detuvo, y su garra maldita se extendió igualmente hacia todos los confines de África, otra zona del planeta donde los pueblos permanecían en unas condiciones frágiles ante cualquier invasión militar. La exacción de África no fue menos violenta, cruel, sanguinaria, esclavizante, tortuosa, criminal. De allí fueron transferidas a los pueblos europeos otras tantas inmensidades de riquezas y posibilidades vitales mientras millones de africanos padecían dolor, esclavitud y muerte sistemática por siglos. Si nos asomamos desde lejos para contemplar la obra europea en América y África veremos a los europeos como un gran enjambre de langostas devoradoras y asesinas que asolan todo a su paso y sin valorar lo que destruyen extraen de aquellas vastas extensiones un manantial fabuloso de bienes con los que se fortalecen y pueden a su vez lanzarse a más y más festines planetarios, mientras en muchas partes van dejando cultural y políticamente sometidas a las poblaciones originarias mediante una sistemática colonización oligárquica. Leamos, para entender esto, una frase muy simple de Bernardin de Saint Pierre: “No sé si el café y el azúcar son necesarios para la felicidad de Europa, pero si sé que estos dos vegetales han llevado la desgracia a dos partes del mundo. Se ha despoblado América para tener tierras para plantarlos; se ha despoblado África para tener una nación que los cultive.”(4) Es una frase que resume el más profundo parasitismo humano que es dable pensar, el parasitismo colonial esclavista europeo.
En tiempos subsiguientes y esencialmente a través del auge imperial británico que había desplazado a la corona española, la ambición tentacular europea se expande sobre la mismísima Asia siendo alcanzadas las riquezas de la India, de China, de los viejos territorios árabes, etc. Cuánta mayor fue la riqueza que se extrajo mediante este expolio universal de todos los restantes pueblos del mundo mayor fue el impulso cultural interno de Europa, mayores fueron los esfuerzos por ampliar y potenciar la máquina de guerra trituradora de vida que aseguraba el botín y más grande y más profundo fue el zarpazo sobre los demás pueblos del orbe. Para Europa este fue su auge y más prolífico circulo virtuoso de riqueza-ascenso-expolio-riqueza aunque finalmente la máquina de guerra europea hiciera presa de los propios europeos durante el delirio asesino de las dos grandes guerras en que se enfrascaron durante el siglo veinte.
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La civilización europea no tiene una auténtica continuidad con la civilización griega pues tal continuidad fue imposibilitada por el cercenamiento expulsivo que el catolicismo produjo sobre los bienes culturales paganos que hubieran podido heredarse y la decadencia imperial romana que desembocó, con el Bajo Imperio, en un autoritarismo teocrático militarista y decadente. Solo una parte ínfima de esta posible herencia sobrevivió en Europa pero en un estado letárgico que podría haber continuado indefinidamente. Lo que evitó a Europa un persistente oscurantismo religioso fue el influjo del imperio árabe que había rescatado del olvido muchísimas obras griegas y había cultivado una amplia variedad de conocimientos que fueron transferidos a Europa a través de la conquista de España, las Cruzadas y el reino de Sicilia. En todo caso no es válido identificar la civilización europea con la civilización grecolatina ya que ésta solo pudo dar lugar a aquella a través de su desintegración y desaparición.
Los europeos construyeron su exitosa modernidad empezando por los restos del naufragio grecolatino, fragmentos de cultura esparcidos que pudieron ser rescatados del fanatismo destructor con que el catolicismo se expandió y conservó una vez que el influjo proveniente del norte de África contribuyó a la articulación en la salvaje Europa del espíritu investigativo y la inquietud intelectual-filosófica, acontecimiento que ha sido llamado Renacimiento con la pretensión de un resurgimiento imposible del antiguo esplendor grecorromano y que es solo el nacimiento de una nueva civilización que, al ponerse en contacto con los vulnerables pueblos americanos y africanos (para lo cual Europa está privilegiadamente situada en el mapa), logró ascender vertiginosamente a través del expolio más feroz y miserable, más genocida y sangriento de toda la historia humana.
Pese a todo hay que reconocer que una civilización como la europea no puede existir por si misma sin diferenciarse a través de alguna virtud o característica fundante. ¿Cuál ha sido esta característica fundante en el caso europeo? No ha sido la especulación matemática ni la especulación filosófica, ni el concepto de coexistencia republicana ni el monoteísmo ni siquiera la idea del libre albedrío que si bien fue gran motivo de especulación cristiana y post-cristiana no incidió sobre la historia europea más que como un fantasma continuamente perseguido por su negación sobre la base de una siempre resurgente visión totalitaria de la realidad y la tendencia a esclavizar, dominar, controlar o suprimir voluntades y fuerzas objetivas…una característica espiritual con que la larga y cruel decadencia romana logró embeber a los pueblos europeos. Todas estas características fueron heredadas y no fundantes. Lo que caracterizó y sigue caracterizando a la civilización europea es el maquinismo, la casi obsesión y veneración constante hacia las máquinas.
La historiadora Lynn White señala al momento que pudo ser fundacional para el surgimiento de la civilización europea: la invención del arado pesado. “Esta relevante innovación tecnológica produjo un giro radical en la relación entre el hombre y la naturaleza al establecer la norma de la parcelación de la tierra según la capacidad de la máquina y no según la necesidad humana.”(5) Pero un invento aislado, pese a su influencia retornante sobre la mente que lo ha creado, no es suficiente para estabilizar ampliamente un cambio mental. Los grandes impulsores originales de la civilización europea fueron los monjes benedictinos y lo hicieron sobre la base de una profunda convicción: creían que la mecanización de las actividades diarias, la sujeción del cuerpo y la mente a rutinas de control mecánico, era la vía más apropiada para disponer el alma hacia la perfección divina. “En el salterio de Utrecht, iluminado cerca de Reims hacia el año 830, se encuentra una ilustración del salmo 63 en el que se otorga ventaja tecnológica a los que están de parte de Dios.”(6) Esta innovación se produjo por obra de los benedictinos, que alcanzaron la hegemonía en Europa durante los siglos X y XI a impulsos de Carlomagno y su hijo Ludovico Pío. “Primero bajo el imperio y luego bajo los auspicios feudales y papales, los benedictinos convirtieron con el tiempo su devoción religiosa hacia las artes útiles en una revolución industrial medieval…”(7)
El maquinismo, con el transcurso del tiempo, alcanzó a todos los aspectos de la vida europea. En el siglo X, “los benedictinos de la catedral de Winchester instalaron el primer órgano gigante, la máquina más compleja conocida con anterioridad a la invención del reloj mecánico.”(8) La música fue conquistada, por lo tanto, para la causa de la máquina. Luego le tocó el turno a la noción y experiencia del tiempo a través del reloj mecánico y a la escritura y el lenguaje a través de la invención de la imprenta. Todos los aspectos de la vida europea se colmaron con el sueño mecánico incluyendo la tortura y la eliminación de los criminales (recordemos el “humanitarismo” de la guillotina y las máquinas feroces de la Inquisición), la creación de armas para la guerra y el estudio filosófico del universo y la naturaleza humana. “Ya Descartes comparaba al cuerpo humano a esas máquinas móviles que la industria de los hombres sabía construir en su tiempo, sin emplear, decía, sino muy pocas piezas, en comparación con la cantidad de huesos, músculos, nervios, arterias, venas y todas las demás cosas que hay en el cuerpo de todo animal”(9).
A través de su maquinismo los europeos lograron algo que en otras civilizaciones fue solo un gesto incipiente y sin mucho futuro: lograr establecer sobre la vida humana, sobre la naturaleza y sobre los demás pueblos un despliegue de máquinas capaces de triturarlos y convertirlos en material para una dominación analítica y repetitiva donde el perfeccionamiento de la exactitud, linealidad y funcionalidad de las acciones eran aspectos de una embriaguez que culminó en el delirio determinista de la ciencia europea.
El agotamiento de la hegemonía depredadora del espíritu europeo solo puede equivaler al agotamiento de su maquinismo mesiánico y hasta apocalíptico y por el momento esto no parece posible. Hoy siguen perfilándose sobre el futuro sueños de robotización, expansión tecnológica fuera del marco planetario, desarrollo artificial de la inteligencia y las emociones, mixturas de la vida con las máquinas (los ciborgs), intrusión mecánica en lo orgánico (la bioingeniería), intervención técnica sobre la mente, etc. Sin embargo, también ha comenzado a perfilarse en el estudio científico y en las consideraciones filosóficas la irreductibilidad de la incertidumbre, de la borrosidad de los límites…y de la vida en general, a los estudios basados en la analogía mecánica. En esto se juega el futuro de la humanidad. Y para cerrar quiero dejar esta frase de Roberto Hainard en su obra “Naturaleza y mecanicismo”: “Es necesario darse cuenta que la ciencia europea no conoce a la realidad, sino a un modelo mecánico construido según aquella. Los pintores, cuya imaginación a duras penas llega a tomar el juego de las articulaciones del hombre, a situar sus miembros en el espacio, tienen pequeños muñecos de madera que colocan en la pose deseada y los copian. Este muñeco representa al cuerpo humano en el arreglo elemental de sus partes más sumarias. Para hacer una imagen viviente es necesario completar a estas indicaciones por observaciones más sutiles y, sobre todo, por el sentimiento. Se podrá hacer un muñeco más perfeccionado, más ligero, con articulaciones más numerosas. Dará indicaciones que estarán más cerca de la vida. Pero sin embargo será necesario cuidarse de tomar el muñeco por el hombre. Y ESTO ES LO QUE HACE EL MECANICISMO.(10)”
1-Los Árabes, Rolf Palm, Javier Vergara Editor 1980, pág.323.
2-Ídem, pág.356.
3-Bartolomé de las Casas, Brevísima relación de la destrucción de las Indias, Proyectos Ánfora, 1995, Ediciones Nuevo Siglo, pág 23.
4-Extraído de “La esclavitud”, Maurice Lengellé, Oikos-Tau ediciones, 1971.5-La Religión de la Tecnología, David F. Noble, Editorial Paidós, 1999, pág. 27
6-Ídem, pág. 27
7-Ídem, pág. 28
8-Ídem, pág. 33
9-Maquinismo y Filosofía, Pierre-Maxime Schuhl, Ediciones Galatea, Nueva Visión, 1955, pág.108
10-Naturaleza y Mecanicismo, Roberto Hainard, Espasa-Calpe, 1948, pág, 79.
El cuerpo como pertenencia desechable
08 abr 2012 Dejar un comentario
Hay una conciencia humana así como hay una conciencia viviente de la cual aquella es una manifestación particular. Las raices pretéritas y profundas de la conciencia humana las podemos hallar en el trasfondo de lo vivo pero…¿Emerge la conciencia humana de esas raíces por encima de lo que la anticipa o solo es una mancha más en la piel del gran tigre? Entiendo que la conciencia humana está destinada de otra manera que el resto de las formas vivientes a causa del repliegue reflexivo, esto es, a causa del repliegue de conciencia que constituye la capacidad de pensar. Lo que destina y caracteriza a la conciencia humana es la reflexión sobre sí misma, es el reflejarse teniendo de este modo conciencia de sí misma. Es decir, todo lo que antecede a lo humano en materia vital es conciencia simplemente abierta al dato de lo real mas la conciencia humana es, emergentemente, autoconciencia, conciencia que se capta a sí misma en el dato de lo real.
Al captarse a sí misma la conciencia humana se hace para si objeto y puesto que la manera en que el ser humano objetiva lo real es mediante manipulación el objeto que la conciencia humana es para si es la multitud de los cuerpos humanos en la que se destaca el cuerpo individual en el que la reflexión se da desprendiéndose de la generalidad de la especie. Hay cuerpos y una conciencia de esos cuerpos pero tan pronto los cuerpos son objetivados en la reflexión al reflexionar unos sobre otros se individualizan y se destacan para si con una conciencia individualizada. Así la autoconciencia es primeramente la conciencia de un cuerpo que es para si en lo individual, destacándose en la multitud de los cuerpos que son objetivados por la especie al reflexionar y por lo tanto una conciencia que se individualiza objetivándose en cuerpos que se dan por separado recortándose sobre la totalidad de lo real y la multitud en juego de todos los cuerpos. Hay dos ingredientes necesarios para que esto sea así: que los sentidos recorran los cuerpos y que los cuerpos poco a poco, por el recorrido de los sentidos se diferencien unos de otros y se den como objetos separados e independientes. Es pues necesario que las unidades vivientes de la humanidad interactúen reflexivamente otorgándose los cuerpos hasta que cada individuo es para si un cuerpo que a si mismo se otorga y que todos los demás cuerpos dejan afuera. Ser un cuerpo es, en principio, tener un cuerpo que ha sido concedido en la convivencia de los cuerpos a una conciencia que se da individualizada en ese cuerpo.
Pero el cuerpo es objeto de esa conciencia individualizada y en el acto de objetivarse como ese cuerpo que es para si la conciencia no se reconoce de inmediato por cuanto ella sujeta ese objeto, es el sujeto de la acción que objetiva y recorre ese cuerpo que es por esa manipulación suyo…y no el mero objeto que se le aparece como perteneciéndole. De modo que la autoconciencia, al individualizarse, se desdobla en un cuerpo-pertenencia y en un sujeto que lo posee…la mente, el alma. La pauta primera del ser individual reflexivo, la persona, es la pauta de su desdoblamiento en mente y cuerpo, siendo el cuerpo para la mente en principio algo ajeno que se le da como una pertenencia. El cuerpo no se hace posible como territorio de una conciencia individual más que por la enajenación de la conciencia a partir de sí misma…la enajenación que pone al cuerpo como una tenencia más allá de lo que la conciencia es en si…la mente. Descubrirse autoconciente es insistir luego en el cuerpo que se tiene como esa posesión que esta allí y que aún no se puede admitir como lo mismo que la piensa…es estar ante si mismo como una mente frente a un objeto-cuerpo que ha sido puesto al reflexionar fuera de la mente aun cuando mente y cuerpo son solo las dos fases del sujeto-objeto autoobjetivante que es la autoconciencia.
Mientras los cuerpos van destacándose de la masa corporal que pone en juego la reflexión social y la relación con la madre…y este cuerpo en especial se vuelca sobre esta mente para ser su cuerpo y dar a esta mente un territorio en el cual se independiza y escapa al tejido de los cuerpos entrelazado por el juego de las manipulaciones…se ejercita también el manipulador humano con el mundo a través de la deriva de las técnicas. Mas estos dos desarrollos no pueden permanecer paralelos y la territorialidad del cuerpo en el que la autoconciencia se enajena para ser mente de ese cuerpo en cuanto pertenencia se fusiona con el desarrollo técnico para engendrar la técnica sobre el cuerpo que remarca la tenencia del cuerpo en un tratamiento técnico del mismo. Y así los aros, los collares, la pintura corporal, van remarcando y señalando el territorio corporal y la mente individual profundiza en sus límites corpóreos exigiéndose por la profusión de esos juegos técnicos de territorialización del cuerpo, un estar ante si misma que la máscara finalmente viene a remarcar por contrapartida. La mente se retira entonces a la intimidad detrás del cuerpo tratado y representado técnicamente para la fiesta artística de los cuerpos en la danza y en la gesticulación que alza la máscara sobre el rito. El individuo no hace por este camino más que profundizar la enajenación con la que vive su desdoblamiento en mente-cuerpo pues al interiorizarse como mente detrás de una representación lo único que resta en la comunión de las mentes es la comunión de los cuerpos representantes de esa comunión. Es entonces cuando el individuo ya está listo para sentir la soledad y la deriva que lo aleja dentro de los límites de un cuerpo del juego de las representaciones sociales hacia un territorio situado detrás del mismo territorio que le pone límites: la mente se oculta detrás del cuerpo enmascarado que vive aún en el juego de los cuerpos, experimenta lo incomunicado como algo distinto y separable de lo que comunica y se representa en comunidad.
Pero es, sobre todo, la pérdida de los cuerpos lo que remarca la final necesidad de vivirse a si mismo detrás de las máscaras y de los cuerpos como mentes que ajenas a esas pérdidas y a la pérdida posible de este cuerpo en el confín temporal de la muerte pueden aún vivir de algún modo más allá de las máscaras, los cuerpos y las pérdidas de los cuerpos y así tenemos la realidad desdoblada en dos entidades que entifican distintamente a la mente-cuerpo…el mundo de lo espiritual y sobrenatural y la naturaleza que vomita y devora continuamente los cuerpos en sus ciclos sin fin de creación y destrucción. La enajenación viene a ser por este camino una salvación de la mente-alma que al perder el cuerpo aún no habrá de perderse a si misma y así la ritualización de la pérdida de los cuerpos vendrá pronto a resaltarlo cargándose con la simbología de lo espiritual que se aleja, separa y enajena esperanzadamente de lo mortal-corpóreo. El mundo de los muertos se solapa al mundo de los vivos y la incomunicación de los sueños viene a dar el golpe de gracia a toda deseo de retomar lo meramente natural y corruptible por la ilusión de hallarse comunicado por su intermedio con ese mundo en el que aún viven las almas que han perdido sus cuerpos.
Los excesos de la inteligencia
07 abr 2012 3 comentarios
No es fácil renunciar a toda forma de perfección. Incluso a último momento podemos intentar utilizar el argumento cartesiano y decir que si tenemos la idea de perfección algo perfecto habrá inducido a nuestra mente a tenerla, aunque no sea propiamente un dios. Pero, ¿de donde proviene la idea de perfección si no es de un intento claramente imperfecto de encontrar el objeto plenamente satisfactorio del deseo? Es decir, es la pretensión fuera de lugar de una satisfacción completa de las expectativas (fuera de lugar porque sencillamente no es posible) la que induce a la inteligencia a suponer objetos capaces de realizar esa satisfacción completa y es precisamente a tales objetos a los que llamamos perfectos. Son objetos imposibles, incluido el dios perfecto del cristianismo racionalista y el racionalismo cristiano.
La imperfección del perfeccionismo empieza por ser en primer lugar una actitud regresiva inmadura, un intento de retener en algún objeto, aunque sea imaginario, la satisfacción uterina del estado fetal. Se pretende considerar a lo perfecto con lo que se sueña un motivo para conservar las esperanzas pero estas esperanzas de las que se habla no son otra cosa que infantiles expectativas desmesuradas, propias de la indisposición para reconocer sencillamente que no es posible una satisfacción completa de las expectativas y que no hay nada perfecto, ni en este mundo ni en ningún otro supuesto mundo.
Renunciar a la perfección parece, pues, un sacrificio, una disminución degradante de las expectativas que por ello parecerían cercenadas en su vuelo soñador. Pero otra mirada menos sentimental nos hace ver que esta renuncia no es, en realidad, una degradación de las expectativas, sino el arreglo de ellas a las condiciones reales de nuestra vida terrestre y humana, liberándose de los excesos del deseo ilusorio, aquel que termina por conducirnos ante el muro de la imposibilidad muchas veces, en andas del fanatismo idealista o la ambición prometeica, para que suframos dolorosamente y hagamos sufrir a otros por culpa de semejante exceso. Tenían gran razón los griegos (y el término razón vuelve aquí a su origen) al afirmar que lo que desequilibra y perturba la armonía es el exceso y el exceso de las expectativas perfeccionistas ha demostrado ser, a lo largo de la historia, capaz de generar tales perturbaciones y desequilibrios provocando, por ejemplo, guerras santas donde toda clase de atrocidades, incluyendo el canibalismo, se cometieron.
La mente que retiene para sí, en su soberbia, la idea de una perfección que falsamente supone posible y actúa en pro de su consumación, puede enmascarar su hazaña con la liviandad de verse y hacerse ver renunciando a todo lo imperfecto, la vida inclusive, pero esto no es renunciar más que a lo que se considera insatisfactorio y exhibe una egolatría mucho mayor de la que los que se conforman a un placer no compartido y no un ilusorio altruismo. El altruismo de los que quieren cristalizarse en una perfección altruista, rechazando la supuesta mácula de ser un ego, es el sumum de la egolatría y una forma de egolatría de las más cultivadas dada su capacidad hipócrita para enmascararse con el desapego y la renuncia. Renunciar a todo excepto a la perfección con que se sueña no es renunciar, de ningún modo, a la más altiva y hasta cruel de las pretensiones. Y como no hay renuncia a la pretensión de lo perfecto tampoco habrá renuncia a toda acción por la cual se quiera doblegar la realidad a este imposible, derramando sangre sobre el altar adorado si así se lo considera necesario. Es de este modo como cometen sus crímenes los fanáticos religiosos y los idealistas de toda laya: tratando de ganar su paraíso aún a costa de la sangre y el sufrimiento ajeno, aún a costa de convertir aquello que no les satisface en un infierno miserable, incluyendo la vida de sus familias o su propia vida personal, vida ésta que son capaces de sacrificar a su idea así como el soldado se sacrifica por la abstracción de la patria. ¡Y se consideran a sí mismos, estos ególatras, santificados por su idea, por esa falsificación, por esa mentira!
PUREZA
La forma más insidiosa de la perfección es la pureza pues ella crea un puente entre inocencia y perfección, entre ausencia de crimen o mala intención e idealismo. La pureza es la perfección presentada como completamente libre de mácula, de suciedad, de rotura o falla. Y mientras perfeccionar es una labor dificil de definir la purificación puede intuirse inmediatamente en su sentido más apremiante: la de eliminar, exterminar, destruir, hacer desaparecer todo aquello que significa una mancha para el ídolo que se quiere exaltar. En verdad no hay nada puro, bajo ningún aspecto o consideración, y cualquier intento de purificación, sea cual sea el sentido que se considere, es un intento de rebajar la realidad a un imposible, un intento por someter aquello que se niega siempre en su impureza real y fundamental a una pretensión de pureza que solo puede cortajear y lastimar. El que a sí mismo se llame puro deberá ser considerado un mentiroso atroz y el que pretenda purificar a los demás no puede ser otra cosa que un charlatán farsante.
Una de las formas más degradantes de la vida humana que ha sido invocada en nombre de la perfección, y lo ha sido, lamentablemente, en nombre de Cristo, el cual nada dice en los evangelios acerca de la cuestión, es la pureza sexual. La pureza sexual es ni más ni menos que una castración del deseo sexual tanto mental como física acometida con el objetivo de colocar toda la energía vital al servicio de la inmortalidad del alma, esa máxima pretensión por la cual el perfeccionista se quiere colocar del lado de los ángeles y los dioses. Superar esta castración de la sexualidad no es tan simple pues no basta rechazar el ademán castrador sino que hay que lograr además asumir la sexualidad como algo limpio, como algo valioso, como algo necesario para la vida, como algo disfrutable y sano, y no como el residuo sucio de una pureza perdida. Para los pueblos que no han estado bajo el efecto de este cuchillo que se afila para mutilar el deseo, la exaltación de lo virginal, es mucho más fácil la alegría de vivir que para estos pueblos educados durante siglos bajo los ropajes del cristianismo católico, que ocultaron sistemáticamente al cuerpo como una inmundicia que debía alejarse de la mirada deseante.
El purismo cristiano también se ha ensañado con el pueblo judío o con el hereje o con el pagano, es decir, se ha dedicado en múltiples oportunidades históricas y a lo largo de vastas épocas, a perseguir y pisotear la dignidad de aquellos que declaradamente no eran cristianos y tanto más la del pueblo judío al que muchos exaltados oradores del cristianismo han acusado de ser el asesino de Cristo. Tampoco esto surge de las palabras de Cristo en los evangelios y tanto menos si consideramos que Jesús era judío. Lamentablemente a la hora de exaltarse a sí mismo en la pureza soñada de una fe que se pretende sin mácula ni error ni duda el ego rabioso se ensaña con aquellos que piensan de modo diferente, que buscan la felicidad de modo diferente, que creen en otros dioses o directamente ya no creen en ninguno. A todo lo que no se rinde a la fe que los exalta fanáticamente los que se dicen puros por sus creencias terminan confundiéndolo con una oscuridad y una suciedad que solo puede provenir de sus propias conciencias, porque no hay nada más impuro y degradante que el delirio de la pureza.
La más profunda abyección, la más sucia degradación del alma humana debida al ideal de la pureza, fue parida por el sueño pesadillesco de la pureza racial al cual muchos científicos sirvieron poniendo a su disposición el intelecto frío cargado de desprecio hacia los parámetros éticos del humanismo más elemental. El crimen masivo cometido por los nazis en sus planes de exterminio racista fue la manifestación última y más conocida de una corriente de pensamiento purista que se alimentó de los delirios raciales de muchos científicos y filósofos que creyeron necesario liberar a la humanidad, ¡vaya liberación!, de las imperfecciones individuales en la constitución mental o física, de las ascendencias impuras o enfermizas. Creyeron que podían poner la ciencia al servicio de una purificación biológica del ser humano y que esta labor eugenésica (no es para nada casual el término eugenesia) iba a contribuir al bien de la humanidad. ¿Con qué clase de bien nos querían bendecir estos crápulas, estos monstruos exaltadores de la higiene social y mental? Sea cual sea la meta trazada por su horrendo delirio purista lo único que hicieron florecer fueron los campos de exterminio y las esterilizaciones en masa. Y lejos de establecer pureza biológica alguna ellos mismos se mostraron como casos de deformidad maligna de la inteligencia humana.
Alejémonos definitivamente de cualquier intento de purificación de la existencia en general o de las existencias particulares. Admitamos las manchas, los borrones, los errores, las suciedades, los desechos porque solo mediante una clara admisión de todo ello podremos vivir sin exagerar nuestras pretensiones por encima de lo dado, por encima de la imperfección en la que cotidiana y humanamente vivimos. Admitamos también que no hay pureza en el alma humana y que alejándonos de las miserias cristianas que se reflejaron en el horror de las hogueras supuestamente destinadas a purificar a los ajusticiados estaremos más cerca de las palabras de Jesús cuando en los evangelios sostiene que solo quien esté libre de pecado podrá tirar la primera piedra justificadamente, es decir, nadie.
IDEAL
La idealización se ha visto muchas veces como una postura valedera frente a la realidad dado que es a través de ella que puede el deseo escapar a la frustración de los límites concretos en que ha de moverse finalmente la voluntad.
Se idealiza, por ejemplo, el amor de pareja, y se sueña con un amor que sobrepuje todas las contrariedades de la necesidad o los defectos personales, un amor que solo amantes perfectos e intachables podrían realizar. Al idealizarse así el amor se lo sublima en un aura inorgánica y teatral que lejos está de lo trabajoso consistente en aprender a amar y realizar gestos de amor a sabiendas que aquellos a quienes amamos no carecen de defectos tanto mentales como físicos, que la comunicación nunca carece de dificultades, que el encuentro de las voluntades nunca deja de provocar conflictos que necesitan ser negociados. Por supuesto que el permanecer en esta instancia adolescente, cuasi infantil, del amor de pareja, solo puede conducir a la frustración del deseo y a una invisibilización de la necesidad de estar dispuesto primero a ofrecer el pobre y defectuoso amor de que seamos capaces según nuestro desarrollo personal en lugar de vivir esperándolo de los demás. Por supuesto que esta idealización del amor no se detiene en el amor de pareja sino que lleva a idealizar también la amistad exigiéndole un aura de lealtad inclaudicable, o la solidaridad suponiendo un altruismo claramente imposible, o la misma capacidad de amar imaginándose algunos capaces de sentir verdadero afecto por aquello que solo se delira o piensa. El producto de todas estas idealizaciones amatorias es el desencuentro con el carácter auténtico de lo amoroso, su biologicidad, su precariedad y carga de errores y defectos, la necesidad imprescindible de ser condescendiente con la fealdad, con la necesidad, con los defectos, con los tropezones de aquellos que son objeto de nuestro afecto. Y la falta de un reconocimiento realista de que el amor en todas sus formas, el afecto en todas sus variaciones, es una potencia emocional y sentimental de muy corto alcance cuando se trata de generar una vida pacífica y concorde entre los individuos para lo cual es necesaria la ética y su objetivación en leyes e instituciones que garanticen la libertad y la dignidad de las personas. La acción amorosa tiene como principal función la de crear en la vida personal un entorno de relacionamiento emocional, empático, con los otros, y será siempre una exageración pretender que sea capaz de orientar la existencia social más allá del círculo restringido en el que se relacionan emocionalmente las personas.
La más inaceptable consecuencia de la idealización ocurre cuando se persigue una quimera social o una salvación religiosa porque cuando se está dispuesto a la exaltación por medio de una finalidad que se considera de altura extrema luego es fácil concluir que todo lo demás, incluyendo la propia vida y la de los demás, debe sacrificarse en el altar de esa finalidad suprema. Y el resultado es la actitud del mártir, la disposición al martirio, a los actos extremistas mediante los cuales se desprecian todos los riesgos y consecuencias y se somete la propia voluntad al principio único de la persecución de esa finalidad sin claudicación admisible. Entonces se piden lealtades totales y se consideran enemigos incluso a aquellos que sin oponerse simplemente dudan. Se piden sacrificios, coraje, disposición a aceptar incluso la destrucción. Se pide, porqué no, la entrega ciega al ideal mediante una fe sin restricciones. Esto conduce, finalmente, a la obturación de la capacidad de reflexión, de retractación, de retroceso y cálculo. Su expresión final es el más acicateante y trágico fanatismo. Miríadas de jóvenes entusiastas han muerto a causa del envenenamiento innecesario que ha producido en ellos el exceso de la idea.
La acción revolucionaria más enardecida, aquella que se considera más virtuosa frente a la opresión y la injusticia, pronto se vuelve injusta al desbordarse en un idealismo estéril, injusta en el más amplio sentido al volverse el revolucionario incapaz de reconocer los límites de su propia capacidad de transformación de la realidad cayendo en la ilusión de una omnipotencia que no debe ser contenida, que debe triunfar inevitablemente, es decir, en la misma actitud opresiva que pretende combatir. Su falta de moderación transforma su buena voluntad en un despliegue estéril y desgarrante que no conduce a otra cosa más que a la perpetuación y agudización de la misma opresión que combate a menos que directamente triunfe y aplaste sin misericordia a las fuerzas que se le oponen imponiéndose en su lugar, lo cual finalmente constituye un regreso más o menos completo a la situación rechazada. Solo el abandono del idealismo revolucionario y la construcción en su lugar de una actitud revolucionaria realista, atenta a los tiempos que exigen las transformaciones y a las limitaciones de la naturaleza humana, biológica, etc., podria ser un camino sensato hacia la construcción de nuevas formas de vida humana más justas y solidarias.
LÍMITE
Para evitar caer en estos excesos de la inteligencia la inteligencia misma debe reconocer sus límites. No podemos conocerlo todo, nuestro conocimiento es finito, y es dentro de esta finitud en la que se encuentra envuelta la inteligencia que son posibles ideas tales como las de perfección o pureza, es decir, solo dentro de límites que hacen de tales ideas objetos que brindan mucho menos de lo que prometen y muchas veces, resultados que no son deseables.
Por supuesto que además de reconocer los límites intelectuales en sí mismos la inteligencia humana debe reconocer los muchos límites de lo humano empezando por el reconocimiento de la inevitabilidad de la muerte que no obsta a su compatibilidad con la vida pues le corresponde a la muerte el ser basa constante a partir de la cual la vida se renueva. También es necesario reconocer los límites del ego que hoy se extienden sin mesura auspiciados por leyes hereditarias ilimitadas, la posibilidad brutal de un enriquecimiento ilimitado y el sueño de vivir en un planeta de recursos sin fin. Vivimos en la época del exceso incentivados por el manantial de energía que ha explotado en el último siglo a partir de los combustibles fósiles y esta euforia atronadora que deja a su paso un tendal de rechazados, marginados, hambrientos, asesinados es lo que nos sigue moviendo hacia el futuro como si con ánimo de locomotora desbocada pudiera llegarse a alguna parte que no sea a la ruina del entorno delicado y sutil que nos rodea y cuyo precio jamás podría evaluarse en los mercados, es decir, en la feria de los tenderos que mucho más saben de morcillas, calzoncillos y pasta de dientes que de la inextricable complejidad de la biosfera.
Son, por sobre todo otro límite, los límites del deseo humano amorfo, los que debe autoimponerse la inteligencia porque solo deseando dentro de lo posible y aún más dentro de lo justo y meritorio, puede vivirse equilibrada y armónicamente. Si la inteligencia en lugar de gobernar al deseo simplemente lo extiende y multiplica, lo fertiliza y lo cosecha, creando paraísos artificiales de consumo y lujo sin freno, en alguna parte escondida este exceso se compensa con infiernos y miserias. La inteligencia no debe estar simplemente dedicada a extraer las posibilidades, los potenciales, de su ocultamiento, labor que los científicos encuentran tan entretenida, sino que debe abocarse principalmente a dar forma al deseo humano dentro de los limites de lo razonable, evitando la ruptura destructora que los excesos continuamente producen. Y por supuesto que para ello debe dejar atrás fanatismos, idealismos, delirios mesiánicos o prometeicos, purismos, perfeccionismos inútiles.-





